Por eso digo Armando, como quien dice amigo

Rodrigo Vázquez de Prada y Grande

Co-Director de Crónica Popular

Minutos antes de decirle el último adiós, su hijo, Carlos, se despidió de él, el 26 de marzo, en el cementerio de la Almudena leyendo el poema que le había dedicado Gabriel Celaya. Años antes, el 10 de junio de 2011, la actriz y cantante Susana Oviedo lo había leído también en el homenaje que se le rindió en el Ateneo de Madrid a junto  al poeta Carlos Álvarez.

© Bernd Kolter

José Luis López Bulla © Bernd Kolter

Muy próximo al féretro y junto a su hermana Victoria, Carlos López Balduque, economista y diplomado comercial del Estado, leyó con voz trémula aquel bellísimo poema escrito en honor de su padre por uno de los grandes vates en lengua española, el vasco de nombre Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya, que, tras estudiar ingeniería y ser gerente de la empresa familiar, uno de los astilleros de más historia del País Vasco, lo abandonó todo para dedicarse por completo a lo que él consideró que era “un arma cargada de futuro”, la poesía. Pero no a cualquier poesía. En uno de sus poemas Gabriel Celaya lo había dejado meridianamente claro: “Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse”. Y él tomó partido, partido “hasta mancharse”. Como Armando.

El poema “A Armando López Salinas” lo había incluido Gabriel Celaya junto a otros que mostraban sus lazos personales más hondos, entre ellos el dedicado “A Amparitxu”, su inseparable Amparo Gastón, en la antología “El hilo rojo”. Un libro editado en 1977, con un título sugerido, según confesaba en  su introducción, por “aquel célebre texto de Engels en el que, refiriéndose a la conexión entre las relaciones económicas, políticas y culturales, hablaba del hilo rojo que atraviesa toda la historia y sirve de guía a aquellos que quieren comprenderla”. En 2012, el CAUM, al que Gabriel Celaya perteneció hasta su muerte, lo reeditó en su centenario.

“Viene como si nada, tranquilo, sonriendo
detrás de su bigote iluminado
Viene
Y ahí está soportando las cóleras del uno,
los discursos del otro,
y los mil estropajos de los zarrapastrosos.
Escucha. No se ofende.
No responde con ira al iracundo.
Responde con razones.
Nada le hace temblar. Está seguro
en lo suyo.
Y responde por eso como corresponde,extendiendo razones,
callando corazones.
A veces le he atacado, violento
-es mi modo de ser, pido perdones-,
y él me ha ganado siempre
como quien no hace nada o sabe que uno vuelve.
Yo vuelvo, siempre vuelvo, como a un valor seguro,
a este Armando increíble
como el diamante, puro, como la luz, tranquilo,
que me salvó cien veces de las mil y una noches
de los vosogos, de los curicutráceos,
de los protosongos, peropartículos,
y del M.P.O., y el S.O.T.R., por no hablar de otras
siglas
y me ha salvado-digo-,
sobre todo, de mí mismo.
Por eso digo Armando, como quien dice amigo”.

Gabriel Celaya no escribió elogios vanos sobre su amigo y camarada. Su poema lo dice todo sobre Armando. Hace revivir su mirada, sus gestos, su manera de hablar, pausada y serena, su forma de encararse con la vida…  Gabriel Celaya retrató a Armando con una gran fidelidad.  Sus palabras son sumamente descriptivas de cómo era Armando. Y, además, poseen una gran riqueza plástica. Es como si las manos de Gabriel Celaya, que también eran particularmente hábiles para el dibujo y la pintura, aunque nunca se decidió a internarse en el campo pictórico, hubieran plasmado su efigie sobre un lienzo. Gabriel Celaya supo escribir sobre Armando palabras a las que dotó no solo de la rica y bella sonoridad de su métrica, sino también de textura, materia y color. Como si, utilizando pinceles y una caja de colores, hubiera extendido sobre una tela  el “color sonoro, puro, quieto, blando, incalculable al mar de la paleta”, como lo definió Rafael Alberti en su soberbio poemario “A la pintura”. Realmente, pocas veces se han engarzado en un poema palabras que describan con tanta veracidad los perfiles de un hombre comprometido. Por eso también parece percibirse en las palabras de Gabriel Celaya la misma sonrisa y la ternura de Armando, como me recuerda Emilia Graña, del mítico bufete laboralista de la calle de Españoleto, que había viajado con él y otros militantes comunistas al Consejo Mundial de la Paz que, en los setenta y tantos, se celebró en la entonces llamada Leningrado…

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Una sala abarrotada de amigos de Armando © Bernd Kolter

Aquellas palabras de Gabriel Celaya me emocionaron cuando las escuché en el Ateneo leídas por Susana Oviedo, me causaron mayor emoción aún cuando su hijo Carlos las leyó en La Almudena y las recordaba en la tarde del día 15 de abril, momentos antes de que diera comienzo el homenaje a Armando López Salinas que, organizado por AMESDE, la Asociación de la Memoria Social y Democrática, nacida en 2005 como “un instrumento para dar a conocer la  Historia de  La Memoria Democrática de España sin olvido ni manipulaciones”, .congregó a cerca de un centenar de amigos del escritor comunista en Blanquerna, la librería/sede en Madrid de la Generalitat de Cataluña.

El recuerdo de Armando López Salinas fue conducido en Blanquerna, con respeto y admiración, por  Amparo Climent, actriz y artista plástica, autora de una impactante obra titulada Contra la impunidad, que llevó en 2013 a la ciudad sueca de Malmö y que será expuesta en Madrid, en fechas próximas, en la que denuncia el desamparo político y jurídico que siguen sufriendo las víctimas de los crímenes de guerra y de Lesa humanidad; una obra en la que hace un interesante montaje artístico en el que, al lado de otros elementos, se muestran más de cien fotografías de hombres y mujeres desaparecidos en la guerra de España y retratos al óleo, de gran formato, de algunos de los artistas, pensadores, políticos y poetas del siglo XX, que apostaron por la libertad, como Clara Campoamor, Rosa Luxemburgo, Pablo Neruda, Margarita Xirgu, Miguel Hernández, María Casares, Antonio Machado, María Zambrano, Federico García Lorca, Marcos Ana, Ma Teresa León, Tina Modotti, Dolores Ibarruri, y José Luis Sampedro.

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Antonio Gallifa © Bernd Kolter

Los primeros en intervenir, el profesor Jaime Ruiz y la historiadora Mirta Núñez Díaz- Balart, dos intelectuales a los que se debe una encomiable labor de recuperación de la memoria histórica, presidente y vocal de la junta directiva de AMESDE, respectivamente.  Pero no era ésta la primera vez que AMESDE aparecía ligada a la figura y trayectoria de Armando López Salinas. En la última semana de julio de 2012, Armando López Salinas había participado en una de las mesas  de debate del Curso de Verano en El Escorial de la UCM en torno a El peso del pasado: Franquismo y antifranquismo en la España constitucional. Una mesa redonda en la que, con la lucidez que mantuvo hasta sus últimas horas, Armando López Salinas comenzó su intervención recordando, entre otras cosas, que “no está de más el ejercicio de la memoria, porque ésta es un asidero de la conciencia de lo vivido y, por tanto, un instrumento esencial en esta larga guerra del tiempo que es la lucha de clases”.

Jaime Ruiz es presidente también de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid, pertenece al sindicato de Enseñanza de CC.OO. y es autor de una original obra homenaje a su paisano el poeta soldado Miguel Hernández, Garbera de recetas hernandianas. Sucedió al frente de esta asociación de memoria histórica a otro gran combatiente comunista, Miguel Núñez, dirigente del PSUC y diputado de 1978 a 1982, con una condena a muerte, torturas y muchos años de lucha y de cárcel a sus espaldas, fallecido en 2008, y autor de un libro de memorias titulado La revolución y el deseo. Mirta Núñez Díaz- Balart, profesora titular en el Departamento de Historia de la Comunicación Social, en la Universidad Complutense de Madrid, y autora de libros como La Prensa en la zona republicana durante la guerra civil española, Javier Bueno, un periodista comprometido o Los años de terror, la estrategia de dominio y represión del general Franco, cogió el testigo de otro historiador de prestigio, Julio Aróstegui – autor, entre otras obras, de una completa biografía del dirigente socialista Francisco Largo Caballero http://www.cronicapopular.es/2013/09/largo-caballero-el-teson-y-la-quimera/-, como directora de la cátedra extraordinaria de Memoria Histórica del Siglo XX, creada en 2004 en la UCM, por una comisión mixta de catedráticos de dicha universidad  y miembros de AMESDE, siendo Rector el catedrático de Economía Aplicada Carlos Berzosa.

Después, sus dos hijos, Victoria y Carlos, darían lectura a un escrito en el que habían sintetizado algunos de los recuerdos más vivos que guardan de sus padres, y rendían  un merecido reconocimiento a su madre, Teresa Balduque, una mujer tan fuerte como discreta, “siempre en segundo plano, facilitando la labor en la sombra”, fallecida pocos meses antes que Armando. Con emoción, Victoria y Carlos hicieron referencia a “las vivencias personales, los momentos entrañables, los duros, que los ha habido”, que “han forjado el respeto, la admiración y el amor profundo, valores que nos fueron inculcando día a día y que han hecho de nosotros mejores personas”. Entre ellas, recordaron “las vacaciones de algunos años en países entonces prohibidos a los que llegábamos con documentación preparada por Domingo Malagón y que luego nunca podíamos contar a nuestros amigos, sus detenciones, con nuestras visitas a Carabanchel, las llamadas telefónicas anónimas amenazantes” y “su aplomo y entereza ante aquellas situaciones”.

En la mesa, entre Jaime Ruiz y Carlos López Balduque, un sindicalista de primera línea en la lucha por las libertades durante la dictadura franquista, el granaíno afincado en Cataluña José Luis López Bulla. Secretario general de las Comisiones Obreras de Cataluña de 1976 a 1995, militante del PSUC durante muchos años y diputado al Parlament en 1999, José Luis López Bulla se refirió a Armando López Salinas calificándole de hombre templado e intelectual potente que dedicó gran parte de su vida, sino toda, al Partido. Pero este sindicalista, que forma parte de lo que Francisco Candel denominó en una de sus obras escritas en los años sesenta como “los otros catalanes”, hizo unas reflexiones de particular interés en torno a la novela La mina. Para él, “tendría gran interés que los sindicalistas (especialmente las nuevas generaciones) leyeran la novela más celebrada de López Salinas, La Mina,  una de las más significativas del realismo social español. La Mina debería ser una asignatura en los cursos de formación de dirigentes sindicales”. Y añadió:”En no pocas ocasiones el estudio de importantes textos literarios ha sido más atractivo para la capacitación de los dirigentes sindicales que los pesados ladrillos retóricos que, con cierta frecuencia, se ofrecen”.

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Julio Diamante © Bernd Kolter

En Blanquerna, volvieron a leerse poemas en memoria y homenaje a Armando. Poemas escritos por dos imponentes poetas y escritores y amigos de muchos años del autor de La mina. El primero de ellos, escrito por Antonio Ferres, con el que Armando López Salinas había escrito en 1960 el libro Caminando por las Hurdes. Antonio Ferres fue amigo de la primera hora de Armando López Salinas. Se conocieron en los años cincuenta del pasado siglo trabajando en el Laboratorio Central de Ensayo de Materiales de Construcción, dependiente del Ministerio de Obras Públicas. Armando, que desde muy niño había trabajado en todo tipo de oficios, había logrado hacerse delineante proyectista estudiando en clases nocturnas y como tal ingresó en el citado organismos que dirigía el ingeniero de Caminos Eduardo Torroja. Antonio Ferres había ingresado como ingeniero técnico industrial.

Poco después se convirtió en uno de los grandes escritores de la escuela del realismo social. Tras obtener en 1956 el Premio Sésamo por su cuento Cine de barrio y escribir en 1959 su primera novela, La piqueta, padeció la persecución implacable de la censura franquista, que prohibió la edición, en  1961, de su novela Al regreso de Boiras, y, en 1962, de Los vencidos, si bien no pudo impedir que en 1964 le fuera otorgado el Premio Ciudad de Barcelona, por Las manos vacías. En el marco de una dilatada carrera literaria, que dio a la imprenta 23 obras y que combinó con la docencia como profesor de teoría literaria en universidades de EE.UU. y México, entre 1965 y 1976, año en que regresó a España, Antonio Ferres se adentró en la poesía a partir de 1997, con obras como La inmensa llanura, La inmensa llanura no creada y La desolada llanura. Entre medias de esta producción poética, Antonio Ferres escribió en 2002 la primera parte de sus recuerdos, titulados Memorias de un hombre perdido.

Al poema escrito en homenaje a su camarada de tantos años, El jardín vivo, Antonio Ferres añadió una dedicatoria sumamente expresiva de todo lo que unió a estos dos escritores comprometidos. “En recuerdo de Armando López Salinas que hasta las última horas de su vida creyó que “la tierra será el paraíso, la patria de la Humanidad”. Lo leyó su amigo Javier del Amo, también escritor y ensayista, al que se deben obras como  El sumidero, Las horas vacías, o El caniche de Rembrandt y otros cuentos, y que supo transmitir a quienes lo escuchamos el hondo sentir de Antonio Ferres.

 “No sé qué paraíso pueda haber mejor
cuando brotan los árboles y prados
y huele a lluvia
A lo mejor en otras galaxias
otros mundos con flores y arrecifes
mundos donde seguir un día
huyendo de la guerra y de la muerte
tierras donde seguir cantando
en mañanas de lluvia
en cuerpos temblorosos
con la piel tibia de la juventud”.

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Juan Trías Vejarano © Bernd Kolter

Antes de que se leyera su poema, Antonio Ferres me hacía una precisión sobre los premios literarios que recibió nuestro querido Armando. En 1962 se le otorgó por “Año tras año” el Premio Ruedo Ibérico de Novela – no el Premio Antonio Machado– que la mítica editorial fundada en París, en 1961, por José Martínez concedía en recuerdo del poeta muerto en el exilio, en la localidad francesa de Collioure. “Yo formaba parte del jurado que lo concedió”, me dice. Y, en efecto, así fue. Antonio Ferres formaba parte del jurado de tal galardón, junto al editor y poeta Carlos Barral, y los escritores Juan García Hortelano y Juan Goytisolo, integrantes asimismo de la escuela del realismo social.

Después leyó el suyo el poeta Carlos Álvarez, jerezano hijo de fusilado en la guerra de España, encarcelado y exiliado por su lucha contra la dictadura, junto al que trabajé en Mundo Obrero entre 1977 y 1978. Carlos Álvarez es autor de catorce poemarios, desde el primero de ellos, Escrito en las paredes, editado en 1962 y con el que fue finalista en ese año del Premio Ruedo Ibérico de poesía, hasta La tercera mitad, la antología que sacó a la luz en 2007, pasando por sus Papeles encontrados por un preso, de 1967, y sus Versos de un tiempo sombrío, de 1976.

En Blanquerna, Carlos Álvarez leyó un poema que tiene una dedicatoria “a los que son como Armando”.

“…abren la puerta,
el cáliz,
la generosa pulpa refrescante
del fruto. No preguntan,
pero te dan su techo,
limpian
de polvo la almohada,
mecen
la paz de tu descanso, y en la mesa
brilla más la caricia del mantel.
Cuando te miran
alguna espiga ríe; sus palabras
llevan brisa o arena que te envuelve,
según tu propio ritmo, y el tamaño
de sus abrazos colma la más ebria
medida
de un corazón hambriento…
tienen
todos el mismo nombre: Camarada”.

Y entre poema y poema, otros fueron desgranando parte de sus recuerdos de Armando, aportando con sus palabras pinceladas rápidas que trataron de componer de alguna manera el retrato oral de lo que fue Armando López Salinas. De los recuerdos de su infancia que recogió en varias conversaciones con él, habló el director de cine Julio Diamante Stilh, que, junto a Jesús López Pacheco, otro de los grandes del “realismo social” y autor de otra potente novela, “Central eléctrica”, formó parte del primer grupo comunista que se constituyó en la Universidad de Madrid, que dirigió muchos años el Festival de  Benalmádena, y al que se deben películas como “Los que no fuimos a la guerra”,Tiempo de amor” o “La memoria rebelde”. Julio Diamante, que lo conoció también como Antonio Ferres en los años cincuenta recordó en Blanquerna cómo Armando López Salinas fue un “niño de la guerra” que tenía 11 años cuando tuvo lugar el golpe de Estado de Mola y Franco, y “conservaba muy vivas imágenes de la defensa de Madrid; por ejemplo, cómo había ido con otros chicos del barrio a ver desfilar a los brigadistas internacionales por la Gran Vía. Especialmente amargo le resultaba recordar el final de la guerra, con la  aparición de los moros y de los falangistas cantando el “Cara al sol”. Estaba jugando a “dola” cuando vió como detenían a su padre, que le dijo: “ahora me llevan estos señores a las Salesas”. Y él, “como un cordero” siguió a su padre y a quienes le habían detenido”.

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Antonio Ferres © Bernd Kolter

De su vertiente de escritor hablaron dos especialistas: el catedrático de Literatura de la Universidad Complutense de Madrid, José Manuel Pérez Carrera, y el profesor y escritor David Becerra. Según Pérez Carrera, autor entre otras obras de una Guía para la lectura del Requiem por un campesino español, de Ramón J. Sender, lo que unió a Armando López Salinas y a la llamada generación del medio siglo, fue “ante todo, una coincidencia cronológica”, ya que “nacidos entre 1922 y 1937, no habían participado en la guerra civil, pero la habían vivido (y padecido) como niños”, pero, además, añadió, y, frente al individualismo de los escritores de los cuarenta, “su conciencia de pertenecer a un grupo generacional: entre ellos había compañerismo, amistad, intercambio de ideas, colaboración en idénticas publicaciones, indiferencia, que en aquella época significaba mucho, en el terreno religioso y, sobre todo, inconformismo político con la situación de España, lo que llevó a muchos de ellos a la militancia política en partidos de izquierda. Por poner dos ejemplos, Luis Martín Santos en el PSOE y Armando López Salinas en el PCE. De ahí el intento de crear una literatura comprometida, social y testimonial, colectiva y de denuncia”.

David Becerra Mayor, doctor en Literatura española por la Universidad Autónoma de Madrid, es autor de artículos de crítica literaria en torno a obras como La Celestina o El Quijote y la producción literaria de escritores como Quevedo, Torres Villarroel, Galdós, García Lorca, Max Aub o Miguel Hernández, del espléndido ensayo La novela de la no-ideología (2013) así como del estudio más completo sobre la mejor novela de Armando López Salinas, La mina, cuya primera edición se remonta a 1960, y que, con un estudio introductorio suyo, Akal editó en 2013. David Becerra, que, asimismo, es responsable de la Sección de Estética y Literatura de la Fundación de Investigaciones Marxistas, y director de Revista de crítica literaria marxista, denunció que muchos años antes de su desaparición “”Armando López Salinas ya había conocido la muerte, la muerte literaria”. Y después reiteró con firmeza la constatación central que preside su estudio de La mina. Para él está claro que La mina ha sido olvidada y silenciada “porque molesta. Y molesta porque quiebra el relato de la Transición; un relato que se ha construido sobre el mito de que grandes hombres con grandes gestos trajeron a España la democracia, cuando, en realidad, la democracia fue consecuencia de la lucha de miles de hombres y mujeres como los que La mina describe”.

El director de teatro, catedrático de la Escuela de Arte Dramático, escritor y ensayista Juan Antonio Hormigón, autor de una amplia producción literaria, entre la que destacan varios libros sobre Bertold Brecht, recordó que conoció a Armando Lòpez Salinas siendo muy joven, que lo visitó muchas veces en su casa, “una casa que parecía el hogar de un personaje de las novelas de Pratolini” y que lo acompañó también a muchos encuentros en cafés y reuniones diversas. “Siendo como era tan notorio en su militancia, parecía que llevaba siempre al Partido a sus espaldas, nunca supe ni por asomo lo que eran sus responsabilidades más recónditas.

Hormigón rememoró el momento en que le preguntó si estaba escribiendo algo, ya que hacía tiempo ya que no publicaba. “Me dijo que andaba a vueltas con una novela que transcurría durante la guerra carlista, la segunda, creo. Y me aclaró: “No está mal escribir sobre eso”. Por supuesto que le dije que me parecía muy interesante.Tiempo después, un día que estaba en su casa salió por alguna razón del despacho y me quedé a solas con Tere, su mujer, que nos había traído un café, Le dije a Tere que era una pena que no escribiera y me comentó: “Me da pena. Tiene una novela empezada, como sesenta folios, y me da mucha pena cuando la veo y que las páginas ya se están poniendo amarillas”.

 Rosa de Madariaga. © Bernd Kolter

Rosa de Madariaga. © Bernd Kolter

A la condición de Armando López Salinas como dirigente comunista se refirieron otros que participaron muy de cerca en su valiosa experiencia política, en su dilatada militancia. Entre ellos, Víctor Díaz Cardiel, que bajo la dictadura fue secretario general del PCE de Madrid y miembro del Comité Central y del Comité Ejecutivo. Este histórico militante comunista, que permaneció preso en la cárcel de Carabanchel de 1965 a 1974, es, sin duda alguna, quien trabajó más estrechamente con Armando López Salinas y quien estuvo junto a él en los momentos más delicados de la dictadura y de la Transición. El sólo podía relatar prácticamente la vida política completa de Armando López Salinas. Conserva en su memoria fechas, datos y posiciones políticas que conforman la historia del PCE, la durísima represión a la que fue sometido el Partido por la dictadura, las caídas de los aparatos de dirección y las construcciones de nuevos equipos que los sustituían, las continuas e incesantes detenciones (1.500 solo entre 1961  1965), los procesamientos por el TOP (920 entre 1967 y 1976) y las muertes de muchos militantes, entre ellos Julián Grimau, fusilado en abril de 1963, con el que se había reunido momentos antes de ser apresado por la delación de un confidente policial y fusilado en abril de 1963 en un “crimen de Estado”, tal como siempre lo calificó el magistrado juez Juan José del Águila. De Armando López Salinas lo recuerda todo, desde su ingreso en el Partido en los cincuenta del pasado siglo, su elección en 1965 como miembro del Comité Central, junto a él mismo, y los abogados laboralistas María Luisa Suárez y Manolo López, hasta todas sus detenciones, una por una.

Entre otras, la que compartieron juntos, en noviembre de 1975, antes del fallecimiento del dictador Franco, junto a un total de nueve dirigentes, entre ellos Simón Sánchez Montero, Pepe Cabo, y Salvador Ruiz Soler, hermano del bailarín Antonio. Los pormenores de aquellas detenciones y procesamientos dictados por el siniestro juez del Tribunal de Orden Público Rafael Gómez Chaparro figuran en la información que Víctor conserva, publicada en solitario por Nuevo Diario y escrita por quien escribe estas líneas. Víctor recuerda también cómo Armando López Salinas continuó luchando hasta el final en todo tipo de movimientos sociales, como la UCR, la Unidad Cívica por la República, la Plataforma contra la impunidad de los crímenes del franquismo, creada el 26 de mayo de 2010, cuando Víctor, él y otros resistentes, entre ellos Julián Rebollo y José María Coronas, decidieron manifestarse todos los jueves en la Puerta del Sol, con pancartas y fotografías de víctimas de la dictadura, en una acción que recuerda a la de las Madres de la plaza de mayo, de la Argentina. O, en fin, la Plataforma de la Verdad, en contra de la impunidad y la ley de Amnistía de 1977, todavía en vigor, en cuyo apartado f, declaró amnistiados “los delitos cometidos por los funcionarios y agentes del orden público contra el ejercicio de los derechos de las personas”. Porque, como denunció, “lo peor fue, sin embargo, que no solo se decretó la Amnistía sino que se decretó el olvido”. Su homenaje a su amigo concluyó con las siguientes palabras: “Armando militó hasta el último momento. Hasta que fue ingresado en el Hospital para ser operado el 11 de noviembre de 2013…”

El profesor Juan Trías Vejarano, catedrático emérito de Historia de las Ideas y de las Formas Políticas en la Universidad Complutense de Madrid y autor de libros tan rigurosos como Pí y Margall. Pensamiento social y Almirall y los orígenes del catalanismo conoció también el trabajo eficaz, callado y entregado de Armando López Salinas. Para él, “Armando pertenece a un grupo de dirigentes comunistas, que, en las condiciones excepcionalmente difíciles de los años cincuenta y sesenta, aseguraron la continuidad del partido y su dirección en el interior, a la par que abrían las puertas para la gran incorporación de militantes y cuadros en el marco de lo que sería la política de reconciliación nacional. Estoy pensando en Simón Sánchez Montero, Paco Romero Marín, José Sandoval, y, el más joven de ellos, nuestro Armando”. Todos ellos, destacó, “sacrificaron su vida y, en ocasiones, sus opiniones personales,  en pro de lo que consideraban el valor fundamental: la unidad y disciplina del partido, condición indispensable para que éste pudiera desempeñar su papel de vanguardia en la lucha antifranquista”.

© Bernd Kolter

David Becerra © Bernd Kolter

Antonio Gallifa, economista, presidente de Renovación Editorial, la sociedad editora de Crónica Popular y autor de la novela El espíritu de la sonrisa, que Antonio Ferres presentó en el CAUM meses atrás, junto a María Rosa de Madariaga, dio lectura al artículo que había publicado en Crónica Popular sobre Armando. Un artículo de reconocimiento al gran luchador, en el que, entre otras cosas, Antonio Gallifa expresó el alcance de la militancia de Armando: ”Gastaste tu tiempo y tu salud recorriendo el mundo entero para llevar nuestra voz y nuestras esperanzas. Organizaste las ondas para que todos pudiesen conocer nuestra verdad y el camino de la libertad. Acudiste a cualquier pequeño pueblo escondido en nuestra piel de toro, y a aquél otro, y a aquél otro, donde algunos hombres, o simplemente un hombre o una mujer maltratados necesitaban tu apoyo, tu consejo, tu aliento o tu impulso”. Y concluyó subrayando su condición de “hombre bueno” y recordándole que “has sido bueno porque no sabías ser de otra manera. Y has sido bueno sin renunciar a la firmeza cuando lo exigían las necesidades políticas.

La historiadora especializada en países y cultura árabes, Rosa de Madariaga había conocido a Armando López Salinas en los años sesenta del pasado siglo, cuando, junto a otros intelectuales, se embarcó en la fundación de la Editorial Ciencia Nueva, y lo siguió tratando hasta sus últimos días. Para la autora de libros como España y el Rif, Abd el- Krim El Jatabi o Los moros que trajo Franco,  “la muerte de Armando López Salinas trajo a mi memoria un tropel de recuerdos entremezclados con el doloroso sentimiento de que con él se iba toda una época, la de toda una generación de seres humanos forjados en la lucha contra el franquismo”. Por eso, en su intervención recordó que “Armando estuvo hasta el final en la brecha. Uno de los últimos actos suyos fue el de expresar su adhesión a una causa, la de la III República, que, como sabemos,  era para él muy querida, y, por eso, se había volcado en ella en estos últimos años. Armando López Salinas es uno de los más ilustres firmantes del Manifiesto “Intelectuales por la III República”, promovido e impulsado por Crónica Popular. Tuvimos la satisfacción de que pudiera ver este Manifiesto impreso, porque pocos días antes de su muerte”.

Y junto a todos estos recuerdos, en Blanquerna se escuchó también el de Sergio Gálvez Biesca, doctor en Historia, coordinador de Programas de la Cátedra Memoria Histórica del siglo XX y autor del libro “Delincuentes políticos”. Para este joven historiador, el sólo hecho de poder escuchar su testimonio, suponía toda una lección de historia. Y, entre otros recuerdos que conserva de él, relató su postrer encuentro, en el que le escuchó detalles apenas difundidos acerca de su papel para frenar el 23F: “La última vez, fue, precisamente, en Blanquerna. A la entrada de un acto sobre Julián Grimau… De repente le enseñé el libro que me estaba leyendo, el de Javier Cercas Anatomía de un instante para preguntarle si lo había leído. “No”, contestó, para de inmediato narrar la otra historia que no nunca será publicada ni tendrá cabida en los grandes relatos. Y con aquella naturalidad y humildad con la que brotaban sus palabras, me habló de cómo se había puesto en contacto con la Casa Real, había hablado con Sabino –sin más detalles– se había traslado a Santísima Trinidad, habían organizado al Partido, dando instrucciones de arriba a abajo, entre otras para que los militantes acudieran a las puertas del Congreso de cara a mostrar el apoyo de los y las comunistas a la democracia… Ahí estaba de nuevo al Armando al que uno siempre apreciaba tener a su lado”.

Rodrigo Vázquez de Prada. © Bernd Kolter

Rodrigo Vázquez de Prada. © Bernd Kolter

Discreto, humilde y alejado del protagonismo que a tantos, incluso en las filas de la izquierda, encandila y, en ocasiones, confunde, por decirlo suavemente, Armando no fue nunca muy dado a hablar de sí mismo. Más bien todo lo contrario. La mayor parte de sus declaraciones a la Prensa estuvieron referidas casi siempre a la situación política del momento concreto que se vivía. La última de ellas fue escrita por Enriqueta de la Cruz y se publicó en las páginas de Crónica Popular. Enriqueta de la Cruz habló con él prácticamente la víspera de ser ingresado en el hospital. Y, a pesar de que su salud estaba acusando muy sensiblemente, en aquellos precisos instantes, la gravedad de la dolencia que obligaría a ser sometido a una urgente operación, Armando vibra con fuerza en la denuncia de la actual situación creada por las políticas neoliberales y no ceja en su empeño a favor de las clases populares: hay que salir a la calle para continuar la lucha. http://www.es/2013/11/armando-lopez-salinas-hay-que-seguir-sacando-gente-a-la-calle/

Armando López Salinas murió llevándose con él los entresijos de su participación en episodios  ocurridos en momentos particularmente críticos para nuestro país, y, sobre todo, para los comunistas. En un excelente artículo publicado en El País, Rafael Fraguas lo calificaba como el último revolucionario profesional, en el sentido que lo fue el grupo dirigente de la Revolución de 1917, y aportaba datos biográficos de particular interés. Fraguas mantuvo con él conversaciones densas que le permitieron conocer de primera mano episodios de la larga marcha de los comunistas españoles y gran parte de la biografía de Armando. Una biografía que está por hacer y que, sin lugar a dudas, tendrá que titularse “Armando López Salinas, literatura y revolución”. Un título que se sustenta en los dos ejes que fueron la pasión de su vida. Desde luego, encajaría perfectamente en su biografía este título, que lo fue también de una excelente obra de Trotsky. Porque, además, conviene no olvidar que  por la revolución sacrificó por completo la literatura. Y porque fue así, sin que él nunca lo hubiera lamentado, ni pública ni privadamente, la figura de Armando se fue agrandando paso a paso, año tras años, hasta el final de sus días.

Video de Nuria López Leal

El recuerdo de sus hijos, Mavi y Carlos López Balduque

Los recuerdos se agolpan en la memoria, la implicación emocional hace difícil expresar los sentimientos que las vivencias personales, los momentos entrañables, los duros, que los ha habido, han forjado el respeto, la admiración y el amor profundo, valores que nos fueron inculcando día a día y que han hecho de nosotros mejores personas.

A Teresa, maravillosa madre, recientemente fallecida, apenas unos meses les separan, compañera en toda la extensión de la palabra, discreta, siempre en segundo plano, facilitando la labor en la sombra.

A la cabeza nos vienen numerosas imágenes de su vida, de la nuestra, que hacen que el recuerdo de ambos permanezca junto a nosotros.

Recordamos así, en nuestra infancia, las tardes de reuniones en casa con numerosos amigos y camaradas, con olor a café servido por nuestra madre, o los paseos los domingos para ver libros en la Cuesta de Moyano o en la Feria del Libro que tanto le gustaba, donde se encontraba siempre con infinidad de personas.

Cómo olvidar las vacaciones de algunos años en países entonces prohibidos, a los que llegábamos con documentación preparada por Domingo Malagón y que luego no podíamos contar a nuestros amigos para no comprometer a nuestros padres. Ni los continuos viajes que él hacía, de los que nunca se sabía cuándo y cómo volvería y que siempre tenían a nuestra madre en ascuas.

De nuestra adolescencia y juventud recordamos su entrega y dedicación al Partido, dejando a un lado su vocación literaria, y todo el esfuerzo que, junto a otros, realizó para traer la democracia a este país, sus detenciones, con nuestras visitas a Carabanchel, las llamadas telefónicas anómicas amenazantes. Pero también recordamos su aplomo entereza en aquellas situaciones.

Y, por fin, se consiguieron las libertades, tras años de lucha, y nosotros, junto a nuestra familia, vivimos con intensidad aquel momento irrepetible, confeccionando las banderas de la legalización en casa y saliendo a la calle a gritar a los cuatro vientos lo que éramos y por lo qué luchábamos. Después, vendrían las elecciones y toda la ilusión que se llevaba a ellas. En ese tiempo, vivimos las emociones y deseos que nuestro padre y miles de camaradas más habían alentado en nuestros corazones y que, en aquel momento, creíamos al alcance de nuestras manos.

Luego, cada uno tomó su camino, pero siempre encontramos en nuestro padre un amigo y, en ocasiones, un guía, una ayuda inestimable para afrontar nuestros retos y nuestra vida. Y así permanecimos siempre unidos a él, en sus convicciones e ideales más íntimos.

Pero el tiempo pasa y él, como todos, fue haciéndose mayor, eso sí, manteniendo su actividad y su entrega hasta el final cuando la enfermedad pudo con él y murió, dejando en nuestros corazones una semilla que hará su recuerdo imborrable. Armando y sus ideas viven hoy y vivirán siempre entre nosotros.

Personas extraordinarias, grandes amigos que seguramente habéis compartido momentos de enorme importancia, acompañando y contribuyendo a mantener en esta larga travesía la llamada de la lucha antifascista, hacen merecido a nuestro parecer este homenaje.

En su recuerdo, en nuestro nombre, en el de sus nietos y biznietos, os damos las gracias a todos.

Por las calles de Madrid, paseando de la mano, eternamente les recordaremos.


Armando López Salinas y los sindicalistas

José Luis López Bulla

Ex secretario general de Comisiones Obreras de Cataluña

Como es natural mi intervención no puede separar la condición de dirigente comunista e intelectual de Armando López Salinas. Realmente nuestro hombre, sin abandonar su obra como escritor, dedicó su vida “al partido”, a la lucha por las libertades democráticas y a la consolidación de una democracia avanzada en España. Cosa que hizo hasta muy pocos días antes de su fallecimiento. Precisamente algo de eso me contó Luis Collado, un prestigioso jurista del trabajo el otro día en Albacete.

El amigo Collado me explicó que se encontraba cada dos por tres de Madrid en los actos que organiza la Fundación Primero de Mayo de Comisiones Obreras, que dirige Rodolfo Benito para hablar de la relación entre intelectuales y los nuevos problemas del trabajo que cambia. Y allí estaba Armando pegando la hebra, seguramente pensando en el largo tránsito que se ha operado desde aquella mina que tú relataste has el nuevo centro de trabajo. Decía Collado que Armando siempre le preguntaba por la juventud y los problemas del mundo del trabajo.

Esta anécdota me provoca una reflexión: creo que tendría gran interés que los sindicalistas (especialmente las nuevas generaciones) leyeran la novela más celebrada de López Salinas, La Mina, una de las más significativas del realismo social español. Que ha sido condenada al silencio y al olvido por la crítica literaria española, y lo ha sido porque molesta, ya que quiebra el relato de la Transición, cuyo relato se ha construido sobre el mito de que cuatro o cinco hombres hicieron posible el cambio hacia la democracia en nuestro país.

Tengo para mí que leer La Mina debería ser una asignatura en los cursos de formación de dirigentes sindicales. En no pocas ocasiones el estudio de importantes textos literarios ha sido más atractivo para la capacitación de los dirigentes sindicales que los pesados ladrillos retóricos que, con cierta frecuencia, se ofrecen. Por otra parte, la novela nos ofrece, si se estudia con detenimiento, dos enseñanzas para el lector de nuestros días: de un lado, cómo estaban las cosas en aquellos tiempos de la dictadura y, de otra, el innegable avance que se operó con las conquistas de civilización en los centros de trabajo.

Más todavía, La Mina, con su relato (la fotografía de aquella situación) nos alerta: el ataque a las conquistas sociales –a sus «bienes democráticos»– que se están llevando a cabo nos puede llevar a que durante un largo periodo se acentúe el carácter termidoriano de esta situación que atraviesa el centro de trabajo, la cultura y la política. Leer La Mina, es un modesto acto de interferencia contra esa situación y, especialmente, si se sacan las debidas conclusiones. Sin lugar a dudas, es además, un acto de reconocimiento de un hombre templado, de un intelectual militante, como lo fue Armando López Salinas.

Armando López Salinas y la generación del medio siglo

José Manuel Pérez Carrera

Catedrático de Literatura de la Universidad

En 1954 aparecieron tres novelas de otros tantos jóvenes escritores, El fulgor y la sangre (Ignacio Aldecoa), Los bravos (Jesús Fernández Santos y Juegos de manos (Juan Goytisolo). Estos tres títulos presentaban, tanto en su temática como en su enfoque y su escritura, notables diferencias con la literatura al uso: eran novelas de crítica social y política escritas con un estilo objetivista, a La manera de los neorrealistas italianos. Desde esa fecha hasta aproximadamente 1962 se publicaron en España, con gran éxito de críticos y lectores, bastantes primeras novelas que participaban en mayor o menor medida de las características de esas tres pioneras (y, cabría decir, de otra anterior, El Jarama(1951), de Rafael Sánchez Ferlosio.

La crítica denominaría a estos jóvenes escritores“ generación de los cincuenta”, “del medio siglo”, o “del realismo social”; y también “los niños de la guerra”. Generación que estaba formada no solo por novelistas sino también por poetas, dramaturgos y ensayistas.

¿Qué unía a esta generación nueva y qué les hacía diferente a sus mayores? Ante todo, una coincidencia cronológica: nacidos entre 1922 y 1937, no habían participado en la guerra civil, pero la habían vivido (y padecido) como niños. Además, frente al individualismo de los escritores de los cuarenta, éstos tenían conciencia de pertenecer a un grupo generacional: se trataba de una promoción homogénea no simplemente de escritores coetáneos pero aislados: entre ellos había compañerismo, amistad, intercambio de ideas, colaboración en idénticas publicaciones (Laye en Barcelona y Revista Española o Acento en Madrid, especialmente), indiferencia (que en aquella época significaba mucho) en el terreno religioso y, sobre todo, inconformismo político con la situación de España, lo que llevó a muchos de ellos a la militancia política en partidos de izquierda(por poner dos ejemplos, Luis Martín Santos en el PSOE y Armando López Salinas en el PCE) cuando no a la condición de “compañero de viaje” a la mayoría de ellos. De ahí el intento de crear una literatura comprometida, social y testimonial, colectiva y de denuncia. El individuo aislado, protagonista de las novelas de la generación anterior que, en el mejor de los casos, vivía enajenado e indefenso en un mundo que no comprendía, deja paso a unos personajes colectivos que sí saben el porqué de la sociedad desigual y opresiva en la que viven y luchan por sobreponerse a las injusticias y cambiar las reglas del juego. La censura puso muchas trabas a este tipo de novelas: algunas se tuvieron que publicar en el extranjero y otras aparecieron con múltiples mutilaciones.

Literariamente, la nueva novela bebía de tres fuentes no siempre claras: el neorrealismo Italia la generación “perdida” norteamericana y el “nouveau roman” francés, adobado todo ello con la idea del “compromiso” sartriano. En estas novelas se percibe una moderada renovación, con especial énfasis en la fidelidad a la transcripción del lenguaje de la calle, la cuidada observación de los escenarios y, algo muy importante, la actitud objetivista del narrador.

Es habitual señalar dos focos diferentes en esta generación, que fueron mezclándose poco a poco: uno de ellos en Barcelona, agrupado bajo la triada del editor Carlos Barral, el crítico José María Castellet y el novelista Juan Goytisolo. En Madrid es fácil distinguir dos grupos bastante diferenciados, al menos en su origen: uno de extracción burguesa, universitarios que se reúnen bajo el magisterio de Rodríguez Moñino y cuyas figuras más notables son Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Juan García Hortelano y Medardo Fraile. El otro grupo, más obrerista y politizado tiene en Juan Eduardo Zúñiga, el mayor de ellos, la figura más influyente (al menos en sus inicios). Armando López Salinas, Antonio Ferres, Jesús López Pacheco, Alfonso Grosso y José Manuel Caballero Bonald son sus integrantes más destacados. Al comienzo, los dos grupos de Madrid siguen caminos paralelos, sin mezclarse apenas. Creo que es la figura de Juan García Hortelano, especialmente al recibir el Premio Biblioteca Breve en 1959 por su novela Nuevas amistades, quien sirve de aglutinante entre los dos grupos de escritores madrileños y los catalanes.

Dos grandes núcleos temáticos se suelen distinguir en estas producciones narrativas: la crítica de las formas de vida burguesa y la denuncia social del mundo del trabajo.El primer tipo de novela fue el más cultivado cuantitativamente, pero a nosotros nos interesa ahora el segundo, que Santos Sanz Vilanueva en su Historia de la novela social española (1942-1975) ha caracterizado así:

Se resalta la dureza e inestabilidad de las ocupaciones temporales en el campo; la explotación y desprecio de la vida humana en el trabajo de la mina, en la industria, en la construcción; la injusticia de las retribuciones ; se habla de la miseria del obrero y de la más absoluta falta de perspectiva de futuro, del problema de la vivienda; en fin, de la desesperación de unas vidas víctimas de las circunstancias sociales, solo compensada por la remota esperanza en el cambio que un día se producirá. El enfoque desde el que se aborda esta temática va desde una simple presentación de la forma de vida del obrero hasta el ofrecimiento de tesis socialistas.

Tres títulos, muy próximos en su lanzamiento, resaltan sobre los demás de esta corriente literaria: Central eléctrica (1958), de Jesús López Pacheco, La piqueta (1959), de Antonio Ferres y La mina (1960), de nuestro recordado Armando López Salinas. Junto a ellas se deben destacar las primeras novelas de Alfonso Grosso (La zanja)y José Manuel Caballero Bonald (Dos días de septiembre) y el desigual conjunto narrativo de Francisco Candel.

En su momento esta literatura social y política tuvo muchos lectores y despertó gran interés en la crítica, pero a mediados de los años sesenta fue siendo progresivamente atacada y hasta ridiculizada a veces por los mismos que la habían practicado (caso de Juan Goytisolo) o por otros que la combatieron despectivamente (caso de Juan Benet). Hubo una voluntad política de poner en cuarentena y enviar al ostracismo esta literatura política y comprometida: la España del desarrollo, que se quería moderna y europea, no veía con buenos ojos que se expusiesen sus miserias; los campesinos pobres y los obreros de los barrios extremos no eran buena tarjeta de presentación en la Europa a la que aspirábamos pertenecer. El compromiso sartriano dejó de estar de moda y se prefirió la evasión ya fuera bajo la envoltura de la novela policiaca o de la novela histórica cuando no a través de la absoluta banalidad y sumisión al mercado en novelas de usar/leer y tirar, como los pañuelos kleenex. De ahí que algunos de los cultivadores optaran por el exilio (casos de López Pacheco y Antonio Ferres) o por el silencio literario, que en algunos (caso de Armando López Salinas) fue casi definitivo.

La obra literaria de Armando López Salinas

Por razones de militancia política, que le restaba tiempo a la creación literaria, por la censura que le tachaba párrafos enteros cuando no le rechazaba la obra en su totalidad y también por el desánimo ante las críticas al tipo de literatura que cultivaba, el caso es que la obra propiamente literaria de Armando López Salinas se detiene en los años sesenta; de ahí que no sea muy amplia: dos novelas, tres libros de viajes en colaboración con otros escritos, dos libros de relatos, una pieza breve de teatro infantil y algunos cuentos sueltos.

Novelas: La mina (Destino, 1960) y Año tras año (París, Ruedo Ibérico, 1962).

Libros de viajes: Caminando por las Hurdes (Barcelona, Seix Barral, 1960), en colaboración con Antonio Ferres. Por el río abajo (París, Librairie de Globe, 1966), en colaboración con Alfonso Grosso y Viaje al país gallego (Madrid, Península, 1967) en colaboración con Javier Alfaya.

Relatos: Estampas madrileñas (Suecia, 1965) y Crónica de un viaje y otros relatos (Madrid, Adhara, 2007, aunque presentada a la censura y rechazada en 1964)).

Teatro: El pincel mágico (Salamanca, Anaya, 1965)

Algunas de estas obras han sido traducidas al francés, al rumano, al húngaro y al ruso.

Armando López Salinas, comunista ejemplar

Juan Trías Vejarano

Catedrático emérito de la UCM

Armando pertenece a un grupo de dirigentes comunistas, que, en las condiciones excepcionalmente difíciles de los años cincuenta y sesenta, aseguraron la continuidad del partido y su dirección en el interior, a la par que abrían las puertas para la gran incorporación de militantes y cuadros en el marco de lo que sería la política de reconciliación nacional. Estoy pensando en Simón Sánchez Montero, Paco Romero Marín, José Sandoval, y, el más joven de ellos, nuestro Armando. Sacrificaron su vida y, en ocasiones, sus opiniones personales, en pro de lo que consideraban el valor fundamental: la unidad y disciplina del partido, condición indispensable para que éste pudiera desempeñar su papel de vanguardia en la lucha antifranquista. Su vida era una entrega sin límites a favor del partido, en un nivel que para los que no les conocieron es hoy difícilmente comprensible: saber escuchar, resistir impávidos persecuciones y detenciones, organizar y dirigir centros y movimientos de resistencia sin decaimiento ni respiro. Todo esto hizo Armando y, por ello, su recuerdo nunca puede desaparecer de la memoria comunista.

Recordando a Armando

María Rosa de Madariaga

Historiadora

La muerte de Armando López Salinas el pasado martes 25 de marzo, además de causarme una profunda pena, trajo a mi memoria un tropel de recuerdos entremezclados con el doloroso sentimiento de que con él se iba toda una época, la de toda una generación de seres humanos forjados en la lucha contra el franquismo.

Conocí a Armando hace muchos años, a principios de los años sesenta. El proyecto, en el que nos embarcamos entonces un grupo de universitarios, la fundación de la Editorial Ciencia Nueva, me llevó a frecuentar a los escritores y artistas progresistas más destacados de esa época. Fue así como conocí a Armando López Salinas y a otros escritores y artistas, que solían reunirse en el Café Pelayo de Madrid. Entre ellos recuerdo a Antonio Ferres, Gabriel Celaya y su mujer Amparo, Ángel González, Juan García Hortelano, Manuel Dicenta y su mujer Isabel, el crítico de arte, José María Moreno Galván, el pintor Ricardo Zamorano y muchos más. Eran reuniones, para mí inolvidables, en las que aprendí mucho, no solo desde el punto de vista artístico y literario, sino también político y humano. Yo vengo de una familia republicana, pero gracias a Armando y a los de este grupo de intelectuales antifranquistas aprendí a tener otra idea de la República. Les estoy muy agradecida por sus enseñanzas.

Yo, luego, me fui a París en 1967 y perdí el contacto con la mayoría de los de ese grupo. A Armando volví a verlo alguna vez, concretamente con motivo de algún viaje suyo a París, y tuve entonces la ocasión de hablar con él sobre múltiples temas. Recuerdo entre otros, el del machismo imperante en España, incluso entre los hombres de izquierdas. Me dio la razón. También con ocasión de algún viaje mío a España, coincidí con Armando en algún acto en el CAUM, y, ya más recientemente, en manifestaciones como las multitudinarias contra la guerra de Iraq, o en actos de homenaje o de solidaridad con personas o con causas por las que siempre luchamos. Porque Armando estuvo hasta el final en la brecha. Uno de los últimos actos suyos fue el de expresar su adhesión a una causa, la de la III República, que, como sabemos, era para él muy querida, y, por eso, se había volcado en ella en estos últimos años. Armando López Salinas es uno de los más ilustres firmantes del Manifiesto “Intelectuales por la III República”, promovido e impulsado por Crónica Popular. Tuvimos la satisfacción de que pudiera ver este Manifiesto impreso, porque pocos días antes de su muerte, fuimos a llevárselo a su casa, Rodrigo Vázquez de Prada, Antonio Gallifa y yo. Sabemos que le dimos una gran alegría.

Armando estarás siempre en nuestra memoria como dirigente revolucionario, como escritor y como amigo.

Un gran hombre de España

Juan Antonio Hormigón

Catedrático de dirección de escena. Escritor

Armando Lòpez Salinas fue mi amigo, un ser humano en el pleno sentido de la palabra con el que compartí muchas conversaciones, no pocas enseñanzas, así como pedazos de vida, ilusiones y esperanzas. Le conocí siendo muy joven y lo visité muchas veces en su casa, allá por el metro Quintana. Una casa que parecía el hogar de un personaje de las novelas de Pratolini. También le acompañé a muchos encuentros en cafés y reuniones diversas. Siendo como era tan notorio en su militancia, parecía que llevaba siempre al Partido a sus espaldas, nunca supe ni por asomo lo que eran sus responsabilidades más recónditas. Debo añadir que Armando fue a lo largo de toda su vida un hombre fiel a sus convicciones, que nunca abandonó ni en las circunstancias más difíciles.

Pero Armando era también un escritor de hondas raíces, que abandonó o postergó la escritura para centrar todo su esfuerzo en la acción política. Quizá la política fue a la postre su vocación más profunda, la que absorbió todos los afanes. A ella se entregó con un tesón denodado y un optimismo a prueba de fracasos. A lo que le añadiré esas gotitas de conspirador decimonónico que siempre tuvo, lo que daba un tono muy particular a lo que hacía.

En una ocasión le pregunté si estaba escribiendo algo, hacía tiempo ya que no publicaba. Me dijo que andaba a vueltas con una novela que transcurría durante la guerra carlista, la segunda, creo. Y me aclaró: “No está mal escribir sobre eso”. Por supuesto que le dije que me parecía muy interesante.

Tiempo después, un día que estaba en su casa salió por alguna razón del despacho y me quedé a solas con Tere, su mujer, que nos había traído un café, Le dije a Tere que era una pena que no escribiera y me comentó: “Me da pena. Tiene una novela empezada, como sesenta folios, y me da mucha pena cuando la veo y que las páginas ya se están poniendo amarillas”.

Decía Valle-Inclán que nadie muere definitivamente mientras se le recuerda- Por eso y porque me da la real gana, yo no olvidaré a ese gran hombre de España que fue Armando López Salinas.


Un militante que siempre destacó por su honradez, valor intelectual y sencillez

Julio Diamante Stihl

Director de cine.

Conocí a Armando Lopez Salinas a mediados de los años 50, en 1.954 ó 1955. Desde entonces hasta el final de su vida mantuvimos una buena amistad. Dentro de nuestra larga relación hubo dos momentos especialmente significativos y ambos relacionados con el cine.

El primero fue en 1.964, con ocasión del rodaje de mi película Tiempo de Amor. Una de las tres historias de que consta ésta se desarrolla en el decorado de un médico modesto pero intelectual y humanista. Me pareció que la casa de Armando era un escenario natural que expresaba bien la modestia y dignidad que yo deseaba. Y allí se rodó la historia.

De la casa de Armando recuerdo especialmente 3 detalles: un cartel del homenaje a Antonio Machado que tuvo lugar en Baeza y en el que habíamos intervenido hasta donde la abrumadora y contundente presencia de la policía, los inolvidables “grises”, había permitido. El segundo detalle era que en varios puntos de la casa aparecían fotografías de mineros, lo cual recordaba que estábamos en el territorio del autor de La Mina. El tercero, una nutrida colección de novelas de autores italianos como Pavese, y Pratolini.

Muchos años más tarde el segundo momento especialmente significativo coincidió con el rodaje de mi película documental La Memoria Rebelde (2.012) en la que Armando es uno de los intervinientes.

En la Segunda República Armando, nacido en 1.925, era niño. Y ahora recordaba los sencillos y baratos juegos infantiles de la época.( Recordamos juntos “dola”, las chapas, las canicas, las tabas……).Guardaba también el recuerdo del popular barrio de Chamberí , en el que había vivido entonces. Tenía muy presente la memoria de su padre, anarquista, amigo de Buenaventura Durruti. Y no había olvidado la llegada de los hijos de los mineros asturianos a Madrid.

Niño de la guerra, tenía 11 años cuando estalló, conservaba muy vivas imágenes de la defensa de Madrid; por ejemplo, el cómo había ido con otros chicos del barrio a ver desfilar a los brigadistas internacionales por la Gran Vía.

Especialmente amargo le resultaba recordar el final de la guerra, con la aparición de los moros y de los falangistas cantando el “Cara al sol”. Estaba jugando a “dola” cuando vió como detenían a su padre, que le dijo: “ahora me llevan estos señores a las Salesas”. Y él, “como un cordero” siguió a su padre y a quienes le habían detenido.

Recordaba el hambre que pasó entonces, aunque afirmaba que había pasado todavía más hambre en la postguerra. Una posguerra que no significó la paz sino la continuación de la guerra, con su brutal represión, acompañada de miseria y prostitución, de una censura bárbara y enfermiza que invadía todos los aspectos de la vida y que estaba bendecida por la iglesia católica, apostólica y romana.

Armando sonreía al recordar a los anarquistas que había conocido, que le parecían una gente extraordinaria. Y cómo, sin embargo, él seria comunista y dirigente del PCE..Un militante que siempre destacó por su honradez, valor intelectual y sencillez.

Armando, un testimonio diferente

Sergio Gálvez Biesca

Doctor en Historia. Coordinador de Programas de la Cátedra Memoria Histórica del siglo XX.

“En la antigua sede de la Fundación de Investigaciones Marxistas, en la calle Alameda, tuve la oportunidad de conocer a Armando. Para muchos un mito, un símbolo. Yo entonces era un joven colaborador de la FIM y un recién licenciado de Historia… Gracias a aquella vía de contacto, en aquel espacio de libertad, conocí al Armando que todos conocemos lejos de mitos y símbolos y lo que creo que es más importante, estrechando un amistad.

Las conversaciones con Armando entonces ya un militante de base, o mejor dicho, el sólo hecho de poder escuchar su testimonio, suponía toda una lección de historia. Tengo que reconocerlo, en no pocas ocasiones, para mi Armando era un testimonio al que intentaba explotar lo máximo posible. No poca eran las razones. Era un testimonio diferente. A diferencia de muchos de sus camaradas de generación, en Armando encontré una humanidad, un compañerismo y una camaradería que en pocos otros casos he vuelto a ver. Lo anterior son tres notas que creo que definen su biografía personal y política: una sinceridad, una cercanía pero ante todo una extraordinaria humildad.

Siempre me sentí un afortunado e inclusive un privilegiado a la hora de poder compartir con él pequeñas o grandes dudas, pequeñas o grandes cuestiones, de esas que no salen ni los documentos del Partido ni en los grandes relatos al uso. Pues gracias a Armando, uno podía internarse por la historia social del comunismo español como un espectador de primera línea. Sí, ahí estaba, la historia y memoria de los y las militantes comunistas. Una parte sustancial para entender e interpretar las causas por las que el PCE se transformó en el partido del antifranquismo por excelencia.

A Armando le dediqué mi último libro como colaborador de la FIM: Delincuentes políticos. Una pequeña muestra de gratitud a quien me ayudó a entender qué se jugaba en la lucha contra el régimen dictatorial franquista.

Tras su fallecimiento, se volvieron, en extremo, nítidos los recuerdos que guardaba de él. Con una precisión de quien no quiere olvidar no pocas lecciones suyas como un patrimonio personal de incalculable valor.

Recuerdo con esa nitidez que decía, perfectamente, las dos últimas veces que nos encontramos. La penúltima fue en el mejor lugar posible para encontrarse a Armando. En el parque de El Retiro durante la Feria del Libro del año pasado. Cargado a hombros mi hijo mayor, Mario, y acompañado de mi compañera, Elisa, embarazada de la pequeña Nora conversamos de hijos, nietos, familia pero ante todo de política y de buenos libros. Qué pequeño placer el encontrarse con Armando en esas circunstancias. La última vez, fue, precisamente, en Blanquerna. A la entrada de un acto sobre Julián Grimau… De repente le enseñé el libro que me estaba leyendo, el de Javier Cercas Anatomía de un instante para preguntarle si lo había leído. “No”, contestó, para de inmediato narrar la otra historia que no nunca será publicada ni tendrá cabida en los grandes relatos. Y con aquella naturalidad y humildad con la que brotaban sus palabras, me habló de cómo se había puesto en contacto con la Casa Real, había hablado con Sabino –sin más detalles– se había traslado a Santísima Trinidad, habían organizado al Partido, dando instrucciones de arriba a abajo, entre otras para que los militantes acudieran a las puertas del Congreso de cara a mostrar el apoyo de los y las comunistas a la democracia… Ahí estaba de nuevo al Armando al que uno siempre apreciaba tener a su lado.

Reivindicar a Armando como figura de primer nivel de la historia del comunismo español y del PCE es una obligación política y ética. Nos encontramos ante la mejor tradición de la lucha obrera y antifascista. Nos encontramos ante una parte sustancial de nuestra memoria democrática y social. Armando fue y será siempre uno de los nuestros, de nosotros los comunistas”.

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