de Gregorio
El factor fundamental que distorsiona nuestra convivencia se encuentra en las diferencias culturales y económicas en las que tenemos que desenvolvernos.
Dejando a un lado las primeras (por no ser estas el objetivo perseguido en este artículo) y concentrándonos en las segundas, para eliminarlas, o al menos reducir su incidencia, lo primero que a mi entender hemos de hacer es analizar las causas por las cuales las mismas se producen. Y para ello, y a pesar del empacho que en algunos se habrá de producir, lo más indicado es volver a examinar desde otro prisma lo que Marx describió en sus distintas variantes como plusvalía.
Al objeto de patentizar la naturaleza en la que se originan las diferencias con las que tenemos que enfrentarnos, si con independencia del término “valor de cambio” que Marx utilizó para expresar con él lo que se había de pagar para adquirir lo que se hubiera producido, modificáramos el significado que este autor le dio a su “valor de uso”, sustituyéndolo por lo que se habría tenido que pagar como salario para llegar a producirlo, habríamos establecido la disparidad que concurre entre dos términos que son la causa de los porqués que nos acosan.
Ante el supuesto de haber asumido la representatividad de estos dos valores, hasta los menos iniciados podemos darnos cuenta de que el valor de uso que el empresario paga al obrero por las mercancías y los servicios producidos, y el valor de cambio que hay que pagar por ellas en el mercado (una vez se ha incluido en las mismas lo que Marx denominó plusvalía), determinan una realidad que ha de condicionar a los que tienen como renta los mencionados valores de uso y tienen que desembolsar por lo que se ha producido, valores de cambio. (1)
Como es dable entender por lo antedicho, ese producto que los trabajadores no habrían podido consumir, o bien tendría que ser gastado por los empresarios en función del beneficio que con su venta se hubiera obtenido, o bien habría de conformar un inventario; un inventario al que o bien habría que darle salida a través de una exportación, o bien obligaría al empresario a reducir la producción a la espera de que lo inventariado fuera consumido. Esto es algo que todos conocemos y que en razón de su evidencia difícilmente puede ser refutado.
Pero dejemos por un momento las causas en las que se generan estas diferencias y, complementando su incidencia, abordemos la situación que se produce a tenor del beneficio que el empresario no consume; y que por tanto puede ser considerado como la acumulación de una riqueza.
Siendo consciente de que en toda economía que se precie la obtención del beneficio es el único motor que puede impulsarla, tengo no obstante que reconocer que si ese beneficio es utilizado para establecer un proceso económico que condicione y someta a la mayor parte de la sociedad, esa economía no se merece el calificativo que anteriormente le hemos acordado.
A tenor de lo manifestado, vayamos un poco más allá de lo que representa la obtención de un beneficio como consecuencia de lo que Marx denominó como plusvalía absoluta (es decir, la existencia de una situación en la que el beneficio se produce a través de la prolongación de la jornada laboral más allá del tiempo necesario para reproducir el valor de cambio de lo producido), y examinemos los resultados que se generan como consecuencia de lo que él mismo llamó plusvalía relativa (es decir, esa reducción adicional que se consigue a través de la utilización del beneficio en la inversión de unos medios de producción que por ser más eficientes reducen aún más el tiempo que hemos denominado como necesario para reproducir el valor de cambio de lo producido). Con lo cual, y con independencia del incremento del paro que tiene lugar debido a la plusvalía absoluta, la situación de desempleo se incrementa de forma exponencial a través de la plusvalía relativa.
Es cierto que ambas plusvalías son necesarias para ser más competitivos pero el que podamos exportar cada vez más, y ciertos sectores de la sociedad puedan ser más ricos, no justifica que aquello que los trabajadores (como consecuencia de la disminución de su capacidad adquisitiva) no hayan podido consumir sea utilizado por los que hicieron uso de sus beneficios para establecer un modelo económico, como repetidamente se ha demostrado, totalmente insostenible, Los trabajadores (en función de no ser necesarios para una producción que con respecto a la demanda sea sostenible) no pueden ser considerados como una mercancía; como unos componentes del mercado que debido a los requerimientos que demandan la estructura de la economía capitalista se pueden dejar inactivos en una situación de desamparo en unos inventarios. Se precisa transformar el modelo. Y este es el objetivo que me propongo perseguir tanto a través de estos artículos como en función de los parámetros señalados en la obra que recientemente he publicado.
(1) El pasaje subrayado pertenece a la obra ¿Es posible otra economía de mercado?



