Así asesinaron al Che

Froilán González y Adys Cupull || Autores del libro La CIA contra el Che (1992), publicado por la Editora Política de Cuba.
La Habana 

Durante la noche y la madrugada del día 9 de octubre de 1967, en la escuelita de paja y barro de La Higuera, permanecieron  como prisioneros de guerrra el Comandante Ernesto Che Guevara y el boliviano Simeón Cuba, y gravemente herido Alberto Fernández Montes de Oca ( Pacho o Pachungo).  Según el testimonio de pobladores de La Higuera, al filo de la media noche falleció Pacho.

Al amanecer del   9 de octubre entró al aula la maestra  Julia Cortés, quien, influida  por los militares, tenía  la  intención de insultarlo. El Che habló suavemente con ella. Hubo un intercambio de preguntas y respuestas. Ella quedó sorprendida y convencida de que estaba en presencia de un hombre totalmente diferente a como los militares le informaron. Salió del aula cuando un  oficial  le pidió que se alejara porque iba a aterrizar un helicóptero.  Eran las 6:30 de la mañana.

Del aparato descendieron el coronel Joaquín Zenteno Anaya y el agente de la CIA de origen cubano Félix Ismael Rodríguez Mendigutía, que se hacía llamar Félix Ramos.   Zenteno Anaya, en compañía del agente,  se dirigió a  donde estaba el Che y  habló brevemente con él.   Poco después  Félix Rodríguez,  en forma agresiva, comenzó a insultar al Comandante Guevara e intentó maltratarlo con violencia. Militares que presenciaron este encuentro manifestaron que parecía que el Che  conocía a esta persona y sus antecedentes contrarrevolucionarios, porque respondió con desprecio a sus insultos y lo trató de traidor y mercenario.

A las ocho y media, aproximadamente, el  agente de la CIA  instaló el equipo completo de una pequeña planta de transmisión de gran alcance para enviar un mensaje cifrado a la CIA. Posteriormente, montó una máquina fotográfica sobre una mesa al sol para fotografiar el diario del Che y otros documentos.

Barrientos ordena que lo maten

En las primeras horas de la mañana del 9, el dictador boliviano René Barrientos recibió una llamada telefónica desde Washington. Era de su ministro de Relaciones Exteriores, Walter Guevara Arce, quien participaba en una reunión de la Organización de Estados Americanos (OEA) en la capital norteamericana.

El entonces ministro contó tiempo después esa conversación:   “Cuando circuló la noticia de que el Che cayó prisionero, llamé por teléfono a Barrientos: ‘Me parece vital que se conserve la vida delChe Guevara. Es necesario que en este sentido no se cometa ningún error porque provocaríamos una mala imagen en todo el mundo. Si usted lo mantiene preso en La Paz, cierto tiempo, el que sea necesario, será más conveniente, porque pasa el tiempo y la gente se olvida’. La respuesta fue inmediata: ‘Lo lamento mucho pero su llamada ha llegado tarde. El Che Guevara ha muerto en combate’. Eso me dijo. Lo sentí profundamente, no solo por el hombre, sus características, las similitudes del apellido, sino porque me pareció un error político muy serio y me sigue pareciendo un error político muy serio, en el cual hubo muchas influencias externas. Yo estuve algo más de una semana en Washington y comencé a percibir una gran cantidad de hechos como consecuencia de la muerte del Che. El Che cayó herido, fue tomado preso. Estuvo toda la noche del día 8 de octubre. Vino la noticia a La Paz y más allá también … En todo este absurdo se jugaron fuerzas exteriores muy graves, para qué darle más vueltas a la cuestión”.

En La Paz, en  las primeras horas de la mañana del día  9, llegó al Gran Cuartel de Miraflores Alfredo Ovando y explicó que el Che se encontraba preso en La Higuera. El dictador Barrientos sostuvo una reunión con los generales Alfredo  Ovando y Juan José Torres. Después entraron  los demás militares.

Barrientos, con el deliberado propósito de comprometer a los miembros del Alto Mando en la decisión, planteó la eliminación física del Che.  Lo expuso como decisión, no para someterlo a discusión. Concluida la reunión se envió una instrucción cifrada a Vallegrande y  Ovando se trasladó a esa localidad. Con él viajaron el contralmirante Horacio Ugarteche, los coroneles Fernando Sattori y David La Fuente, el teniente coronel Herberto Olmos Rimbaut, y los capitanes Oscar Pammo, Ángel Vargas y René Ocampo.

Allí estaba la CIA

Alrededor de las 10 de la mañana, en el humilde caserío de La Higuera, el agente de la CIA Félix Rodríguez recibió un mensaje cifrado, en cuyo texto estaba el código establecido para actuar contra la vida del Che. El  agente de la CIA, en compañía de Andrés Sélich, se dirigió a  donde se encontraba el Guerrillero Heroico. Estaba de guardia el joven Eduardo Huerta Lorenzetti, quien en la madrugada  arropó al Che con una manta porque hacia mucho frío , le dio un cigarro  y conversó con él.

El agente de la CIA le ordenó que se retirara del lugar y el joven oficial obedeció, pero observó cuando Félix Rodríguez, tratando de interrogarlo, lo zarandeó por los hombros para que hablara, le haló bruscamente por la barba y le gritó que lo iba a matar.

Huerta contó a sus amigos que, como  tenía que proteger la vida del prisionero, trató de evitar los malos tratos del agente de la CIA. En el forcejeo este se cayó y desde el suelo le gritó enfurecido: “¡Me la pagarás bien pronto, boliviano de mierda, indio salvaje, estúpido!”.  Huerta intentó golpearlo pero Sélich se interpuso.

Unos minutos después, desde la zona de combate, trajeron el cadáver del  guerrillero boliviano Aniceto  Reynaga  y prisionero al peruano Juan Pablo Chang‑Navarro, el Chino. El agente de la CIA empleó la violencia para que el guerrillero hablara, lo que no consiguió. En la revista española Interviú, del 30 de septiembre de 1987, refieren cómo Rodríguez utilizó una bayoneta contra el guerrillero peruano.

En conversación con Modesto Reynaga, hermano de Aniceto, efectuada  en la ciudad de La Paz el 9 de septiembre de este año, manifestó que por diversas informaciones  conoció que su hermano fue llevado herido a La Higuera y  allí fue asesinado. Indicó que en Buenos Aires pudo conversar con el General Juan José Torres y este le confirmó la información.

Aproximadamente a las 11 de la mañana, el agente de la CIA transmitió la decisión final de eliminar al Che al general Joaquín Zenteno Anaya.   Poco después, Ninfa Arteaga,  esposa del telegrafista de La Higuera Humberto Hidalgo y en cuya casa acampaban los oficiales bolivianos, junto con su hija, la maestra Élida Hidalgo, fueron hasta la escuelita a llevarles una sopa de maní al Che y a los otros dos guerrilleros.

Ella narró: “Los militares primero me negaron que entrara. Pero yo cociné para todos y les dije que la comida era también para los guerrilleros y que me dejaran sola con él para que pudiera comer tranquilo. Le solté las manos, las tenía amarradas. Él se interesó por saber si los demás guerrilleros habían comido también. Yo le dije que habían comido. El Che me miró tan tierno, con una mirada de agradecimiento que yo nunca podré olvidar. Los militares  no miraban así. Cuando tengo un problema grande, yo lo llamó a él, veo su mirada y el Che me responde…”

Todos querían matarlo pero nadie se atrevía

Zenteno Anaya le pidió a Félix Rodríguez que se ocupara de ejecutar la orden de la eliminación física del Che. El agente de la CIA decidió buscar entre los soldados cuáles querían ofrecerse. Aceptaron Mario Terán, Carlos Pérez Panoso y Bernardino Huanca, los tres entrenados por los asesores norteamericanos y que en la madrugada, borrachos, querían asesinarlo.

En entrevistas de prensa,  Mario Terán declaró que, cuando entró al aula, ayudó al Che a ponerse de pie, que estaba sentado en uno de los bancos rústicos de la escuela y, aunque sabía que iba a morir, se mantenía sereno, y que se sintió impresionado y no podía disparar porque le temblaban las manos. Dijo que los ojos del Che le brillaban intensamente, que lo vio grande, muy grande, y que venía hacia él. Sintió miedo y se le nubló la vista mientras escuchaba como le gritaban: “¡Dispara cojudo, dispara!”.

A Terán le volvieron a dar bebidas alcohólicas pero aún así no podía disparar.   Los oficiales Carlos Pérez Panoso y Bernardino Huanca dispararon contra el guerrillero peruano Juan Pablo Chang‑Navarro y el boliviano Willy Cuba.

Nuevamente los oficiales bolivianos y el agente de la CIA le gritaron a Mario Terán para que disparara. A los periodistas les contó que cerró los ojos y disparó. Después hicieron lo mismo  el resto de los presentes. Ya habían pasado unos 10 minutos aproximadamente de la una de la tarde del día 9 de octubre de 1967.  El agente de la CIA disparó también sobre el cuerpo del Che.

Los aldeanos, aterrorizados por las acciones del ejército, lentamente se acercaron temerosos, mostraban desconcierto ante el increíble hecho del que fueron testigos. Para los pobladores de La Higuera, un caserío pacífico, religioso y supersticioso, no era cristiano que se asesinara a seres humanos y empezaron a murmurar con espanto que un castigo de Dios vendría a La Higuera por culpa de los militares.

Indignados en La Higuera y Vallegrande

Alrededor de las 14 horas del 9 de octubre de 1967, aterrizó el helicóptero en Vallegrande, del cual descendió Zenteno Anaya, lo estaban esperando los agentes de la CIA de origen cubano Gustavo Villoldo Sampera, que se hacía llamar Eduardo González, y Julio Gabriel García, y los bolivianos  Roberto Toto Quintanilla y Arnaldo Saucedo Parada. Los agentes de la CIA recogieron los documentos de los guerrilleros para efectuar un inventario.

El helicóptero regresó a La Higuera para trasladar a los muertos, con órdenes expresas de que el Che fuera el último.

En el humilde caserío de La Higuera, testigo de los asesinatos del Comandante Ernesto Che Guevara, del peruano Juan Pablo Chang Navarro y del boliviano Simeón Cuba (y de resultar ciertas las confesiones del General  Juan José Torres, también de Aniceto Reynaga), narraron que los acontecimientos conmocionaron a los pobladores. Algunos  soldados arrastraron el cadáver antes de ponerlo en la camilla para trasladarlo hasta el sitio en que lo recogería el  helicóptero llegado desde Vallegrande.

Los vecinos de La Higuera y algunos militares reaccionaron indignados cuando un soldado con un palo trató de golpear el cuerpo del Che, entonces cubrieron el cadáver con una frazada. El sacerdote Roger Shiller  rezó una oración y se dirigió a la escuelita, lavó la sangre y guardó los casquillos de las balas con las que lo asesinaron.

A las 4 de la tarde partió el helicóptero piloteado por el mayor Jaime Niño de Guzmán. Transportaba, en una camilla de lona, el cuerpo del Guerrillero Heroico.  Media hora más tarde aterrizaba en Vallegrande.

A través de varios reportajes de los corresponsales de prensa, se conoce la repercusión que provocó en Vallegrande la llegada del cadáver.

Daniel Rodríguez, corresponsal del periódico El Diario de la ciudad de La Paz, escribió que la noticia del arribo de los restos delChe Guevara conmovió a la población, que en número crecido se trasladó hasta la pista y luego al hospital. La multitud trató de arrebatarles el cadáver y los efectivos del ejército tuvieron que esforzarse para evitar el asalto. El pueblo se volcó a la pista y estaba decidido a no permitir el traslado del cuerpo para ninguna parte. Los militares desamarraron el cuerpo, sujeto a la plataforma externa del helicóptero, y rápidamente lo introdujeron en una ambulancia que a toda velocidad lo condujo al hospital ‘Señor de Malta’.

Christopher Rooper, corresponsal de la agencia de noticias Reuter, trasmitió lo siguiente desde Vallegrande:  “El cadáver fue retirado del helicóptero e introducido en un furgón Chevrolet que, perseguido por ansiosos periodistas que se habían trepado al primer jeep que encontraron a mano, se dirigió hacia un pequeño local que hace las veces de morgue en esta localidad. Se hicieron esfuerzos por impedir que espectadores y periodistas penetraran al recinto. En la puja se destacó particularmente un individuo rollizo y calvo, de unos 30 años, quien, aunque no llevaba insignia militar alguna sobre su uniforme verde oliva, parecía haberse hecho cargo de la situación desde que el helicóptero aterrizó. Esta persona viajó con el cadáver en el furgón Chevrolet. Ninguno de los jefes militares reveló su nombre de dicha pero versiones locales coinciden en que se trata de un exiliado cubano que trabaja para la CIA”.

¡Nos lo llevamos para el carajo!

El periodista inglés Richard Gott, del periódico The Guardian de Londres, confirmó la presencia de la CIA en esa población, al manifestar que, desde la llegada del helicóptero, la operación fue dejada en manos de un hombre en traje de campaña, que era incuestionablemente uno de los representantes del servicio de inteligencia de Estados Unidos. Este es su relato: “El helicóptero aterrizó a propósito lejos de donde se había reunido un grupo de personas y el cuerpo del guerrillero muerto fue trasladado a un camión. Lo seguimos en un jeep y el chofer se las arregló para atravesar las verjas del hospital, donde el cadáver fue llevado a un cobertizo descolorido que servía de morgue. Las puertas del camión se abrieron de repente y el agente americano saltó, emitiendo un grito de guerra: ‘¡Vamos a llevárnoslo para el demonio o para el carajo, lejos de aquí!’ Uno de los corresponsales le preguntó de dónde venía él. ‘¡De ninguna parte!’, fue la respuesta insolente. El cuerpo vestido de verde olivo, con un jacket de zipper, fue llevado al cobertizo. Tan pronto como el cuerpo llegó a la morgue, los médicos comenzaron a inyectarle profilácticos. El agente americano hacía esfuerzos desesperados para aguantar a la gente. Era un hombre muy nervioso y miraba iracundo cada vez que una cámara era dirigida hacia él. Se daba cuenta de que yo sabía lo que él era. No debía estar allí, ya que esa es una guerra en la cual los Estados Unidos no debían tomar parte. Sin embargo, estaba aquí este hombre, hablando con los oficiales de mayor graduación en términos familiares.”

El agente de la CIA Gustavo Villoldo y Toto Quintanilla llevaron el cadáver hasta la lavandería del hospital. Al depositarlo en el piso, el agente, demostrando su condición moral, le dio una patada. Después, cuando lo subieron al lavadero, le golpeó el rostro. Toto Quintanilla le tomaba las huellas dactilares. Obligaron a los médicos a realizar la autopsia y a inyectarle formol, para esperar el arribo de un equipo de peritos argentinos.

En el hotel Santa Teresita de Vallegrande, los agentes de la CIA y los militares bolivianos festejaron la muerte del Che. Félix Rodríguez  abrió una botella de whisky y brindó con los presentes.

En el caserío de La Higuera, el sacerdote Roger Shiller convocó a los pobladores para oficiar una misa por el Che Guevara y sus compañeros asesinados. Todos asistieron llevando velas. El silencio fue absoluto y muy impresionante. Nadie entendió por qué fueron asesinados. El sacerdote pronunció las siguientes palabras: “Este crimen nunca será perdonado. Los culpables serán castigados por Dios.”

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