Incendios de ayer, de hoy y de mañana

Juli G. Pausas.

Especialista en vegetación mediterránea del Centro de Investigaciones sobre Desertificación en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

En Valencia se dieron unas condiciones climáticas muy propicias para los incendios. Las temperaturas máximas en las estaciones meteorológicas de Valencia y alrededores marcaban los 40º C y no había llovido en dos meses. La vegetación estaba muy seca. En esas condiciones, una chispa o cualquier fuente de ignición fácilmente genera un incendio, tal como sucedió. Además coincidió que sopló el poniente (un viento muy seco y cálido que va del centro de la meseta hacia la costa mediterránea) de manera continuada durante tres días y con velocidades superiores a 30 Km/h. Ese viento propagó rápidamente el incendio. En esas condiciones es muy difícil extinguirlo. Países tecnológicamente más avanzados que el nuestro, cuando tienen incendios en estas condiciones, tampoco consiguen sofocarlos. Por lo tanto, es difícil pensar que sea la falta de medios la causa de la magnitud de los incendios de Valencia.

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Incendios Forestales, una introducción a la ecología del fuego, un ensayo de Juli G. Pausas

La característica principal del clima mediterráneo es que tiene una estación (el verano) que es simultáneamente cálida y seca. Por lo tanto, la vegetación mediterránea en verano es muy inflamable.

En condiciones naturales son los rayos los que generan esos incendios. La frecuencia de esos incendios naturales ha sido, durante la historia evolutiva de las plantas, suficientemente elevada como para que hayan adquirido por evolución una serie de características que les confieren la capacidad de resistir y de persisitir a incendios recurrentes. Es decir, el fuego ha ejercido una fuerza que ha moldeado a las plantas y por lo tanto se puede considerar como parte responsable de la biodiversidad de nuestros ecosistemas.

De hecho, las cuatro zonas mediterráneas con incendios frecuentes (la Cuenca Mediterránea, California, Sudáfrica y Australia) se consideran puntos calientes de biodiversidad a escala global. Los incendios recurrentes en estos ecosistemas no solo no han reducido la biodiversidad sino que hay evidencias que sugieren que está en parte relacionada con la elevada frecuencia del fuego. Existen regímenes de incendios sostenibles para la biodiversidad. Corresponden a frecuencias e intensidades de incendios que están dentro del rango histórico del ecosistema en cuestión, el régimen al que las especies están adaptadas. Sin embargo, los regímenes de incendios sostenibles para la biodiversidad pueden no ser sostenibles para las infraestructuras que se instalan en la naturaleza. Y es aquí donde reside el conflicto. Si construimos un chalet en el monte, un incendio sostenible para la naturaleza se puede considerar insostenible y catastrófico para los dueños del chalet.

La frecuencia actual de incendios en muchas zonas de nuestro territorio es más elevada que la frecuencia esperable en condiciones naturales. El régimen de incendios podría estar fuera del rango histórico natural. La abundante densidad de población urbana que tiene actividades en el paisaje rural (chalets, urbanizaciones, actividades de fin de semana, etc.) aumenta muchísimo la probabilidad de igniciones, tanto de manera accidental (chispas producidas por vehículos, soldaduras, cocinas, cigarros, cableados, barbacoas, etc.) como intencionada. Siempre puede ocurrir que alguna de estas chispas se dé en condiciones climáticas extremas y generen un incendio, tal como ocurrió en Valencia. Además, el calentamiento global incrementa la frecuencia de esas condiciones extremas.

La gestión de los incendios no es sencilla y requiere de políticas a largo plazo. La llamada “limpieza del bosque” no parece una solución por el elevado coste de actuar sobre todo el territorio forestal y su mantenimiento anual. Y por el impacto que tendría en la biodiversidad. Parecen más sostenibles las políticas para reducir drásticamente las actividades humanas en zonas con vegetación muy inflamable. Reducir al máximo los chalets y urbanizaciones que hay en el monte, disminuir el tráfico de vehículos en muchos caminos forestales, prohibir el paso de personas al monte en épocas de elevado riesgo de incendios y generar una cultura de amor por la naturaleza.

También se podría potenciar la vigilancia para asegurar una actuación rápida de los cuerpos de extinción. Incentivar las actividades rurales sostenibles e introducir o facilitar la presencia de herbívoros autóctonos también ayudaría a reducir los incendios. Además, es importante realizar políticas para detener el cambio climático: reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y cumplir con los protocolos de Kyoto.

En cualquier caso, incendios siempre habrá porque vivimos en un paisaje muy inflamable con un clima propicio para el fuego. Se debe aprender a vivir aceptando una cierta frecuencia de incendios. Se debe regular dónde y cómo se construye, considerando los incendios como parte del paisaje. Para que no se conviertan en catástrofes.

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