Una tarde con Jiménez Villarejo (I). “En Podemos Cataluña, quien se opuso al soberanismo fue expulsado o tuvo que marcharse”

Luis Caldeiro* ||

Periodista ||

Podemos no atraviesa uno de sus mejores momentos: conflictos territoriales, críticas por su estrategia ante un posible “Gobierno de Cambio” con el PSOE y hasta divisiones internas, escenificadas en el cese fulminante del secretario de organización, Sergio Pascual, a manos de un Pablo Iglesias que, poco después, afirmaba en carta a los militantes que “en Podemos no hay ni deberá haber corrientes ni facciones”. En medio de esta “tormenta perfecta”, Carlos Jiménez Villarejo (Málaga, 1935), prestigioso jurista, ex fiscal Anticorrupción y auténtico referente de la lucha contra la corrupción en España, abandona el partido, tras un cierto distanciamiento previo. Una lucha -no lo olvidemos- que siempre fue bandera y seña de identidad de la formación morada.

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¿Cómo fue su ingreso en Podemos?

Uf, estamos hablando de hace casi dos años. Yo sólo había militado en un partido en la clandestinidad, durante la dictadura, que era el PSUC. Ya en democracia, la Constitución prohibía militar a jueces y fiscales, y por tanto, no podía, no debía hacerlo, por razón de mi cargo. Cuando me jubilé, tampoco pensé en militar en ningún partido político, la verdad. Me convertí en asesor o consultor, como quiera llamarse, de Iniciativa per Catalunya-Els Verds, sobre todo en el ámbito del Congreso de los Diputados, porque por aquel entonces se estaba tramitando una serie de leyes que me interesaban particularmente. Además, pensaba que ese partido representaba el espacio político que durante la dictadura había ocupado el PSUC. Y como estaba libre de obligaciones por mi jubilación, me pareció que militar en esa formación era lo más adecuado en aquel momento. Esa etapa fue superada por las circunstancias, por razones diversas que no vienen al caso.

Y ¿Entonces?

En esas, aparece Podemos, en la primavera de 2014. Por lo que yo sabía, por lo que había leído, por sus primeros esbozos de programa, me pareció una opción política interesante, que conectaba con lo que había representado el 15-M y, por tanto, con un proceso de renovación democrática de las instituciones y de la sociedad española en general.

¿Era un soplo de aire fresco?

Podemos no tenía ninguna de las servidumbres derivadas de los partidos políticos del sistema vigente, sino que nacía plenamente como un partido nuevo. Era una formación enteramente nueva, con un planteamiento tanto social como político que me parecía de mucho interés, muy renovador y que hacía frente a muchas de las debilidades y crisis de nuestro sistema democrático. Por tanto, consideré que valía la pena apostar y hacer un esfuerzo personal por apoyar esa iniciativa de renovación y de participación ciudadana que significaba Podemos. Por eso me inscribí en él y por eso, cuando me lo solicitaron, di mi consentimiento para ir en las listas para las elecciones al Parlamento Europeo. El resto ya es sabido: ante una participación más alta de lo esperado y unos resultados positivos, me convertí en eurodiputado. Un cargo en el que permanecí un mes aproximadamente, pues ya había convenido con la dirección del partido -y con Pablo Iglesias en particular- que mi estancia en el Parlamento Europeo debía ser breve, por razones personales y familiares: entendía que mis circunstancias -mi edad, mi situación de jubilado- no me permitirían resistir el ritmo que supone estar yendo y viniendo de Bruselas a Barcelona.

Podemos acaba de llegar al Congreso de los Diputados. Con la perspectiva que le da el tiempo, estos dos últimos años, ¿diría que el partido en el que usted entró y el partido de ahora es el mismo o ha cambiado algo?

Algunas cosas han cambiado. Entré con una ilusión muy grande  -pese a que tenía 79 años, todo sea dicho- y quizá no hice una crítica rotunda de muchos de los aspectos de los programas que se iban aprobando. Aspectos que ahora, visto en perspectiva, se podían haber renovado y cambiado. La situación ha cambiado por las exigencias políticas que se han ido planteando, primero en las elecciones municipales, luego en las autonómicas, como las catalanas del 27-S, y más tarde en las Generales. Claro, ha sido una cadena de procesos electorales muy fuerte, en un partido con una historia muy breve y con una capacidad de organización todavía muy frágil. Mi opinión es que afrontar todos estos retos electorales obligó a Podemos -por sus propia concepción de las alianzas políticas- a unas alianzas o “confluencias” tanto en Cataluña, como en Galicia y otras comunidades autónomas, que han disuelto, o han contribuido a disolver parte de las esencias de Podemos. Como en toda coalición, tuvieron que ir cediendo en parte de sus fundamentos programáticos, para poder presentarse a esos procesos electorales con ciertas perspectivas de éxito.

Hábleme de las elecciones andaluzas de marzo de 2015.

Las andaluzas fueron elecciones anteriores a las que le he mencionado, y como todavía militaba, participé en algún mitin, como en Málaga, por ejemplo. Y pese a que Podemos concurrió con su propia marca, sin “confluencias”, el resultado fue muy inferior a las expectativas que tenía la dirección. Obtuvieron quince diputados de los ciento nueve que componen el Parlamento andaluz. Por tanto, ahí se advirtió un cierto “aviso”. Téngase en cuenta que desde sus orígenes, Podemos plasmó en muchos de sus documentos programáticos su convicción de haber nacido para gobernar.

Siempre lo tuvieron claro…

Incluso en algún momento llegaron a decir “que se vayan todos”. Y he de decir que no sé muy bien a qué se referían con ese “todos”. Una línea que arranca sobre todo de los Principios Programáticos, Éticos y Políticos de la Asamblea de Vistalegre (Madrid), en octubre de 2014. Ahí está claramente reflejada la voluntad de ser la “solución de recambio” de las fuerzas políticas dominantes, a las que consideran agrietadas, bien por la corrupción, bien por el burocratismo. Las iban a sustituir y a gobernar. Se atribuían, pues, una especie de… no sé… el papel de ser quienes iban a rescatar a España de la crisis en que estaba sumida: crisis, según ellos, consecuencia de lo que llamaban “el Régimen del 78” o configuración política nacida con la constitución de 1978. Un análisis que nunca compartí.

No se puede entender nunca, bajo ningún concepto, cualquiera que sea la interpretación que se le dé, que el derecho a separarse o “desconectar” de España, como algunos le llaman, pueda ser un asunto de la exclusiva competencia de la Generalitat.

Usted, por tanto, considera las elecciones andaluzas como un primer toque de atención.

Efectivamente. Y a partir de entonces empieza un proceso bastante difícil de analizar pormenorizadamente, porque han sido muchos los procesos electorales desde entonces. En algunos casos, Podemos ha acertado a la hora de “confluir”, de concertar alianzas, pero en otros, como en Cataluña en las elecciones del 27-S, el resultado ha sido un auténtico desastre.

Hablando de Cataluña… usted desde el principio se manifestó nítidamente, no ya contra el independentismo, sino incluso contra el llamado “derecho a decidir”. Sin embargo, Podemos apoya la posibilidad de un referéndum de autodeterminación. ¿Le ha resultado difícil mantener esta posición en Podemos? ¿No se ha sentido alguna vez una rara avis por este motivo?

Puede ser, pero tenga en cuenta que he militado en Podemos de una manera un tanto singular, es decir, no he tenido una militancia de base, no he estado integrado en ningún círculo, ni he pertenecido a los Consejos Consultivos autonómicos o territoriales, sino que mi dedicación ha estado muy vinculada a la dirección estatal del partido… En todo caso, siempre he manifestado lo que pensaba, como era natural. Nunca he llegado a sentirme incómodo porque nadie me ha discutido nunca este derecho mío, este mi sentimiento hacia lo que era la política de Podemos en este tema.

¿Y qué le parece esta política? Pablo Iglesias acaba de asegurarle al presidente catalán que mantendrá su apuesta por un referéndum.

Es una política que ha estado y sigue estando mal planteada. Podemos sigue hablando de un “derecho a decidir” atribuido a los gobiernos autonómicos. Y estos gobiernos, en el marco legal actual, incluso con las leyes catalanas aprobadas tanto por el Tripartito como por Artur Mas, no pueden, no tienen capacidad para organizar ni una consulta ni un referéndum. Excede del ámbito de sus competencias. No se puede entender nunca, bajo ningún concepto, cualquiera que sea la interpretación que se le dé, que el derecho a separarse o “desconectar” de España, como algunos le llaman, pueda ser un asunto de la exclusiva competencia de la Generalitat. Porque es una cuestión que afecta a la estructura territorial del Estado y, en fin, a la relación con el resto de pueblos de España. No es para nada una cuestión menor, sino fundamental. Por tanto, el planteamiento de Podemos es manifiestamente erróneo, en contradicción radical con las leyes, tanto estatales como catalanas.

Pues figuró incluso como propuesta en el Programa para las elecciones generales del 20-D.

En efecto, en una propuesta siguen hablando de que el gobierno autonómico convoque una consulta para decidir el encaje territorial de Cataluña en España, lo cual es pura palabrería, ya que es inaceptable en el marco legal y constitucional actual. En fin, pienso que hay cuestiones que son tan evidentes que siempre me ha parecido increíble que hayan podido llevarse a las consecuencias a las que se han llevado. Y más en un partido como Podemos que, por otra parte, siempre ha mantenido que, en caso de que se realizase este tipo de consulta o referéndum, optaría por que Cataluña siguiera siendo parte de España. De hecho, Pablo Iglesias lo ha repetido más de una vez. Por tanto, ahí hay una cierta contradicción.

Podemos, en Cataluña, vive fuertemente esta contradicción. De hecho, Gemma Ubasart, la responsable territorial, dimitió tras las elecciones del 27-S por considerar que el partido se había implicado “poco” en el proceso soberanista. Y desde entonces, la organización catalana del partido está descabezada.

No, yo creo que Podemos, en Cataluña, hace mucho tiempo que tiene una falta de base organizativa importante. Esto es evidente. Es que no sólo dimitió la secretaria general sino hasta siete miembros del Consejo Consultivo catalán. Por tanto, ahí hay una crisis territorial, de la organización, de la dirección de Podemos en Cataluña, que creo que se arrastra desde hace tiempo. Pero no sólo en Cataluña, porque en otras comunidades autónomas está pasando exactamente igual. Pero aquí, particularmente, se ha producido porque algunos, por un lado, han querido plantear el nacionalismo o el proceso soberanista como elemento predominante de la política de Podemos; y por otro, porque ha habido crisis internas serias por el modo de ejercitar la autoridad política en el seno del partido, que también es un tema importante, no lo olvidemos. Es decir: por falta de democracia interna.

Hablando de democracia interna, ¿usted cree que desde el principio en Podemos-Cataluña se ha “laminado” aquellos círculos que defendían un espacio de izquierdas y no soberanista dentro del partido?

Yo no sé si se laminaron o no a determinados círculos; lo que sí sé es que militantes de Podemos que tenían una acreditada militancia histórica en la Izquierda no nacionalista, y que se opusieron a esa especie de fair play, de juego limpio, de la dirección del partido en Cataluña con el proceso soberanista y con los miembros de Podemos que provenían de dicho proceso, fueron directamente expulsadas del partido. Yo conozco a más de uno. Y otros se marcharon ante la imposibilidad de llegar a un pacto o entendimiento con la dirección para que se respetaran sus posiciones. Eso, evidentemente, ha tenido un coste. Un coste político. Y se notó perfectamente en el resultado de las elecciones autonómicas del 27-S, donde se cosecharon unos resultados pobres.

Realmente, Catalunya sí que es Pot, la marca en la que se integró Podemos, obtuvo sólo once diputados. Los mismos que el PP.

Yo asistí a algunos mítines y realmente se cometieron errores estratégicos graves.

¿Cuáles?

A mí me interesa más la persona, sus derechos y todo lo que de ello se deriva, que una vago, abstracto e indefinido “derecho a decidir” que ni sus propios defensores saben lo que es y que no tiene ningún fundamento en el orden jurídico nacional ni internacional.

Básicamente, cómo se afrontó la cuestión de Cataluña y sus problemas económicos, sociales, laborales, ciudadanos, etc., concentrando ahí el esfuerzo político, modernizador y democratizador, frente a lo que representaban los otros, que era pura y simplemente la independencia.

¿Puede concretar más?

Para mí, lo que tuvo más importancia en las elecciones autonómicas catalanas –otra cosa fueron las municipales, que tuvieron unas características muy especiales y que estuvieron determinadas por el predominio evidente de la figura de Ada Colau- fue no abordar directamente el problema de la ciudadanía; es decir, el problema de los derechos de la ciudadanía, de los servicios públicos que se le debe prestar, de la atención a la ciudadanía en sus diferentes frentes, lo que podríamos llamar servicios sociales, etc… Esos fueron errores muy graves, que tuvieron un coste importante, como se vio en unos resultados realmente pobres, en los que la coalición de izquierdas donde se integraba Podemos perdió votos respecto a las anteriores elecciones autonómicas. Insisto, fue consecuencia de no haber hecho un planteamiento directamente dirigido a la radicalidad democrática.

¿Qué entiende por radicalidad democrática?

Que primero es el ciudadano y lo demás viene después. Y “ciudadano” quiere decir derechos; quiere decir respeto a sus derechos, a que se garantice el ejercicio de éstos (porque se pueden tener derechos, pero si no están garantizados, es que como si no existieran). Y, además, de ese garantismo hacia los derechos de la ciudadanía, plantear que se han de dar las condiciones para un Estado del Bienestar o Estado social de derecho. Es decir, que se debe resolver la problemática de cómo viven los ciudadanos: cómo se afronta el paro, el trabajo precario, la pobreza, incluyendo la pobreza energética… Yo creo que estos temas no tuvieron la importancia que debían haber tenido, no fueron el eje, el centro de aquellas elecciones, y ello fue una de las causas de la derrota que sufrió Catalunya sí que es Pot.

Es curioso: le repito que Gemma Ubasart sostiene justo lo contrario: que a lo que no se dio suficiente importancia fue a lo identitario.

Pero es que yo no pienso como Gemma Ubasart.

Evidentemente. Se lo digo porque me hace gracia que personas del mismo partido ofrezcan versiones diametralmente opuestas para explicar una derrota electoral.

El nacionalismo es un proceso excluyente por naturaleza -ya lo han afirmado muchos pensadores de la ciencia política-; del nosotros frente al ellos, frente al los otros; y que tiene unas consecuencias evidentes de fractura social, como se ha demostrado a lo largo de la historia

Es una contradicción obvia y evidente: a mí me interesa más la persona, sus derechos y todo lo que de ello se deriva, que una vago, abstracto e indefinido “derecho a decidir” que ni sus propios defensores saben lo que es; que no tiene ningún fundamento en el orden jurídico nacional ni internacional; y que, al mismo tiempo, sus resultados están ahí.

¿A qué se refiere?

Bueno, la primera declaración del Parlament proclamando a Cataluña como sujeto político soberano fue el 23 de enero de 2013. Pues bien: estamos en abril de 2016 y hoy por hoy no hay ninguna perspectiva para ese “proceso” que iniciaron hace más de tres años. Los resultados que ha habido serán los que sean; parte de ellos, por otra parte, están coartados por el Tribunal Constitucional, como la consulta del 9-N. Pero incluso el propio proceso social llamado “soberanista” da síntomas de regresión y debilitamiento, porque las alternativas que se ofrecen están absolutamente vacías de contenido. La propia forma en que se marchó Artur Mas; en que dimitió el reciente y muy breve alcalde de Girona… Todo ello son expresiones de una crisis del movimiento independentista, que pienso se va a ahondar con el tiempo. Básicamente porque, como decía un autor que recientemente acaba de publicar, “es una travesía hacia la nada”.

No me resisto a hacerle una pregunta que nos revolotea a muchos desde hace tiempo: ¿En Cataluña es posible ser de izquierdas y no ser nacionalista?

Es que para mí, ser de izquierdas está en contradicción con ser nacionalista. Ser de izquierdas implica propugnar un Estado basado en dos pilares: la democracia y los derechos civiles, por un lado, y un estado social y del bienestar, por otro. Y eso no me parece compatible con el nacionalismo. El nacionalismo es un proceso excluyente por naturaleza -ya lo han afirmado muchos pensadores de la ciencia política-; del nosotros frente al ellos, frente al los otros; y que tiene unas consecuencias evidentes de fractura social, como se ha demostrado a lo largo de la historia. En el caso catalán, estamos hablando de una comunidad con uno de los PIB más altos del Estado español; con un status socio-económico más elevado que otros territorios; por tanto, resulta muy grave que un sector de Cataluña ,afortunadamente minoritario, se atreva a hablar de separarse y crear un Estado independiente, cuando otros pueblos de España -que forman parte del mismo proceso histórico, con los que hemos convivido juntos durante siglos y defendido la democracia juntos, bien sea durante la República o la dictadura franquista- están en una situación peor. Como Cádiz, por ejemplo, con el índice de paro más alto del país. Me parece una falta absoluta de solidaridad con el conjunto de pueblos de España, pero particularmente con sus capas de población más desfavorecidas, más débiles, que necesitan de Cataluña. La necesitan porque es generadora de mayor riqueza que otros territorios. Por tanto, pienso que ahí hay una política de expulsión y de insolidaridad que no es aceptable desde la perspectiva de izquierdas.

*Luis Caldeiro es periodista y dibujante. Desde hace quince años ejerce como redactor en La Veu del Carrer, publicación perteneciente a la Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona (FAVB). También ha colaborado, entre otros medios, con el periódico AVUI, Diagonal y con el digital e-noticies.cat.

4 comentarios de “Una tarde con Jiménez Villarejo (I). “En Podemos Cataluña, quien se opuso al soberanismo fue expulsado o tuvo que marcharse”

  1. 11 abril, 2016 at 16:13

    Muchas verdades condensadas en una primera parte… Esperaremos, ansiosos, la segunda entrega.

    Mientras tanto, dos hechos para la esperanza:

    – La creación de la Asamblea Social de la Izquierda de Cataluña (ASEC/ASIC) (www.asec-asic.org)
    – La radicalidad de la izquierda transformadora, por supuesto no nacionalista, del Partido Socialista del Trabajo (Internacionalista) (www.pstrabajo.es)

    Algo se mueve en Cataluña.

    Salud

  2. 12 abril, 2016 at 0:20

    Casi totalmente de acuerdo, aunque yo soy más duro en el análisis, en las conclusiones y en el lenguaje, seguramente porque no he tenido nada que ver con Podemos.

  3. José Alfonso Romero P.Seguín
    12 abril, 2016 at 10:38

    La gran mentira de podemos y su ideario de izquierdas se descubre cuando se próxima a las rancias tesis del nacionalismo.
    Gracias por esa brillante y necesaria reflexión.
    Qué esperanza puede tejer esa izquierda que apuesta por la insolidaridad, la exclusión, el racismo…
    Un fraternal abrazo.

  4. Franjo Muñoz
    1 enero, 2017 at 17:59

    Voces tan claras y autorizadas como esta es lo que vengo echando en falta entre la ciudadanía catalana, especialmente de los militantes de los partidos de izquiedas. ¿Para cuando una gran manifestación popular contra el llamado “proses”? ¿A qué se está esperando? A quienes nos identificamos con la izquierda, que es internaciolista o no es, nos resulta incomprensible su silencio, un silencio que ya va pareciendo un cheque en blanco para los separatistas

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