La política de apaciguamiento y la falaz “No-Intervención” en la guerra de España

Mikel Hernández ||

Licenciado en Filosofía ||

La no-intervención, tal como se definió para España, consistía en privar al gobierno español de la posibilidad de comprar armas en los mercados extranjeros. Y tal como se practicaba, consistió en disimular (y, por tanto, en proteger), bajo las discusiones bizantinas del Comité, la intervención a fondo de dos estados”.

Causas de la guerra de España, Manuel Azaña

Recientemente, se ha publicado para el mundo anglosajón una versión abreviada y comentada de 600 páginas de los diarios de Iván Mijáilovich Maiski, diplomático soviético que ejerció como embajador en Londres de 1932 a 1943. Esta obra, cuya edición completa está prevista en tres volúmenes, servirá de aportación documental a la historiografía de los años 30 en los que tuvo lugar la expansión de las potencias fascistas que condujo al estallido de la II Guerra Mundial y su correlato, la política de apaciguamiento hacia aquellas por parte de las llamadas potencias democráticas, especialmente Francia e Inglaterra.

En el ejercicio de su labor diplomática, Maiski desarrolló un profundo, variado y amplio abanico de relaciones en las distintas esferas intelectuales, sociales y políticas de la sociedad británica. Uno de sus cometidos fue precisamente el de intentar ganar al Gobierno británico para una política de seguridad colectiva junto a la URSS en el marco de la Sociedad de Naciones. Los llamados apaciguadores habían crecido en el mito de que podrían conciliar las contradicciones de intereses dentro del mundo capitalista a expensas de la URSS, dando a entender a Hitler que podía buscar su “espacio vital” en el Este sin temor a que le pusieran ningún obstáculo. Maiski confiaba en que el pragmatismo de la élite británica se impusiera finalmente sobre las discrepancias ideológicas para entender que, en la pugna contra el fascismo, los intereses británicos y soviéticos coincidían en lo esencial. El pragmatismo llegó, pero demasiado tarde, cuando ya la guerra mundial se había desencadenado.

Un enemigo jurado del comunismo y del Estado soviético como Winston Churchill, que desde la subida de Hitler al poder había percibido la amenaza que éste representaba para los intereses del Imperio Británico, confesó en cierta ocasión a Maiski en relación a la política de apaciguamiento de Chamberlain, primer ministro británico desde mayo de 1937: “Neville es un estúpido, cree que puede cabalgar sobre un tigre”.Churchill -relata el diplomático soviético- más inteligente que el propio Neville y que Halifax (Secretario de Estado de Asuntos Exteriores en 1938 cuando se firmaron los acuerdos de Munich), no creía que la amenaza nazi pudiera ser conjurada enfrentando a Alemania con la URSS”.

La URSS mostraba una seria preocupación por las relaciones públicas y secretas entre Gran Bretaña y Alemania“, testimonia Kim Philby, agente al servicio de la URSS en la esfera del espionaje, ámbito donde se libraba una batalla en paralelo y complementaria a la de la diplomacia y la de la política. Testigo de la miope y cobarde política británica, declarará en sus Memorias [1] años más tarde en relación a su país: “La política de la era Baldwin-Chamberlain me parecía entonces una política de locos…”

La connivencia con el rearme desenfrenado de Alemania en 1935 y la remilitarización de la región del Rin en 1936; la guerra en China y Abisinia, la anexión de Austria y Checoslovaquia… y como no, la llamada política de “No-Intervención” en relación a la Guerra Civil Española, fueron muestras de la política de apaciguamiento condescendiente con las potencias fascistas.

La defensa de la República Española fue desde el principio un obstáculo en la política de los apaciguadores, a los que irritaba, pues los indisponía con Hitler. La hipócrita telaraña diplomática de la “No-Intervención” en los asuntos españoles, fraguada en el seno del Foreign Office, les permitía sin embargo, bajo las aparentes nobles ideas de imparcialidad y justicia, mantener la política de compromiso con el fascismo. Al sacrificar a España se lograba -refiere Maiski-, “que los lobos saciaran su hambre, y las ovejas quedaran incólumes”.

Frente a los trabajadores y sectores democráticos que simpatizaban con la República Española, el gobierno británico se presentó bajó una posición de “neutralidad” que eludía aparentemente tomar partido por una de las partes en conflicto. Y para completar el desarme moral de los simpatizantes con la causa republicana, británicos y franceses acordaron darle a su compromiso un alcance europeo, dejando que fuese el gobierno francés del Frente Popular, presidido por el socialista León Blum y no el gobierno conservador de Baldwin, quien lanzase la iniciativa del Acuerdo de “No-Intervención” en los asuntos españoles.

 

Nace el Comité de “No-Intervención”

El Comité para la “No-Intervención” (de aquí en adelante CNI o simplemente Comité), formado por los embajadores y ministros plenipotenciarios de los 27 países adheridos al Acuerdo de “No-Intervención”, fue constituido en Londres en agosto de 1936. Maiski, como embajador soviético en la capital del imperio británico, asistió durante dos largos años a las sesiones del Comité. De aquella experiencia nos dejó un trabajo monográfico, “Cuadernos españoles [2],  en el que da cuenta de la insolencia sin igual de la que dieron pruebas Alemania e Italia en apoyo de la sublevación fascista en España y de la correspondiente cobardía, “si no algo peor” dice, de las potencias “democráticas”, especialmente Inglaterra y Francia.

Entrevista entre Leon Blum y Anthony Eden en Ginebra en 1936.

La primera sesión del Comité tuvo lugar el 9 de septiembre de 1936 y la experiencia de las 4 o 5 primeras semanas de andadura “probaron que sus integrantes burgueses pensaban más en sabotear el Acuerdo de ‘No-Intervención que en cumplirlo”, cuenta Maiski.

“El Comité debe hacer todo lo posible para evitar los debates políticos“, declaraba Charles Corbin, representante de Francia; ”el Comité debe ser un modesto organismo de reconciliación y darse por satisfecho con ese papel“, declaraba el representante belga. “Tales declaraciones, traducidas al lenguaje llano, significaban -ironiza Maiski– que el Comité debía parecerse a una ideal esposa japonesa que no veía nada, no oía nada ni hablaba de nada”.

Mientras la prensa mundial rebosaba de noticias sobre el torrente ininterrumpido de consejeros militares que Alemania e Italia enviaban a Franco acompañados de cañones y aviones, el Comité dedicó sus primeras sesiones a inanes discusiones en torno a si se podían considerar armamento las caretas antigás; a si el Acuerdo de “No-Intervención” debía hacerse extensivo a los países no europeos o si debía hacerse extensivo a distintas formas de intervención indirecta (propaganda, recaudación de fondos, etc).

Carente de medios para comprobar las denuncias y acusaciones de infracción del Acuerdo, el Comité se convertía de facto en una pantalla que ocultaba la ayuda militar de algunos de sus adherentes a los sublevados fascistas en contra del Gobierno legítimo español.

Relata Maiski que en sus acusaciones a Alemania, Italia y Portugal sobre las infracciones del Acuerdo, con frecuencia se encontró solo frente a todos, “y no porque el resto de representantes considerasen satisfactorias las respuestas de estos tres, sino porque les atenazaba el temor, sobre todo frente a la Alemania hitleriana”. Silencios cómplices utilizados de manera torticera por el presidente del Comité, el británico lord Plymouth, que los presentaba como expresión de conformidad absoluta, creando la significación política frente a la opinión mundial “de que toda Europa tenía una opinión unánime y solo los insoportables ‘bolcheviques’ enturbiaban las aguas”.

 

Los Planes de Control del cumplimiento del Acuerdo

A principios del mes de noviembre, y atendiendo a la exigencia soviética de controlar la observancia del Acuerdo de “No-Intervención”, el Comité toma por fin la decisión de elaborar un primer plan de control al que le seguirán otros más. Las vicisitudes de dichos planes son el más palmario ejemplo de ruindad y de protección encubierta a los facciosos de los que darían cuenta las llamadas potencias democráticas en el Comité.

Los calendarios de aprobación, modificación y aplicación de dichos planes, dependieron siempre del curso favorable o desfavorable para Franco de los acontecimientos militares, en función de lo cual, sus valedores en el Comité, Italia, Alemania y Portugal, maniobraban en el mismo para sabotear o retrasar dichos Planes con la connivencia cínica, encubierta, de los llamados países democráticos.

Es lo ocurrido con el primer Plan de control, consistente básicamente en el envío a las zonas del territorio español bajo control de ambos contendientes, de observadores dependientes del Comité encargados de vigilar el cumplimiento del Acuerdo. Desde que el plan es aprobado en el Comité a principios de noviembre hasta que se presenta a las partes en conflicto sufre una demora de un mes y que se explica porque “durante el mes de noviembre de 1936 Franco había iniciado su primera ofensiva sobre Madrid y el clima en las altas esferas británicas era que el general faccioso entraría en la capital de España de un momento a otro“, aclara Maiski.

Tras el fracaso de la ofensiva sobre la capital de España, Franco rechaza la presencia en el territorio español controlado por él de observadores neutrales del Comité como preveía el Plan, con lo que el Comité se ve obligado a modificarlo para en su lugar pasar a establecer controles marítimos fuera del territorio español y controles terrestres en la frontera francesa y portuguesa con España.

Este Plan modificado es aprobado por el Comité el 8 de marzo de 1937, coincidiendo con el comienzo de la batalla de Guadalajara. La humillante derrota sufrida allí, especialmente para las unidades italianas enviadas en apoyo a los sublevados, convence a los facciosos de la necesidad de seguir ayudando a Franco, y provoca que las potencias fascistas saboteen la aplicación del Plan modificado que acababan de aprobar.

Posteriormente, el 5 de mayo, el Comité, con el voto favorable de las potencias fascistas, aprueba volver a aplicarlo, con el fin de amortiguar la indignación internacional provocado por el bombardeo de Guernica el 26 de abril de 1936, para volver a sabotearlo nuevamente tras constatar la necesidad de seguir ayudando a Franco al comprobar que el gobierno republicano salía reforzado con la figura de Juan Negrín en sustitución del dimitido Largo Caballero tras los sucesos de Barcelona. ¡Tal era el juego que se traía la actividad del Comité!

 

Un pequeño Munich, el ensayo del gran Munich

El sabotaje de las potencias fascistas al Plan de patrullas marítimas estuvo acompañado además por su salida y abandono del Comité, tomando como pretexto el bombardeo por aviones republicanos de un buque de guerra de la Armada italiana en el puerto de Palma y del crucero alemán “Deutchland” en el puerto de Ibiza, zonas del territorio faccioso no comprendidas dentro del área marítima prevista por el Plan de control, hecho que desencadena además la represalia unilateral por parte de Alemania cañoneando salvajemente la ciudad de Almería el día 31 de mayo de 1937.

Las concesiones anglofrancesas para hacer que las potencias fascistas regresaran al CNI significaron, a juicio de Maiski, un pequeño Munich, el ensayo general del gran Munich: “Se concedía a las potencias fascistas el derecho de mantener en aguas españolas sus buques de guerra no sólo para patrullar, sino también para ayudar a los facciosos. Los fascistas conservaban su libertad de acción para repetir en cualquier momento hechos como el de Almería. Por añadidura, los fascistas se aseguraban el apoyo de Inglaterra y Francia en caso de cualquier choque con la República Española”.

Tras estas concesiones, que sin duda debían ser las garantías para volver al Comité a las que se había referido el ministro germano de exteriores Ribbentrop en el momento de su retirada, las potencias fascistas se incorporaron al mismo pero no al sistema de patrullas marítimas. Para Maiski la razón estaba clara: “…el control marítimo estorbaba principalmente a las potencias fascistas, por lo que decidieron frustrarlo…la existencia del Comité agravaba sobre todo la situación de la República Española, por lo que las potencias fascistas trataban de conservar esta criatura nacida muerta”.

Que Alemania e Italia no observaban ninguna neutralidad en el conflicto español era evidente, pero la llamada neutralidad” de las potencias “democráticas”, después de la destrucción de Guernica, el bárbaro bombardeo de Almería y las concesiones para traer de vuelta a las potencias fascistas al Comité, significaba de facto una intervención contra la España republicana.

La idea inicial que sirviera al Acuerdo en la práctica había sido desnaturalizada, y la culpa de que no se derrumbara inmediatamente todo el edificio de la “No-Intervención” y la vergonzosa mascarada durase casi dos años más, es atribuida por Maiski directamente a los laboristas ingleses.

 

El papel de EEUU

 

Los EEUU jugaron también un papel ignominioso en el mantenimiento de la farsa de la “No-Intervención”. Pese a no ser firmantes del acuerdo, lo bendijeron desde el primer momento y tras el abandono del Comité por parte de las potencias fascistas, se apresuraron a hacer gestiones ante el gobierno británico para restablecerlo con la mayor celeridad.

EEUU llevó incluso hasta extremos grotescos el principio de la “No-Intervención“. Es el caso de los niños y niñas procedentes de Asturias y Euskadi evacuados con destino a México. El 5 de junio de 1937 llegaba al puerto de Nueva York el barco con los 500 pequeños que debían desembarcar para proseguir viaje en tren a través de la frontera mexicana, pero se les prohibió desembarcar. Al parecer, se burla Maiski, “en la imaginación de las autoridades norteamericanas los 500 niños adquirieron el amenazador aspecto de 500 combatientes de uno de los bandos participantes en el conflicto español”.

 

El segundo Plan de Control

Tras la retirada de Alemania e Italia del Plan de las patrullas marítimas, Francia e Inglaterra, en sus intentos de seguir justificando la actividad del CNI, propusieron por su parte seguir con el sistema de control marítimo con buques británicos y franceses con presencia obligatoria en ella de observadores neutrales. Alemania e Italia propusieron asentar el control marítimo sobre bases nuevas: conservar el control terrestre en las fronteras y reconocer el derecho de beligerancia a ambas partes en España, que cada una de ellas pudiese capturar en alta mar todos los buques de cualquier nacionalidad y confiscar su cargamento, de acuerdo con el llamado “derecho de presa”.

El Comité trató de conciliar los planes anglo-británicos de mantenimiento de las patrullas marítimas con las exigencias germano-italianas de reconocimiento del derecho de beligerancia a Franco, lo que dio lugar al nacimiento de un segundo Plan de Control, un plan de compromiso, conocido también como “Plan británico”.

Fue presentado el 14 de julio de 1937 y en esencia preveía suprimir las patrullas marítimas a través de la costa, conservar controladores del Comité en los buques que se dirigieran a puertos españoles, restablecer el control terrestre en la frontera franco-española y portugués-española, y reconocer los derechos de beligerancia cuando se hubiese logrado “un progreso sustancial” en la evacuación de los combatientes extranjeros.

En opinión de Maiski, el plan británico “tendía a satisfacer las pretensiones de las potencias fascistas”, pues en esencia suprimía el control marítimo, indeseable para Alemania e Italia, cerraba la frontera franco-española, que perjudicaba a la República y concedía a Franco derecho de beligerancia a cambió de una fórmula nebulosa como era la del “progreso sustancial” en la evacuación de los combatientes.

La parte soviética puso sobre la mesa la exigencia concentrar la atención en la evacuación de los combatientes extranjeros y en caso de acuerdo pasar a discutir los demás puntos del Plan británico, además de señalar el problema jurídico de colocar sobre la misma base de derecho al gobierno legítimo de la República y a un general faccioso y el problema añadido de si el CNI disponía de la capacidad jurídica para otorgar derechos de beligerancia. Los representantes de Alemania e Italia proponían prestar atención a los derechos de beligerancia y sólo después plantear el problema de la evacuación de los voluntarios.

El Comité, en una resolución del 4 de noviembre de 1937 aprueba el plan británico, priorizando la evacuación de los combatientes extranjeros y condicionando el resto de las medidas del Plan al progreso substancial en dicha retirada. Hasta el 3 de febrero de 1938 se prolongaron las discusiones en el Comité o el subcomité dependiente de aquel para concretar las medidas prácticas para aplicar la resolución del 4 de noviembre y a partir de esa última reunión la labor del Comité se paralizó “y quedó, -en expresión de Maiski- sumida durante largo tiempo en un estado de anabiosis”.

¿Qué había ocurrido? que daba comienzo el deslizamiento definitivo hacia la confabulación de Inglaterra y Francia con las potencias fascistas para volver contra el Este el filo de la agresión hitleriana: el 12 de marzo de 1938 Hitler se apodera de Austria (la bendición británica para la expansión de Hitler hacia el este ya se había producido tras el encuentro de Hitler y lord Halifax, vicepresidente del Consejo de Ministros británico del 19 de noviembre de 1937); el 16 de abril de 1938 se firma el tratado de amistad y colaboración anglo-italiano; y el 30 de septiembre de 1938 tiene lugar la vergüenza de Munich

En el momento de comenzar la batalla de Cataluña, entre diciembre de 1938 y enero de 1939, el material bélico que con gran esfuerzo había conseguido comprar el Gobierno español en distintos países, se encontraba al otro lado de la frontera franco-española. El gobierno Daladier se negó a abrir la frontera española y permitir su paso, pesé a que el plan británico de control no había entrado aún en vigor. De no haber sido así, el desarrollo de la batalla de Cataluña y los destinos de España hubiesen ido quizá por otros derroteros.

El trato dado por la Francia de las “200 familias” a los refugiados y a las mejores unidades del Ejército Republicano, desarmados y abandonados sobre la tierra pelada, tratados como prisioneros de guerra, es un ejemplo de bajeza moral y ceguera político para con quienes habían sostenido una lucha por la libertad durante tres años. Igualmente vergonzoso el papel de Inglaterra prestando en el último momento apoyo a Franco en la ocupación de la isla de Menorca. El 27 de febrero de 1939 Inglaterra y Francia reconocen oficialmente a Franco, acogiendo Gran Bretaña al Coronel Casado y sus seguidores quienes el 1 de abril zarparon rumbo a ese país en el crucero británico Galatea.

La valiente decisión del Gobierno Republicano, anunciada el 23 de septiembre de 1938 por Negrín en la Sociedad de Naciones, de evacuar a las Brigadas Internacionales sin esperar la puesta en práctica del Plan aprobado por el CNI, no tuvo su contraparte en el campo fascista.

El CNI, muerto hacía ya mucho tiempo, dejó de existir oficialmente el 20 de abril de 1939.

A modo de conclusión, se puede citar la expresiva apreciación de la “No-Intervención” hecha por el ex ministro de Estado de la República Española, Álvarez del Vayo en su libro ‘La batalla por la libertad:Ha sido un brillante modelo del arte de servir en bandeja la víctima de la agresión a los Estados agresores, observando las refinadas maneras del gentleman y dando la sensación, al mismo tiempo, de que el único fin que se persigue al proceder así es conservar la paz”.

 

Notas:

[1] “Mi guerra silenciosa”, Kim Philby, Plaza y Janés, Barcelona, 1969. Kim Philby, vástago de una encumbrada familia de la élite social británica, fue reclutado por los servicios de inteligencia soviéticos junto a otros destacados jóvenes estudiantes universitarios de privilegiado ámbito social. Todo este grupo, protagonista durante décadas de épicas actuaciones en el campo del espionaje, pasará a la posteridad con el sobrenombre de “los cinco de Cambridge“.

[2] “Cuadernos españoles”, Iván M. Maiski, Editorial Progreso, Moscú.

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