El broker loco

José Luis Muñoz.

Escritor y miembro de Socialismo 21.

Sus últimas novelas publicadas son Tu corazón, Idoia (Corona Borealis, 2011), Llueve sobre La Habana (La Página Ediciones, 2011) y Muerte por muerte (Bicho Ediciones, 2011).

Alessio Rastani, un broker bien parecido y pulcro de la City londinense, por lo demás muy semejante al protagonista de la novela de Bret Easton Ellis American Psycho que, en la versión cinematográfica, tenía el rostro de Christian Bale (un psicópata asesino que, entre sesión y sesión de Wall Street, arremetía a hachazos contra sus competidores) ha causado, al parecer, mucho escándalo por un par de declaraciones que se consideran explosivas. Una: que esta crisis es una bendición para los que quieren forrarse. Dos: que en doce meses vamos a perder lo poco que nos queda y será la debacle final.

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Alessio Rastani: «el mundo está gobernado por Goldman Sachs». © David Sachs/SEIU (ver en Flickr)

Casualmente vi a la actual ministra de Hacienda en funciones de nuestro país, Elena Salgado, un ejemplo de inanidad supina dentro de unos gobiernos caracterizados por la mediocridad y falta de ideas de sus componentes, que simulaba escandalizarse ante la sinceridad de ese broker en el programa que conduce con tanto tino la valiente periodista Ana Pastor (no la exministra): Los desayunos de TVE. A mí me escandaliza ella y los que son como ella. Alessio Rastani no ha hecho más que exponer crudamente lo que todos ya sabemos. Quizá una operación orquestada en siniestros despachos de alguna isla en donde se reúne Spectra —como decía con guasa el desaparecido Manuel Vázquez Montalbán, al que tanto se echa de menos en estos momentos—, el naufragio interesado del barco Europa y del euro que va en su bodega en el mar revuelto de la crisis global es la ocasión de oro para los corsarios financieros que recogen los pecios de los sucesivos naufragios que ellos mismos provocan.

Y en cuanto a su vaticinio catastrofista, ese de que perderemos lo poco que nos queda en los próximos doce meses, que textualmente se desvanecerá el dinero de millones de ahorradores, (que ya se ha desvanecido, por cierto: miren ustedes el rumbo de sus planes de pensiones), es muy posible que tenga razón Alessi Rastani, ya que parece bastante mejor informado que nuestra ministra de Hacienda, que todos sus colegas de la Unión Europea y la mediocre clase política que nos toca padecer. Pero no acaban aquí las revelaciones escandalosas de mister Rastani, quien afirma que el mundo lo gobierna Goldman Sachs y no los políticos. El broker loco, el friki de las finanzas que ha tenido su minuto de gloria, ha dado en el clavo aunque no diga nada que ya no sepamos a estas alturas.

Lo que dice ese individuo puede parecer una frivolidad, o un acto de cinismo, pero mister Rastani no es más que un elemento auxiliar de los buitres financieros que se abalanzan sobre el Estado de bienestar europeo para liquidarlo. Desde luego, no le anima en sus declaraciones una voluntad de denuncia, y sus deseos para que la recesión siga se van a cumplir si un milagro o nuestra clase política no lo impiden. Pero que no tema Alessio por sus pingües beneficios especulativos, que crecen en la misma forma proporcional que se hunden economías y estados, porque los políticos, los más mediocres de cuantos se conocen en Europa en unas cuantas décadas (qué dirían de ellos los Conrad Adenauer, Willy Brandt u Olof Palme de antaño), van a seguir el paso marcial al dictado de los mercados y los oscuros poderes financieros que no se avergüenzan, sino que alardean, de su filibusterismo.

El Viejo Continente, nunca tan viejo, caduco y sin respuestas como ahora…

El Viejo Continente —nunca tan viejo, caduco y sin respuestas como ahora— tiene un saldo de 23 millones de parados, de los que España aporta casi la cuarta parte. Encabezamos ese ranking y todo indica que no nos vamos a apear de ese podio cuya cima ostentamos, pues  el previsible próximo inquilino de la Moncloa ya vaticina que no podrá hacer milagros. Es decir, que no hará nada, que iremos a peor con él, que hará más recortes sociales, que privatizará las empresas públicas que queden —¿queda alguna, me pregunto, cuando vendan a saldo Loterías, una máquina de hacer dinero para el Estado?— y no aumentará los impuestos a las grandes fortunas ni renovará el activado de patrimonio, cuando llegue su vencimiento de aplicación, porque «eso es demagogia»Es decir, que demagogia es todo lo que favorece al ciudadano.

Hace una semana Jacek Rostowski, ministro de Finanzas de Polonia, contó una anécdota que eriza los vellos. La hizo un estrecho colaborador suyo y, como las declaraciones del broker loco, no son descabelladas sino todo lo contrario: «Después de todas estas conmociones políticas y económicas que estamos pasando va a ser muy raro que en los próximos diez años podamos escapar sin una guerra». Y eso me temo.

Y es que la situación mundial es muy parecida a la que precedió a las dos grandes guerras mundiales. Y ya sabemos que el último recurso del capitalismo para acabar con la crisis puede ser una guerra devastadora que destruya todo, para construir sobre las ruinas, y elimine ese molesto sobrante humano de 23 millones de parados que irá creciendo, porque la crisis es sistemática y nadie inventa un sistema alternativo al que hay y está podrido. Las guerras, y eso es un dato objetivo, reactivan las economías y acaban con las crisis. Y además distraen de quién es el verdadero enemigo a batir.

En los próximos años, el deterioro social puede ser tan extraordinario y virulento que se vuelva a formas de gobierno autoritarias, a dictaduras, y en ese contexto será muy fácil crear a un salvapatrias que enfrente a un país con otro por cuestiones territoriales o de nacionales que viven en países limítrofes. ¿Los nuevos judíos? Los emigrantes, sin lugar a dudas. Porque siempre hay que crear un chivo expiatorio que cargue con las culpas que son de otros.

Las dos son malas, por traumáticas, pero, ante la dicotomía entre guerra y revolución, desde luego abogo por la segunda porque a la primera hay que oponerse con todas nuestras fuerzas. Confiemos no llegar nunca a ese supuesto, pero mantengámonos con los ojos bien abiertos.

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Los emigrantes pueden ser el chivo expiatorio que cargue con las culpas de otros. © Olmo Calvo (ver en Flickr).

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