EE UU: Indignados muchos, en las calles pocos

Magín Revillo || Washington DC.

Convocar a un millón de personas por las calles de Washington DC fue un hecho tan histórico que todavía se recuerda en los manuales estadounidenses. Los sueños de Martin Luther King en los años sesenta del siglo pasado marcan también diferencias. Desde entonces, una concentración en la capital federal de los Estados Unidos tiene un antes y un después. Llegar al millón de concentrados es la única solución para empezar a hablar de posibilidades de cambio. Un millón es la barrera para que los que no existen salgan de las tinieblas. Al fin y al cabo, un millón de personas concentradas a la sombra de la Casa Blanca son una ganga en un país de más de 350 millones de habitantes.

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Los indignados, nuevos inquilinos a la sombra del Capitolio y en la capital federal de los Estados. © Magín Revillo.

Los indignados de Wall Street lo saben pero, a su variopinta filosofía difundida por internet y multiplicada por las redes sociales, añaden el conocimiento propio de que las grandes revoluciones pueden empezar en los asientos de un autobús. La codicia empresarial y la desigualdad económica son ahora los problemas con los que agitar a las masas. «No importa cuántos somos, no importa el número, porque sabemos que están aquí quienes trabajan de sol a sol para pagar las hipotecas con las que nos han engañado los bancos», dice un joven que no se identifica y que acaba de llegar en metro a la rebautizada Plaza de la Libertad (1331 Pennsylvania Avenue Northwest) en el centro de Washington DC. y a la que se ha convocado con reloj-cuenta atrás desde la web octubre 2011.

La ocupación con vistas al Capitolio y sonido directo a la vecina Casa Blanca será tan larga como la indignación que hasta ahora solo ha reunido a un millar de personas. Sus exigencias —si hablan los veteranos— pasan por parar la guerra, justo en vísperas del décimo aniversario de la invasión de Afganistán. Otros recuerdan los crímenes y las torturas. No faltan quienes piden sanidad para todos, quienes se refugian en cajas a falta de ladrillos como los que se llevaron los bancos. Jaime McDonough prefiere tomar prestado un eslogan puertorriqueño «arriba los de abajo» mientras unas abuelas llegadas desde el estado de Wisconsin cantan el «no queremos más».

Desde el pasado 17 de septiembre, desde hace semanas, Occupy Wall Strett, los indignados estadounidenses comparten razas, religiones e idiomas sin el más mínimo sobresalto. Haga frío o calor, caigan chuzos de punta o suden como en este pasado verano, las calles de Nueva York, Los Angeles, San Francisco, Boston, Chicago, Austin, Knoxville, Denver, Seattle, Philadelphia, Richmond… se han llenado de un rosario de reivindicaciones, tantas como quien conteste al que pregunta, pero siempre todos convencidos de que no quieren que nadie se aproveche de sus circunstancias. Ni tan siquiera la policía neoyorkina que en un arrebato por velar el orden público, como este miércoles ocurría en Seattle, sumaban casi ochocientas detenciones de un golpe en medio de una lamentable lucha videográfica.

A reglón seguido, hace solo unas horas, sindicatos y universitarios neoyorkinos han demostrado no hacer oídos sordos a la voz de la conciencia que suena, desde Zuccotti Park, desde el sur de la isla de Manhattan y a las sombras alargadas de la bolsa neoyorkina. Los indignados quieren quedarse tiempo y se han organizado para no perderlo. Las manifestaciones se suceden, pero en el improvisado campamento se celebran asambleas diarias, se imparten clases de economía para quienes no saben, se comparten libros a cielo raso y no falta ni cafetería para andar por casa. Hay siempre mas buena voluntad que resultados, aunque lo más sorprendente es la inmediatez con la que viaja la solidaridad por las redes sociales. Twitter (casi 47 mil seguidores) y Facebook (página con 114 mil fans) son con un periódico alternativo de dos páginas los mejores altavoces de la indignación.

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Un 99 por ciento soporta el paraíso en el que vive el resto. © Magín Revillo.

 

Ahora, conseguida una primera portada en The New York Times y no por detenciones ni acciones policiales, ya se sabe que los policías neoyorkinos pueden no irse de rositas después de la que era hasta hoy la noticia más popular. Youtube es solo una muestra de lo que ahora ya no se tapa. En una demanda colectiva se acusa al Departamento de Policía de Nueva York de un «esfuerzo premeditado, planeado, preparado de antemano y calculado para limpiar las calles de manifestantes y desbaratar el creciente movimiento de protesta en Nueva York».

El sindicalista y activista del movimiento Bail Out the People, Tony Murphy, no se mordía la lengua.«Estamos aquí para decir que el departamento de policía de Nueva York y el alcalde Bloomberg tienen que mantenerse lejos de Occupy Wall Street, dejar de acosar a este movimiento y detener los arrestos masivos. Liberty Plaza, que es el centro de Occupy Wall Street, está a un paso de Goldman Sachs. Si quieren arrestar a alguien, deberían ir a Wall Street, a la Bolsa de Valores, y arrestar a los que están ocupados despojando a las personas mayores de sus casas y perjudicando las pensiones de la gente. Esos son los que realmente están haciendo daño a la gente y deberían ser arrestados».

La llamada clase política, los demócratas y republicanos metidos ya en campaña, hacen como que no ven la que se les viene encima. Algunos como el republicano Ron Paul se presta a dar la mano al ex candidato presidenciable Ralph Nader, la vieja encarnación de la que nunca fue una tercera vía verde capaz de enfrentarse a la maquinaria del poder bipartidista. Son cantos de sirena si «los indignados —dice Bryce Campbell— no buscan un líder, como hizo el Tea Party estos últimos años, para proclamar y defender sus exigencias. Aquí es como se funciona, porque las decisiones asamblearias no llevan a ninguna parte si alguien no reclama la voz y el protagonismo de la protesta».

El carro de Ocuppy Wall Street

Los más despiertos se han subido al carro de Ocuppy Wall Street reclamando poner en limpio su particular ideario. No faltan catedráticos dispuestos a impartir doctrina y hasta «vender» una agenda política con la que acabar con todos los males. Griffin Tarpley es uno de esos «sabios» capaces de descubrir a los universitarios cómo primeros consumidores. Los estudiantes estadounidenses suelen endeudarse hasta las cejas para pagar sus carreras. La independencia familiar de la que hacen gala cuando cumplen dieciocho años tiene altísimos costes y siempre sin marcha atrás. La situación de crisis, la falta de horizontes, el descubrir que pueden ser la primera generación que viva peor que sus progenitores hace el resto a la hora de pedir una amnistía hipotecaria. (Sacar un título en Estados Unidos puede endeudar de por vida al estudiante. Barack Obama acabó de pagar los créditos recibidos para sus estudios en Yale cuando llegó a la presidencia).
Actores, actrices, cineastas y gentes de la cultura se pasean junto a los indignados estadounidenses con palabras solidarias y montajes extraordinarios. Un día u otro siempre hay nuevas noticias de célebres visitantes a las Plazas de la Libertad. Quien puede dirigirte un e-mail a tu correo particular es el mismísimo Robert Greenwald, un hombre que ha demostrado que los documentales y películas más comprometidos pueden financiarse y distribuirse a través de la red. Greenwald ha regalado al movimiento un video al que añade una convocatoria particular. Después de todo, nada es gratis y conseguir ayudas de 20 ó 50 dólares son más que suficientes para financiar nuevos proyectos.

Los periodistas estadounidenses no se han quedado a la zaga. Aunque sus medios son escépticos a brindar titulares y noticias de los indignados, los que escriben artículos en periódicos no pueden mirar hacia otro lado. El domingo pasado, Nicholas D. Kristof jugaba a comparar banqueros y revolucionarios en una muy celebrada columna. La tesis era muy similar a las que hemos leído en Europa. «Los indignados fallan en sus exigencias —escribe—, realmente no tienen ninguna. A veces, los participantes defienden causas que son quijotescas».

Hay que ser más serios y es ahí donde los indignados van a buscar su caldo de cultivo.

Kristof apunta el remedio. El puede ofrecerse de intermediario. Pasar a limpio las propuestas más relevantes, no aquellas que piden la solidaridad con el venezolano Chávez o dar a los indios 20 mil millones de dólares para «perdonar» la brutalidad con que fueron reprimidos por el presidente Jackson. Hay que ser más serios y es ahí donde los indignados van a buscar su caldo de cultivo, repiten siempre que les dejan. «Somos indignados y estamos apuntados a este movimiento el 99 por ciento de los ciudadanos —dice el interlocutor que no quiere identificarse en Washington DC a las preguntas de Crónica Popular— Somos el 99 por ciento los que pagamos y sufrimos para que solo el 1 por ciento restante haga y deshaga a su libre antojo».

Barack Obama ha escuchado de lejos y desde la Casa Blanca a los convocados a ocupar la capital federal de los Estados Unidos. Todavía, el presidente no se ha dirigido a ellos personalmente pero en el subconsciente no ha podido olvidarles. Hablaba con ABC News mientras su entrevista era emitida en directo a través de Yahoo. «No creo que los estadounidenses estén mejor que hace cuatro años. No están mejor que lo que estaban antes de la quiebra de Lehman, antes de la crisis financiera y antes de esta extraordinaria recesión que estamos atravesando. Creo que lo que hemos visto es que hemos sido capaces de un progreso constante para estabilizar la economía, pero la tasa de desempleo (9,1%) sigue siendo muy alta».

Los indignados estadounidenses, como les traduce en lenguaje apto para el sistema Nicholas D. Kristof, se darían con un canto en los dientes si consiguiesen que los grandes bancos no pudieran volver a socavar el interés público. Las hipotecas han enriquecido a los banqueros pero han terminado dejando a los gobiernos endeudados y a muchos ciudadanos, además, sin sus casas. Las diferencias entre ricos y pobres se han hecho todavía más grandes y el grito de esperanza, acompañado por la no violencia, no debiera acabar siendo absurdo.

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Después de un mes de protestas, The New York Times -no por detenciones- dedica la portada a explicar las reivindicaciones de Ocuppy Wall Street y la solidaridad que ha recibido de las fuerzas sindicales. © Magín Revillo.

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