Cadena perpetua para el ángel de la muerte argentino

Mercedes Arancibia || Madrid.
Periodista.

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El ángel asesino. © Joan Picornell.

Al final de un proceso que ha durado 22 meses, y en el que han comparecido como testigos 79 supervivientes, Alfredo Astiz, ex oficial de la marina argentina conocido como «el ángel rubio de la muerte», ha sido condenado a cadena perpetua, lo mismo que otras 11 personas pertenecientes todas a los «escuadrones de la muerte» que durante la dictadura de 1976-1983 cometieron delitos de secuestro, detención ilegal y torturas con más de 5.000 disidentes, internados en la tristemente célebre Escuela Superior de Mecánica de la Marina argentina (ESMA), de la que pocos salieron con vida. La mayoría desaparecieron, como entre otros dos monjas francesas, cuyo paradero han reclamado desde entonces todos los gobiernos de la Quinta República, una adolescente sueca y el escritor y periodista Rodolfo Walsh.

El paso de la dictadura a la democracia conoce muchas versiones. Desde el borrón y cuenta nueva (aquí no ha pasado nada y solo importa el futuro, si acaso busquemos los cuerpos de las víctimas, enterremos lo que quede dignamente y rindámosles el homenaje de cinco minutos de silencio en los plenos municipales) hasta la más cruel de las venganzas, como el linchamiento —ya parece más que confirmado— de Gadafi el fin de semana pasado. No digo que ningún tirano, torturador y vengativo a su vez, no se merezca el más duro de los castigos penales, mandarlo a pudrirse entre rejas. Difícil lo tienen los países que de esa forma quieren introducirse en el club de los países democráticos. Lo primero es abolir la pena de muerte porque la vida es el más fundamental de todos los derechos humanos y matar a los asesinos también conculca ese derecho.

Pero existen también fórmulas intermedias —buscar a los asesinos y juzgarles— como ha hecho Argentina, y más vale tarde que nunca. Los diecinueve acusados que se han sentado en el banquillo en este juicio representan alrededor de un treinta por ciento de los imputados de lo que en Argentina se conoce como «la megacausa ESMA».

Alfredo Astiz destacó desde el principio entre los torturadores porque su rostro infantil, sus buenos modales y el color de sus cabellos le valieron el apodo de «ángel rubio de la muerte». En 1977 se infiltró en el grupo de madres de desaparecidos que se reunían en la Iglesia de la Santa Cruz de Buenos Aires, con la excusa de buscar a un hermano, y fue allí donde conoció a las monjas francesas que después se convertirían en sus víctimas. También acudió los jueves a los tradicionales desfiles silenciosos de las Madres de la Plaza de Mayo, frente al palacio presidencial, la Casa Rosada. Un año más tarde trató de infiltrarse entre los exilados argentinos en París, sin conseguirlo.

Después, se trasladó a España. Fue acusado de crímenes de lesa humanidad pero en 1987 se benefició de las Leyes de Perdón, se retiró oficialmente del ejército y siguió trabajando para los servicios secretos de la Marina.

El único castigo hasta ahora fueron tres meses de cárcel y la expulsión del cuerpo, en 1998, cuando declaró al semanario Tres Puntos: «Soy el hombre mejor capacitado de toda la Argentina para matar políticos y periodistas». Antes, en 1990, le habían condenado en rebeldía, en Francia, por el asesinato de las dos religiosas, a cadena perpetua.

Más de treinta años después de los hechos, quien fue durante tanto tiempo el símbolo de la impunidad ha respondido de sus crímenes ante un tribunal de su país, y ante toda la sociedad del país.

El ex almirante Eduardo Masera, fallecido hace exactamente un año, a los 86, responsable de la ESMA y miembro de la primera Junta de la dictadura, nunca pagó por sus crímenes porque los médicos decidieron que no estaba «mentalmente sano».

Quizá en España no vivan ya los torturadores de la guerra civil y la inmediata posguerra, o quizá se hayan olvidado sus nombres. Pero no olvidemos nunca que hay muchas familias que siguen buscando los cuerpos de sus fusilados, torturados y desaparecidos. Y sepamos que siempre es tiempo de hacer justicia.

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