Homenaje a Julien Benda:
continúa la traición de los intelectuales

Alejandro Camino Rodríguez

Historiador

Una de las principales consecuencias de la Primera Guerra Mundial, fue que, por los diversos avances (materiales, científicos, organizativos, institucionales etc.), acabó propiciando que el crecimiento económico posterior al Tratado de Versalles que puso fin al conflicto bélico, en Europa y –sobre todo- en los Estados Unidos de América no tuviese precedentes. Aunque no debemos dejar de tener presente que este crecimiento se realizó sobre unas débiles bases que un joven delegado británico en la Conferencia de Paz de París, J. M. Keynes, vislumbró desde un principio, como demuestra su obra Las consecuencias económicas de la paz. Pero las siguientes líneas no tienen por objetivo el mostrar las volátiles estructuras sobre las que se sustentó el crecimiento económico de la década de los veinte hasta que en 1927 y 1928, empezasen a aparecer los primeros síntomas de recesión en algunas de las economías más importantes, lo que presagiaba el desastre económico que asolaría a todo el mundo capitalista.

04_BeldaSobre ésta prosperidad económica se sustentó la aparición, por vez primera en la historia, de una sociedad de masas. La novedad provocó que los denominados como intelectuales, aquél grupo del que solo unos pocos miembros se atrevieron a utilizar su “autóritas” para alzar la voz contra el conflicto en 1914, tuvieran que enfrentarse con una sociedad civil muy diferente de la que había años atrás y que estaba en constante transformación, sobre todo gracias a la mejora de las condiciones materiales de vida.

Pero los intelectuales no eran ajenos a esas modificaciones, gracias a la comercialización de sus obras, sus condiciones materiales mejoraron, tal y como muestra Víctor Alba (1976). Todo esto provocó que el periodo entreguerras se convirtiese en un periodo histórico, en el que predominó la búsqueda de nuevos caminos, con una fuerte crisis de identidad en la que va a predominar, siguiendo a Julien Benda, los sentimientos sobre la razón. Esa actitud de los intelectuales contagió a través de sus obras a las sociedades civiles de los diversos países –sobre todo aquellos que habían sido beligerantes en la Gran Guerra– ya que entonces la “cultura” se convirtió en algo accesible incluso para buena parte de las capas populares. El predominio del realismo y de los sentimientos sobre la razón que denunciaba Benda, se puede apreciar en la descripción que Javier Bueno (usando el seudónimo de Antonio Azpeitua) hizo el 6 de abril de 1923 sobre Hitler en el periódico ABC cuando no podía ni sospechar su ulterior ascenso: “falto de cultura y de preparación científica, no puede expresar ideas sirviéndose de conceptos abstractos; por eso recurre al ejemplo simplista […] Acaso en esto esté su fuerza para impresionar a las multitudes. Afirma rotundamente […] sintiéndose poseedor de la verdad absoluta”.

Por tanto, durante los felices o locos años veinte, los intelectuales obtuvieron definitivamente un importante peso en la vida y opinión pública, sobre la que influían posicionándose frente a los diversos problemas o acontecimientos. Quizás gran parte de los intelectuales no estuviesen preparados para afrontar esta gran responsabilidad que recaía sobre sus hombros o quizás decidieron mayoritariamente ignorarla para obtener un beneficio propio. Sin duda en la actualidad, es la vertiente predominante, se puede apreciar con facilidad como múltiples noticias informativas, novelas históricas, artículos de prensa etc., quedan inundadas únicamente de juicios de valor, lo que provoca el olvido de lo verdaderamente importante para que la sociedad civil pueda forjar una verdadera opinión propia e individual sin estar sometida a los dictados de los intereses supranacionales, los juicios de hecho.

Sin embargo, desde aquella década hubo intelectuales que decidieron reflexionar de forma teórica sobre la importancia y el papel de los intelectuales en las diversas sociedades. Algunos de estos autores, como Gramsci, son universalmente conocidos. Sin embargo, el nombre de Julien Benda resulta totalmente desconocido para la mayoría, lo que le convierte en uno de los hombres del siglo XX más injustamente olvidados. Su obra más conocida, La Trahison des clercs fue escrita en 1927, y en ella trataba de abordar muchos males que hoy continúan presentes en la sociedad, aunque no debemos descontextualizarla ya que tiene una propia realidad histórica con sus correspondientes circunstancias. No en vano, Picó y Pecourt (2008) lo consideran como el texto fundacional del concepto y defensa del intelectual libre e independiente en detrimento del intelectual partidista. Eso no quiere decir que Julien rechazase la participación política del intelectual, que para él solo debía hacerse bajo los principios universales e inalienables (verdad, razón y justicia), de hecho, no debemos olvidar, que en la parte final de su vida fue un firme defensor del comunismo. Ese error de interpretación viene del mero hecho de lo que es uno de esos libros que se citan sin ser leídos. Como portador de la verdad y la justicia, el intelectual tenía el derecho a intervenir en los asuntos temporales (políticos) por el bien de la humanidad en nombre de la verdad, la razón y justicia, sin dejarse influenciar por la pasión o los intereses prácticos.

Un pensamiento muchas veces incomprendido

Su pensamiento, muchas veces incomprendido, va a recibir críticas de sectores tan diversos que provenían desde los partidarios de Maurras, nacionalistas, católicos o marxistas como Nizan que lo consideraba un “perro guardián” de la burguesía, enmascarando los intereses de clase con su pensamiento universal. La oposición de tantos sectores a su concepción del intelectual en el periodo de entreguerras quizás haya sido el causante del olvido de su obra, y, como consecuencia, de esa búsqueda del retorno del intelectual tradicional o clásico que partiese de postulados éticos universales ajenos al interés práctico o a las circunstancias históricas inmediatas, dentro de una sociedad que no deseaba el retorno de estas premisas.

Benda buscaba reaccionar ante lo que consideraba la traición de los intelectuales porque según él habían dejado de servir al bien, a la justicia, a la razón y a la verdad, es decir, lo que históricamente había sido su función: preocuparse por el interés universal. Así, en 1927 se oponía tanto a los intereses de clase (pero siendo muy benevolente cuando estas actitudes provienen de las capas populares) y al nacionalismo, mientras que los intelectuales de la época, mayoritariamente buscaban fomentar estos sentimientos particulares en función de su interés y beneficio, que obviamente solía estar relacionado con el fomento del nacionalismo y con el apoyo a las capas poderosas de la sociedad para conseguir su favor, como simples mercenarios.

Para él, era un trastorno en el funcionamiento moral de la humanidad porque antes gracias a los verdaderos intelectuales “durante dos mil años, la humanidad hacía el mal, pero honraba el bien”. Sin embargo, en esa década interpretaba Benda que la partida había concluido, que la humanidad ya era nacional al conseguir asimilar a los intelectuales, lo que provocaba que la humanidad entonces hiciese el mal y honrase el mal. Ya entonces vaticinó el gran problema que esto suponía porque la función del intelectual es decir a las sociedades verdades que les disgustan, y no todo lo contrario para tener popularidad y el favor de los poderosos (criticaba especialmente a quienes lo hacían con la intención de obtener fama, poder o prestigio).

En ocasiones se ha desprestigiado la obra maestra de Benda calificándola peyorativamente como panfleto, pero hay que tener presente que si bien tiene solo 160 páginas, las escribió durante tres años, lo que deja claro lo elaborado y metódico del texto. Nunca fue un autor admirado por las masas, pues en aquella época en la que, como en la actualidad, de forma general se imponía la estética a la calidad (esa estética “bella” él la relacionaba directamente con los regímenes autoritarios y por tanto la despreciaba) prefirió preocuparse más por el contenido que por la forma. Sin embargo, Benda para muchos de sus colegas resultaba un peligro, por lo que muchos fueron los que trataron de marginarle intelectualmente, pero nunca se plegó a las pasiones de las masas y no hizo concesiones populistas para tratar de ganar adeptos. Según el escritor de origen judío, la traición de los intelectuales iba a acabar produciendo su desaparición.

Hoy en día, quizás cada vez estemos más cerca de ésta desaparición. Hoy en día aquellos que obtienen por las masas la etiqueta de intelectual –hablando como norma general- no hacen más que vender sus ideas como simples mercancías, presentes en cada tertulia televisiva, en cada best-seller, artículo de prensa etc., buscando obtener su máximo beneficio agradando a los que controlan todo, haciendo creer a las sociedades todas sus opiniones convirtiéndolas en verdades absolutas, consiguiendo así que no forjen su propia opinión, debido a la influencia que las personas calificadas como intelectuales ejercen sobre sus visiones del mundo, en los diversos conflictos, ya sea entre pueblos o entre clases.

Sin embargo, nunca hemos de olvidar que La traición de los intelectuales dio lugar a múltiples malentendidos. Desde aquí, mi pequeño homenaje a Julien Benda, que ya nos advirtió en 1927 de los males que se avecinaban si la sociedad continuaba por esos cauces. Aunque no se le puede calificar de profético, sí es cierto que consiguió analizar la sociedad de una manera tan profunda, que nos permite afirmar que muchos de los defectos que arrastran nuestros referentes intelectuales hoy en día, son fruto de un largo periodo histórico en el que se fueron cosificando.

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