Félix Sautié Mederos (*).
Sociólogo y teólogo.
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Con motivo de la culminación de la Primera Conferencia Nacional del Partido Comunista de Cuba y la divulgación de sus resultados que, en mi opinión, expresan algunas cuestiones importantes alcanzadas así como frustraciones de esperanzas que se esfuman o se dilatan en el tiempo, considero que queda pendiente de solución un asunto de fondo sobre la vanguardia política y sus relaciones con la población en su conjunto. Esto lo percibo a partir del reiterado concepto de la revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes que tantos esfuerzos y sacrificios ha implicado para el pueblo cubano en estos cincuenta y tantos años transcurridos.
En tales circunstancias he recordado algo que expresó Ernesto Che Guevara en ‘El socialismo y el hombre en Cuba’ (1965), a quien también se puede considerar, por los que no comparten sus ideas, como un ejemplo de consecuencia hasta el final de sus días. Y cito: “… El Estado se equivoca a veces. Cuando una de esas equivocaciones se produce, se nota una disminución del entusiasmo colectivo por efectos de la disminución cuantitativa de cada uno de los elementos que lo forman, y el trabajo se paraliza hasta quedar reducido a magnitudes insignificantes: Es el momento de rectificar…”. También expresó al respecto de las masas en ese mismo artículo que: “Todavía es preciso acentuar su participación consciente, individual y colectiva, en todos los mecanismos de dirección y producción…”
Con independencia de las circunstancias del momento en que el Che expresó estas consideraciones en el semanario Marcha, de Montevideo, el 12 de marzo de 1965, e incluso más allá de la aceptación o no de sus conceptos de vanguardia y masas, considero muy importante tomar en consideración en las circunstancias actuales lo referido a la llegada del “momento de rectificar”, así como a la necesidad imprescindible de la participación directa y efectiva de las personas (expresadas por Che con el término masas) en el actual proceso socio político.
Es muy lamentable que después de cincuenta y tantos años de proceso revolucionario se plantee el reconocimiento tácito de que no se cuenta “con una reserva de sustitutos experimentados y maduros con preparación suficiente para asumir las complejas funciones de dirección del Partido, el Estado y el Gobierno”. Lo que se expresa al respecto, visto a la luz del alto nivel cultural alcanzado por el pueblo como consecuencia de la revolución educacional de los últimos 50 años, plantea una gran contradicción. Sus causas principales, en mi criterio, están dadas como consecuencias de un sostenido proceso de centralización extrema de la sociedad que ha inmovilizado, silenciado y burocratizado la participación y la creatividad del pueblo cubano, que como conglomerado humano actualmente presenta evidentes signos de desencantos, desesperanzas y heridas que afectan su entusiasmo por la participación que es imprescindible recuperar.
Concuerdo que estamos ante un asunto estratégico de fondo que, en mi criterio, requiere de una rectificación radical de las concepciones del socialismo real que se han intentado poner en práctica en Cuba. Para solucionarlo, defiendo que es necesaria la instrumentación de un socialismo participativo y democrático que facilite las libertades de conciencia, pensamiento, expresión, creatividad, asociación y movimientos externos e internos de la población, con un sistema político de referéndum así como económico y productivo de descentralización, cooperativización, autogestión laboral y mercados regulados por ley, que incluya la promoción de las pequeñas empresas familiares y locales así como de inversiones extranjeras que propicien capital, mercados de exportación y tecnologías. Todo ello deberá estar enfocado a lograr el más pleno ejercicio y participación popular en las actividades económicas, políticas y sociales. Entonces se facilitaría el descubrimiento de los cientos de miles de cuadros emprendedores que potencialmente se encuentran menospreciados en toda la extensión de nuestra geografía y de la extendida diáspora cubana, a la que es imprescindible reconocerle su derecho a participar en el desarrollo de la patria que los vio nacer.
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No todos los cubanos somos posibles enemigos, ni vagos propensos a la corrupción. Esas concepciones implícitas en las prohibiciones absurdas y en la centralización extrema así como en algunos planteamientos públicos, es injusta y estrecha y ha llegado el momento de erradicarlas. Propiciar el amor a la Patria con los principios éticos básicos de responsabilidad en la libertad constituye una acción que se contrapone a los autoritarismos contra natura, así como a las descalificaciones y exclusiones a quien piense distinto. Propiciar al pueblo verdadera autoridad y participación efectiva, lejos de ser un debilitamiento del país frente a los intentos anexionistas y de desvalorización y crítica externa, significaría el mayor fortalecimiento posible a la nación cubana que está conformada por todos los cubanos y no por un único grupo de cubanos por muy conscientes que ellos puedan ser. Además, con la implementación del control de los trabajadores asociados en los planeamientos y resultados de la producción y de los servicios; y no de simples asalariados explotados, se aumentaría conscientemente la economía del país y se enfrentaría con efectividad a la corrupción.
La corrupción no sólo hay que reprimirla y castigarla, lo más importante es hacerla intrínsecamente imposible por medio de la participación directa de la población y del control efectivo de los trabajadores en los centros laborales.
Concuerdo también con lo planteado por el Presidente Raúl Castro sobre la necesidad de “dejar atrás el lastre de la vieja mentalidad y forjar con intencionalidad transformadora y mucha sensibilidad política, la visión hacia el presente y el futuro de la Patria…”. Pero para lograrlo es preciso poner a la población al centro de todo así como realizar una profunda renovación de cuadros, junto con un análisis exhaustivo de las verdaderas causas de la caída del socialismo real en Europa y en otros países.
(*) Exdirector del periódico ‘Juventud Rebelde’ y de la revista cultural ‘El Caimán Barbudo’.





Esta crítica de la centralización y de la burocracia en las sociedades socialistas es tan vieja que era para haber aprendido algo. En esencia era lo que Troski criticaba del comunismo estalinianio en la década de los veinte y treinta del siglo pasado.Y décadas después así acabó la Unión Soviética. Y si Raúl Castro dice que hay que superarlos, que lo haga.Para eso tiene las riendas. Y menos discursos
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