Cazadores de humanos

José Luis Muñoz.

Escritor. Socialismo 21 .

En la película Los leones de la noche, un film de Stephen Hopkins basado en hechos reales que sucedieron a principios del pasado siglo, dos leones macho apodados Ghost y Darkness se habituaban a la carne humana  y hacían estragos entre los trabajadores hindús del ferrocarril que se estaba construyendo en Kenia en los alrededores del río Tsavo. Los leones estaban hambrientos, las presas eran fáciles — las fieras irrumpían por la noche en el campamento de los trabajadores y arrastraban a sus víctimasfuera de sus tiendas  — y preferían el sabor de la carne humana a la de ñus o impalas de su dieta habitual. Val Kilmer y Michael Douglas, que encarnaban en la ficción cinematográfica a los cazadores, ponían fin a la vida de ese tándem de fieras que se calcula que devoraron a 135 personas. Los leones cometieron la equivocación de cazar humanos y eso les costó que acabaran con ellos.

No hace muchos días, un veterano retirado de los navyseal—tropa de élite norteamericana que ha subido muchos enteros desde que asesinaron a Osama Bin Laden y Kathryn Bigelow recogió su hazaña en una bien documentada película Zero Dark Thirty que es candidata a los Oscar— que había combatido en Irak fue muerto por disparos cuando practicaba una discutible terapia antidepresiva contra el estrés postraumático con otro exmilitar en un campo de tiro: su paciente volvió su arma contra él y otro compañero e hizo fuego.

El veterano militar de 38 años y aspecto físico imponente, alto, cuadrado, con barba, un guerrero muy cinematográfico—de hecho era casi idéntico a alguno de los actores de la película de Kathryn Bigelow que acaban con la vida de Osama Bin Laden—, que había escrito un libro sobre sus experiencias bélicas, el best seller autobiográfico American Sniper, no era un militar cualquiera. Si el deber de un soldado en la guerra es matar al enemigo, él mataba mucho y lo hacía con extraordinaria pericia. Chris Kyle, aunque bien podría haberse llamado Killer, alardeaba de haber liquidado a doscientos cincuenta enemigos—el Pentágono rebajaba su cifra a 150—del país que había invadido. Los contaba. “Soy el tirador más letal en la historia de Estados Unidos”. Batió un récord y fue condecorado por ello. Este francotirador, cuando disparaba al enemigo no se preguntaba por si tenía familia, esposa o hijos: apuntaba a la cabeza, desde las terrazas de las derruidas ciudades iraquíes, apretaba el gatillo, obsesionado por esa contabilidad macabra, e iba sumando muertos. Decía que los rebeldes pusieron precio a su cabeza, 80.000 dólares, y le apodaban Al Shaitan Ramadi, El diablo de Ramadi. La guerra le permitía ser asesino en serie sin tener que responder por ello sino, todo lo contrario, ser condecorado: es la esquizofrenia de los conflictos armados, de los que no pocos de los que regresan de ellos con vida no asumen y siguen matando de vuelta a casa.

Militares entusiastas e implacables como el desaparecido Kyle, que además era defensor a ultranza del derecho a ir armado y se oponía rotundamente al presidente Barack Obama, esgrimiendo la famosa Segunda Enmienda, que aboga por un mayor control de armas después de todas las masacres que han sacudido la sociedad norteamericana, son los que en buena parte hacen que el ejército de Estados Unidos sea el más eficaz y mortífero del mundo, de eso no hay duda. A Kyle, conservador a ultranza cuyos valores se resumían en el lema Dios, Patria y Familia, cazador de humanos (antes cazaba en Texas, con su padre, y desde niño era muy aficionado a las armas de fuego), lo cazó otro cazador, Eddie Ray Routh, de 25 años, que se enfrentará a la pena de muerte mientras del sargento Robert Bales, otro cazador que asesinó a 16 civiles en Afganistán en una salida nocturna, nada se sabe.

Héroes como el finado Chris Kyle hay en todas las guerras. Un campesino de Tennesse, que con su endiablada puntería aterrorizaba a las gallinas de su corral, cambió el objeto de sus disparos en la Primera Guerra Mundial. Alvin York, que así se llamaba, liquidó, disparo a disparo, a los miembros de una posición alemana e hizo prisioneros a los 132 supervivientes de su cacería. Fue condecorado y Howard Hawks hizo una estupenda película sobre su peripecia bélica que interpretó Gary Cooper: El sargento York.

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Vasili Záiset

A Kyle casi le igualó el ruso Vasili Záiset que acreditó 242 muertes entre soldados alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Para cazar a Záiset, los alemanes lo enfrentaron al mayor Erwin Köning, cuya existencia no está del todo demostrada, que tenía 400 muescas en la culata de su fusil. El director francés Jean Jacques Annaud recogió la gesta de estos dos cazadores enfrentados en Stalingrado en la excelente película bélica Enemigo a las puertas y el guapo Jude Law puso cara a ese francotirador letal mientras Ed Harris encarnaba a Köning.

Menos dudas ofrece la existencia documentada de Matthäus Hetzenauer, un austríaco perteneciente a una división de cazadores de montaña y al que se le atribuyen 345 muertes confirmadas.Pero todos se quedan cortos ante el finlandés Simo Häyhä, apodado por sus posibles víctimas como La muerte blanca. 540 soldados soviéticos pasaron a mejor vida por el impacto certero de sus balas en el corto espacio de tres meses; una grave herida le impidió ir sumando víctimas y llegar al millar. El mortífero Häyhä, que actuaba vestido siempre de blanco y a temperaturas entre 20 y 40 grados bajo cero, no utilizaba mira telescópica, para que su brillo no le delatara, y engullía nieve antes de cada disparo para evitar el vaho de su aliento. Adelbert Waldron, marine en la guerra de Vietnam, fue más modesto: 109 vietcongs abatidos en la jungla. Y así podríamos seguir hasta el infinito si nos paseáramos por todas las guerras (la de los Balcanes se hizo extraordinariamente repugnante por la actuación de los francotiradores en Sarajevo, por ejemplo) habidas y por haber.

Las guerras son siempre detestables, hasta las necesarias de autodefensa, hasta las que los habitantes de un país invadido se ven obligados a librar contra sus invasores. La muerte en combate es siempre algo sucio que no tiene gloria. Pero no es lo mismo matar en el fragor de la lucha, a ciegas, que hacerlo fríamente, apuntando con la mira telescópica de tu arma a un objetivo humano, un acto que requiere temple y frialdad extrema. La víctima en combate es anónima, es un tú o yo dentro de esa locura sin sentido que enfrenta a hombres que no se conocen y quizá hasta serían amigos en otras circunstancias. Quien está en el punto de mira del francotirador, no.

Kyle, en su libro superventas, dijo que mató terroristas y salvó a muchos de los suyos. Reconoció, en un gesto digno de elogio, que disparó contra una mujer que llevaba una granada pero no lo hizo contra el niño que le acompañaba y que seguramente crecerá con el odio a Estados Unidos y sea un futuro terrorista. Kyle era el producto de un mundo binario, en donde sólo hay blanco o negro, sin matices, buenos y malos, y él formaba parte de los buenos. “En Irak llamábamos salvajes al enemigo porque no hay otra manera de describir lo que allí encontramos”. Seguramente estaba en lo cierto cuando dice que salvó con su letal carrera a muchos de los suyos, y es su punto de vista, como el punto de vista de los que abatía era que El diablo de Ramadi formaba parte del ejército que había invadido y machacado  a conciencia su país. Una argumentación parecida, la de Kyle,  a la que justifica las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki: en realidad salvaron muchas vidas exterminando a 220.000 personas en un segundo.

El lema de la compañía de seguridad que había creado Kyle era muy diáfano: “A pesar de lo que te dijera tu madre, la violencia resuelve los problemas”. Toda una filosofía de la vida de la que acabó siendo víctima. Imagino que Kyle debía de ser devoto lector del Antiguo Testamento, no del Nuevo. En el Nuevo habría encontrado una frase de Jesucristo que explica el fin de su vida a manos de un colega en un campo de tiro de Texas: “Quien a hierro hiere, a hierro muere”. Enorme vigencia, siempre, la de Jesucristo.

*José Luis Muñoz es escritor y miembro de Socialismo 21. Sus últimos libros son Llueve sobre La Habana (La Página Ediciones, 2011), Patpong Road (La Página Ediciones, 2012) y Bellabestia (Sigueleyendo.com, 2012). Acaba de publicar La invasión de los fotofóbicos (Atanor, 2012), una novela de fantasía y terror.

1 comentario de “Cazadores de humanos

  1. O/C
    22 Febrero, 2013 at 21:55

    Más exactamente la cita a la que alude usted es más exactamente: “Quien a hierro mata a hierro muere”. Pues no habría correspondencia entre herir y matar; en realidad esa ética judáica refiere al “ojo por ojo y diente por diente”, que no parece entender usted de esta manera que digo yo y también la Torá.
    Por otra parte me inquieta sobremanera eso de la “vigencia enorme, siempre, de Jesucristo”, ese personaje que no existió nunca.

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