Después de las elecciones andaluzas: una oportunidad para construir una izquierda para la alternativa

Salvador López Arnal, Manuel Monereo, Pedro Montes, Mª Dolores Nieto y Diosdado  Toledano
I Introducción: Leer la fase e intervenir desde ella

Valorar los resultados electorales nunca ha sido en nuestro país una tarea fácil. En Izquierda Unida tampoco. El “todos ganan” y “nadie pierde” se combina sin mayor dificultad con las estrategias comunicacionales que aconsejan siempre poner buena cara y situar (o inventárselos) los elementos positivos en primer plano.

©Joan Picornell

Los resultados electorales no han sido normales: no solo porque las encuestas se equivocaron, una vez más, sino porque han bastado 100 días para que las agresivas políticas neoliberales de ajuste y recorte hayan roto el ciclo ascendente del PP que amenazaba convertirse en un tsunami devastador de los derechos de las clases trabajadoras y de las personas individualmente consideradas.

La sensación preponderante que se siente, se podría decir, es de alivio, un inmenso alivio social. Las gentes se acostaron el domingo sabiendo (con dudas) que sus derechos conquistados tendrían una nueva oportunidad y que se abrían posibilidades para otras políticas y otras formas de ejercerla.

Cuando se analizan los resultados electorales y se proponen salidas políticas a la nueva situación creada se corre el riesgo de dejarse llevar por la coyuntura o por la presión, muchas veces terrible, de los medios. El error más grave en el que podemos incurrir es partir de los datos como si fueran algo absolutamente singular y desconectarlo de lo que pensábamos, dijimos e hicimos en los últimos años o, sin ir más lejos, durante la campaña electoral. No se puede pasar sin más de análisis radicales sobre la crisis capitalista, la Unión Europea y el futuro del euro o del fin de ciclo del PSOE a analizar los datos de forma aislada y aséptica sin tener en cuenta un contexto histórico -social que ha cambiado sustancialmente las percepciones comunes de la política y que ha modificado profundamente el comportamiento de los actores sociales.

Esta actitud ha sido muy común en la socialdemocracia histórica que puso en práctica un conjunto de artefactos discursivos que le permitieron distinguir entre un “programa máximo” y un “programa mínimo”. Lo significativo de este “juego” era que podías partir de un ideario (en esto el PSOE ha sido un maestro) anticapitalista y socialista y practicar políticas neoliberales sin que esto supusiera grandes problemas de identidad, crisis internas de calado y, mucho menos, un cambio en la orientación partidaria: es decir, la táctica y la estrategia no se relacionaban, el ciclo largo y el ciclo corto apenas se distinguían y se acababa por posponer indefinidamente las políticas realmente transformadoras. Principios y política se separaban definitivamente.

Los resultados electorales andaluces invitan a hacer una reflexión sobre la fase. En este contexto, la fase significa concretar en un plazo determinado de tiempo las tendencias histórico-sociales básicas y organizar desde ellas las líneas maestras de una política transformadora desde el punto de vista de las clases subalternas. La fase expresa el “momento” donde las determinaciones estructurales se anudan con la realidad presente, siempre marcadas por la relación de fuerzas político-sociales, la acción consciente de los actores y los imaginarios sociales.

II Partir de las condiciones reales: líneas de fractura y nudos problemáticos

Precisar todo esto exigiría analizar algunos nudos cruciales que situaran con precisión los datos básicos de una realidad en permanente mutación. Se trata, en último término, de líneas de fractura que articulan y organizan contradicciones sin las cuales la política seria simple acomodación a lo que existe o simple respuesta al día a día.

La primera cuestión que habría que concretar tiene que ver con la crisis económica y el futuro de la Unión Europea. Esto se ha discutido mucho y no es éste el momento de reabrir el debate. Hay consenso muy general de que esta crisis será larga, con enormes costes sociales y económicos. De hecho, vivimos un estado de excepción impuesto por la oligarquía financiera europea, con el objetivo explícito de liquidar las conquistas históricas, los derechos sociales y laborales conseguidos después de más de cien años de lucha de clases y dos Guerras Mundiales.

El “capitalismo en crisis” es incompatible con los derechos de las personas y está exigiendo una expropiación general de los bienes comunes, la privatización de lo que queda del Estado social y la mercantilización del conjunto de las relaciones sociales y de la naturaleza. Esta “acumulación por desposesión” exigirá, en mayor o menor grado, ciertas formas de violencia y significará una limitación sustancial de las libertades ciudadanas básicas. Agudiza los ataques a los procesos de sostenibilidad de la vida, como se viene denunciado desde el feminismo y el ecologismo

De hecho, España está económicamente intervenida y vigilada sistemáticamente por la Unión Europea y por eso que eufemísticamente se llama “los mercados”. A su vez, el gobierno está interviniendo muy de cerca las finanzas de las comunidades autónomas y de los municipios desde un sesgo de clase que difícilmente se puede ocultar. Un gobierno que hace bandera de españolismo está pactando todas sus políticas básicas con una derecha nacionalista catalana que amenaza con no pagar los impuestos y que explícitamente se define como independentista. El dinero, como se sabe de antiguo, no tiene patria y une mucho a los que lo tienen.

Esta fase va a depender de cómo se resuelvan estos problemas. Lo que queda claro es que el margen de maniobra de las comunidades autónomas se ha estrechado mucho y que la realización por parte de éstas de políticas realmente de izquierdas se hará en abierta confrontación con el gobierno del Estado y con la UE. Los llamados ”mercados” tampoco serán neutrales en esta confrontación

Una segunda cuestión tiene que ver con la resistencia y la movilización frente a las políticas del PP. Parece que hay acuerdo en que el resultado electoral del PP en Andalucía tiene que ver directamente con las políticas regresivas y expropiatorias realizadas por el gobierno de Rajoy. Ha bastado la movilización de la ciudadanía, con convocatoria de Huelga General incluida, para que una parte del electorado del PP se haya abstenido, el PSOE no se hunda  y que IU mejore significativamente sus votos y escaños. No es poca cosa cuando se habla y hasta se teoriza que la lucha social no significa mucho en términos electorales y que la huelga no cambia nada.

Se puedo decir que las elecciones generales últimas no las ganó el PP sino que las perdió el PSOE. Hoy sería lo contrario: no gana el PSOE, pierde el PP y avanza IU. Lo que viene será especialmente duro: una recesión económica grave, privatización de servicios públicos y reducción significativa del gasto social. Los mercados exigen periódicamente sacrificios humanos y parece que ahora éstos ya no tienen límites; mejor dicho, si hay un límite, como estas elecciones ponen de manifiesto: la lucha social, una amplia alianza entre los Sindicatos y los movimientos ciudadanos en torno a los derechos sociales y laborales, la construcción desde abajo de organismos unitarios ligados a unos ayuntamientos con escasos presupuesto y también intervenidos.

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Un tercer asunto tiene que ver con lo que podríamos llamar el problema democrático en Andalucía. Esta cuestión no se puede eludir. Treinta años de mando ininterrumpido (casi siempre con mayoría absoluta) han creado un patrón de poder  que ha unido orgánicamente administraciones  públicas, partido y poder económico. La corrupción ha crecido y se ha desarrollado en este ambiente de control férreo de todos los resortes del poder institucional. El modelo de crecimiento  inmobiliario-financiero, dominante también en Andalucía, no hubiese sido posible sin estas redes moleculares que han unido ayuntamientos, promotores, constructores, bancos y cajas de ahorro y diputaciones. En la cima, una todopoderosa Junta de Andalucía  que hacía de “celebro social” tejiendo intereses y propiciando las alianzas necesarias para que el modelo económico y político se perpetuase. La corrupción fue un nudo decisivo  de este modo de ejercer la política y el gobierno andaluz. Este modelo de crecimiento hace tiempo que se terminó.

Lo que  está  abierta  en Andalucía desde tiempo es la cuestión de la regeneración democrática y de la alternancia política. Había dos estrategias posibles: la alternancia pura y simple (modelo PP) y lo que podríamos llamar la “alternancia alternativa” o “para la alternativa” desde la izquierda que IU no fue capaz de definir con convicción, aunque se movió en sus limites. Ese sigue siendo hoy el dilema y no será posible eludirlo con maniobras de diversión politicistas.

El PP ha fracasado (en momento político optimo, hay que subrayarlo) porque ha sido percibido por la ciudadanía como una alternancia  regresiva. IU ha incrementado votos y escaños .Esto es positivo, pero la cuestión  de la Alternativa sigue siendo el problema real. El PSOE de Griñan tiene, por méritos ajenos más que por los propios, una nueva oportunidad. ¿El PSOE  va a ser una alternativa a sí mismo? ¿Se va (auto)regenerar ?¿Tiene  realmente un proyecto solvente y de izquierdas para  esta Andalucía en crisis?¿Podrá hacer todo esto con la “ayuda” de IU ? .

La palabra clave no es la “estabilidad” (gobierno PSOE-IU) como venido diciendo Griñan. Eso es seguir viendo la política desde lo “alto”, desde los gobernantes, desde los que mandan. La clave está en otra parte, a saber, en  la credibilidad y en la confianza. No hay que engañarse: es el miedo al PP lo que ha ganado. Lo fundamental  ahora sería  definir un proyecto de país en positivo, que responda las demandas mayoritarias de la población  y que se fundamente en una  nueva  relación o acuerdo entre lo político y las personas. Sin regeneración democrática nada de esto será posible.

Una cuarta cuestión tiene que ver con el 15M y con lo que podemos llamar la emergencia de una critica de masas a esta democracia y a los modos de ejercer  el poder. Parecería que en las discusiones pos electorales  estas posiciones, que hasta antes de  ayer todos dijimos que estaban bien fundadas, fuesen algo secundario o solucionables por el singular hecho de un gobierno del PSOE  con IU. Hay una crítica muy seria a  la política y a los políticos y eso no lo puede ignorar  una fuerza  de izquierdas. Es más, sin recuperar  la política como ética de lo colectivo y como compromiso ciudadano no es posible la transformación social.

Las críticas más duras tenían que ver con la corrupción, con la creciente  separación  entre una clase política (maciza y excluyente) y la población. En el centro: los privilegios de los políticos, su carencia de principios y su apego abusivo al poder. Sobre esto no se puede pasar de puntillas. Lo puede hacer el PP, también el PSOE, pero no lo puede  hacer IU sin condenarse a la extinción. Sin una politización de la ciudadanía, sin una “democratización de la democracia”, sin una ciudadanía activa y crítica, IU no tendría sentido  porque  no seria posible la transformación social, seria percibida como una fuerza como las demás. No se puede hacer una campaña denunciando (con razón) que el PSOE ha hecho políticas de derechas y que tiene un grave problema de corrupción y disponerse a gobernar con él en nombre del realismo. Romper las relaciones  entre la política y la ética colectiva no solo no van a resolver los graves problemas de la Comunidad sino que ahondaran la separación entre los ciudadanos y las instituciones y harán inviable un giro la izquierda.

EL dato electoral que más crece (¡en condiciones de polarización extrema!) es la abstención .Parece por esta vez  la desafección tiene que ver con la derecha. Muchas gentes, no necesariamente de derechas, votaron en las elecciones generales para echar a Zapatero y para salir de una situación crítica. Ahora han visto que el PP hace la política del PSOE  pero llevada a su extremo. Había y hay miedo. Mantener los derechos sociales (educación, salud, pensiones, servicios públicos) es fundamental siempre pero en condiciones de catástrofe social son imprescindibles, es cuestión de vida o muerte. Casi el 40% de los andaluces no fueron a votar. La cuestión de fondo: ¿para que sirve la política?¿todos son iguales?¿todos roban?¿todos quieren sillones y buenos salarios?. Hemos visto emerger el cinismo como política de masas hasta el punto de ver como siguen siendo elegidos alcaldes y concejales procesados por evidentes casos de corrupción.

Para ir concluyendo este apartado, como quinta cuestión, habría que hablar de IU. Es lógico que los afiliados y los simpatizantes ante los resultados  electorales estén contentos y den señales de alegría y hasta de euforia. Esto es positivo  después de tantos años de crisis, escasez de votos y de debilidad organizativa extrema. Sin autoestima (como enseña el feminismo) no hay mucho que hacer de política buena y de impulso moral. Ahora bien, desde la voluntad de acertar y construir hay que partir que IUCA es una organización débil: tiene vínculos sociales reducidos y en regresión desde hace años; su militancia real es escasa y su núcleo  orgánico esta relacionado predominantemente con los cargos públicos y con la actividad electoral e  institucional. Si relacionáramos la afiliación real y voto  se vería que en la práctica IUCA es un partido de cuadros ligado estructuralmente a la financiación institucional.

Para decirlo de otro modo: no se ha conseguido cumplir con el objetivo fundamental que dio origen en su día a esta formación, es decir, no se ha alcanzado  construir un movimiento político-social democrático, plural y alternativo. IUCA tiene los defectos de un partido tradicional y pocas de sus virtudes, que las tenía. Lo peor es que se ha renunciado de facto a crear (fundar, refundar, reconstruir, la palabras ocultan más que aclaran) una formación política de masas, con voluntad de mayoría y  con capacidad para insertarse sólidamente en la sociedad. Que esto es difícil, nadie lo niega y que tenemos que aprender nuevas  formas y estilos de hacer política, el 15M nos los recuerda cada día.

Sea cual sea la forma-partido a construir hay algo sustancial: socializar la política. Sin una” economía moral de la multitud”, “sin un sector público voluntario” no tendremos la fuerza en la sociedad para transformar  las estructuras económicas  y  políticas desde una lógica socialista. Tampoco en esto hay que engañarse demasiado: no habrán tampoco votos y se terminará siendo lo que es hoy  ICV, algo así como el ala izquierda y verde  de la socialdemocracia catalana. Si se quiere esto, que se diga y nos evitaríamos muchos debates, malas relaciones personales y, sobre todo, no volver locos a los simpatizantes y votantes.

Nuestra tradición política enseña que la unidad no es solo cosa de programa sino de fuerza organizada, de cohesión programática y de capacidad de dirección. Esto hay que tenerlo en cuenta cuando se habla con una fuerza grande, social liberal, ligada estructuralmente a los poderes facticos y atenta siempre a evitar el surgimiento (ley electoral mediante) de una  organización política a su izquierda. En esto no está solo: el bipartidismo ha sido siempre un modo de organizar la política para que los que no se presentan a las elecciones(los grupos de poder económico) ganen siempre. En este objetivo, el PSOE tendrá todo el apoyo del establecimiento, incluido el PP.

III. Definir el objetivo central de la fase: construir una formación alternativa de la izquierda con voluntad de mayoría, desde una estrategia de poderes sociales.

Hemos intentado identificar los nudos problemáticos desde los cuales hay que partir para fundamentar una política transformadora para  Andalucía y más allá, pues pudiendo ser Andalucía el origen del cambio, es el conjunto del Estado el que lo reclama Lo fundamental es dotarse de un objetivo estratégico preciso, que unifique las políticas y oriente la acción colectiva. El objetivo de la fase debería ser constituir “desde la crisis” una formación política andalucista, democrático-republicana, de izquierdas y transformadora . Lo que hizo fuerte  a la IU de Anguita fue su voluntad explicita de autonomía  frente al PSOE desde  un proyecto que hacia de la Alternativa al (des)orden neoliberal  el eje vertebrador  del mismo. Las diferencias de fondo tenían que ver con esto: ser una fuerza para la Alternativa o situarse como “ala critica del PSOE”, socio preferente y siempre minoritario. Hoy cuando estamos en condiciones de recomenzar  no podemos olvidar esos viejos debates y sacar las lecciones oportunas para el presente, precisamente, las organizaciones deberían servir para eso: transmitir experiencia hecha memoria.

La estrategia de poderes sociales es vital  para ese objetivo. En momentos donde la democracia y sus instituciones pierden poder, intervenidos prácticamente desde Bruselas y desde el gobierno de Angela Merkel, centrar la actividad de IU en el parlamento no parece muy realista. Lo fundamental de esta estrategia, como conoce muy bien el movimiento obrero, es la percepción lúcida que entre la proclamación de los derechos y su ejercicio media el poder, las correlaciones de fuerza. Sin potentes poderes sociales  los derechos se convierten en simples declaraciones de intenciones; en las condiciones de excepción que  vivimos, esto es mucho más evidente. Una estrategia así definida se sustenta en dos ejes: democratizar las instituciones y desarrollar la fuerza y la autonomía de los movimientos sociales, desde un punto de vista comprometido con las clases trabajadoras.

La primera cuestión a resolver es la del gobierno andaluz. No parece que existan condiciones objetivas y subjetivas para un acuerdo PSOE-IUCA de ese nivel. Lo más prudente sería votar la investidura de Griñan desde una cuerdo político explicita en torno a 7 u 8 demandas básicas de la ciudadanía y pasar a la oposición. En la dinámica parlamentaria se puede y se debe llegar a acuerdos, establecer agendas y, lo fundamental, propiciar políticas que  identifique los cambios con la presencia de IUCA. Hacer política transformadora y saberla comunicar.

Segundo gran asunto: propiciar fórmulas claras y rotundas  de regeneración democrática. Esto es decisivo, lo que está en juego es la credibilidad no solo del gobierno o de las instituciones  sino de las fuerzas políticas como  IUCA que han hecho de la lucha contra la corrupción elemento clave de su definición política. Luchar contra la corrupción es primariamente una cuestión de ética pública pero más allá, y  más decisivo, cortar los lazos de acero que subordinan la política democrática a los intereses bastardos de la oligarquía financiera-inmobiliaria en recomposición.  En esta esfera  no deben de hacerse concesiones: comisiones de investigación, transparencia, control del gasto y mecanismos jurídicos-administrativos bien diseñados  que prevengan, detecten y castiguen la corrupción .Esta debe seguir siendo seña de identidad de IU.

©Joan Picornell

Tercero, condicionar la agenda. Nunca se ha tratado de subestimar al Parlamento y el trabajo de los cargos públicos, más bien al contrario. En las nuevas condiciones, lo central de nuestro trabajo consistiría en, usando a fondo el grupo parlamentario, convertir la agenda de la sociedad en agenda política. Eso es lo que dará perfil propio, renovará la política y demostraría en los hechos que no todos son iguales. Lo que se debe buscar con esto es definir, desde el control de la agenda, un discurso contra-hegemónico basado en lo público, en la necesidad de un nuevo modelo de desarrollo, en la crítica permanente de los “poderes salvajes” del capital, la igualdad como fundamento de la democracia y de la justicia, teniendo siempre presente que ésta es una sociedad de hombres y de mujeres y que éstas están sufriendo las políticas de crisis con una enorme intensidad: cuando se retira el gasto social, cuando crece la pobreza y aumenta el sufrimiento de las personas, las cargas familiares se reparten más desigualmente y la mujer acentúa su discriminación.

Se necesita revertir la situación, para impedir que las conquistas de las mujeres (sigan siendo las víctimas propiciatorias de los ajustes sociales y laborales, con el riesgo añadido de una salida reaccionaria a la crisis de los cuidados relegando a una mayor subalterneidad los procesos de sostenibilidad de la vida.

Si no revertimos la situación, los jóvenes verán bloqueado su futuro, convertidos en los nuevos parias y sometidos a unas relaciones laborales que tienen más que ver con fórmulas renovadas de las viejas servidumbres que con los derechos laborales constitucionalizados. Una alianza entre generaciones, es decir, propiciar en lo concreto que los mayores se politicen, convirtiéndose en unos protagonistas activos del futuro, comprometidos con sus nietos. Todo dependerá de que se vuelva a engarzar de nuevo “cuestión social”, “cuestión juvenil” y “democratización política” en la perspectiva de construir un bloque alternativo que construya poder y desafíe a la oligarquía.

Cuarto, organizar la convergencia político-social. Desde una estrategia de poderes sociales y ciudadanos, las relaciones con los movimientos y con las organizaciones sociales son fundamentales. Si algo se pone de manifiesto en la reciente huelga general es que la pérdida de peso de los sindicatos en la fábrica o en las empresas puede ser compensado por su capacidad para hacer converger a múltiples actores sociales en la lucha por los derechos fundamentales y la constitución del trabajo. IU debería propiciar, en las nuevas condiciones, una plataforma político-programática común con estos movimientos para crear un referente unitario alternativo que actúe en la sociedad, busque alianzas con los intelectuales críticos y encuentre vías de relación con Universidades, alumnos y, en general, con sectores medios, viejos y nuevos. Lo que se estaría organizando es un (contra) poder social, base y fundamento de una alternativa política.

Quinto, municipalismo y democracia participativa. Que se está en un proceso de estigmatización de los ayuntamientos parece ya fuera de dudas y que se avanza aceleradamente a la liquidación de la democracia local. Las últimas medidas adoptadas en relación con las deudas municipales lejos de una solución, son en realidad una trampa que pretende convertir al municipio en terreno propicio para la fragmentación de las víctimas de la crisis, confrontando pago de la deuda municipal a autónomos y proveedores con el mantenimiento del trabajo municipal asalariado. Es cierto que los municipios han estado en el centro de la burbuja inmobiliaria y que la corrupción ha tenido en ellos sólidos fundamentos, pero hay que decir también que detrás de ellos (para lo malo) siempre han estado las comunidades autónomas y que han sido los parientes pobres de una organización del Estado que le han negado financiación y le ha hecho asumir funciones para las que no se habían dotado recursos.

Poner en pie una alternativa municipalista coherente, asegurar los cambios institucionales imprescindibles, defender los ayuntamientos como potentes dispositivos de participación democrática, de desarrollo económico y de calidad de vida de la ciudadanía ayudaría enormemente a encontrar una nueva relación entre las personas y la política. El marco local sigue siendo un escenario potente para la democracia participativa y para impulsar poderes ciudadanos que puedan confrontarse con la dictadura de los mercados. IUCA debería tener en esta esfera política un lugar privilegiado de acción política y de reconocimiento social.

IV. Conclusión: Una fuerza alternativa para la Alternativa

Como antes se dijo, las palabras en IU se desgastan rápidamente. Términos como reconstrucción o refundación poco o nada dicen. Lo que es evidente es que el formato actual de IU está agotado y es un obstáculo poderoso para construir una fuerza democrática, plural y de izquierdas. La responsabilidad de la dirección de IU es muy grande y de ella dependerá, en gran medida, que este objetivo se alcance.

Muchos y muchas hemos venido defendiendo, desde hace tiempo, que en España se está abriendo un espacio político para la revolución democrática. Antes del 15M esto podía parecer utópico. Ahora sabemos que hay fuerzas capaces de impulsarla, pero también sabemos que si no hay una alternativa política, lo que puede ocurrir es más frustración y más fragmentación. Vivimos un estado de excepción que exige políticas de emergencia defendidas con coraje moral y dignidad.

Renovar la política, restablecer los lazos entre ella y las personas exige una ciudadanía activa, crítica que se oponga a la “delegación permanente” de estas democracias. La política, en este sentido, no puede ser algo que hacen los políticos que viven de ella. Si no se crea una forma-partido que se base en la democracia participativa y que se organice, como en las viejas tradiciones partidarias de la izquierda, como un “molecular” sector público voluntario, no habrá transformación social. Las personas no van a militar, a dedicar su tiempo y sus esfuerzos para subordinarse a un aparato burocrático, impermeable a la crítica y dedicado fundamentalmente a tareas electorales e institucionales. Si se quiere un partido de masas se debe  construir respetando a los afiliados, reconociendo la pluralidad y manteniendo las reglas democráticas en su seno.

En este sentido, sería un revulsivo fundamental que ahora IU impulsara el proceso constituyente de una formación política de nuevo tipo capaz de configurarse como una alternativa de poder y de sociedad. Es éste el momento y hay que estar a la altura de las necesidades de nuestro pueblo.