El Doble esplendor de Constancia de la Mora

María Rosa de Madariaga

Historiadora

El libro Doble esplendor, de Constancia de la Mora Maura – ¿Memorias? ¿Diario? ¿Autobiografía?- está estructurado en cuatro partes y un Epílogo.

  • La Primera Parte, titulada Mi infancia en la España tradicional, va de 1906, fecha del nacimiento de la autora, a 1923, fecha de su matrimonio, que coincide con la llegada al poder de la dictadura del general Primo de Rivera;
  • La Segunda Parte, titulada Matrimonio: la meta de la mujer española, de 1923 a 1931;
  • La Tercera Parte, titulada Despertar de España (1931-1936), desde la instauración de la República hasta la guerra civil;
  • La Cuarta Parte, Es preferible ser viuda de héroes que esposa de cobardes, abarca los años de la guerra civil de 1936 a 1939, y, por último:
  • El Epílogo, titulado ¡Viva la República!, aborda en unas breves páginas el final de la guerra y la traición del coronel Casado, estando ya Constancia en Nueva York.
Constancia de la Mora

Constancia de la Mora

Vamos primero a referirnos a los antecedentes familiares de la autora. Nieta de Don Antonio Maura, jefe del Partido Conservador, como hija primogénita de Constancia Maura Gamazo y de Germán de la Mora, Director de la Cooperativa Eléctrica, una de las compañías eléctricas más importantes de Madrid, Constancia de la Mora pertenecía, pues, por sus orígenes a la alta burguesía, no a la aristocracia, como nos dice en su libro Doble Esplendor, por razones que, luego, explicaremos.

Criada, de todos modos, en un medio privilegiado, con criados, mayordomos, chóferes e institutrices, extranjeras, por supuesto, para el aprendizaje de idiomas, su existencia transcurría en medio de todo tipo de lujos y comodidades. Educada en este medio, su mentalidad correspondía a lo que podríamos calificar de “niña bien” de la época. Hoy diríamos “niña pija”.

Sin embargo, Constancia nos cuenta cómo ya en esta época, en la que aceptaba con naturalidad este tipo de existencias, tuvo en algún momento lo que ella llama “los primeros síntomas de rebelión”. Fue en Zarauz, donde pasaba con la familia muchos veranos. Allí residían en un hotel muy elegante y, en contraste con este mundo refinado y elitista, los naturales del país, las criadas, chóferes y el servicio de los huéspedes bailaban todas las noches alrededor del quiosco de música de la plaza, diversiones populares que eran consideradas muy “ordinarias” por los huéspedes elegantes.

Inquietudes latentes

No sabemos si este sentimiento que Constancia dice experimentar ya desde entonces era realmente auténtico o se lo atribuía a sí mismo muchos años después. Cuando digo que “se lo atribuyó”, no pienso que fuera de mala fe, sino para hacernos comprender que sus inquietudes estaban ya latentes desde que era muy joven.

En la parte dedicada a sus años de colegio, al que nos dice empezó a ir en 1915, es decir, cuando tenía 9 años, la descripción que hace de la vida allí y de las enseñanzas de las monjas, que eran las Religiosas Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, podría aplicarse a todos los colegios de esta clase en España. Un autobús pasaba a recogerlas todas las mañanas a ella y a su hermana Marichu, para llegar al colegio con tiempo suficiente para oír misa y comulgar antes de empezar las clases a las nueve. Después de seis años de asistencia al Colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón, nos dice que salió con ligeros conocimientos de Geografía, Religión (solo la Católica, claro) y literatura inglesa. “La Historia que aprendimos en el colegio, tanto la de España como la Universal, era más leyenda que Historia, según pude darme cuenta más tarde”, nos dice Constancia. También nos cuenta cómo teniendo Madrid el Museo del Prado, jamás se las llevó a visitarlo ni aprendieron nunca nada de los pintores ni artistas españoles. El único arte que se les enseñaba era en un libro, en el que todas las imágenes representaban cuadros o estatuas que mostrasen algo más que la cabeza habían sido cuidadosamente tapadas con pintura o lápices de colores. Nos cuenta que salió del colegio sin ninguna noción de literatura española. En cambio, en el colegio dedicaban bastante tiempo a la lectura, pero no a coser o a zurcir, sino a hacer bordados. Era la típica educación ñoña y mojigata de la “niña bien”, a quien solo se prepara en la vida para el matrimonio y para ser una buena esposa y madre.

Sin embargo, esta niña de buena familia, tan ignorante de lo que sucedía fuera de las paredes de su colegio y de su casa, expone en unas cuantas líneas la situación de Europa y de España en aquellos años. Cuando habla de la huelga de 1917, aprovecha la ocasión para referirse a los acontecimientos de 1909 y la Semana Trágica de Barcelona, en la que abuelo, nos dice, “manchó su historial de patriota y líder conservador”, firmando junto con el rey, la sentencia de muerte de Francisco Ferrer. La Primera Guerra Mundial de 1914-1918, la división de España entre aliadófilos y germanófilos, la huelga de 1917 y la formación de las Juntas Militares, todo ello sería analizado con ojos de la Constancia que sería luego, no con los de la Constancia de entonces, claro. Analiza también el “creciente capitalismo industrial” frente a la “aristocracia feudal” a cuyos intereses el ejército aparecía ligado hasta entonces.

Prosiguiendo su análisis, Constancia sostiene que las primeras consecuencias del tardío desarrollo en España del capitalismo industrial y financiero había sido un golpe militar. Es decir que detrás del golpe de Primo de Rivera estarían esos nuevos ricos, esa nueva clase, que se había desarrollado como consecuencia del dinero que afluía a España con las ganancias de la guerra. Ofrece así un análisis marxista de la historia de España del primer tercio del siglo XX. Un análisis que corresponde a lo que era su pensamiento en 1939.

Las páginas que dedica al viaje que efectuó con su madre y sus primas casaderas en la primavera de 1919 a Sevilla, para pasar allí la Semana Santa y ver si las hijas del hermano mayor de su marido encontraban marido, sirve de pretexto a Constancia para hacer una estupenda descripción de la sociedad andaluza de aquellos años: “Durante el día visitábamos la ciudad; de noche, conocimos un pedazo de España bajo la Monarquía. España en todo su falso brillo y corrosivas tragedias, ¡la España de las procesiones de Semana Santa! Por las calles tortuosas marchan juntas la Iglesia y la Guardia Civil, los ricos terratenientes y cortijeros y los hombres del pueblo, secos, enjutos, desnutridos”. Describe también la ceremonia en la que Alfonso XIII iba a consagrar España- su reino- a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, erigidos en el Cerro de los Ángeles. Era entonces presidente del Consejo don Antonio Maura, que acudió a la ceremonia acompañado de su familia. Relata entonces la anécdota archiconocida de lo que se produjo cuando el rey, al descorrer el velo que cubría la imagen, debajo de la cual aparecían grabadas las palabras: “Reinaré en España”, alguien había escrito: “Que te crees tú eso”. Ignoro si esto sucedió de verdad o fue sencillamente una leyenda urbana, pero el caso es que todo el mundo lo contaba. Yo se lo oí a mi madre.

Familiares antimonárquicos

Después de terminada la guerra mundial, la aristocracia española volvía a veranear a las playas francesas. El lugar preferido solía ser Biarritz. Allí descubre Constancia que, además de iglesias católicas, las había protestantes y ortodoxas. En Fuenterrabía, donde pasa una temporada en casa de sus primos, hijos de Francisco Maura, pintor y catedrático de la Escuela de Bellas de San Fernando de Madrid, descubre que su tío Paco era ferozmente antimonárquico, lo que fue para ella una auténtica revelación. Que un miembro de su familia pudiera despotricar contra el rey y la familia real le parecía algo extraordinario, la confortaba porque encajaba con el sentimiento de rebeldía que empezaba a dominarla cada vez más. No solo sería su tío abuelo Francisco el único miembro de la familia Maura con el que Constancia sentía afinidad. Su tío Miguel, el hermano pequeño de su madre, fue uno de los firmantes del Pacto de San Sebastián del 17 de agosto de 1930, alianza de los grupos republicanos españoles para terminar con la Monarquía. De un republicanismo moderado, Miguel Maura fue ministro de la Gobernación con el primer gobierno provisional de la República en 1931.

06_01_DobleEsplendorFue precisamente este sentimiento de rebeldía el que la llevó a casarse con un individuo como Manuel Bolín. Resulta sorprendente que Constancia optara por esta vía cuando hubiera podido optar por otras, como lo hicieron algunas mujeres de su generación, que lograron independizarse de sus familias, gracias a los estudios que realizaron y la obtención de un título universitario. Pero estas mujeres pertenecían en general a la burguesía media, y no a la alta burguesía como Constancia, quien, para empezar, no hizo ni el bachillerato. No obstante, en su afán de volar con sus propias alas, consiguió que su familia le permitiese ir al extranjero, concretamente a Cambridge (Inglaterra), donde, a pesar de residir en un colegio de monjas, pudo gozar de una relativa libertad en relación con la que tenía en España con sus padres. Constancia, que permaneció en Inglaterra desde 1920 a 1923, nos dice que fue el periodo más feliz de su infancia. Aprendió, entre otras cosas, a valerse por sí misma, a vestirse sin la ayuda de una doncella, a salir a la calle sin la institutriz. Empezó a leer alguno que otro libro y aprendió también que “los hombres y las mujeres pueden hablar y salir juntos de paseo e ir al cine y tomar el té, sin cometer un pecado mortal”. Las monjas del colegio de Cambridge consideraban beneficioso que las niñas se acostumbrasen a disfrutar de cierta libertad y ni Constancia ni su amiga María escribían a sus padres que las monjas les permitían ir solas a Londres, ya que tenían miedo de que acudieran rápidamente a sacarlas del colegio y se las llevaran de vuelta a España.

En Cambridge conoció Constancia a una señora mexicana, emparentada con una familia de Madrid muy conocida de la suya, que tenía una pequeña tienda de modas, y Constancia empezó a darle vueltas a la cabeza la idea de convencer a su nueva idea de que le permitiese entrar a trabajar en su tienda. Escribió a sus padres para obtener su consentimiento y la respuesta que recibió fue, por supuesto, de lo más desalentadora. A los padres de Constancia les horrorizaba ver que su hija no seguía el camino que esperaban, que era el de hacer de ella “una señorita”. Pero había llegado el momento de que vistiese de largo, con lo que la madre iría a buscarla y, luego, pasarían por París, para que ella se hiciese allí los vestidos que exigía su próxima presentación en sociedad.

Y al regreso a España, empezó el tipo de vida, a la que sus padres la tenían destinada: bailes por la noche, que duraban hasta la madrugada, y bailes por la tarde, que empezaban por la tarde y duraban hasta las once o doce de la noche, carreras de caballos en el hipódromo, partidas de tenis, teatros, almuerzos. Conoció a la flor y nata de la juventud madrileña, pero a Constancia los jóvenes que tuvo la ocasión de conocer le parecían “insípidos y sin interés”.

Vuelve de nuevo Constancia a experimentar un sentimiento de rebelión ante la situación de miseria e ignorancia, en la que vivían los campesinos de los pueblos de España. Esto sucedía en La Mata, la finca de la familia de su padre, situada en la provincia de Segovia, en la que Constancia y sus padres y hermanos pasaban temporadas de vacaciones.

Conciencia de la miseria

A Constancia le costaba, según nos cuenta, acostumbrarse de nuevo a la vida de Madrid. Además de las actividades que hemos mencionado, como eso a ella no le bastaba para paliar el aburrimiento y llenar el vacío por la vida de sociedad tan absurda que llevaba, podía dedicarse a obras de caridad. Empezó, pues, a ocuparse de las escuelas para niños pobres de Madrid. Conoció entonces, nos dice, lo que era la miseria, y empezó a tener cada vez más mala conciencia por la vida tan vacía que llevaba.

Matrimonio con Manuel Bolín

En el verano de 1925 tenía 19 años y aún “no me había casado”, dice Constancia. Había tenido varios flirts, pero no había encontrado aún al hombre que reuniese las condiciones necesarias para el matrimonio. Fue entonces cuando, terminado el veraneo en San Juan de Luz, conoció a a Bolín. Su interés por éste surgió al principio porque Constancia era muy alta y les llevaba la cabeza a la mayoría de los hombres que conocía, mientras que Bolín era también muy alto. Pero lo que la decidió a unir su suerte a la de Bolín fue sobre todo la oposición de su familia y de sus amigos al personaje. Su empecinamiento con Bolín fue, en realidad, un gesto de rebeldía frente a su familia, pero también una manera de de huir del tipo de vida que llevaba. Pensó que con el matrimonio se abrían ante ella nuevas perspectivas. No fue así, desde luego. Su matrimonio fue un terrible fracaso. Constancia se dio cuenta de ello desde la mañana siguiente al día de su boda. En París, adonde fueron de luna de miel, Constancia se sentía tan triste y tan sola, que se compró un perrito, un bulldog, que le sirviera de entretenimiento, ya que con Bolín se aburría muerte. A Bolín no le interesa nada, ni los museos, ni los maravillosos monumentos de Nápoles, Venecia, Roma y Florencia, adonde fueron luego de París en su viaje de novios. La llegada a Málaga y el encuentro con su familia política pronto le hizo comprender a Constancia donde se había metido. Aquella familia malagueña era el ejemplo más acabado de la mentalidad típica del señorito español, personificado sobre todo en el señorito andaluz. Bolín era un vago, no quería trabajar. Todos los esfuerzos que hizo Constancia para que encontrara un empleo resultaron vanos. También lo resultaron los del padre de Constancia de buscarle un trabajo. El ideal de Bolín era no trabajar, lo mismo que el de todos los Bolín, unos cazadotes, cuya máxima aspiración era vivir del dinero de sus mujeres. El marido de Constancia era, sea dicho de paso, hermano del otro Bolín, corresponsal del ABC en Londres en 1936, que alquiló, por cuenta de Luca de Tena, el Dragon Rapide para trasladar a Franco de las Canarias a Tetuán, el 18 de julio.

Exactamente a los nueve meses de su boda, Constancia daba a luz una niña, Luli, su única hija, nacida en 1927. Como la vida en Málaga se le hacía insoportable, Constancia pensó en trasladarse a Madrid y ver si ella misma encontraba un empleo. Y lo encontró con Zanobia Camprubí, la esposa de Juan Ramón Jiménez, que había montado en Madrid una tienda, en la que vendían bordados, vidrios, cacharros de cerámica y de barro y otros objetos de arte popular, por eso la tienda se llamaba “Arte popular español”. Así, empezó a ganar dinero por primera vez y a tener la agradable sensación de tener independencia económica. Aquello cayó como una bomba entre su familia y sus amistades, aunque la tienda perteneciese a unas señoras de “buena familia”. Paralelamente a esta independencia económica, en la mente de Constancia iba germinando la idea de separarse de su marido, decisión sumamente difícil para ella, teniendo en cuenta lo que esto representaba para una mujer de su clase. Lo único que le importaba entonces a Constancia era su hija y conseguir quedarse con ella, con cuyo fin era preciso obtener un documento firmado por Bolín ante notario, evitando así a él y a su familia el escándalo de una separación legal y la intervención de los tribunales. Tenía entonces 25 años.

Llegó en marzo de 1931 a Madrid poco antes de la proclamación de la República. Eligió vivir sola con su hija, no en casa de sus padres. Es indudable que la relación con Zenobia y con Inés Muñoz, la socia de Zenobia en la tienda, fue muy importante en la evolución de Constancia hacia posiciones republicanas. No era Zenobia ni mucho menos ninguna revolucionaria, sino una mujer sencillamente de ideas liberales, pero en el contexto de la época, teniendo en cuenta lo que era la derecha española, en la que se había criado Constancia, las ideas de Zenobia resultaban muy progresistas y avanzadas. Tanto ella como Inés Muñoz, su socia, estaban entusiasmadas con la política del Gobierno de la República de crear escuelas suficientes para que dejara de haber analfabetos en España.

Encuentro con Hidalgo de Cisneros

Pero si la influencia de Zenobia fue importante en la evolución de las ideas de Constancia, lo que fue fundamental fue su encuentro con Hidalgo de Cisneros. Éste cuenta también en su obra Cambio de rumbo su encuentro con Constancia. Es evidente que el personaje hizo en ella mella. Así como de Bolín no hay la menor descripción física, excepto que era muy alto, de Hidalgo de Cisneros dice lo siguiente: “Delgado, alto, de piel cetrina, se volvió para mirarme y me pareció que tenía los ojos castaños y los dientes muy blancos”. El caso es que, después de este primer encuentro, Constancia corría presurosa a coger el teléfono cada vez que sonaba, por si era él. Pero Hidalgo de Cisneros tardaría algo en volver a dar señales de vida, hasta que una tarde del mes de junio volvía a sonar el teléfono y era él. Iniciaron entonces una intensa relación, que no dejó de plantear problemas, al ser ella una mujer casada. Una cosa era que trabajara y otra muy diferente que saliera con un hombre. La relación entre ambos no tardó en estar en boca de la gente y ser objeto de escándalo. La familia de Hidalgo de Cisneros, más de derechas que la de ella- Hidalgo de Cisneros venía de una familia carlista-, rompió toda relación con él y dejó de hablarle, mientras que la de Constancia, más “liberal” (entre comillas), aunque se lo tomó muy a mal, no rompió con ello. La pareja esperaba ahora impaciente, para poder casarse, la aprobación de la Ley del Divorcio en las Cortes. Los dos acudían con frecuencia al Congreso para ver cómo iban los debates. Por fin, fijaron la boda para el 16 de enero de 1933. Fue un casamiento civil, celebrado en Alcalá de Henares, con ausencia de los familiares de ambos contrayentes, y la asistencia de solo amigos como Indalecio Prieto y Marcelino Domingo, Zenobia e Inés. Antes del matrimonio, Constancia había obtenido del Tribunal Tutelar de Menores la plena tutela de su hija Luli.

Pasa después Constancia a narrar la etapa de Ignacio en Roma y Berlín como agregado militar en la Embajada de España. Interesantes son las páginas en las que Constancia describe a la alta sociedad romana, el régimen fascista, y el encuentro de ella y de Ignacio en Roma con María Teresa León y Rafael Alberti, que regresaban de un viaje a Moscú, donde habían participado en un congreso. Ellos, junto con Valle-Inclán, que presidía entonces la Academia de Bellas Artes, constituían para Ignacio y Constancia el grupo de amigos en cuya compañía se sentían más felices y a gusto.

Vemos que las experiencias vividas en Italia y en Alemania sirvieron para radicalizar a Constancia y a Ignacio, y para hacerles evolucionar hacia posiciones más de izquierdas. Son múltiples las reflexiones de Constancia sobre el peligro fascista que amenazaba a toda Europa, y, por supuesto, a España.

La pareja terminaría por regresar a Madrid, donde Constancia recuperó su puesto en la tienda de Zenobia. Ambos constatan que la situación en España es cada vez más tensa y conflictiva. Con las elecciones del 16 de febrero de 1936 y el triunfo del Frente Popular es cada vez más evidente que las fuerzas de derecha no iban a cejar en su empeño de derribar a la República. Tanto Constancia como Ignacio consideraban que los gobernantes republicanos eran demasiado condescendientes con la derecha y que debían ser nás contundentes. Constancia describe este periodo con bastante detalle: los enfrentamientos callejeros, los ataques y provocaciones de los pistoleros fascistas, el asesinato del teniente Castillo y el consiguiente asesinato de José Calvo Sotelo, en represalia por el de Castillo. El lenguaje que utiliza Constancia para referirse a estos hechos expresa claramente su evolución ideológica hacia posturas cada vez más radicales. ¿Corresponde este análisis a lo que ya pensaba entonces o fue reconstruido a posteriori?

Los primeros días de la guerra

Después de que estallara la guerra, Constancia, deseando ser útil como fuera, intentó por todos los medios prestar sus servicios en alguna institución pública. Al final pudo hacerlo en la Junta de Protección de Menores, dependiente del Ministerio de Justicia. Junto al circunstanciado relato que hace de cómo pusieron en funcionamiento el viejo caserón donde albergaban a unas 80 niñas, Constancia relata las vicisitudes de los primeros días de la guerra, la masiva ayuda alemana e italiana a Franco, y la negativa del Gobierno francés del Frente Popular a vender armas a la República. Frente a esta actitud, Constancia destaca la solidaridad con la República de la Unión Soviética, sin olvidarse de mencionar también la solidaridad del gobierno mexicano de Lázaro Cárdenas con el pueblo español. Constancia se refiere también a la dimisión del gobierno Giral y a la formación del gobierno de Largo Caballero a principios de 1936. Todas las críticas que hace Constancia del gobierno Giral van en el mismo sentido que las que le dirigían entonces los comunistas, mientras que los elogios al 5º Regimiento y a las posiciones del PCE en el conflicto, como el partido que sostiene las más correctas para ganar la guerra contra el fascismo, son ilustrativas de la evolución ideológica de Constancia. Sin embargo, Constancia no se declara en ningún momento comunista ni mucho menos miembro del Partido Comunista, sino republicana demócrata y antifascista. Ya veremos más adelante por qué.

La siguiente ocupación de Constancia fue la evacuación de niños de Madrid a Alicante y su provincia para alejarlos lo más posible de los horrores de la guerra. Encontraron acomodo para 650 niños en casas con jardines y huertos abandonados por sus propietarios, principalmente en San Juan. Cuando la comida empezó a escasear, llegó al puerto de Alicante el barco ruso, el Neva, con víveres. Constancia sostiene que la URSS no tenía la menor intención de dominar España, como la tenían Alemania e Italia. Lo único que la URSS buscaba era que no se extendiesen las guerras. Al firmar el Pacto de No-Intervención intentaba conseguir que los demás firmantes cumpliesen las condiciones del Pacto. Es un hecho que si Alemania e Italia no hubiesen ayudado a Franco, éste no habría podido ganar la guerra. Estas dos potencias violaban sistemáticamente el Pacto de No-Intervención. La URSS no solo aportaba víveres, sino también esperanza con su gesto de solidaridad. Pero no tardarían en no ser solo víveres, cuando la URSS empezó a enviar los primeros aeroplanos de bombardeo y de caza, los “Katiuska” y los famosos “chatos”, como los llamaban, que llegaban a Cartagena el 2 de noviembre de 1936. La actuación de los cazas fue decisiva para impedir que los Junkers alemanes bombardeasen Madrid. También empezaron a llegar, para luchar junto al pueblo español, los primeros voluntarios de las brigadas internacionales.

Constancia aparece cada vez más entregada a la causa de la defensa de la República, tratando de ayudar en lo que puede. La vemos tratando de poner en funcionamiento un hospital para aviadores convalecientes o haciendo de intérprete con voluntarios de las BI. Pero el cargo más importante que ocupará será en la Oficina de Prensa Extranjera, dependiente del Ministerio de Estado, cuyo titular era entonces Julio Álvarez del Vayo. Conociendo tantos idiomas como era su caso- conocía cuatro: el inglés, el francés, el alemán y el italiano- haría mejor labor y sería más útil a la República que cuidando niños.

En la Oficina de Prensa extranjera

Constancia fue a ver a Rubio Hidalgo, jefe de la Censura de Prensa Extranjera y de todos los servicios de aquella oficina. Rubio Hidalgo le entregó unos artículos para que los leyera y corrigiera. En realidad, de lo que se trataba no era de “corregir… sino de “censurar” lo que decían los periodistas, si se consideraba que algo era “censurable”. Pasó la prueba y su misión consistía desde entonces en leer los mensajes que los periodistas deseaban cursar al extranjero y hacer que los enviasen por teléfono o por cable si no contenían elementos “censurables”. Además de Constancia había tres censores, dos polacos y un español. Era importante prestar especial atención al “censurar” las noticias militares, que, aunque parecieran a veces meras descripciones sin importancia, podían constituir informaciones valiosas para el enemigo. Su compañero español en la oficina de censura le dio buenos consejos sobre cómo cribar las noticias, no solo militares, sino de otro orden, que pudieran perjudicar al Gobierno de la República, cuando muchas veces no eran noticias confirmadas, sino simples rumores. Sin olvidar que las noticias que no era militares, como eran las noticias políticas, podían tener a veces importancia militar. Poco a poco fue Constancia haciéndose con el trabajo de la Oficina, dando muestras de gran competencia en las tareas que se le encomendaban. Al tiempo que se les censuraba lo que se consideraba debía serlo, había que dar a los periodistas las mayores facilidades posibles para desempeñar convenientemente sus funciones. Esta tarea de “relaciones públicas” se le daba muy bien a Constancia. Se trataba de dar a conocer a los periodistas la lucha del pueblo español contra la invasión extranjera y rebatir el cúmulo de falsedades que circulaban en muchos países occidentales sobre la República. Constancia trataba de atenderlos lo mejor posible, poniendo a su disposición, cuando era posible, automóviles para facilitar su misión. Era una verdadera lucha para exponer al mundo la verdad frente a la propaganda hostil contra la República. Constancia se encargaba también de hacer que los periodistas pudieran visitar los frentes de guerra, como hizo con Richard Mowrer, corresponsal del Chicago Daily News, a quien facilitó visitar el frente sur y ver el sector de Pozoblanco, donde se acababa de rechazar una nueva ofensiva de los italianos.

Sus funciones en la Oficina de Prensa Extranjera las prosiguió Constancia más adelante en Barcelona, cuando el Gobierno de la República se traslado allí. La animosidad de Constancia hacia Prieto es evidente cuando ataca su actuación al frente del Ministerio de Defensa y elogia la decisión de Negrín, presidente del Consejo de Ministros desde mayo de 1937, de asumir también la cartera de Defensa.

El papel de Constancia en la Oficina de Prensa Extranjera adquiere cada vez más importancia, por su relación privilegiada con muchos periodistas, a algunos de los cuales, como Jay Allen conocía desde hacía años. La relación con estos periodistas le será de gran utilidad posteriormente, cuando se traslada a los Estados Unidos, para seguir defendiendo ante el gobierno y la opinión pública estadounidense la causa de la República.

Después de la caída de Barcelona a finales de enero de 1939 la situación se hacía cada vez más insostenible y había que pensar en partir de España. Constancia se resistía a hacerlo, a cruzar la frontera. Después de una breve estancia en Perpiñán, Constancia partía hacia Paris y de allí rumbo a los Estados Unidos, adonde llegaba el 5 de marzo. Iba a tratar de convencer al pueblo de los Estados Unidos de la necesidad de enviar víveres y armas a España para la defensa de la zona central, lo único que quedaba en poder de la República.

Una familia de la alta burquesía

El relato de Constancia de la Mora es de lo más ameno y fluido. Se lee muy bien. La combinación en su relato de vivencias personales con los principales acontecimientos de la historia de España de ese periodo está bien lograda y contribuye a darle un mayor interés.

Constancia de la Mora

Constancia de la Mora

Ahora bien, ¿es Constancia la autora de esta autobiografía o Memorias como algunos ponen en duda? Soledad Fox Maura, autora del libro Constancia de la Mora. Esplendor y sombra de una vida española del siglo XX, publicado en 2008, demuestra, sobre la base de documentos de primera mano, que Doble esplendor de Constancia de la Moea no fue escrito por ella, sino por la periodista norteamericana Ruth Mackenney, con el título In place of Splendor, a partir de la historia que Constancia le contó. McKenney era una experimentada periodista de izquierdas, miembro, lo mismo que su marido, del Partido Comunista de los Estados Unidos. Hay que decir que Soledad Fox Maura, profesora en una universidad de los Estados Unidos de América, es biznieta de Francisco Maura, el hermano pintor de don Antonio, que a Constancia le resultaba tan simpático por su antimonarquismo feroz. Soledad Fox Maura, consultó para su libro, que lleva un Prólogo de Paul Preston, numerosos archivos, incluidos archivos privados. Pero fuera Constancia la autora o lo fuera Ruth Mackenney el libro está muy bien escrito, se vendió muy bien y fue traducido a varios idiomas, entre otros al castellano, siendo autora de esta traducción la propia Constancia. Es un libro concebido para seducir al público norteamericano. Lo primero de todo, el hecho de presentarse como aristócrata que lo deja todo para consagrar su vida a la causa de la democracia y la libertad constituía un elemento importante para ganarse las simpatías del público. La insistencia en su calidad de “aristócrata” tenía por objeto suscitar la la admiración de una sociedad, en la que la única aristocracia era la del dinero, no la de “la sangre” como en la vieja Europa. Pero, como ya dijimos, Constancia no pertenecía a la aristocracia, sino a lo que podríamos llamar “alta burguesía”.

El abuelo de Constancia, don Antonio Maura, venía de una familia mallorquina de menestrales, que tenía una tenería, es decir, un negocio de curtidos. Tras estudiar la carrera de Derecho en Madrid, Antonio Maura entró en el bufete de abogados de Germán Gamazo, con cuya hermana pequeña, Constancia, terminaría casándose. Este matrimonio contribuiría a la entrada en política de Antonio Maura, junto a su cuñado, primero, en el Partido Liberal, y, después, en el Conservador, del que llegaría a ser el jefe. En cuanto a los Gamazo, eran oriundos de un pueblo de la provincia de Valladolid, que se dedicaban al comercio de vinos y se convirtieron en terratenientes después de adquirir tierras puestas en circulación como consecuencia de la desamortización de los bienes de la Iglesia, decretada por el ministro Mendizábal en 1936-1937. El título de Duque de Maura que llevaba Gabriel Maura Gamazo, primogénito de don Antonio Maura, y, tío materno, por lo tanto, de Constancia, le había sido concedido por Alfonso XIII para premiar los servicios de su padre a la Corona. Era, pues, un título que databa de “ayer”, sin ningún abolengo. Por eso, más que a la aristocracia, Constancia pertenecía, como bien dice Hidalgo de Cisneros, a “la alta burguesía española”. Pero si, además de ser hija de una familia adinerada, era de origen aristocrático y había elegido renunciar no solo a los lujos y comodidades que le proporcionaban la fortuna de sus padres, sino también a los privilegios de su estatus social de “aristócrata”, su historia resultaba aún más fascinante para la opinión pública estadounidense.

Paralelamente a esta Constancia “aristócrata”, era preciso, cara al público de los Estados Unidos, dar una imagen de Constancia como una especie de “heroína” de la libertad y la democracia frente al fascismo. No hay que olvidar que el sentimiento en contra del nazismo era ya entonces muy potente entre amplios sectores de la población estadounidense. Por ello, era preciso insistir en este aspecto. Los elogios de Constancia a la Unión Soviética obedecerían, pues, a razones humanitarias, no ideológicas: la URSS era el único país que prestaba apoyo al Gobierno legítimo de la República frente a la rebelión de un grupo de militares felones, que contaban con el apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista.

Aunque el discurso de Constancia corresponde ideológicamente al de una comunista, en ningún momento se declara en su libro como tal, y mucho menos como miembro del Partido Comunista de España. Porque no hay que olvidar que tan hostil como podrían ser los Estados Unidos de América al nazismo, lo eran, si no más, al comunismo. Ante una opinión pública ferozmente anticomunista, a la que se pretende convencer de que preste apoyo al pueblo español en su justa lucha por la libertad y la democracia, todo lo que pudiera oler a comunismo era contraproducente. De todos modos, esta ocultación no le serviría de mucho a Constancia. Pese a las simpatías que pudiera despertar la causa de la República española en ciertos sectores de la población, el Gobierno, rehén y cómplice de los grandes consorcios militares y petroleros, ya hacía tiempo que había elegido apoyar a Franco y a los militares rebeldes.

*Texto de la presentación, el miércoles 13 de mayo de 2015, del libro Doble esplendor, de Constancia de la Mora, en el marco del Taller de Lectura, organizado por AMESDE y dirigido por el Profesor José Manuel Pérez Carreras en la Escuela de Relaciones Laborales, de la UCM. La edición de Doble Esplendor utilizada aquí es la publicada por Gadir Editorial en 2004, con prólogo de Jorge Semprún.

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