Utopía anarcocapitalista en Marte

Santiago Armesilla Conde

Doctor en Economía por la UCM en el programa de Economía Política y Social en el Marco de la Globalización

Se sabe que el anarcocapitalismo, como rama más radical del neoliberalismo iniciado con la llamada “revolución marginalista” de 1871, año en que, “conjuntamente” y “sin apenas contacto”, Carl Menger, William Stanley Jevons y León Walras, pusieron los pilares de la teoría de la utilidad marginal, la cual supuestamente refuta la teoría del valor-trabajo clásica y marxiana, y configurada posteriormente como nuevo “paradigma” (Kuhn) de la microeconomía en lo que a formación de los precios se refiere en la llamada economía neoclásica por Alfred Marshall (aunque el adjetivo neoclásico no gusta a los de la Escuela Austriaca que Menger inició), trata por todos los medios, aunque todavía sin éxito, de establecer en la sociedad su utopía político-económica en tanto les sea viable.

09_01_MarsOneY trata de hacerlo mediante el home schooling (educación de los niños por parte de sus padres sin contar con la escuela), la negativa a pagar impuestos “de más” o a reformas estatalistas del sistema sanitario (la vía del congresista Ron Paul en Estados Unidos, apoyada por el Tea Party, y frente a la ampliación de la cobertura sanitaria que quieren desarrollar Obama y sus demócratas), o el establecimiento de “topos” en instituciones públicas desde las que “minar” esas mismas instituciones del Estado al que tanto aborrecen por coartar la libertad individual, o lo que es lo mismo, el que cada uno haga lo que le de la gana sin importar las barreras, las cuales, si existen, habrían de ser todas privatizadas para no corromper el fundamento básico de esta ideología de “cuarta posición”: el individuo es el supremo sujeto político sagrado, y todo lo que coarte su libertad ha de ser eliminado, siendo el Estado el obstáculo supremo frente al cual hay que fomentar el mercado capitalista como única fuente positiva que permite desarrollar esa libertad.

Realmente, resulta imposible debatir con un anarcocapitalista. Durante las guerras carlistas en el siglo XIX español se decía que era imposible discutir con un requeté recién comulgado. Los requetés eran los carlistas guerrilleros que comulgaban al Espíritu Santo católico antes de entrar en batalla. Lo mismo ocurre con los anarcocapitalistas o ancapistas (llamémoslos así para abreviar, igual que llamamos a los nacionalsocialistas nazis), los cuales son irreductibles como un requeté recién comulgado, o como un fanático islámico o como un miembro de una Iglesia Evangélica. Por mucho que parezca que te escuchan respetuosamente, esa actitud tolerante resulta ser una muestra total de desprecio al otro similar a la que mostró Federico de Prusia a Kant ante su visión de la Ilustración como momento histórico en que las personas debían antreverse a pensar: “Piensa lo que quieras, pero obedece“, dijo el Kaiser al filósofo de Könisberg.

Si un ancapista defiende la libertad individual con una falaz distinción entre libertad positiva (capacidad supuesta de todo sujeto para ser “dueño de su voluntad”) y libertad negativa (supuesta “ausencia de coacción”) sin contar con la distinción libertad de (supuesta inmunidad respecto al determinismo causal que influye en el quehacer del sujeto en todo momento) y libertad para (idea de libertad indisociable de la materia o contenido de esa misma libertad, e indisociable del determinismo causal que sobre el sujeto ejercen otros sujetos con libertad para y la dialéctica causal determinista de diversos elementos de diversos campos del Mundo conformados por los sujetos y dependientes de sus instituciones así como de elementos naturales, radiales en terminología filomat, etc.), entonces es una pérdida de tiempo debatir sobre libertad con ellos, pues su libertad no es libertad para, sino una deformación individualista y subjetivista, filosófica, de la libertad de.

La idea de libertad para implica que el determinismo ontológico-causal que influye en nuestro quehacer y, recíprocamente, el quehacer de nuestra libertad para influye sobre nuestro propio mundo-entorno y el de los demás sujetos corpóreos, operatorios, éticos, morales y políticos, algo que, positivamente, solo nos permite ver si somos positivamente libres al final de nuestro trayecto vital. Porque la libertad implica desarrollo vital, antropológico y político positivo con indudables implicaciones éticas y morales. Digamos que este determinismo causal no niega la libertad, sino que la afirma de manera más efectiva, materialista, que las ideas subjetivistas e idealistas de los ancapistas, que en realidad beben de determinadas tradiciones filosóficas de índole similar (Bentham, Descartes, Berkeley, etc.).

Resulta, decía, imposible realmente debatir sobre ellos sobre la idea de libertad, sobre la imposibilidad de un capitalismo sin Estado (Somalia no es un conjunto de sociedades capitalistas, a no ser que todo individuo sea visto como un “empresario o emprendedor”, un homo oeconomicus, sino un Estado fallido con multitud de sociedades tribales en fitna, guerra civil islámica, sin fin ni control), sobre la idea misma de socialismo, pues si algo realmente ha salvado lo poco salvable de las sociedades políticas capitalistas durante esta crisis en que estamos inmersos han sido los elementos de cohesión estatal de esas mismas sociedades, empezando por el territorio apropiado por la Polis, el Estado.

Y esto sin perjuicio de que el manejar una idea tan extensiva de socialismo tiene sus peligros si no se hacen distinciones entre un socialismo específico socioeconómico y uno genérico o filosófico; pues el pensar que todo sistema político-económico es socialista sin argumentar las conexiones de sistemas capitalistas concretos o anteriores, feudales, etc., con una idea de socialismo genérico, de universalismo filosófico, que las regula, conlleva también una desconexión completa con la realidad tanto a nivel ontológico-general como ontológico-especial. Decía Aristóteles, criticando a Platón y su “comunismo” propuesto en La República, que lo que es de todos al final no es de nadie. Parafraseando a Aristóteles, si el socialismo es algo propio de todos los sistemas político-económicos positivos históricos, aún llamándose estos capitalistas, ya que resulta contradictorio decir que el capitalismo ha sido el sistema más revolucionario y que ha generado mayor progreso técnico-tecnológico y científico y también social, cosa que ya Marx y Engels en el Manifiesto Comunista afirman y no son ancapistas, y a la vez afirmar que el capitalismo “real” nunca ha existido salvo, tangencialmente, a inicios del siglo XIX en Inglaterra y antes en Holanda, confirmando ahí que la idea misma de capitalismo es ideal, no positiva ni real, en el ancapismo, entonces, decía, no puede afirmarse que el capitalismo como sistema económico definitivo haya existido realmente, aunque realmente, positivamente, si haya existido y exista, sin negar sus innegables componentes socialistas ya señalados y que son realmente los que permiten la existencia de la propiedad privada económica y del bienestar y el progreso sociales y tecnológicos.

Marx en El Capital afirma que es el capitalismo realmente el mayor enemigo de la propiedad privada individual, pues la ley del “más fuerte” acaba por desproteger la legitimidad personal y legal de los sujetos sobre sus bienes, que quedan a merced de los más rapaces sujetos, incluyendo a sujetos mismos (esclavitud). Lo dicho, si la idea de socialismo en el ancapismo es aplicable a cualquier sistema económico y político sin distinción, sin ver las conexiones entre socialismo genérico y socialismo específico, se acaba por defender una idea ideal de socialismo no conectada ni con la realidad positiva, ni con la ontología filosófica. Pues si todo es socialismo, nada es socialismo. Y como la nada, en sentido positivo, no existe, es imposible la idea de socialismo del ancapismo por estar desconectada de la necesaria conexión filosófico-efectiva de esa idea, como de todas las ideas filosóficas. Como la utilidad marginal, la idea de socialismo en el ancapismo, por no representar a nada concreto real, no vale nada filosóficamente.

De nada sirve, desde luego, discutir con ellos sobre la misma teoría de la utilidad marginal. Da igual que les digas que es absurdo aplicar el cálculo infinitesimal a la idea de unidad última total de placer (utilidad) que nos proporcione la unidad última de una serie de mercancías en “stock” que compremos, arrastrando marginalmente (la derivada) al precio comercial de todas las demás. Resulta imposible demostrarles que no hay simetría posible entre el dibujo geométrico de la curva de demanda y el de la oferta, que los precios comerciales de los bienes oscilan cuasi gravitatoriamente sobre el núcleo de la oferta, el coste de producción más la ganancia media del productor. Y resulta imposible demostrarles (gente que piensa que la Economía Política es una ciencia como la Física al mismo tiempo que niegan, como von Mises, cualquier posibilidad de construcción gnoseológica efectiva del campo económico, algo que muestra la contradicción misma en que vive la disciplina) que no es necesaria en absoluto la función de utilidad marginal para construir el dibujo geométrico de la curva de demanda porque, apoyándonos en las teorías de Marshall sobre la “utilidad marginal del dinero” y del dinero como “verdadera medida de la utilidad”, se puede argüir que el dinero como elemento positivo de medición efectiva del valor de un bien, como medidor objetivo, puede permitir el prescindir de una idea como la de utilidad marginal, que no es económica realmente, sino filosófica, idealista y subjetivista, individualista (Hayek) e irracional (como construcción ideológica surgida a partir del entrecruzamiento de instituciones racionales -positivas económicas- pero que trata de explicar esos fenómenos racionales con discursos que están fuera del mundo real, como resulta ser la explicación de la conformación de los precios mediante la derivada matemática de un sentimiento subjetivo). Y se puede prescindir de la idea filosófica de utilidad marginal (benthamianos avant la lettre los llamó Schumpeter) al transformar, en sentido materialista, el efecto-precio suma del efecto-sustitución (variación de los precios y costes) y el efecto-renta (variación de la renta del consumidor), en el fundamento real y efectivo de la demanda, permitiendo la construcción efectiva de la curva de demanda sin elementos extraeconómicos idealistas.

Y resulta imposible porque el neoliberalismo en general, como versión radicalizada del liberalismo clásico, y el ancapismo en particular como, a su vez, radicalización del neoliberalismo, es una ideología, una cosmovisión del Mundo de una clase de individuos contrapuesta a otras cosmovisiones del Mundo enfrentadas. Y la ideología es una de las grandes fuerzas positivas de nuestras sociedades, en tanto que puede adaptarse y seguir funcionando en diversas dialécticas institucionales también por inercia incluso cuando la realidad las supera constantemente. Y eso es así porque toda ideología, sea racional o no, puede siempre encontrar su conexión con el Mundo en tanto que parte de ese mismo Mundo y de fenómenos reales que son incorporados a su discurso pero mediante explicaciones irreales fruto de la dialéctica con otros fenómenos. La conclusión ante esto es clara: al ancapista no se le “convence” (si no se convence él mismo de su error), se le vence, se le combate y, en última instancia, se le destruye. Destrucción que no tiene por qué ser “física”, sino que puede ser dialéctica, catártica. No cabe otra posibilidad.

Y más cuando el “emprendedotariado” como supuesta clase revolucionaria en el ancapismo (si acaso en su versión más “antisistema”, el agorismo), el típico mecenas y filántropo de toda la vida, resulta convertirse en el sujeto revolucionario del siglo XXI ancapista, el “hombre nuevo” reverso individualista del del comunismo. Y eso ocurre con Bas Lansdorp, ingeniero y profesor de la Universidad Politécnica de Twente, institución académica privada holandesa. Este empresario pretende realizar la utopía ancapista en pleno suelo marciano. ¿Cómo? Mediante el proyecto Mars One. En un intento por superar a la raquítica y “socialista” NASA estadounidense, trata de establecer una colonia marciana en Marte para el año 2023, año en que saldría un cohete con varios tripulantes que, en un viaje de diez años, llegarían al planeta rojo para no volver jamás a la Tierra y desarrollar ahí una microsociedad humana sin trabas estatales de ningún tipo. Sin trabas estatales ya desde el inicio del proyecto, pues solo empresas de ingeniería espacial, medios de comunicación privados (quieren convertir además el proyecto Mars One en un reality show al más puro estilo Gran Hermano pero en versión cósmica, emitido por televisiones de toda la Tierra) y voluntarios de diversas nacionalidades en representación de la “Humanidad” (cada candidato ha de inscribirse pagando 25 euros al proyecto para poder participar), serán los actores del proyecto. Y esto aún cuando los diversos cohetes que salgan para Marte en varias tandas, también satélites, necesiten de permisos burocráticos y, desde luego, del suelo, territorio, de un Estado para poder despegar. Una demostración más de que el ancapismo existe porque existen los Estados que toleran su existencia y sus desvaríos.

Ir a Marte sin posibilidad de tener allí una vida como en la Tierra al menos en lo que a alimentos, sociabilidad comunitaria (contactos con familiares y amigos terrestres de manera efectiva) y, sobre todo, aire respirable, muestra lo peligrosa que, como ideología, es el ancapismo. Veinte cobayas humanas irán a morir a Marte en un viaje sin retorno que puede terminar en pleno trayecto (repito, de diez años de duración), por mor de la libertad de individualista y como supuesto golpe político efectivo al Estado como figura opresiva. Si el ancapismo, implícito o explícito en Mars One, quiere vencer al Estado llevando a la muerte a 20 infelices de diversas nacionalidades a “colonizar” algo que es imposible colonizar (no habría retorno, no habría población a la que gobernar indirectamente, rasgo esencial en el colonialismo, ni habría recursos naturales explotables exportables a la Tierra, salvo para la comuna ancapista que allí morirá), lo único que muestra es su estupidez, maximizada si cabe por poseer capital. Y es que un imbécil sin dinero es peligroso porque estará desesperado y hará lo que sea por salir de su situación. Pero un imbécil con dinero, con mucho dinero, es peligroso porque hará lo que sea por implicar a cuantas más personas pueda en su idiotez (e idiota viene del griego idions, que significa el que se ocupa de lo propio solo y nunca de la polis, de la comunidad política).

Mars One es ética y moralmente reprobable, pero también es política y económicamente un disparate, aún cuando consiga lo que pretende, que no es otra cosa que demostrar cómo la libertad ancapista está dispuesta a sacrificar la integridad física y psicológica de los demás, siempre que estos demás “voluntariamente lo acepten” (remito a lo dicho arriba sobre la conjugación entre libertad y determinismo causal), animalizando en el sentido más hobbesiano del término a la propia persona humana.

Afortunadamente la literatura de ciencia-ficción nos ha advertido en numerosas ocasiones de estas locuras que la unión entre ciencia y capital puede llevar a cabo. Eso demuestra la madurez del género.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*