De la crisis a la revolución democrática

Crónica Popular || Madrid.

En la víspera de la movilización del 15M, Manuel Monereo, del Consejo de Redacción de CRÓNICA POPULAR, escribía que “hay que indignarse y rebelarse para construir un movimiento social como alternativa al neoliberalismo”. En su nuevo libro, “De la crisis a la revolución democrática”, advierte que “la salida de la crisis no es económica sino política” y que para combatir “la salida neoliberal a la crisis del neoliberalismo” hay que defender la democracia, recuperando “un Estado-nación republicano, federalista y con vocación socialista”. Y nos hacer ver que en las potencias emergentes resulta determinante la intervención del Estado mediante un Plan Nacional de Desarrollo.

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Portada del libro de Manuel Monereo “De la crisis a la revolución democrática”

El siguiente es un texto del nuevo libro de Manuel Monereo.

 

La necesidad de un nuevo impulso
en el ciclo reformista

Para muchos pudo ser una sorpresa que fuese precisamente en América Latina y el Caribe donde se produjeran las resistencias más duras al neoliberalismo, y que más allá acabaran por convertirse en proyectos con una explícita vocación socialista. El continente fue el laboratorio de las políticas neoliberales. Éstas significaron, auténtica y genuinamente, una contrarrevolución restauradora del poder de las oligarquías y de las grandes transnacionales. Sus consecuencias fueron también muy conocidas: como en la Conquista, el neoliberalismo fue impuesto a sangre y fuego por medio de unas dictaduras militares con vocación de fundar un nuevo tipo de Estado y unas nuevas relaciones entre la sociedad, la política y la economía, cuyo objetivo último -lo ha repetido muchas veces Perry Anderson- fue seccionar de raíz la experiencia organizativa, la memoria y la capacidad de generación de alternativas e impedir que el socialismo en cualquiera de sus acepciones pudiese resurgir en un futuro. Se utilizó la violencia más extrema. Sus consecuencias aún perduran: crecimiento de la pobreza y la exclusión, desestructuración social, pérdida de las identidades colectivas y la progresiva conversión de muchos países en “Estados fallidos”.

América Latina fue un terreno privilegiado de la resistencia, con la capacidad y la imaginación suficientes para convertirse en alternativa de gobierno y de poder. Esto fue lo decisivo. Cuando dichas alternativas provocaron una crisis de Régimen, los procesos se radicalizaron hasta plantearse la construcción de un nuevo tipo de Estado, una nueva matriz de poder al servicio de los de abajo. Los ritmos, la hondura y la profundidad de los cambios fueron definidos por la capacidad del Movimiento Popular para convertirse en alternativa electoral y de poder.

América Latina es un territorio en disputa. Si partimos de la historia de las relaciones de América Latina y el Caribe con los Estados Unidos, llegaríamos a la conclusión de que esta confrontación es parte de un conflicto más global, donde entran en juego desde la época colonial las distintas potencias mundiales y las diversas etapas que han configurado su evolución histórica. La construcción de los Estados Unidos como nación ha estado indisolublemente unida a su constitución como imperio. Basta mirar su mapa y conocer su historia para darse cuenta con toda claridad de que su actual territorio se ha hecho a costa de otros países, utilizando la expropiación, la venta o la invasión. Las clases dirigentes de Estados Unidos asumieron que tenían un “destino manifiesto”, una vocación casi natural al liderazgo continental. Se planteó con toda radicalidad que sus intereses estratégicos estaban determinados por dos principios: asegurar su hegemonía en el continente e impedir la presencia de otras potencias. Eso explica la tibieza con que presenciaron la lucha por la independencia de América Latina y su sistemática determinación para neutralizar la configuración de poderes alternativos que cuestionaran su dominio.

Desde esta perspectiva, los peligros provendrían de los procesos de unidad e integración que se pudiesen articular en el gran Continente Sudamericano.

Cuando hablamos de un territorio en disputa lo hacemos desde una doble vertiente: un conjunto de gobiernos se plantean explícitamente romper las reglas del juego que perpetúan la dominación imperial (ALBA) y otros, desde posiciones menos radicales, impulsan la integración regional más allá de los límites del mercado. Desde el punto de vista externo, las grandes potencias emergentes (China, India y Rusia) han hecho de los recursos que América Latina y el Caribe tienen en abundancia un elemento esencial en su estrategia de desarrollo nacional.

La coyuntura latinoamericana y caribeña está marcada, al menos, por cuatro grandes cuestiones. La primera es el desacople relativo de su economía respecto a la crisis. No ha sido la primera vez, ni seguramente será la última, ha ocurrido en otras épocas. Cuando el Centro está en crisis, las periferias tienen oportunidades para integrarse y fundar nuevas relaciones entre sí. El impulso viene de la exportación de productos primarios, con el subsiguiente riesgo de perpetuar el modelo primario-exportador. Las potencias emergentes vienen a por materias primas, minerales, energéticas y alimentarias, y lo hacen sobre un plan integral al servicio de sus intereses nacionales.

Un segundo elemento tiene que ver con la contraofensiva norteamericana. Su existencia es algo imposible de negar y se ha incrementado después de la llegada del Obama al poder. Es claro que las élites norteamericanas están convencidas de que su declive se puede evitar o ralentizar si se vuelve de una u otra forma al control de América Latina y el Caribe. El restablecimiento de la Cuarta Flota, hecho que no se producía desde la década de los años 40; el incremento de las bases y la presencia militar norteamericana en el continente, sobre todo en zonas de alto nivel de conflicto por su proximidad a recursos naturales vitales, como el agua, los hidrocarburos y la biodiversidad.

La aplicación por Hillary Clinton de lo que ella llama “el poder inteligente”, una combinación de poder duro y blando, tuvo su primera manifestación en el golpe de Estado en Honduras, todo ello en un contexto de rearme acelerado de la región. Baste un ejemplo: nada más conocer el gobierno brasileño las dimensiones de sus nuevas reservas petrolíferas, encargó la compra de dos submarinos nucleares y un nuevo portaaviones a Francia. El gobierno brasileño no reconocerá que el enemigo es Estados Unidos pero los hechos son los hechos y demuestran que los recursos naturales latinoamericanos cada vez más serán importantes para la economía internacional, un riesgo para su seguridad y determinante en el balance de fuerzas de la región.

La tercera cuestión está marcada por el reflujo de lo que se ha llamado el “espíritu de Porto Alegre” y por las señales de estancamiento de algunos de los procesos más avanzados en el continente. Parecería que la lucha social y los movimientos de solidaridad hubieran perdido peso y significación política, precisamente cuando el neoliberalismo entra en crisis y los Estados Unidos viven una época de declive rápido y acentuado. Venezuela, Ecuador y Bolivia manifiestan señales de agotamiento de un ciclo reformista y de la necesidad, por decirlo así, de un nuevo impulso para dar prioridad a la solución, no retórica, de los problemas reales.

Cuarta: Brasil se está convirtiendo en el elemento central de la política latinoamericana y una de las potencias emergentes. Es un Estado-Nación y tiene intereses geopolíticos en toda la región. La transición geopolítica mundial lo convierte en uno de los pivotes de la restructuración mundial del poder y, más tarde o más temprano, tendrá que definir, en las nuevas condiciones, su estrategia y su relación con los Estados Unidos..

Las últimas elecciones presidenciales han mostrado con mucha claridad las diferencias en las élites políticas brasileñas respecto a sus relaciones internacionales. Para la derecha “paulista”, la opción sería llegar a un acuerdo con los Estados Unidos y definir zonas específicas de influencia, evitando cualquier conflicto serio entre los dos países. Para el “lulismo”, el acento se pondría en la integración sudamericana como zona de acción preferente y como agregación de fuerzas para ser un sujeto activo en el nuevo orden internacional en medio de un proceso de cambio acelerado.

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