Izquierdas ausentes y nacionalismos fósiles

Augusto Zamora Rodríguez ||

Profesor de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid ||

El Manifiesto Comunista fue publicado en 1848 y en él Marx y Engels sentaron las bases de lo que se llamará izquierda (socialdemócrata, socialista, comunista): la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. Oprimidos y opresores. Los proletarios, los pobres del mundo, tenían una guía y una obligación: unirse (“proletarios de todos los países, uníos”).

Décadas atrás, en 1784, había aparecido, en tierras germanas, la más conocida obra del filósofo alemán Johann Gottfried Herder, Ideas para la Filosofía de la Historia de la Humanidad, obra que dio forma al embrionario sentimiento nacional alemán. Herder consideraba que lo alemán era diferente de lo francés, pero no por ello menos digno de respeto. Las civilizaciones debían surgir de las propias raíces, representadas por el pueblo, no del cosmopolitismo de las clases altas. No obstante, fue Fichte, con su Discurso a la nación alemana de 1808, quien sentó las bases del “nacionalismo de derecho divino”, como lo llamó Jean Daniel, al asegurar que Dios había elegido al pueblo alemán para salvación de la humanidad. Las ideas de Herder no tenían el fondo político de las de Fichte, pero de ambos filósofos surgió el sueño de crear un gran Estado que mostrara al mundo la fuerza del pueblo alemán.

Las ideas del nacionalismo alemán se propagaron como fuego en yesca entre los pueblos de Europa Central, entonces dominada por cuatro imperios: alemán, ruso, austro-húngaro y otomano. Pero fue en Italia, con Giusseppe Mazzini, donde el nacionalismo adquirió cara de naturaleza. En 1834, Mazzini elabora el principio de las nacionalidades, dirigido a crear un sentimiento nacional italiano, que permitiera expulsar a los austriacos del norte del país y fundar un Estado nacional, bajo la consigna de “un pueblo, un Estado”. Mazzini y su movimiento Joven Italia fueron figuras centrales del Risorgimento italiano.

Italianos y alemanes, siguiendo los unos a Cavour y Garibaldi y los otros al canciller de hierro, Otto von Bismarck, alcanzaron sus sueños. Tras sucesivas guerras, en 1860 fue proclamado el Reino de Italia y, en 1871, el Imperio Alemán. El nacionalismo, como el Dr. Jeckill y Mr. Hyde, mostrará pronto su doble naturaleza. Surgido como reacción liberadora frente a los imperialismos francés y austriaco, pronto derivará en chovinismo, racismo e imperialismo, desde una pregonada superioridad racial y cultural de Europa, destinada a dominar a los pueblos inferiores. Una década después, Alemania e Italia reclaman su parte es el festín colonialista.

La relación entre nacionalismo, imperialismo y colonialismo fue casi inmediata y, como afirma Eric Hobsbawn, “los vínculos entre el nacionalismo y el racismo son obvios”. En 1824, aparece en París la obra Histoire naturelle du genre humain, de Julien-Joseph Virey, quien divide al género humano “en cinco o seis razas primordiales”, afirmando que los blancos “debían enorgullecerse de no estar entre los pueblos bárbaros”. Virey, incluso, compara a los negros con ciertos simios como forma de ‘demostrar’ su parecido.

Tres décadas después, entre 1853 y 1855, aparece, también en Francia, un colosal trabajo, en seis volúmenes, del conde de Gobineau, titulado Essai sur l’inégalité des races humaines, que sostenía la superioridad de la raza blanca, con la raza germana en la cúspide de la pirámide racial. Gobineau hizo un estudio comparativo del tamaño de cráneos humanos de blancos, amarillos, pieles rojas y negros, estudio que dio como ‘resultado’ que el cráneo de los blancos tenía un tamaño medio mayor que el de las otras ‘razas’, lo que fue tomado como prueba definitiva de la superioridad natural de la raza blanca. Al igual que su paisano Virey, Gobineau comparó a la población mulata de Brasil –donde ocupó varios años un puesto diplomático- con las sociedades de los monos macacos. La obra de Gobineau tuvo un enorme impacto en la Europa de los imperios coloniales. Tanto, que Winston Churchill, icono de la II Guerra Mundial, racista, reaccionario e imperialista, participó en ensayos para preservar la pureza de la raza anglosajona.

El racismo nazi era uno más en la época del apogeo del nacionalismo y su error fue, como dijo Hannah Arendt, aplicar en Europa las tácticas de exterminio que el colonialismo aplicaba contra los pueblos sometidos. Arendt, incluso, comenta que los judíos en Sudáfrica “se acomodaron al racismo tan bien como los demás y su comportamiento con el pueblo negro no mereció reproches” de los blancos.

Podría creerse que estas teorías decimonónicas están hoy superadas, pero no es así. En 1994, dos científicos estadounidenses publicaron The Bell Curve, pseudo estudio en la línea de Virey y Gobineau, que pretendía demostrar la inferioridad congénita de los negros respecto de los blancos. Tampoco ha desaparecido del imaginario europeo. En 2013, el vicepresidente del Senado italiano comparó a una ministra, de origen africano, con un orangután. O los bananos que lanzan en estadios europeos a futbolistas negros.

El principio de nacionalidades alcanza su apogeo en la segunda mitad del siglo XIX, en franca oposición al socialismo. Como resume Hobsbawn, “todas las versiones [del nacionalismo] tenían algo en común: el rechazo de los nuevos movimientos socialistas proletarios, no sólo porque eran proletarios, sino también por ser conscientes y militantemente internacionalistas”. Siguiendo el principio “un pueblo, un Estado” (el Estado-nación), el movimiento de nacionalidades somete las reivindicaciones sociales a la deificada nación.

Rosa Luxemburgo, en La Cuestión Nacional, publicada entre 1906 y 1908, rechaza tal visión y afirma que “la socialdemocracia está llamada a realizar no el derecho de las naciones a la autodeterminación, sino solamente el derecho de la clase trabajadora, explotada y oprimida a la autodeterminación”.

La contradicción entre ambas visiones –la nacionalista excluyente, burguesa y racista y la internacionalista incluyente, socialista y solidaria- estalla en la I Guerra Mundial, con triunfo apabullante del nacionalismo. Decenas de millones de obreros y proletarios van voluntarios a matarse en nombre de sus respectivos Estados-nación y por la gloria de sus imperios.

Tras la Gran Guerra, la Conferencia de Versalles, en 1919, reordena Europa central y oriental, acogiendo como guía el principio de las nacionalidades, sostenido por el presidente de EEUU, Wodrow Wilson, como parte de sus famosos 14 puntos. La Conferencia de Versalles se celebra bajo la impacto de la revolución bolchevique de 1917, que había sacudido los cimientos de las sociedades europeas, sembrando el temor entre las clases dominantes. Las grandes huelgas de enero de 1918 decidieron el rumbo de Versalles: “habría una Europa ‘wilsoniana’ en lugar de una soviética”.

No obstante, las rivalidades nacionalistas y las ambiciones territoriales hacen que el principio de las nacionalidades se aplique de forma arbitraria y desigual. Los nuevos Estados que se crean sobre las ruinas de los imperios derrotados, divide a unos pueblos y junta a otros, en un ambiente saturado de conflictos geopolíticos, codicias territoriales y rivalidades étnicas.

Las tesis de Marx y Luxemburgo estaban en las antípodas de Versalles, donde las potencias imperiales excluyen de la libre determinación a sus colonias. La  izquierda  socialista sostiene entonces que el nacionalismo es válido entre los pueblos oprimidos por colonialismo e imperialismo (lo que Andrew Orrigde llamó nacionalismos de liberación), no en las metrópolis, donde la izquierda sólo podía ser internacionalista.

Con los nuevos Estados salidos de Versalles llegó la limpieza étnica. Grecia impuso una política de homogenización que obligó al intercambio de población con Turquía –lo que forzará a cambiar de país a dos millones de personas- y con Bulgaria, traducida en la expulsión de 53.000 búlgaros de Grecia. Hungría, país derrotado, sufre una aplicación inversa del principio de nacionalidades. Buena parte de su territorio pasó a Yugoslavia, Rumania y Checoslovaquia. Tres millones de húngaros fueron sacados de la ‘madre patria’. Alemania y Bulgaria pierden territorios y población, mientras Francia, Italia, Bélgica y Dinamarca los ganan, creándose decenas de bolsones étnicos y lingüísticos.

La creación de Estados étnicos crea un problema insoluble. Producto de siglos de convivencia, era imposible crear Estados-nación puros. En todos ellos quedaban grupos, mayores o menores, de otras etnias, surgiendo el asunto de las minorías. Este problema se intenta resolver en múltiples tratados (de paz, específicos, paralelos) con cláusulas sobre la obligación de respetar los derechos de las minorías: nacionalidad del Estado donde residían, plena igualdad jurídica, protección y enseñanza en el propio idioma, etc. La repartición arbitraria de territorios y poblaciones agudiza el sentimiento de afrenta en los derrotados y será una de las causas de la II Guerra Mundial.

La primera obsesión de Hitler es juntar en un poderoso Estado a todos los germanos. El último episodio son las brutales matanzas, promovidas por grupos nacionalistas, entre ucranianos y polacos, en 1943 y 1945, resuelta por Stalin intercambiando un millón de polacos de la URSS por 800.000 ucranianos de Polonia (lo que polacos y ucranianos deben agradecer a Stalin).

Con la creación de NNUU, el nacionalismo es enterrado por sus graves implicaciones con el nazismo y el fascismo. Se construye un nuevo principio de libre determinación, pero para liquidar los imperios coloniales. Todos los pueblos sometidos a dominio colonial poseían el derecho inalienable a la libre determinación, como consignó la histórica resolución 1514 de la Asamblea General. Derecho atribuido a un pueblo en su conjunto, entendiendo como pueblo a todos los habitantes de un dominio colonial.

Para impedir la fragmentación de los Estados en ciernes, la 1514 estableció que “Todo intento encaminado a quebrantar total o parcialmente la unidad nacional o la integridad territorial de un país es incompatible con los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas”. No cabía, ni sigue cabiendo, la libre determinación en nombre de principios nacionalistas que atenten contra la integridad territorial de un Estado.

Tras el suicidio de la Unión Soviética, el nacionalismo renació en Europa con virulencia inusitada, tanta que destruyó Yugoslavia o se hizo conflicto armado entre armenios y azeríes. En Letonia, la población de ascendencia rusa -30% del total- es declarada “no ciudadana” y privada del derecho a ocupar puestos públicos y votar en las elecciones parlamentarias (vulneración gravísima de sus derechos humanos callada por la UE). En Ucrania, el gobierno cierra canales de televisión en ruso y prohíbe al Partido Comunista de Ucrania y otros dos partidos comunistas.

En Polonia, Hungría y Eslovaquia, el drama de los refugiados ha servido de pretexto para aprobar leyes que protejan la ‘pureza étnica’ de sus pueblos, en línea con Virey y Gobineau. Un dramático salto atrás en el tiempo, que devuelve a esos países al nacionalismo primario del siglo XIX y primeras décadas del XX. Nacionalismo sectario contra internacionalismo proletario.

Conocer el pasado ayuda a situar el presente en perspectiva. Pretender juntar las ideas de izquierda con movimientos nacionalistas es un oxímoron. Las izquierdas han sido, desde sus orígenes, internacionalistas, incluyentes y solidarias. Lo opuesto de lo que ha sido –y sigue siendo- el nacionalismo, que es sectario, racista y excluyente.

Donde avanza el nacionalismo retrocede la izquierda. Véanse, si no, los casos de Polonia, Hungría o Ucrania. La crisis de la izquierda europea está relacionada, directamente, con el resurgimiento del nacionalismo, donde campea a su gusto la extrema derecha y donde unas izquierdas acogotadas rehúsan dar la batalla.

En estos tiempos de corrupción rampante, militarismo agresivo, incremento exponencial de las desigualdades y concentración obscena de la riqueza hay que retomar a Marx y Rosa Luxemburgo. No deben encogerse de miedo las izquierdas ante el discurso nacionalista. Deben dar la batalla ideológica por el derecho de los oprimidos a la autodeterminación, entendida como lucha por los derechos humanos económicos, sociales y culturales. Esas son las posiciones de izquierdas. Lo demás es papanatismo, pavura, derrota ideológica.

*Público.

**Autor de Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos, Akal, 2016.

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