Dinamitar la política, objetivo del presidente Trump

Rafael Fraguas ||

Periodista y sociólogo ||

El perro amarillo es primo hermano del chacal. Este proverbio oriental va a servirnos para explicar aquello que la situación sociopolítica en Estados Unidos inquietantemente preludia: la instalación de la irracionalidad y sus alarmantes efectos en la conducta de la principal institución política del país, la Presidencia. El fenómeno es en verdad muy grave, porque afecta al titular del poder Ejecutivo del país considerado más poderoso de la Tierra.

La irracionalidad en Estados Unidos sigue, empero, una deriva congruente: a la desregulación de los mercados financieros acometida en clave neoliberal o neoconservadora, alternativamente, desde el mandato de Ronald Reagan a partir de 1981, con el consiguiente impacto manifiesto en la sumisión generalizada de la Política a la Economía en medio del caos incontrolado de la globalización, sigue necesariamente ahora la completa desregulación de la Política en sí misma, como objetivo presidencial presumiblemente preferente. El propósito de aquella primigenia desregulación financiera no podía consumarse de modo pleno sin la consolidación de esta otra forma de demolición de unos exiguos, pero reales, principios de racionalidad constitucional subsistentes en la actividad política estadounidense.

Como vemos por su práctica cotidiana, el comportamiento presidencial de Donald Trump se propone -o bien necesariamente implica- desregular sustancialmente las normas y procedimientos que han presidido el discurrir no solo de las prácticas gubernamentales, administrativas y estatales de los Estados Unidos de América, sino, además, los cimientos de la propia cultura constitucional norteamericana: desatención al Poder Judicial; desprecio a las minorías étnicas; desdén hacia una parte de la Administración; enemistad manifiesta respecto de los aparados de Estado; ataques a la Prensa como institución; nombramientos erráticos; política exterior confusa y hostil; política militar infantil; enajenación de aliados internos y extranjeros; gestos payasescos…

Comoquiera que toda Administración se asienta, según el pensador alemán Max Weber, en un fundamento de dominación legítima, que la racionalidad vertebra en los sistemas políticos más refinados, es decir, los democráticos, lo sucedido ahora en Estados Unidos significa que el tipo de dominación referente del nuevo estado de cosas o bien Trump se propone que abandone el troquel de dominación racional, vigente formalmente hasta ahora, y transformarlo en el  tradicional -remontándose a los usos y costumbres de la era de la conquista del Lejano Oeste- o más bien pretende asentarlo en una dominación carismática, la suya, basada en tan supuestos como inexistentes atributos heroicos, ejemplarizantes o prodigiosos, de un personaje como el actual presidente de los Estados Unidos de América.

Asalto a la razón

Desregulación e irracionalidad siguen un curso parejo y, casi siempre, guardan entre sí una relación de causa a efecto. Cuando el pensador húngaro Gyorgy Luckács teorizaba, en su obra El asalto a la razón, la responsabilidad de algunos de los más importantes intelectuales alemanes –desde Fichte a Schelling y Nietzsche, entre otros- en el allanamiento del camino para la germinación y el surgimiento del nazismo, lo hacía desde la perspectiva del alcance que adquiriría, con el tiempo, el abandono de la Razón como principal herramienta del conocimiento para los seres humanos: la abdicación por parte de numerosos pensadores germanos del estatuto de coherencia que la racionalidad brinda al pensamiento, herencia atesorada de la Ilustración fue, desde el ardor del Romanticismo, una de las constantes tentaciones –y consiguientes tendencias- más acentuadas en el panorama intelectual alemán.

La desregulación de los mercados por Ronald Reagan, preludio necesario de la actual demolición constitucional de Estados Unidos de América.

Cierto es que la filosofía política alemana, signada prioritariamente por la ontología y la metafísica, raramente influyó de manera directa en la filosofía anglosajona, focalizada sobre el empirismo y el pragmatismo: ambas vivieron durante dos siglos largos de espaldas la una a la otra. Pero bajo la superficie de ambos contextos intelectuales un fino hilo los vinculaba estrechamente; no era otro que el de distintas formas de un común irracionalismo. Nietzsche era celebrado a ambas orillas del Atlántico. Este comparecía arropado, en el primer caso y en boca de Martin Heidegger, en su frase “el devenir acaece en el extravío”, -fórmula bajo la cual quiso ocultar o justificar su pro-nazismo al concluir la Segunda Guerra Mundial-; y en el caso britano-estadounidense, el irracionalismo se presentaba bajo la sacralización de un pragmatismo que el propio Henry James, su gran divulgador, no se ruborizaba de definir como una auténtica religión, que rendía culto al divinizado patriarca pragmático Charles S. Peirce.

Si bien el pensamiento angloestadounidense no impregnó de manera frontal la política británica o norteamericana, sí lo hizo, indirecta pero no menos influyentemente, a través del sedimento en la cultura política de ambos países una serie de axiomas pretendidamente científicos: estos axiomas, convenientemente desmenuzados, ponían de manifiesto que el pensamiento mágico permanecía instalado en sus fundamentos más íntimos. A las invocaciones a Newton de los economistas anglosajones acudieron estos para arroparse en sus credenciales empíricas y proclamar la irrefutabilidad de sus enunciados; si bien adherirse a tal crédito les permitió dar gato por liebre y conseguir la aceptación generalizada y acrítica por buena parte de la Academia y la opinión pública mundiales de un supuesto carácter incuestionablemente científico, al modo de la Física, de la Economía -muy a distancia de su entraña real socio-política- no lograron desterrar los densos posos de pensamiento mágico que el propio Isaac Newton arrastraba por la herencia nominalista de la filosofía “antifilosófica” adquirida ya desde tiempos del franciscano Guillermo de Ockham, tentada de subsumir la Filosofía en la Ciencia mediante el recurso a la experiencia. A partir de la magnificación de la experiencia y de su heredero, el utilitarismo pragmático, Dios era fácilmente sustituible por el dios-Dinero y la teología capitalista se instalaba de manera permanente en el quehacer político angloamericano. En su dinámica atrápalo-todo, en el ADN del capitalismo ultraliberal, su auto-consunción estaba inscrita en forma de desregulación irracional, financiera y política, completa.

Hollywood, trivialidad

En los Estados Unidos de América, el gran motor -supuestamente cultural- de masas ha sido Hollywood: en el lenguaje trivial de la imagen, ha universalizado las máximas más descarnadas del pragmatismo y del utilitarismo, cuya expresión suprema han sido de un lado, la dolarización de la vida y del otro, la policialización a gran escala del relato cinematográfico. Para los niños Walt Disney les reservaba el mundo maniqueo del Bien y del Mal, del “sufrimiento necesario”; y para los adolescentes, en el mundo del cómic, figuras como la de Superman, cuyos enemigos principales, además de la kriptonita, se llamaban Xram, Ninel y Nikunab, qué curioso, Marx, Lenin y Bakunin, escritos al revés.

Trump no habría llegado a la cúspide sin la bendición del Gran Dinero, para satisfacer el viejo sueño ultracapitalista de reventar cualquier tipo de racionalidad, la Política incluida, para dejar todo el campo libre a la arbitrariedad del capital, sujeto y objeto de la Historia.

La principal tarea de Hollywood ha sido la consolidación de la hegemonía político-militar y axiológica estadounidense en el mundo; pero primordial víctima de esta pretensión, lograda con creces, ha sido la propia clase política norteamericana, infantilizada, dolarizada y policializada en clave armamentística, incapaz de impedir el filtraje hacia la cúspide presidencial de un personaje típico de los reality-shows como admite ser Donald J. Trump.

¿No querían pragmatismo, libertad a espuertas, vaqueros-policías que se toman la justicia por su mano, soldados que solo piensan en matar y luego ya se verá? Ahí los tienen. La religión del pragmatismo utilitario ha mutado por impulso propio hasta hacer surgir el profeta carismático que, en aras de la supuesta libertad suprema que le pertenece, demuele el edificio constitucional más sofisticado –el estadounidense- sin otra alternativa política a la vista que su caprichoso albedrío de hombre libre, es más, libérrimo, eso sí, armado con un fusil sacralizado por la Asociación del Rifle y que dice defender a la clase media porque nadie allí se atreve a llamarla clase trabajadora. Según su comportamiento, Trump ha sido objetivamente el elegido –no habría llegado a la cúspide sin la bendición del Gran Dinero- para satisfacer el viejo sueño ultracapitalista de reventar cualquier tipo de racionalidad, la Política incluida, para dejar todo el campo libre a la arbitrariedad del capital, sujeto y objeto de la Historia.

Lo grave es que el problema no parece permitir una solución cabal. Apartar del poder a Donald Trump, mientras no quede inhabilitado constitucionalmente, hipótesis ésta casi impensable por la correlación de fuerzas en el Partido Republicano, implicaría una gravísima transgresión de las normas formalmente democráticas que le han llevado a la Presidencia. Además, el vacío de poder creado alzaría hasta rangos de poder inadmisible a los aparatos de Estado, CIA y FBI, muy ruidosamente arrogantes en su trato hacia la autoridad de su comandante en jefe incluso desde antes de su legítima elección. Entre tanto, la escisión en la opinión pública es un hecho en forma de brecha social y política, mientras el Partido Demócrata parece haber abdicado de representar el residuo de sensatez que quedaba en la política estadounidense.

Si las leyes de la política para-sí, acreditadas por la Historia desde Maquiavelo hasta nuestros días, siguen su curso generalmente inexorable, o bien surge -o se crea- un enemigo exterior a los Estados Unidos que polarice tantas y tan graves contradicciones internas o la confrontación civil se abrirá paso en la sociedad estadounidense con abrasadora irradiación en la arena internacional. Y no siempre los conflictos más graves se resuelven en una clave de progreso. No olvidemos que, hasta el momento, la expresión suprema de la irracionalidad en la política posbélica mundial fue el régimen hitleriano. Algunos de los rasgos de aquel chacal, según numerosos analistas, despuntan ya en el perro amarillo que ladra desde el otro lado del Atlántico.

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