Cómo nos dominan: ¿Democracia, Timocracia, Plutocracia?

Teresa Galeote ||

Escritora ||

Para Aristóteles, el ideal de representación política era la “timocracia”, o lo que es lo mismo, el poder en manos de los que poseen bienes y reputación. Para el filósofo griego, la democracia era una forma caduca porque implicaba la posibilidad de que la clase empobrecida, que era mayoría, pusiese en peligro el patrimonio de los ricos.

Para Aristóteles la democracia era una forma caduca porque implicaba la posibilidad de que la clase empobrecida, que era mayoría, pusiese en peligro el patrimonio de los ricos.

Muchos siglos después, la Carta Magna norteamericana garantizaba la protección de la minoría opulenta. Según James Madison, uno de los fundadores de la Constitución norteamericana, debía establecerse “la democracia representativa” entre los gobernantes y el pueblo, ya que esa fórmula garantizaba los intereses de la clase pudiente. Y con el manto protector de las democracias representativas la oligarquía mundial ha seguido manteniendo el poder en casi todo el mundo, en clara pugna con el socialismo que se llevó a cabo en algunos países, cuyos casos más significativos han sido Cuba y Rusia. De hecho, las democracias occidentales tienen ese carácter oligárquico y lo reconocen las mismas élites dominantes.

En EEUU, un informe de 1975 titulado The Crisis of Democracy concluye afirmando que existe un “exceso de democracia” en los EE.UU de América. Y con ese mismo hilo conductor, Samuel P. Huntington dijo que cuando al Presidente Truman se le permitía gobernar al país mediante un puñado de banqueros de Wall Street, la democracia resultaba sencilla de manejar. Desde entonces, ese “exceso de democracia” se ha venido corrigiendo sibilinamente, en unos casos, de forma descarada en otros muchos, incluida la fuerza bruta. El Consenso de Washington, de 1989, en 10 normas fundamentales contempló los pasos a seguir para lograr el mayor control de los recursos económicos; entre otros, entregar los servicios públicos a empresas privadas. Objetivo casi cumplido. Con esas directrices, Margaret Thatcher y Donalt Reagan dirigieron las políticas que se han implantado en occidente y en gran parte del mundo. Políticas que han conducido a la pobreza a gran parte de la población, cuando no a la exclusión o muertes prematuras.

La economía globalizada que padecemos ha permitido la deslocalización de las industrias hacia países del tercer mundo, donde los costos de la producción son mucho más bajos y la protección laboral y ambiental son casi inexistente. Deslocalización, paro, pobreza, desprotección social, son las premisas necesarias para que la oligarquía siga engordando sus beneficios.

Milton Friedman (1912-2006), uno de los fundadores del neoliberalismo, ya en 1990 manifestó lo siguiente, en Newsletter of the Mont Pelérin Society: “una sociedad democrática, una vez establecida, destruye la libre economía”, por lo cual, y desde la óptica de las élites, ha de evitarse siempre. Pero las declaraciones de Milton Friedman no se quedaron en palabras, ya que dicha proclama está siendo practicada con gran agresividad. Dicho de otro modo; la democracia sólo se admite cuanto sus decisiones democráticas no afectan al ámbito económico de la clase pudiente.

Para las grandes multinacionales, la población debe admitir determinadas restricciones en salarios y en prestaciones sociales para que ellas puedan lograr sus enormes beneficios y, por lo tanto, las medidas “de adaptación estructural” deben imponerse, de una forma u otra, para que las élites económicas sigan manteniendo su status. Con estos razonamientos, es evidente que la Democracia es incompatible con las ideas de la oligarquía mundial, pero aún así cabe mantener la ilusión democrática para garantizar la estabilidad de las élites económicas. Timocracia, como aconsejaba Aristóteles, democracia representativa, como afirmaba James Madison, o Plutocracia (gobierno de los ricos para los ricos) son tres palabras diferentes que apenas se diferencian en sus contenidos.

No es casualidad que el informe antes mencionado, The Crisis of Democracy, redactado en 1975, fuese encargado por La Comisión trilateral, ni tampoco es casualidad que los miembros de esa comisión consultora procediesen de los tres grandes bloques económicos de Norteamérica, Europa y Japón. Tampoco es casualidad que La Comisión trilateral mantenga estrechas relaciones con otras élites, como el Club Bilderberg y el Puente Atlántico.

El politólogo norteamericano Harold Lasswell (1902-1978), en consonancia con las élites, afirmaba que puede admitirse la democracia, siempre y cuando se logre la aprobación ciudadana del sistema político que quiere mantenerse y defienda las decisiones de la élite económica. Y eso es posible a través de las técnicas de propaganda. Para él, la propaganda es consustancial, y, por tanto, elemento obligatorio de toda democracia que quiera ser operativa. Y agrega, que las técnicas para manipular las opiniones, a diferencia de las prácticas de control dictatorial, tienen la ventaja de resultar más económicas que la violencia. Manejada y dirigida por una gran máquina de crear opinión, la democracia es la forma óptima de gobernar. Y en esa creación de opinión, los medios de comunicación juegan un papel muy importante: “Es cuestión de hundir a los ciudadanos en una avalancha de informaciones, de modo que tengan la ilusión de estar informados”, nos aclara Paul Lazarsfeld, eminente investigador de la comunicación y fundador de la investigación social empírica moderna. A los ciudadanos se les proporciona la ilusión de estar informados, pero los objetivos son otros.

Y si a una parte de la población se la maneja con la ilusión de estar informada, al resto se la controla con el miedo. Las intervenciones en países díscolos van precedidas de una campaña de miedo; no olvidemos el cúmulo de mentiras y la puesta en escena para crear una opinión favorable a la invasión de Irak, la cual ya estaba proyectada desde hacía tiempo por el Pentágono. Esta manipulación fue y sigue siendo muy efectiva, nada importa que se produzcan millones de víctimas civiles y la devastación y contaminación de los países invadidos. Todas las técnicas de propaganda y tergiversación son puestas en marcha para lograr los objetivos de la élite económica. Después Irak fue Libia y hora es Siria el objetivo.

A través de la maquinaría de propaganda de los medios que la élite controla, pretenden conseguir una población despolitizada, dormida para el análisis de la realidad; una sociedad líquida, como afirmaba el sociólogo, recientemente fallecido, Zygmunt Bauman, una sociedad entretenida con el consumismo y el espectáculo permanente.                

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