Crítica al descripcionismo histórico sobre el Estado Islámico

Santiago Armesilla Conde ||

Doctor en Economía en el marco de la globalización por la Universidad Complutense de Madrid ||

(Nota preliminar: el siguiente texto pretende ser tanto crítico como didáctico. Se explican cosas no por pedantería para demostrar sabiduría, sino para tratar de dar, primero, cohesión interna a lo que se pretende decir, y segundo, para que los lectores adquieran información sobre un tema que puede interesarles y quizás sean neófitos e él. Asímismo, advierto que, probablemente, debido a los tres textos que tiene de referencia ya publicados en Crónica Popular, haya lugares comunes entre todos ellos. Lo cual no es malo, pero es bueno señalarlo.

En el momento de terminar de enviar este artículo para su publicación en Crónica Popular se produjeron los ataques en París que han acabado con la vida de 160 personas. Ahora, más que nunca, este artículo cobra todo el sentido).

Mi compañera de redacción en Crónica Popular, María Rosa de Madariaga, gran historiadora experta en las relaciones España-Marruecos durante la etapa del Protectorado, escribió dos artículos más que recomendables que describen (y quiero insistir en esta palabra, describen) lo que es el Estado Islámico para tratar de aclarar información con respecto a este grupo yihadista de cara a los lectores de este semanario digital. Los dos artículos en cuestión son La nebulosa yihadista y el Estado Islámico, publicado el 14 de septiembre de 2015 en Crónica Popular, y “A vueltas de nuevo con el llamado Estado Islámico“, publicado el 10 de noviembre de 2015 en el mismo medio digital.

05_01_EI

No tengo nada que reprochar a estos fantásticos textos, los cuales recomiendo a todo el mundo, a nivel de descripción, en parte, del fenómeno llamado Estado Islámico. No obstante, sí hay algunas cuestiones que quisiera comentar, críticamente si se me permite, al respecto de los dos, pues la mera descripción histórica de unos hechos concatenados en el espacio-tiempo no implica la categorización cerrada de esos mismos hechos en sentido empírico real. Y me explico:

1) Debo comenzar lamentando que el segundo artículo, A vueltas de nuevo con el llamado Estado Islámico, lo escribiera María Rosa aludiendo sin aludir un artículo mío publicado también en Crónica Popular y titulado Contra el Estado Islámico, con fecha de 19 de octubre de 2015. El motivo por el que ella ha escrito este segundo artículo es la publicación de mi texto en el mismo medio, algo que la molestó sobremanera, aunque nunca me han quedado claros los motivos de tal molestia. Sí es cierto que, en el segundo párrafo de su segundo texto, Madariaga explica las motivaciones que le han llevado a redactar un nuevo análisis de la cuestión:

Pero un imprevisto, la aparición en estas mismas páginas de un artículo, en el que se nos ofrece una visión apocalíptica del mundo a causa de la existencia del Estado Islámico, ahí, a nuestras puertas, me obliga a intervenir para aclarar algunos puntos. Esta visión apocalíptica coincide con la que sostiene hoy el Instituto de Estudios Estratégicos del Ministerio de Defensa, en la que, de acuerdo con la lógica militar de que siempre tiene que haber un enemigo contra el que luchar, el enemigo de ayer, el comunismo y la Unión Soviética, ha pasado a ser hoy el Islam y el Estado Islámico. Las cosas son, sin embargo, más complejas y merecen un análisis menos simplista y más afinado”.

En este párrafo se resumen, a mi juicio, tanto las motivaciones de este artículo como del primero. Pero es necesario mencionar un hecho que, de primeras, me preocupa. A María Rosa de Madariaga la estimo como persona y como profesional de su campo. Tuve el honor de invitarla a dar la sesión docente de clausura del curso sobre Relaciones Internacionales y Política Exterior en el Área del Magreb y Oriente Medio que, en forma de seminarios, di adjuntos a esta asignatura del Master sobre la Unión Europea y el Mediterráneo que imparte el Euro-Mediterranean University Institute -EMUI-, instituto de investigación de la Universidad Complutense de Madrid en el que soy docente e investigador. Pero en su segundo artículo, en el que habla de mi artículo, no me cita, ni me nombra, a la hora de criticarme.

Estimo que el legítimo contraste de pareceres acerca de cualquier cuestión, en un medio público como es Crónica Popular, debe realizarse de manera que todos los participantes realicen un juego limpio para con el otro. No considero que María Rosa de Madariaga haya jugado limpio conmigo en ese aspecto. Aunque también es verdad que comparar mi artículo, insisto que sin nombrarlo, con los informes del Instituto de Estudios Estratégicos del Ministerio de Defensa de España, es todo un honor para mí. Y por un motivo muy sencillo: ellos, el IEEE no hacen Historia, ni tampoco descripcionismo histórico como metodología científica aplicada, sino estudios de inteligencia, contrainteligencia y estrategia geopolítica, en los cuales hay que tener en cuenta la Historia, por supuesto, pero sobre todo los intereses del Estado que representan, los cuales no pueden ceñirse solo a meros “intereses de clase” en un típico caso de análisis propio del marxismo vulgar.

Cuando una institución de inteligencia y estrategia como el IEEE, el CESEDEN o el CNI centran buena parte de sus actividades en el área del Magreb y Oriente Medio, no lo hacen para defender a la “burguesía española” solo. Si España fuese una nación con un régimen comunista estos centros de inteligencia seguirían existiendo y seguirían, además, realizando labores de inteligencia centrados en el Magreb y Oriente Medio, no solo por motivos de relaciones históricas de España con el mundo árabe-islámico, sino también porque en estas áreas existen gobiernos cuya acción política puede perjudicar los intereses de España a nivel de relaciones internacionales y política exterior y también, y esto entronca con hablar del Estado Islámico, porque hay grupos radicales en algunos países de esa zona geopolítica que se preparan para atentar contra nosotros en pos de su utopía política de reislamización de la Península Ibérica y recuperación de Al-Ándalus. Y esto ni es una broma, ni es apocalíptico. Esto es un fenómeno real y una amenaza a todos nosotros, seamos de izquierdas o de derechas, seamos españoles o portugueses. ¿Acaso no ha habido continuidad, en muchos aspectos, en la política exterior de la Rusia de los zares con la Unión Soviética o la Rusia de Putin actual? Sí, los ha habido, porque la dialéctica de clases está conectada con la dialéctica de Estados, y las líneas históricas que determinan la política interior y exterior de ese conjunto complejo de instituciones que se apropia de un territorio y de una población frente a otros, pues esto es un Estado, lo llevan a continuar, gobierne quien gobierne, a primar unas políticas sobre otras, siempre adaptándose a las coyunturas históricas diversas que puedan sobrevenir.

Digo esto porque mi artículo no es meramente histórico, aunque tenga en cuenta la Historia. Es una toma de partido política, y geopolítica, frente a una amenaza actual, muy peligrosa (cosa que María Rosa reconoce en su segundo texto), y que nos afecta como país. Y quizás esa perspectiva es la que no ha entendido María Rosa de Madariaga, cosa que, por otra parte, demuestra a mi modo de ver en las soluciones que propone a esta cuestión, y que repite en sus dos artículos. Pero vayamos por partes.

2) Ambos artículos, que repiten temas comunes y que son lectura imprescindible, pero no única, para entender qué pasa en Oriente Medio, pecan de descripcionismo histórico. El descripcionismo es una teoría de la ciencia que pone el lugar de la verdad científica en la materia constitutiva del campo de cada ciencia, esto es, en los hechos, fenómenos o sensaciones observables en dicho campo. El descripcionismo interpreta lo que puede encontrarse asociado al proceso científico (su lenguaje, las instituciones sociales propias de cada ciencia, los experimentos o manipulaciones del material encontrado en cada campo, los razonamientos sobre cada cuestión, los libros y textos, etc.), como formas que, más que contribuir a la conformación de la verdad científica que se supone ya dada, lo que hacen es permitir entender estos hechos y fenómenos como destinados, a título de métodos, a facilitar el acceso a las verdades manifestadas por las descripciones de los hechos o de los fenómenos. La idea de verdad del descripcionismo es la verdad como des-cubrimiento de la realidad de “lo que es tal como es”. Es decir, de las cosas mismas en sí. Las teorías descripcionistas reconocen función y presencia a las formas científicas, pero no las consideran constitutivas de la verdad científica, como si hubiesen de ser consideradas subordinadas y refundidas siempre en la materia misma. Y este es uno de sus más graves errores.

En el caso del descripcionismo aplicado al campo de la Historia (una disciplina racional y metódica sin duda, pero no una ciencia en sentido del cierre categorial, que es la perspectiva que yo utilizo), el historiador lo que suele hacer es considerar el momento constructivo de su disciplina y sus componentes formales como subordinados a la materia dada que habría de ser meramente descrita. Evidentemente, en la descripción el historiador se vale de instrumentos formales (las reliquias y relatos históricos, también recientes, lo que conecta la historiografía con el periodismo, en tanto el periodista es, en cierto sentido, un “historiador del presente” y el historiador un “periodista del pasado), pero suponiendo que hay que dejarlos “intactos”, a modo de inventario o de archivo.

Leif Eriksson

Leif Eriksson

El descripcionismo histórico entiende, por tanto, que la materia constitutiva de la Historia ha de facilitar el acceso a las verdades manifestadas por ésta gracias a la mera descripción de los hechos y fenómenos. Entiende, repito, que la verdad de la Historia lo es por des-cubrimiento. Pero otro problema del descripcionismo, también en Historia, además de subordinar la forma a la materia, es que no entiende que todo descubrimiento científico conlleva tanto un contexto de descubrimiento como un contexto de justificación. Así, el historiador descripcionista entenderá que Leif Eriksson “descubrió América” porque llegó antes que Cristobal Colón. Y obviará el contexto de justificación posterior, que requiere un cierre categorial en forma de teorema (si se da en ciencias naturales o formales) o un cierre tecnológico configuracional (si se da en ciencias sociales), por medio de operaciones que cierren una nueva identidad o nodo que refuerce el campo de su disciplina al entretejerlo con otros nodos anteriores. Y por eso, el contexto de justificación de América como nuevo nodo categorial histórico o geográfico no lo facilitó Leif Eriksson, sino Cristobal Colón, aunque Colón nunca supo que había descubierto un nuevo continente, pues pensó hasta su muerte que había llegado a Asia. Pero en la época en que se produjeron los viajes de Colón existían técnicas, tecnologías y ciencias (y proto-ciencias) que permitían, entre otras cosas, probar la esferidad de la Tierra y la circunvalación de la misma hasta el punto de que Américo Vespuccio demostró, cerrándola, la identidad de las tierras nuevas a las que se llegó como un continente no cartografiado en siglos y milenios anteriores, y de ahí que el continente se llamara América. Ya los portugueses circunvalaron África y el Índico, y esto también fue un punto importante a la hora de cerrar la nueva identidad sintética que, a nivel de la geografía, de la Historia y de otras disciplinas, pudo confirmar al Mundo que América era un “nuevo continente”. Este contexto de justificación, el de los siglos XV y XVI, era impensable en los tiempos medievales del noruego Eriksson.

Esto que acabo de decir también se interrelaciona con la perspectiva de mi texto anterior que, insisto de nuevo, no es meramente historiográfico, sino político, y politológico, también geopolítico y geoestratégico. Y se nota, además, en la imprudencia de una comparación analógica que María Rosa de Madariaga hace en su párrafo arriba citado, a mi modo de ver de manera totalmente desafortunada. Y es cuando compara la toma de posición del IEEE (ese reducto burgués capitalista, para ella) respecto del Islam y el Estado Islámico, con la que en tiempos de la Guerra Fría se tuvo con el comunismo y la Unión Soviética. Analogar el Islam al comunismo, esto es, la segunda confesión religiosa del Mundo actualmente en número de seguidores (unos 1.300 millones de personas), a un movimiento político raciouniversalista (en expresión del filósofo Juan Ponte) que pretende, como dijeron Marx y Engels en La ideología alemana, “superar el estado de cosas actual”, incluido el estado (de cosas actual) islámico, supone homologar a los militantes comunistas y sus revoluciones políticas, su materialismo y su ateísmo, al Islam y su oscurantismo, su irracionalismo y su espiritualismo monista. Y comparar al Estado Islámico con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, a mi juicio, sitúa esta desafortunada frase de Madariaga en el mismo campo de expresiones ideológicas más indocumentadas de un César Vidal o un Pío Moa cualquiera. Y es curioso, porque en ambos textos María Rosa abomina del Estado Islámico, como no podía ser de otra manera en una historiadora y militante camarada como es ella. Pero no deja de sorprender esta analogía tan poco afortunada por su parte. Y quizás sea debida, me atrevo a decir, por la reciente en el tiempo (los últimos treinta años) filia de muchos militantes de izquierdas con el Islam en general, sin entrar en distinciones entre moderados y radicales. Y esta islamofilia izquierdista acrítica, que se corresponde además, normalmente, con una católicofobia o cristianofobia considerable, es uno de los motivos por los cuales las izquierdas en general, y el comunismo en particular, no consigue el favor de las masas en las naciones de raíz cultural judeocristiana en el presente (las izquierdas actuales desprecian a los obreros que pretenden emancipar). Y se nota en el desdén que, por otra parte, se tienen a estudios y visiones sobre el Islam que no comparten la esencia de esta visión islamófila, sea en su versión geoestratégica del IEEE o de otros analistas tipo Serafín Fanjul, Antonio Elorza o Gustavo de Arístegui (recomiendo su libro La Yihad en España: la obsesión por recuperar Al-Andalus, de 2005), a los cuales se les catalogará directamente de “islamófobos” o “fachas” incluso. Pero como diría María Rosa, “las cosas son, sin embargo, más complejas y merecen un análisis menos simplista y más afinado”.

3) Hay ciertas cuestiones problemáticas que los dos textos de María Rosa de Madariaga en Crónica Popular ofrecen a quien los lea, y quisiera ir poco a poco tratando de desgranarlos en lo que resta de este artículo que están ustedes leyendo. Quizás tratando de que ella, en el futuro, pueda también hacerlo de manera sana y honesta no solo con mis escritos, sino también con otros autores con los cuales ella no comparta la misma visión.

a) Para empezar, es necesario hacer una distinción entre islamismo, salafismo y salafismo yihadista. Estas tres corrientes suelen meterse dentro del batiburrillo que se denomina “fundamentalismo islámico”. Fundamentalismo, supuestamente, sería toda corriente ideológica o religiosa que promueve la literal interpretación de sus textos fundacionales o sagrados, por encima de una interpretación contextual, y/o la aplicación estricta e intransigente de una práctica o doctrina establecida basado en esos textos fundacionales o sagrados. Siguiendo estas definiciones, no se podría por ejemplo hablar de “fundamentalismo católico”, en tanto el catolicismo es una religión que, sin dejar de dar peso a la Biblia, da igual importancia a la propia Tradición adaptativo-contextual de la Iglesia Católica y sus textos doctrinales redactados en sus 2015 años de Historia viva, y hay que tener en cuenta que en el catolicismo priman más los actos que la mera fe para alcanzar la Salvación. Pero sí podrá hablarse de integrismo católico, en tanto el integrismo es la actitud de determinados colectivos hacia los principios de la doctrina tradicional de dichos colectivos, que lleva a esos colectivos a rechazar cualquier cambio doctrinal tratando así de mantenerse inalterados e íntegros. Y la conservación íntegra de los principios doctrinales del catolicismo (Biblia, Tradición, actos, etc.) no es lo mismo que la interpretación fundamentalisma del texto bíblico. De ahí que el fundamentalismo sea más propio del protestantismo, donde prima la fe más que las obras y la única autoridad es la Biblia, que del catolicismo o que del cristianismo ortodoxo.

Hermanos Mulsumanes

Hermanos Mulsumanes

En el caso del Islam, el islamismo no es un fundamentalismo estricto. Sí es cierto que la inmensa mayoría de los musulmanes hacen una interpretación literal del Corán, pero el islamismo, que no es sino la ideología de determinados grupos políticos, partidos o cofradías musulmanas, que tratan de islamizar una sociedad política (un Estado) sin necesidad de desarrollar políticas expansionistas imperialistas por ello, tiene mucho de adaptativo, en tanto cada islamismo es particular de la sociedad política donde se fragua. Así, grupos como los Hermanos Musulmanes en Egipto o Hamás en la franja de Gaza, o Hezbollah (chiíta) en el Líbano, son islamistas. Y aunque los Hermanos Musulmanes, como bien apunta María Rosa de Madariaga en su primer texto, influyeron mucho en las ideas de Sayid Quttb, padre del salafismo yihadista, no puede analogarse su política, su modus operandi o sus pretensiones, a las de Al Qaeda o a las del Estado Islámico. Siguiendo con las analogías, el islamismo sería una versión musulmana, radical, de lo que en Europa significó la democracia cristiana o, incluso, los grupos políticos ultraconservadores de corte militarista que dominaron mediante dictaduras en España, Portugal o el cono Sur iberoamericano.

Pero el islamismo, insisto, no es un fundamentalismo estricto, como sí lo son el salafismo y el salafismo yihadista. El islamismo puede ser sunnita o chiíta, o jariyita (no se por qué María Rosa se ofusca tanto porque los nombre como rama del Islam en el segundo texto, ya que escribo también para los lectores y ni solo para los eruditos, pues aunque sean minoritarios, dominan en un Estado musulmán importante, como es el Sultanato de Omán, en el sureste de la Península Arábiga). Pero el salafismo, y el salafismo yihadista, como ya dije en mi artículo anterior, son solo de raíz sunní. Y si María Rosa de Madariaga no entiende esto, es porque no entiende la distinción entre islamismo, salafismo y salafismo yihadista. Distinción que no es mía, sino que ya ha sido articulada por nombres tan prestig