de Gregorio
Es curioso observar cómo desde la caída del anterior régimen los españoles le concedimos especial relevancia al término “democracia”. Esa doctrina según la cual el pueblo participa en el gobierno político del Estado. Y más curioso todavía que hayamos permitido que aquello en lo que pusimos tantas expectativas haya logrado conformarse como una estarquía; es decir, un sistema político en el que el Estado, en nombre de una representatividad sólo semánticamente representativa, ejerce un gobierno prácticamente equiparable a un totalitarismo.
Esto es algo que no podemos imputárselo de manera exclusiva a regímenes de la derecha. En este ámbito la izquierda ha participado con idéntico desembarazo. Ambas han forjado un modelo de Estado que ha sido una estafa. Y cuando lo que fueron unas expectativas se convierte en desencanto, el resultado no puede ser otro que la manifestación de una impotencia que o bien se ha de metabolizar como una disminución de los valores, o en una rebelión contra el poder establecido. Ambas han conformado unas superestructuras con las que impedir la participación del pueblo en el gobierno del Estado. Dicen ser democracias representativas, cuando su representatividad ha sido avalada por unos miembros que no sólo ellas eligieron, sino que para evitar resultados imprevistos se presentan en listas cerradas: en listas en las que la disciplina de voto condicionan y determinan la opinión de sus propios acólitos.
Es cierto que la situación a la que hemos arribado está fundamentada en gran manera en las actividades especulativas del sector financiero. Lo que no es menos cierto es que el Estado se ha convertido en un monstruo insaciable que para mantenerse no sólo se ha tenido que endeudar hasta límites insospechados sino que ha permitido el desarrollo de un modelo económico en el que el crédito y la deuda privada han adquirido caracteres inéditos: para afrontar su endeudamiento con el exterior tiene que molturar a aquéllos indefensos que se encuentren a su alcance.
Para seguir prestándonos a un interés que no nos hipoteque nos exigen solvencia. Y ante una deuda insostenible que esta estarquía ha decidido combatir estableciendo medidas que reducen el consumo (y consecuentemente la actividad económica), no es posible que encontremos la manera ni de poder pagar aquélla ni forjar un proceso que nos pueda llevar a cumplimentar esta exigencia.
Pero ¿podemos esperar que por sus propias y unilaterales decisiones este Morloch adelgace su estructura y al hacerlo sea el pueblo el que decida lo que deba hacerse? Si en lugar de establecer esta estarquía unos recortes que están minimizando las actividades del mercado, se impusiera una reducción de los gastos, podríamos contar con recursos con los que satisfacer estas obligaciones. Pero aunque esto es lo que piensa la mayor parte de nuestros ciudadanos (y consecuentemente esto es lo que en una democracia se habría de debatir), el monstruo está comprometido con la estructura en la que se desenvuelve. Concurre un compromiso que sólo es posible superar a través de la acción popular. Y esta superación, si no es sabiamente instrumentalizada, nos puede llevar a una situación tan extrema como la que sin su participación estamos padeciendo. Tenemos que actuar, pero hemos de hacerlo de una manera inteligente. Una revolución que pretenda mantenerse indefinidamente genera sus propios engendros.
Entre los países que conforman la U.E. concurre una disparidad estructural en sus modelos productivos, una productividad relativa que, al estar condicionada por la existencia de una moneda única, genera en sus economías una disfunción que si anteriormente podía subsanarse con el parche de una devaluación, actualmente es imposible sustanciarla.
Ante un hecho que es incontrovertible hemos de preguntarnos si con la austeridad a la que nos obligan lo que de hecho se pretende es darle forma a una Europa de dos velocidades en la que las economías más eficientes puedan desarrollar todo su potencial, forzando a los países periféricos, por una parte a satisfacer las deudas contraídas y por otra a amoldarse a una economía de subsistencia más acorde con su nivel de productividad. En consecuencia, la realidad nos obliga a tomar decisiones.



