La ENA, cantera de los grandes políticos, empresarios y ensayistas franceses

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye ||

Abogado y escritor ||

La ENA, Ecole Nationale d’Administration, es desde 1945 la cantera de los servidores públicos franceses y es un referente europeo por su alto nivel de formación y una garantía para la imparcialidad y la eficiencia de la Administración pública francesa. Muchos ministros, primeros ministros, políticos y parlamentarios fueron formados por esa prestigiosa institución. Entre los enarcas se cuentan, por supuesto, Emmanuel Macron y Edouard Philippe, pero también François Hollande y Ségolène Royal, Dominique de Villepin, Jacques Chirac, Michel Rocard, Laurent Fabius y Lionel Jospin. Los presidentes de Gaz de France, Peugeot, la FNAC, Axa Seguros, Airbus, France Telecom, entre otras grandes empresas, son también enarcas. Ensayistas como Alain Minc, Françoise Chandernagor o Jacques Attali, también salieron de la ENA. Casi todos los embajadores de Francia lo son, así como más de treinta parlamentarios.

En España hemos confundido a menudo élites con aristocracia de casta o dinero. Quizá sea porque la burguesía y la aristocracia durante un par de siglos no estuvieron a la altura de las circunstancias. Ha habido históricamente un rechazo de la élite, tanto en la izquierda como, curiosamente, en la derecha. Por eso nuestra visión de la ENA francesa, Escuela Nacional de Administración, suele tener una prensa negativa. Decir que Emmanuel Macron ha estudiado de la ENA es visto también como negativo y la prensa así lo manifiesta, como su fuera un vivero de oligarcas.

Pero la historia, como siempre, es mucho más compleja y sutil. Francia ya tenía una gran tradición de Grandes Ecoles desde la Revolución, como l’Ecole normale supérieure (ideada por los revolucionarios para dotar a la recién estrenada república de cuadros competentes y patriotas, fundada en 1794 por Napoleón), l’Ecole Polytechnique, o l’Ecole d’Orient, que formaba los funcionarios coloniales para Asia. La formación, la educación, siempre han sido muy consideradas en Francia, incluso desde antes de 1789. Piénsese, por ejemplo, en l’Ecole Militaire, fundada tras la guerra de sucesión de Austria, que permitirá el acceso a los altos rangos del ejército a personas no pertenecientes a la nobleza, desde los tiempos de Luis XV y Madame de Pompadour.

En Francia, los conceptos de nación y de república han solido venir unidos. Ser patriota no es visto como algo negativo, y por eso hay un cuidado extraordinario en la formación y en la enseñanza en todos los niveles. Que los ciudadanos tengan cultura, los obreros oficio, y que los funcionarios estén bien formados es un esfuerzo netamente republicano. Y para el país, y hoy para Europa también, es un timbre de honor y no un baldón.

La ENA fue creada por De Gaulle en 1945 para formar los altos funcionarios de la República y evitar la repetición de la entrega de muchos de ellos al régimen de Vichy y a la colaboración con los nazis, lo que el historiador Marc Bloch, asesinado por los nazis, llamó “la dimisión de las élites”. Sus impulsores, entre ellos Jean Zay (alto funcionario, judío, asesinado en 1944 por la milicia de Vichy) y otros resistentes al nazismo, querían que la República formase los cuerpos de élite, es decir, muy cualificados, con un alto concepto del servicio a la República, impecables, que sirviesen para reconstruir un país muy afectado por la guerra, la ocupación y el conformismo de muchos con el ocupante nazi.

La ENA fue creada por De Gaulle en 1945 para formar los altos funcionarios de la República y evitar la repetición de la entrega de muchos de ellos al régimen de Vichy y a la colaboración con los nazis.

La formación que dispensa la Escuela Nacional de Administración se basa en criterios jurídicos, de gestión pública, de nivel cultural, en formación económica y de análisis. Saber redactar informes precisos, sintéticos, trabajar en equipo, realizar prácticas en los distintos sectores de la Administración para conocer la Francia profunda, la rica y la pobre, son las bases de la enseñanza.

La clasificación final, tras casi tres años de formación teórica y práctica de una promociones que cuentan con unos quinientos alumnos, permite escoger a los que superaron la escolaridad según los grandes cuerpos, Finanzas, Tribunal de Cuentas, Consejo de Estado, Asuntos Exteriores, Administradores civiles, etc. Cada promoción elige un nombre, significativo para la historia o para el país, como Droits de l’Homme, Solidarité, Louise Michel, George Orwell, Marie Curie, Emile Zola, Léopold Sédar Senghor, Nelson Mandela, Voltaire, Simone Weil y Robespierre, por ejemplo.

En el plano internacional, a partir de 1953 la ENA también jugaría un importante papel en la reconciliación con Alemania, incluyendo alumnos del otro lado del Rhin en sus promociones, algo que continúa hasta hoy. Los antiguos alumnos alemanes se cuentan por centenares, tanto en la administración federal como en la de los länder. Ello ha permitido una conexión e inteligencia entre ambas administraciones públicas que ha resistido cambios electorales y que facilita el trabajo en la Union Europea en todos los niveles. No es casual que la primera visita de Macron sea a Merkel. Además de que sus países son los dos motores de la UE, sus administraciones se entienden bastante bien, se consultan antes de adoptarlas muchas de las decisiones que se llevarán al Consejo, al Parlamento Europeo y a la Comisión.

En la ENA han compartido formación más de 3.500 funcionarios y alumnos de ciento treinta países. Hoy, los enarcas extranjeros trabajan en la alta administración de países tan diversos como Tchad, Túnez o Mongolia. Curiosamente, recuerdo que en España, que también envía alumnos a la ENA, un alto responsable ministerial la menospreciaba por no ser más que una escuela de francófilos, decía el gran ilustrado. Por eso, una gran parte de los enarcas españoles están en el sector privado o en Bruselas, en la Comisión, poco aprovechados por la Administración estatal (y no digamos por las autonómicas, que no saben ni lo que es la ENA).

Claro que la ENA ha generado sus propias redes de autoprotección, como sucede en muchas burocracias, y que muchos altos funcionarios se distancian del país real. Pero los propios franceses lo critican y le ponen remedio. Y hasta bromean, como Le Canard Enchaîné, que dice del gobierno de Macron que “llegan los Enarquistas”.

Cuando los altos dirigentes, incluso los ministros, son escogidos por su valía profesional, por su compromiso, estamos ante una república ejemplar. Y que apuesta por un cierto pluralismo, inédito en España. La ENA es un estabilizador considerable de las veleidades de los políticos que hacen promesas sin fundamento.

Pero cuando los altos dirigentes, incluso los ministros, son escogidos por su valía profesional, por su compromiso, estamos ante una república ejemplar. Y que apuesta por un cierto pluralismo, inédito en España. La ENA es un estabilizador considerable de las veleidades de los políticos que hacen promesas sin fundamento. Al formar a los altos funcionarios, permite que los ministros, sea cual sea su procedencia, puedan contar con expertos que amortigüen sus ambiciones y promesas electoralistas y se ciñan a la realidad presupuestaria y jurídica tanto nacional como europea. Además constituyen un freno a las posibles tentaciones de corrupción, amiguismo o clientelismo.

Cierto es que la ENA ha sido puesta en cuestión por dos motivos, aparentemente contradictorios. Uno, la aparición de numerosas escuelas de gestión, como el INSEAD, HEC o ESSEC han relativizado la importancia de la ENA, pero también es cierto que muchos de los titulados de la ENA provienen precisamente de esas escuelas, es decir, tienen doble, o incluso triple, formación.

La segunda crítica ha sido por el paso del Estado al sector privado, o sea, la tendencia de muchos enarcas de ‘desertar’ del servicio público y pasarse a las empresas y bufetes, que pagan mejor. Para disuadir del pantouflage, es decir, pasarse al sector privado, el ex alumno -la empresa que lo recluta- debe reembolsar los gastos de escolaridad, que son unos 55.000 € por alumno, que paga el Estado a los que superan la selección de acceso a la escolaridad.

Pero es lo cierto que el sistema de economía mixta que ha imperado en Francia desde la Segunda guerra mundial, con un sector público del 50% del PIB, ha favorecido mucho ese ir y venir, esos vasos comunicantes entre el Estado y las empresas privadas o públicas. Una reciente encuesta ha revelado que entre 2006 y 2014, la tercera parte de los socios de grandes firmas de negocios y despachos de abogados procedían del Estado, es decir, eran altos funcionarios, y de ellos, el 53% de la ENA.

Por otro lado, la ENA, como muchas Grandes Ecoles, ha perpetuado una, llamémosle casta que ha sido demasiado impermeable a la mudanzas sociales del país, lo que llaman una ‘noblesse de robe’, aunque la República abolió los títulos nobiliarios. Se ha hecho un gran esfuerzo por fomentar el tercer turno, reservado a sindicalistas y alumnos procedentes de otros estratos sociales, pero el efecto es limitado. Por otra parte, la composición de la sociedad francesa, con un porcentaje muy alto de magrebíes y de africanos, no se ha traducido en una diversificación de las promociones anuales de la ENA que siguen siendo, básicamente franco francesas.

A juicio del lector dejo no obstante si prefiere la ENA y los criterios franceses de selección del personal político y administrativo a los partidarios de nombramientos políticos y de clientelismo que abundan en otros países.

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