Y cantamos la Internacional:
Recuerdo de Armando López Salinas

Juan Antonio Hormigón

Escritor. Director de teatro, Catedrático y Director de ADE

03_01_salinasArmando López Salinas fue mi amigo: un ser humano en el pleno sentido de la palabra con el que compartí muchas conversaciones, no pocos lances, así como pedazos de vida, ilusiones y esperanzas. Le conocí siendo muy joven y lo visité muchas veces en su casa, allá por el metro Quintana. Una casa que parecía el hogar de un personaje de las novelas de Pratolini. También le acompañé a muchos encuentros en cafés y reuniones diversas. Se dice de él con mucha frecuencia que fue un hombre bueno, lo cual comparto, pero en mi opinión fue ante todo un ser humano con convicciones firmes, con un alto sentido de la responsabilidad y con un gran sentido del deber cívico, que para él significaba ser un combatiente por la justicia y la igualdad. Creía que la patria de los trabajadores era el socialismo. Estos son mis recuerdos que tienen un valor único: son los míos.

1

No recuerdo cuándo conocí a Armando, me ha sucedido a veces con algunos amigos. El tiempo pasa, la frecuentación es grande y llegas a olvidar cuando fue que nos vimos por vez primera. Puede que fuera en Zaragoza hacia 1967, cuando vino a la universidad a dar una conferencia, siempre las llevaba escritas, con añadidos autógrafos, párrafos tachados y líneas incorporadas. Vino como un escritor representante de la novela social, pero también por su dimensión política. Algunos sabíamos además de su militancia en el PCE.

Quizá no sea importante, todo es con los años bastante relativo, pero me fastidia no recordar con precisión cuándo nos conocimos. El caso es que tuve de inmediato su dirección y teléfono, y que cuando venía a Madrid nos reuníamos, casi siempre en su casa. Era algo habitual. Hablábamos largamente, a veces durante horas. Sobre todo hablaba él, que tenía mucho que contar, y sobre todo de política y del combate antifranquista. En alguna ocasión lo hacíamos sobre literatura y me planteaba preguntas o comentarios sobre el teatro.

Conservo en la memoria una tarde de otoño del 68. Durante varias horas me hizo un relato minucioso de los recientes sucesos de Checoslovaquia. En agosto se había producido la intervención de las fuerzas del Pacto de Varsovia en aquel país, y varios partidos comunistas, entre ellos el español, se habían manifestado en contra. Recuerdo bien aquel encuentro porque en aquellos días, a pesar de tantos sinsabores, podíamos pasar una tarde entera hablando de política y en este caso, de cuestiones altamente sensibles. Armando me hizo una exposición detallada de los antecedentes, del programa propuesto por Dubcek, de los debates, de las contradicciones, etc. Él representaba para mí el pensamiento del Partido, y su relato y análisis confluían en los pronunciamientos que dicha formación política había expresado.

En este sentido, Armando fue siempre un hombre ejemplar. Su lealtad con el Partido era inconmensurable. Dudo, y eso se lo eché en falta, que planteara alguna cuestión crítica entonces. Su sentido de la lealtad era ante todo “hacer piña”. No digo que eso no sea importante y necesario, pero no debe impedir nunca el ejercicio del análisis crítico, ponderado, constructivo y activador. Desgraciadamente esa tendencia estuvo y está muy extendida y las organizaciones que caen en la rutina pierden músculo, nervio, energía y convicción sin esos ingredientes.

Al calor de aquellos acontecimientos se dijeron muchas necedades que el tiempo ha venido demostrando que eran ensoñaciones o dislates. Todos participábamos de algunas creencias por aquel entonces en cuanto al funcionamiento organizativo, a las lealtades hacia personas que, con el transcurso de los años y los acontecimientos que vivimos, se tornó evidente que no lo merecían. A Armando le costó más tiempo llegar a algunas conclusiones, pero lo hizo a la postre a su manera, sin dejar de militar y sentirse activo en el debate político. Era el sentido de su existencia.

2

En ocasiones íbamos a alguna parte. Recuerdo haber asistido a una especie de tertulia mañanera en el desaparecido Lyon d’Or, en la calle de Alcalá. Armando oficiaba en estos casos de mensajero de la opinión. Era una forma de hacer política muy particular. No había ningún planteamiento preceptivo; hablaba, describía y fumaba inasequible sus cigarrillos Rumbo, labor canaria de cajetilla cuadrada y amarillenta. Después comentaba alguna incidencia política y al paso, aludía a algún manifiesto que había que firmar. Sus interlocutores eran comunistas veteranos con actividad casi nula, un tanto suspendidos en el tiempo, y que quizá sólo mantenían su relación orgánica en esas conversaciones con Armando. Pero eso les garantizaba alimentar la llama de viejas convicciones, vividas en ese ostracismo interior al que se vieron sometidos. Tengo la seguridad de que debía de acudir a más encuentros similares.

Otras veces asistimos juntos a algún acontecimiento diplomático. Así fue al celebrarse la primera fiesta nacional de la Unión Soviética, que hacía poco había establecido relaciones diplomáticas con España. El acto se hizo a lo grande, en el Ritz. Yo fui con Armando porque había recibido una invitación y me dijo que fuéramos juntos. Yo no vivía todavía en Madrid y no conocía a mucha gente. Además hacía pocos meses que había salido de la cárcel tras el estado de excepción del 69 y aunque resulte extravagante, la compañía de Armando me daba confianza.

Al llegar, un caballero que oficiaba de mayordomo mayor del hotel, nos indicó a nosotros y muchos de los que iban llegando, que debíamos acceder por una puerta lateral. Se refería a los que no llevábamos corbata, obligatoria entonces para acceder al edificio por la puerta principal. Había mucha gente y una imagen se me quedó grabada: Gregorio López Bravo, conocido opusdeísta y ministro de Asuntos Exteriores, casi se pavoneaba en el centro del salón, exultante quizá por ser el artífice de aquel acuerdo. Pero las contradicciones eran evidentes, al observar que allí se repartían en corros impermeables jenízaros franquistas, empresarios anhelantes, opositores al franquismo, sindicalistas y gentes de la comunicación y la cultura.

Armando no dejó de mantener su media sonrisa perenne ante todo aquello. Fumaba sus rumbos a piñón fijo y se situaba hasta cierto punto en estos lances “au-dessus de la mêlée”, que dicen los franceses. Hablaba con todos y siempre mantenía en la cueva del silencio aquellas cosas de las que no se debía hablar. Era mucho más que discreción, se trataba del silencio cabal de quien operaba en estratos subterráneos y en aquel entonces, sensibles y muy peligrosos.

3

Creo que nunca tuve una discusión fuerte o frontal con Armando, pero sí divergencias que se desenvolvieron siempre con gran derroche de tolerancia y respeto, fruto del afecto que nos teníamos. La primera surgió en aquellos años. Después de lo de Checoslovaquia y el surgimiento de los eurocomunismos, se desarrolló un análisis crítico de determinados aspectos de la historia o el presente de la Unión Soviética. Hubo libros serios, elaborados a partir de investigaciones rigurosas pero también puros libelos. Nuestro país tenía una triste tradición en este sentido. Aquí se vivieron décadas de demonización constante de la URSS, inducidas por aquel grito que lanzara Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores y cuñado del general dictador, que el 24 de junio de 1941 desde el balcón falangista de la calle de Alcalá lanzó su grito: “Rusia es culpable”, para anunciar el envío de la División Azul. Y añadió: “El exterminio de Rusia es una exigencia de la historia y del porvenir de Europa”. Después vino el necio de Truman y el discurso de Churchill en Fulton para rematar la faena. A la vista de algunas actitudes de Obama carentes de pruebas, de la propaganda de la CNN y de buena parte de los medios llamados “occidentales”, parece que la frase ha hecho fortuna.

La derecha española siempre habló de la Unión Soviética con desprecio, desdén e ignorancia y lo más inaudito, ¡con complejo de superioridad! Pero una parte de la izquierda practicó un procedimiento similar y, lo peor de todo, sin preocuparse por estudiar e informarse sobre aquello de lo que hablaban. Yo acababa de publicar el primer tomo de los Escritos teóricos de Meyerhold (1971), donde hice un estudio pormenorizado de la obra del director ruso y a la par, de las relaciones entre política y cultura. Igualmente describí algunos aspectos negativos del periodo estalinista, así como el trágico derrotero final de Meyerhold que concluyó con su fusilamiento.

Le di a Armando un ejemplar que leyó sin duda, al menos mi ensayo introductor que era muy amplio. Al cabo de un tiempo me abordó un día al salir de una reunión. Ni se molestó en ensalzar el trabajo que había metido en aquello, fue directamente al grano. Era evidente que no estaba de acuerdo con mi análisis político y algunas de mis aseveraciones sobre el proceso seguido por la Unión Soviética, pero utilizó una frase dilatoria: “Tengo que hacerte un estudio pormenorizado sobre lo que has hecho. No te digo ahora nada porque quiero hacerlo por escrito”. Nunca llegó a dármelo y supongo que nunca lo escribió.

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En 1975 se barruntaba un horizonte de cambio imprescindible. Personalmente vivía el franquismo como una enfermedad, aunque algunos se divirtieran mucho y a poco repartieran patentes de democracia. El caso es que la editorial madrileña Aguaribay proyectó hacer un libro de entrevistas a diferentes personalidades, anunciaban, de la política, las letras, las artes y otras áreas de la vida española. La pregunta única era: “¿Cómo se definiría políticamente? ¿Cómo razonaría su respuesta?” Había un máximo de quince líneas para la respuesta. La enviaron a quinientas personas, de las que la cumplimentaron doscientas. Aparte de unas cuantas contestaciones negativas, el resto nada dijo.

Lo sorprendente del proyecto aunque esto lo supe después, era la amplitud de los nombres escogidos que configuraban un abanico inusitado hasta aquel entonces, que iba desde el marqués de Villaverde o Blas Piñar, que no respondieron, hasta Andrés Sorel, que sí lo hizo, o Gabriel Celaya, que no. No faltaban tampoco Carmen Sevilla, Sara Montiel o el bailarín Antonio. Hay que calibrar adecuadamente lo que era la España de aquellos días para establecer el valor de esta iniciativa. Muchos de quienes no respondieron pensaban, posiblemente con razón, que dejar por escrito cuál era su opción política constituía una suerte de servicio para la policía política con los riesgos que sin duda entrañaba. A otros quizá no les importara.

A mí me llegó la encuesta y respondí. Me traía al fresco lo de la identificación porque ya lo estaba bastante. Armando no fue de la misma opinión. Una noche en su casa, sentados a la mesa familiar tras la cena, se lo comenté. Me espetó: “Yo también la he recibido pero no voy a responder. Hay gente que no puede hacerlo, pues yo tampoco lo hago. Además no publicarían lo que pienso”. Lo que acabo de escribir no fue textual pero esa era la idea. No hubo discusión. Se trataba de algo personal que respetaba y como ya he dicho, preferí hacerlo, al igual Antonio Gala, Aurora de Albornoz, Caballero Bonald, Andrés Sorel, Francisco Nieva, Buero Vallejo, Jaime Salom, etc. Guardaron Silencio Adolfo Marsillach, Nuria Espert, Vázquez Montalbán, Jesús Aguirre, Rafael Alberti, Juan Benet, Serrat, Castilla del Pino, etc.

El libro apareció ese mismo año, puede que a los pocos días del largo fallecimiento del general Franco. Lo titularon: Ideologías para un rey, y llevaba como subtítulo: “200 definiciones de personalidades de la política, las letras, las artes y otras disciplinas del Estado Español”. Lo del “Estado español” como se ve, ya iba emergiendo en el lenguaje de la política coyuntural, tan absurdo en ocasiones. Visto desde ahora constituye un documento de sumo interés. Yo no me desdigo de lo que entonces dije, pero hay que ver lo que algunos escriben y lo que después hicieron.

5

Murió el dictador. Yo estaba en Zaragoza casi recluido y con una cierta crisis profesional. Los meses anteriores a aquel suceso fueron terribles para el mundo cultural. Parecía que aquello no se acababa nunca. Se produjeron los fusilamientos de septiembre. Días antes estuve en Venecia presentando una ponencia en un Congreso internacional sobre el realismo en el teatro. Al regreso, leí en el avión el Corriere de la sera, tenía un editorial contundente contra el franquismo, tanto que dejé el ejemplar en mi asiento porque no me atreví a pasar con él la frontera.

A lo que iba: mi amigo Alfredo Castellón acompañado de una dama que yo conocía, se presentó en mi casa de Zaragoza. Ambos me hablaron en tono grave para decirme que el cardenal Tarancón había pasado las listas de las personas que iban a ser detenidas al producirse la muerte de Franco, que era cuestión de días. Eran las que había fabricado la policía política de Carrero Blanco, que mandaba el coronel San Martín. Existía el miedo de que pudieran ser fusilados caso de que hubiera incidentes, los franquistas perturbados se hacían sus propias cábalas. Me aconsejaron que me dejara ver lo menos posible y me fuera de casa.

No era la primera noticia que tenía del asunto. Años atrás, debió ser en la primavera de 1972, cuando Nuria Espert representaba Yerma en el Teatro de la Comedia, me mandó recado de que fuera a verla al camerino al final de la sesión de tarde, entonces había dos diarias. La encontré visiblemente alterada y con semblante de notoria inquietud. Con voz dramática me dijo que Fuertes de Villavicencio, creo recordar, entonces segundo jefe de la Casa Civil del dictador, no sé si directamente o por persona interpuesta, le había soplado una información angustiosa. Le transmitieron en efecto que había unas listas, me dijo Nuria que incluían cinco mil nombres, de quienes debían ser detenidos si Franco moría, entonces ya se hablaba de ello. El caso es que del mundo del teatro sólo aparecía el de Nuria y el mío. Yo no perdí la calma pero Nuria estaba realmente angustiada, no era para menos, y me repetía: “¿Pero por qué sólo tú y yo? ¡Ni siquiera está Sastre!”

Mentiría si dijera que no le di importancia al asunto. Se la di, pero no lo manifesté para que Nuria se tranquilizara. Después supe de donde venía la cosa y la chapuza tremenda de aquellos servicios de información, sobre todo en el campo cultural. Franco murió, decía, y yo estaba en Zaragoza fuera de mi casa, y allí vi todo por televisión sin ningún regocijo por el momento, no se sabía lo que iba a venírsenos encima. También supe que un grupo de personas de diversas corrientes políticas, había demócrata-cristianos incluso, fueron detenidos, luego los metieron en un autobús, los llevaron a dar vueltas por la Casa de Campo y finalmente los liberaron al cabo de pocas horas. Fue el inicio de la operación que me habían anunciado pero que terminó bien.

Un par de semanas más tarde, puede que más, Armando, que estaba en las listas y en el autobús, me lo contó todo. De forma sencilla, como si relatara una pequeña aventura, siempre con su media sonrisa. Pero añadió: “Cuando nos metieron por la Casa de Campo nos preocupó”, y me hizo un gesto significativo. Creo que fue entonces cuando me dijo que fueron horas de incertidumbre. Fue el tiempo que medió hasta el momento en que Gutiérrez Mellado se hizo con el control militar y pudo parar a los ultras y fanáticos que, en efecto, querían empezar la masacre.

6

Durante el primer gobierno de franquismo sin Franco que presidió Arias Navarro, Manuel Fraga fue ministro de la Gobernación. Venía de la embajada de Londres y algunos particulares propalaban que se había liberalizado. Francisco José Mayans que había sido colaborador suyo como Consejero de Información en la capital británica, fue nombrado Director general de Teatro y Espectáculos. Mayans era un hombre culto y de modales exquisitos. Tenía antiguas pasiones literarias, que el fragor de la diplomacia había atemperado.

En la medida que lo conocí, me pareció que estaba cercano al PSOE, pero seguía teniendo lealtad hacia Fraga. Así que a petición suya, convocó una cena con gente de teatro a la que me invitó. No recuerdo el nombre del restaurante pero hicimos nuestro aduar en un reservado recoleto. Estaban allí Buero Vallejo, Lauro Olmo, Fermín Cabal y dos colegas más que no recuerdo, quizás uno fuera Domingo Miras. En definitiva, Fraga pedía tiempo para hacer lo que él pretendía fuera “su reforma”. Dijo que ya había hablado con Tamames, pidiéndole que silenciara la calle. También nos dijo que controlaba a casi toda la policía, creo que se refirió al ochenta por ciento, y que en un año la controlaría toda. A mí me corrió un escalofrío al escuchar esas palabras del ministro de la gobernación.

Hablamos de muchas cosas, casi todas políticas. También de los sucesos de Vitoria y la violenta represión que allí se había dado. La revista Cambio 16 había publicado la foto de una joven con el cuerpo lleno de moraduras por los golpes recibidos. Fraga, que mostró en todo momento una actitud zafia, espetó: “Por cierto, que tiene un culo muy bonito”, refiriéndose a la mujer de la foto que lo exhibía amoratado. Hubo mucho más, pero no me entretengo porque no quiero apartarme de la cuestión.

Un par de días después cenaba con Armando, Tere y sus hijos en su casa. Una cena familiar, sencilla y austera, y le conté lo sucedido con todo detalle. Por aquel entonces entendía que era la persona en quien debía depositar la información. Armando me escuchó atento, siempre con su media sonrisa. No me reveló nada pero quizá ya supiera algo a través de Tamames. Puede también que lo dedujera. Pocos días antes, también en el despachito de su casa, con cierta ingenuidad que Armando practicaba en alguna de sus opiniones, me había contado: “Hemos tenido una reunión en casa de Tamames, que tiene dinero y una casa grande”. Supuse que se trataba de un cónclave de la cúpula partidaria. Conociendo como conocía a algunos de sus componentes, me imagino la admiración que les causaba, más crédula que ingenua, considerar que quien tenía una casa como aquella era de los suyos. En todo caso me agradeció el informe que le había hecho, siguió con su media sonrisa y se limitó a comentar: “Pasaré la información”. Puede que hubiera cosas que le preocupaban más.

7

¡Claro que las hubo! En aquellos días, era 1976, se discutía en las Cortes del franquismo la Ley para la reforma política y estaba en juego, entre otras cosas, la legalización del PCE. Fuimos juntos o coincidimos en una cena de homenaje a Buero Vallejo. Entonces aquello tenía más de acto político que de otra cosa. Hubo discursos, como es natural, entre otros el de Lorenzo López Sancho, crítico teatral del ABC, que se arrancó diciendo que había sido siempre republicano y se ganó un abucheo formidable. Nosotros estábamos lejos de la presidencia y sólo oímos la jarana y nos dijeron más tarde el por qué. Además estábamos enfrascados en una conversación singular.

Casi al término de la cena cruzó una persona que estaba en el ministerio, creo que se trataba de un subdirector que además era letrado de las Cortes. Yo tenía buena relación con él aunque no recuerdo la causa. Me vio y vino a saludarme. Le presenté a Armando y ¡ahí fue la suya! El letrado se sentó al cabo de dos minutos y durante una hora, calculo yo, asistí a una conversación inefable. Armando desplegó un argumentario con esmero impecable, sobre lo que debía asumir la Reforma política para asegurar el arribo de la democracia y el letrado ora se mostraba de acuerdo, ora se explayaba en justificaciones procurando explicar el proceso que se seguía. Yo estuve en silencio observando aquel pulso exquisito al que Armando se entregó con ganas. Al principio dije un par de estupideces, no tuve conciencia del tiempo en que estábamos y de la estrategia que correspondía. Lo entendí de inmediato y guardé silencio. Pero en cualquier caso Armando nada me reprochó y hubiera tenido de qué, e hizo ante mis ojos una demostración de cuán grande era su experiencia y capacidad para la negociación política.

8

En 1976 el PCE alquiló un piso bastante grande en la calle Virgen de los Peligros, desde luego se hicieron algunos chistes al respecto. Allí iban y venían muchos miembros del partido, incluidos algunos del Comité Ejecutivo o el Central. Allí se celebraban reuniones de todo tipo. Coincidí muchas veces con Armando en ese tiempo y apenas volví a su casa.

Un día me convocaron a una reunión de la Comisión de Cultura del Comité Central, que, según me explicaron, era de nueva creación. Yo no pertenecía a dicho órgano directivo, creo que el único entre los convocados que no lo era. Fui allí unos minutos antes de la hora convenida y me encontré a Manolo Sacristán que venía de Barcelona. Me produjo una gran alegría verlo porque hacía tiempo que no nos habíamos encontrado.

Tras el saludo afectuoso me hizo de inmediato una pregunta: “¿Cómo está tu hermano?” “Bien”, le respondí, añadiendo: “ya sabes que lo han expulsado del partido”. Se refería a mi hermano Mariano, que poco antes fue expulsado a consecuencia de unas rocambolescas y oscuras intrigas zaragozanas. En aquellos tiempos debían de ser frecuentes. Supe lo que me contaron. Manolo hizo un gesto inefable e insistió. “Eso ya lo sé; te he preguntado que cómo esta”. Volví a repetirle: “Bien, de salud bien”. De este asunto hablé meses antes con Armando y serví de introductor para que mi hermano se viera con él, pero después no supe nada más.

Hablamos brevemente y casi de inmediato Manolo me espetó: “Estoy muy preocupado con las cosas que pasan en Cataluña. Ahora comienzan a decir Estado español en lugar de España. Yo les digo: escuchad, hay un poema de Friedrich Wolf que comienza: “Por los caminos de España va el camarada Beimler…” ¿Ahora tendremos que decir: “Por los caminos del Estado español va el camarada Beimler”? Me parece una barbaridad”.

A la reunión asistía un granado grupo de dirigentes del Comité Ejecutivo. Estaban, que recuerde, Jaime Ballesteros, Manuel Azcárate, Armando López Salinas, Ramón Tamames, José Sandoval y alguno más, puede que Romero Marín pero no estoy seguro. Manolo creo que pertenecía todavía al Comité Central. Yo era allí un añadido, aunque tenía amistad, más o menos larga, con algunos de ellos.

El debate no dio mucho de sí. Se habló de demasiadas generalidades, lo cual era bastante habitual cuando se abordaban cuestiones relativas a la cultura. Salió el nombre de Buero, no se por qué, y Tamames repitió varias veces: “Buero tiene fuerza, tiene fuerza”, se refería a la imaginería del nombre. Eso sí lo recuerdo con claridad. Pero Manolo, fiel a su discurso, les contó a todos lo que me había dicho respecto al nombre de España y las palabras de Wolf. ¿Reacción?: no hubo ninguna. Sonrisas y algún gesto que podía traducirse por: “Ya está Sacristán con sus cosas”. Nadie lo dijo, pero estoy convencido que algunos lo pensaron.

Por aquel entonces yo no estaba tan sensibilizado por aquel asunto, porque en Madrid nadie hablaba de ese modo. Ni siquiera se lo escuché a los miembros de ETA condenados en el Proceso de Burgos, con quienes coincidí en el balneario franquista de Carabanchel. Era seguramente un fruto del independentismo catalán, que comenzó transformando el nombre de España por Estado español y finalmente lo dejó sólo en “el Estado”, lo cual, como es evidente, no significa nada, ni siquiera para rebelarse contra él reclamando la independencia. Recuerdo a un ciclista que entrevistado por una televisión, en arranque grotesco propio de Valle-Inclán, denominó la “Vuelta a España” como “Vuelta al Estado”, ¡toma ya! Se trataba de eludir el nombre de España. Manolo hubiera sucumbido de hoz y coz a la melancolía, yo también. A Armando nunca le escuche llamar a España de ese modo absurdo.

9

El 9 de abril de 1977 tuvo lugar la legalización del PCE, previa aceptación por el partido de la monarquía y de la bandera de Carlos III como enseña patria. Yo tampoco estaba en Madrid, era Semana santa, como es bien sabido, y me había marchado unos días. También esto lo vi por la televisión. Y luego están las imágenes, las fotos de todo aquello. La de la rueda de prensa, con Carrillo en el centro, a su izquierda Marcelino Camacho y Jaime Ballesteros y detrás, de pie, Armando cerca de Manuel Azcárate y alrededor Tamames, Simón Sánchez Montero, Pilar Bravo, Romero Marín, Sandoval, Ignacio Gallego, López Raimundo y varios más.

Particularmente significativa es para mí otra en que ante una bandera del PCE, posan brindando Ignacio Gallego y Armando con su media sonrisa, flanqueados por Tamames, Triana y otra persona cuyo nombre ignoro pero con la que un día hablé en mi casa con largueza. En otra más y en el mismo ángulo, aparece Juan Antonio Bardem. El PCE tenía entonces doscientos mil militantes y una profunda influencia social entre la clase obrera y en segmentos profesionales muy diversos. Ninguna de estas personas presagiaba, claro está, los diferentes caminos que iban a seguir: unos creyéndose aprendices de brujo, otros abdicando de lo sustantivo de sus convicciones, algunos marchándose para abrir casa nueva, todos fieramente enfrentados, con encono, y no siempre por razones ideológicas o de estrategia. En unos pocos años aquella potente y prometedora organización se vio deteriorada y quebrada de forma irresponsable.

Pero aquel era en verdad el momento del brindis y sé que Armando lo disfrutó sin duda. Había entregado su vida para conseguir aquello, aunque la causa del brindis fuera ante todo, o debiera ser, el inicio de otra etapa. Que yo recuerde nunca hablamos de aquel día.

“Yo creo que Santiago Carrillo dejó de ser comunista, fue abandonando sus posiciones”. Foto: José Camó publicada en Mundo Obrero

Foto: José Camó publicada en Mundo Obrero

10

En Peligros comenzó a reunirse igualmente la Comisión de Cultura del Comité Central, que nada tenía que ver con aquella que describí. Esta, a pesar de su nombre aparatoso, no tenía otras atribuciones que coordinar las agrupaciones de los diferentes segmentos de la acción cultural. La dirigía el bueno de Sandoval, al que familiarmente llamábamos Sando, y Armando venía algunas veces porque para él reunirse era un placer.

A fines del 76 las reuniones se trasladaron a la sede de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM) en la calle Alameda, justo detrás de donde estuvieron las Platerías de Martínez antaño. Cuando los crímenes de Atocha ya estábamos allí, no lejos de aquel despacho laboralista. Entonces dejé de ver a Armando con tanta frecuencia. Buena parte de nuestra actividad se consumía en encuentros que cada vez, en mi opinión, eran más inútiles. En ningún momento se planteó la necesidad de elaborar un proyecto cultural sistémico, que fuera pauta para el debate político y también fundamentara un plan de gobierno. Parece que esa es una de las responsabilidades de un partido político. No constituye un adorno ni un acto de generosidad: es una obligación. El PCE no lo había hecho hasta entonces, puede que por las carencias formativas de su núcleo dirigente en la materia, pero desde hacía algunos años había condiciones para abordarlo. Lo que no existía, entendí, era voluntad ni interés para llevarlo a cabo. Justo es decir que tampoco ninguna de las otras formaciones políticas existentes lo hizo, pero no eran el PCE.

Un día Armando me contó por encima, los trasiegos que hubo en la organización de la Bienal de Venecia dedicada a la España democrática, que se celebró en el verano de 1976. En la comisión política que encabezaba el asunto, sentaban plaza representantes de todas las fuerzas políticas entonces visibles. Algún preboste, creo recordar que liberal, propuso que para la exposición de plástica, que era la que ocupaba el pabellón, ellos examinaran los cuadros que enviaban los pintores y decidieran los que debían exhibirse. Armando estaba escandalizado y me resumió en tono contundente y algo solemne: “Para la cultura, la libertad”. No le dije nada pero pensé: “¡¡Faltaría más!! ¿Pero cómo se favorece la libertad para hacer, producir, difundir y programar cultura sin modificar la estructura de los medios de producción cultural, a fin de que propicien una cultura de interés público, que desarrolle el enriquecimiento personal y la conciencia cívica, que incrementen el disfrute cultural para sectores cada vez más amplios de población, etc.?” Nada de todo esto le planteé a Armando, porque entonces demasiada gente estaba encerrada en conceptos muy antiguos sobre la organización de la cultura, y por antiguo entiendo los que la niegan. Daban a entender que la cultura tenía vida propia y que bastaba con que tuviera libertad, inmersos en el afán de mostrar que no deseaban ninguna forma administrativa de control. Tampoco querían oír que de ese modo se dejaban las manos libres a formas de control más abyectas, como las de los mercaderes. Igualmente preferían ignorar las formas de funcionamiento existentes en países de la Unión Europea.

En aquellas reuniones se llegaron a discutir cosas tan insólitas como si era necesaria e imprescindible la formación para los actores, algo que ya se reclamaba en los albores de la Ilustración española. El problema residía en que allí sentaba plaza un actor sin formación, un director de cine que prefería muñequitos improvisados a actores -no era Bardem, que conste; vuelvan a ver Cómicos o Calle Mayor, por ejemplo, y se sorprenderán de la solvencia del elenco formado por curtidos actores de teatro-. Para rematar la faena, la hija de un veterano dirigente quería que emplearan “a su chica como actriz”, aunque carecía de formación. Aquellas discusiones me parecían inauditas y creo que algo le dije a Armando que escuchaba silencioso y callaba elocuente. Desde luego la alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura que era un componente estratégico del Partido, no se la veía aparecer por ninguna parte salvo en su enunciado o como aplicación táctica coyuntural.

11

En aquel periodo, Armando padecía una especie de fascinación por la figura de Santiago Carrillo. Era fácil percibirlo en todos sus comentarios. En mi opinión, el entonces Secretario general del PCE logró burlar algunos escollos con notoria habilidad y pretendió argumentar una vía propia hacia el socialismo. Lo primero fue sin duda muy positivo, lo segundo representaba un riesgo: el de la claudicación y la paulatina desaparición. Pero en aquellos días era difícil establecer una valoración sosegada. En los medios y nunca creo que esto se haga de forma inocente, comenzó a tildársele una y otra vez de “viejo zorro”; de paradigma, en cierto modo, de todas las habilidades políticas que se pudieran poseer. Nadie en su entorno parecía establecer un análisis crítico, que no necesariamente contrario, de lo que sucedía y me sospecho que el interesado se llegó a creer toda aquella parafernalia.

Una tarde me comentó cuando conversábamos en su casa: “Santiago ha cobrado el cheque por el adelanto de su libro y lo ha entregado al Partido”. Creo que la cifra era de un millón, un dineral entonces, y el libro en cuestión Eurocomunismo y Estado. Sin duda era cierto y me parece un gesto solidario encomiable, pero también en cierto modo, reforzaba la idea de que el partido era suyo en buena medida, que tenía sobre él un cierto un derecho patrimonial. La actitud siempre reverencial de su entorno favorecía esta sensación y los comportamientos que de ella se deducían. Algunos comentábamos muy en privado estos hechos, que en la práctica se convertían en un notable personalismo del señor Carrillo. No quisiera que se confundan mis palabras con una falta de respeto a las atribuciones que le correspondían como secretario general. Entonces, como ahora casi siempre, la lealtad algunos la entienden como el ejercicio de la adulación y la obediencia silenciosa, mientras otros creemos que emana de las convicciones y las actitudes constructivas que aúnen criterios, aunque en ocasiones los análisis puedan señalar cuestiones mejorables.

El caso es que en el mes de mayo se convocó una cena relativamente privada en homenaje a Carrillo por la publicación de su Eurocomunismo y Estado, en un restaurante pintoresco de la calle del Factor que se llamaba Torre Narigües. Aquella tarde la pasé con Pepe Renau con el que tenía una gran amistad. Renau había sido Director general de Bellas Artes desde octubre de 1936 hasta diciembre de 1937, cuando fue ministro de Instrucción Pública Jesús Hernández y subsecretario Wenceslao Roces, a quien llegué a conocer en un encuentro que tuvimos con él en la calle Peligros. Cuando le visité en Berlín años antes, Renau me resumió en cierto modo lo que pensaba sobre la cultura y quienes la hacían: “Lo que me preocupa es la funcionalidad en el arte. La función es la intencionalidad más los métodos, que deben guardar absoluta coherencia. Dime para quién pintas y te diré quién eres, ahí está el problema de la cultura. Un intelectual debe ser consecuente con su obra. No se puede dar ambigüedad y “belleza” como creación y limitarse a firmar de vez en cuando un manifiesto sobre Vietnam o Chile. La ambigüedad en arte puede ser una forma de neutralización, de fuga, de escapismo de la realidad”. Estoy convencido de que Armando compartía estos asertos, pero no creo que hubiera mucha relación entre ambos.

Le dije a Renau a donde iba, el restaurante quedaba cerca de mi casa, y que si quería acompañarme. Me dijo que no. Nos despedimos en el cruce de Mayor con Bailén y yo me fui para Torre Narigües. No éramos muchos los asistentes y Armando estaba entre ellos. Yo llegué unos minutos tarde y todos los puestos estaban ocupados. Como solución me pusieron una silla en el lado libre de la mesa presidencial, de espaldas a la concurrencia y frente a Carrillo.

Fue una ocasión para hablar de esas cosas que sólo pueden tratarse en coyunturas como esta. Le comenté como de pasada la causa de mi retraso. Se quedó algo sorprendido y me interrogó: “¿Tú de qué conoces a Renau?”. Le puse al corriente de las entrevistas que había publicado y todo lo demás. Entonces me espetó: “Yo creo que Renau está muy «cascao»”. Ahora el sorprendido con desagrado fui yo. Le respondí que yo lo encontraba estupendo y pasamos a hablar de otra cosa. Le conté el comentario a Pepe a la mañana siguiente, se puso serio y arguyó contundente, tengo fijas sus palabras: “Haberle dicho que todas las personas honradas acaban por encontrarse, de eso nos conocemos”, y no dijo más. Es evidente que Renau no era de su partida, aunque nunca me desveló ninguna particularidad sobre él.

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Las cosas se complicaron más tarde y tuve mi segunda divergencia con Armando. En noviembre de 1977 Carrillo fue a Washington a dar unas conferencias, pero en especial para mantener un encuentro con el Departamento de Estado de los USA. El viaje lo preparó Manuel Azcárate y colaboró en ello Vicenç Navarro, que fue el traductor en aquella entrevista: así lo cuenta en su artículo “Paul Preston y Santiago Carrillo” (Público, 11 de julio de 2013). Era la primera vez que los Estados Unidos autorizaban la entrada de un dirigente comunista como tal y como es lógico suponer, su entrevista con el Departamento de Estado, en cuyas fauces se había diseñado la transición española, el bipartidismo y todo lo demás, incluido el que los combatientes antifranquistas no tuvieran puestos de responsabilidad si no abjuraban de sus “errores”, el motivo real.

En su intervención en la universidad de Yale, Carrillo afirmó que creía que su partido en el próximo congreso iba a abandonar el leninismo porque, añadió, “ya no podía considerarse el marxismo de nuestra época”. Aquella tarde teníamos reunión en la FIM de Alameda, para sorpresa mía varios de los componentes de la Comisión de Cultura dieron por hecho que la afirmación de Carrillo era algo ya decidido, ni siquiera se planteaban que debía producirse un debate. Al concluir la reunión mientras tomábamos una caña en un bar cercano, Sando balbuceaba respuestas insuficientes a nuestras preguntas, que producían perplejidad y asombro. Tuve la impresión de que pretendía hacer un llamamiento a la fe mesiánica y no a un fructífero uso de la razón.

En cualquier caso se produjeron cambios sustantivos en la trama organizativa. Lo más notorio: se pasó a una estructura territorial, que era el mecanismo pensado para desleír los impulsos críticos individuales, así como el pronunciamiento contrario que pudiera producirse por parte de determinadas agrupaciones. Lo que más me sorprendía era que los militantes veteranos y curtidos en años de combates diversos, algunos desde la guerra española contra el fascismo y después en la clandestinidad, asentían ante todo esto sin hacer una sola mención discrepante y cerrando filas con Carrillo. Vuelvo a repetir lo dicho: ¿Era lealtad o seguidismo ciego?

Todo lo que se hizo en ese periodo tendía a que la tesis de abandono del leninismo en el enunciado del partido, se sancionara como si fuera cosa de nada. Podría contar algunas cosas al respecto pero no es el caso. Me limitaré a relatar mi divergencia con Armando. Un día estábamos en la calle y no recuerdo la razón. Era en Alcalá a la altura de Cibeles. Le manifesté mi inquietud y disconformidad por el proceso que se seguía, pero más que por el método tan discutible, me preocupaba el plano conceptual. Armando esta vez no sonreía, estaba serio pero en absoluto enfadado. Llevó las cosas a un plano bastante personal: “No pasa nada por cambiar si hace falta. Tú tienes que comprenderlo. Si lo haces vas a tener un vuelo mucho más grande, puedes hacer grandes cosas”. Nunca me había hablado así y me sorprendió. ¿De verdad lo pensaba? Me hacía la pregunta porque estaba convencido de que Armando no había desleído sus convicciones en un magma indefinible.

El proceso y la preparación del Congreso estaba sometido a presiones y fintas cuando menos extrañas. Cerca ya de su celebración, un viernes, al concluir una de nuestras reuniones le pregunté a Sando: “Oye, ¿y la tesis de cultura quién la hace”? Sin vacilar y sin darle mayor importancia me respondió: “La va a hacer Santiago. Ha dicho que el fin de semana tiene tiempo y el lunes la traerá hecha”. Es evidente que se quería evitar cualquier sorpresa.

El 19 de abril de 1978 se inició el IX Congreso del PCE, primero que se llevaba a cabo en España tras la dictadura. En su discurso de apertura Carrillo se hizo eco del clima de debate que se había creado, con su despectiva mención a “los picos de oro”, que era una alusión genérica a los que habían discutido sus planteamientos. En un tono tabernario en estas lides, concluyó: “En esos yo me cisco”. Yo asistía como invitado al evento y escuchaba el discurso en una sala próxima a la del pleno: percibí el silencio glacial que se hizo al oír aquello, pero tuve también la impresión de que algunos no lo entendían. En el receso, hicimos corro cuatro o cinco compañeros entre los que estaba Manolo Vázquez Montalbán, siempre tan discreto. Esta vez sin embargo dejó caer: “No es lógico que para desechar el estalinismo se abandone el leninismo”.

Avanzada la tarde se escenificó el debate en torno a la tesis del abandono del leninismo. A los invitados nos habían situado ahora en las últimas filas del salón de sesiones. La faena se la encomendaron a Simón Sánchez Montero, un dirigente forjado en el interior y que gozaba de respeto generalizado por su tenacidad y haber sido víctima de largos periodos de cárcel. Ciertamente lo que hizo no le produjo ningún timbre de gloria. Su discurso aludió a que era necesario “quitarse la camisa sucia y ponerse una camisa limpia”. Se abandonaba el leninismo como si fuera una “camisa sucia” y Lenin un agitador de poca monta del que había que olvidarse.  Me pareció excesivo y abandoné el salón sin decir nada, con toda la discreción posible. Tras el proceso seguido, el marasmo ideológico y las tesis aprobadas entendí que ya no me encontraba bien en ese partido. Eso sí, no intentaba producir el menor conflicto ni iba a irme corriendo a otra formación, cosa que no he hecho nunca. Mis convicciones estaban donde siempre.

Pasaron unas semanas. Yo era catedrático en la Escuela Superior de Arte Dramático, entonces ubicada en los altos del Teatro Real. Una tarde en que teníamos la representación de un taller de fin de carrera, debía ser junio, Armando se presentó de improviso. La verdad es que me produjo una agradable sorpresa y cierta emoción incluso. Había venido a verme, claro está, y dedujo con buen criterio que allí podía encontrarme. “No te veo”, me dijo de entrada. Hablamos. Lo hicimos como viejos amigos que se cuentan sus cuitas. Le transmití mis sensaciones sin entrar en detalles. Armando tampoco quería argumentar en exceso. Al terminar me dijo: “Pero seguimos siendo amigos”. Le respondí: “Eso siempre”. En ningún momento tuvimos ninguna confrontación aunque mantuviésemos diferentes opiniones.

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El hegemonismo absoluto practicado por Carrillo, hizo crisis muy pronto. El fracaso electoral de 1982 fue el detonante. Carrillo había dejado al PCE sin nervio, quizá porque su proyecto fuera, puede que desde sus conversaciones en Washington, diluir al partido antes o después en el PSOE. Y Carrillo dimitió. En diciembre de 1983 se celebró el XI Congreso que eligió Secretario general a Gerardo Iglesias. Yo estaba alejado de la vida partidaria aunque no de mis convicciones como ya he dicho, pero las vinculaba a mi trabajo teatral o a mis escritos. A Armado no lo veía, ni nada supe de las reyertas que habían estallado entre los defensores del leninismo, los carrillistas y los renovadores.

En enero de 1984, Ignacio Gallego que había abandonado el PCE, lideró una nueva formación denominada Partido Comunista y más tarde Partido Comunista de los Pueblos de España. Al mismo se incorporó Armando, con Jaime Ballesteros, García Salve, Juana Doña y varios miles de militantes del PCE. En 1985 Carrillo, con la conformidad incluso de Dolores Ibárruri, fue finalmente expulsado del PCE, quien a hierro mata…, que diría el evangelista.

Mucho más importante fue sin duda la “Carta abierta a la dirección del PCE” que escribió Armando el 2 de julio de este año. Es un documento que no tuve ocasión de leer en su día aunque lo hice más tarde. Constituye una reflexión impecable sobre lo sucedido y sobre los lugares comunes que eran moneda corriente en aquel tiempo. Para mi sorpresa leí que, en su opinión, “el origen de la crisis comunista (era) de orden ideológico, de pérdida de identidad”. Pero más aún me dejaron atónito sus comentarios sobre el pasado reciente: “Ya en la preparación del IX Congreso manifesté ser contrario a la supresión del concepto marxista-leninista como definitorio del carácter de nuestro partido. Y sabéis, también, que en diversas ocasiones y desde la tribuna del Comité Central he expresado mi rechazo al eurocomunismo”. ¿Por qué no me dijo nada en aquella conversación que tuvimos en plena calle en la que le manifesté mi punto de vista? No es ningún misterio, simplemente las circunstancias eran distintas.

Es una lástima que no conociera este escrito cuando le encontré a poco. Debió de ser hacia 1985 o el 86, nuevamente en la fiesta nacional de la Unión Soviética. Esta vez volvieron a invitarme porque yo había intervenido junto a Buero y alguien más, en un acto con actores soviéticos de visita en Madrid organizado por la Asociación de Amistad España-URSS. El acto se desarrolló en un hotel grande y funcional, no recuerdo el nombre. Pasé todo el tiempo hablando con él, hacía tiempo que no teníamos ocasión. Siempre, como es lógico, de cosas de nuestro país. Pero con entusiasmo juvenil, me contó la mucha actividad que desarrollaba con sus intervenciones por la radio. Me hizo el relato de que tenían varias emisoras llevadas por jóvenes sobre todo en Murcia, y que desde allí hacían información y opinión política. Pero lo que me llamó la atención es que estaba como liberado de un peso, libre de trabas, con un dinamismo ostensible para dar cauce a sus convicciones. Por aquel entonces era miembro del Comité Central del PCPE y dirigía el periódico partidario, Nuevo Rumbo.

Salimos juntos. Yo me despedí escueto del embajador, Armando habló con él unos momentos: concertaban alguna cita. Quedamos en vernos, como siempre.

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En febrero de 1988 en el XII congreso del PCE, resultó elegido Secretario General Julio Anguita. Las cosas comenzaron a cambiar y pareció que el partido enderezaba su rumbo. En enero de 1989, Ignacio Gallego junto a ocho mil militantes del PCPE, Armando entre ellos, retornaron al PCE. No recuerdo cuándo, me vi con él y mantuvimos una conversación, quizá más articulada que otras veces, sobre la problemática cultural. Me propuso que fuéramos a ver a Anguita y que le transmitiera lo que le había dicho.

Pocos días después fuimos a Santísima Trinidad, en donde estaba la sede del PCE. Anguita nos esperaba sin prisas. Hablamos de la cuestión cultural y le manifesté mis inquietudes, que Armando corroboraba. El Secretario General concluyó: “Creo que debemos organizar una conferencia sobre cultura”. A todos nos pareció buena idea. Me habló de su interés personal por el teatro y que tenía varias obras escritas; “son tragedias”, me aclaró. “Me encantaría leerlas” insistí, pero eludió el compromiso con suma discreción. Con esas nos despedimos. Desgraciadamente la conferencia nunca se llevó a cabo.

Hace pocos meses coincidí con Julio en un restaurante zaragozano, Casa Emilio, que regenta mi casi hermano Emilio Lacambra, somos amigos desde niños. Fue una conversación larga y cordial, muy intensa para ambos. Cuando lo saludé le dije a Julio: “Nos vimos con Armando en la sede del Partido cuando eras Secretario General, quedaste en convocar una conferencia de cultura”. No se acordaba, es lógico. Sonrió y me dijo: “Algo pasaría para que no se hiciera”.

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Pasaron los años y no volví a verlo. Quizá no fuera así pero no recuerdo nada relevante. Tampoco nos llamábamos. Puede que mi trabajo me absorbiera en exceso, es habitual que me absorba en exceso. Siempre que encontraba amigos comunes preguntaba por él, quería saber cómo estaba. Supe por ejemplo que iba los jueves a Sol junto a un buen grupo de veteranos, para dar vueltas a la plaza tras una pancarta y una bandera tricolor, pidiendo justicia para las víctimas del franquismo. Pasé alguna tarde por si lo encontraba pero no hubo suerte.

En la primavera de 2012, Matías Escalera me hizo llegar un manifiesto en el que se convocaba un Congreso de Escritores, Intelectuales y Artistas por el Compromiso. Firmé mi adhesión de inmediato. Posteriormente me pidieron que hiciera una intervención al comienzo. Lo que me llenó de contento fue que se anunciaba igualmente la presencia de Armando.

El Congreso se celebró los días 13 y 14 en el Ateneo de Madrid. Llegué con tiempo y Armando ya estaba allá. Nos dimos un abrazo y verlo me llenó de alegría. Su media sonrisa no le había abandonado. Me preguntó como siempre por mi familia. Lo encontré mayor, era lógico, pero con el entusiasmo y espíritu de siempre, aunque hacía tiempo, me comentó, que había abandonado sus Rumbos de ordenanza. Le propuse ir a comer los próximos días para hablar largo y tendido. Con leves excusas prefirió eludirlo. Con tristeza me contó que Tere tenía alzheimer, que él se ocupaba de hacer las cosas de casa, que debía estar con ella y añadió; “y coño, porque la quiero”. Incluso me comentó de pasada que había estado en el entierro de Carrillo, que tres semanas antes había fallecido, pero casi lo dijo como si se excusara.

El acto comenzó casi puntual con una intervención de Felipe Alcaraz. Después hablamos Fany Rubio y yo mismo. Cerró la apertura, Armando. Traía como de costumbre un texto escrito a máquina con interpolaciones a mano. Su discurso fue un alegato sobre el presente: “el diluvio universal de mierda que sufre España es una muestra de que la lucha de clases nunca desapareció para el capitalismo. Ellos sabían que estaban en lucha, muchos de nosotros no”. Cifró buena parte del futuro en el advenimiento de una república social y regeneradora. Pude reconocer a ese Armando combativo, enérgico y entusiasta de siempre.

Vino a buscarlo su hijo Carlos, entendí que no solía moverse solo. Le dije de nuevo que nos viésemos, que arreglábamos todo para poder encontrarnos. No lo hizo. Pasó el tiempo. Un día Rodrigo Vázquez de Prada me dijo que estaba enfermo y que le habían hecho una intervención delicada. Me propuso que me llamaría para que fuéramos a verlo. No fue posible. Luego vino la noticia escueta y contundente de su fallecimiento.

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Siendo como era tan notoria su militancia durante el franquismo, parecía que llevaba siempre al Partido a sus espaldas, nunca supe ni por asomo lo que eran sus responsabilidades más recónditas que ahora se conocen. Quise aprender ese principio de que la mano izquierda no supiera lo que la derecha hacía. Debo añadir que Armando fue a lo largo de toda su vida un hombre fiel a sus convicciones que nunca abandonó, ni en las circunstancias más difíciles, ni cuando se produjo el chaqueteo o las deslealtades diversas. Siempre estaba en su sitio, seguro de que llevaba en su mochila de ideas la razón política.

Pero Armando era también un escritor de hondas raíces, que abandonó o postergó la escritura para centrar todo su esfuerzo en la acción política. Quizá la política fue a la postre su vocación más profunda, le que absorbió todos los afanes. A  ella se entregó con un tesón denodado y un optimismo a prueba de fracasos. A lo que le añadiré esas gotitas de conspirador decimonónico que siempre tuvo, lo que daba un tono muy particular y algo literario a lo que hacía.

En una ocasión, en los años de dictadura, le pregunté si estaba escribiendo algo. Hacia tiempo ya que no publicaba y entendía que era importante preservar su condición de escritor. Me dijo que andaba a vueltas con una novela que transcurría durante la guerra carlista, la segunda, creo. Y me aclaró: “No está mal escribir sobre eso, ¿no?”. “Por supuesto”, le dije; y le aclaré animoso que me parecía muy interesante.

Tiempo después, un día que estaba en su casa salió por alguna razón del despacho y me quedé a solas con Tere, su mujer, que nos había traído un café. Yo tenía bastante confianza con ella y le comenté que era una pena que no escribiera. Tere sin dudarlo y con rostro melancólico me contó: “Me da pena. Tiene una novela empezada, como sesenta folios, y me da mucha pena cuando la veo y que las páginas ya se están poniendo amarillas”.

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Llevaron el cuerpo de Armando al tanatorio de la M30. Yo iba con Amparo Climent, con quien había mantenido una reunión para la puesta en pie de un proyecto. Cuando llegamos al velatorio laico había ya mucha gente congregada: veteranos de los años de resistencia antifranquista junto a muchos jóvenes, entre ellos David Becerra, quien hizo la reciente edición de su primera novela, La mina. La semilla de su paso por esta tierra seguía dando fruto. Di un abrazo y un beso a su hija Victoria, saludé a uno de sus nietos y le conté alguna vieja anécdota de un pasado lejanísimo.

Al cabo de un buen rato salí a la calle a fumar y a seguir conversando de recuerdos y ausencias. Nos llamaron de repente: “Venid, venid, vamos a cantar La Internacional”. Entramos todos. La sala estaba llena y el féretro al fondo a la derecha, tras el cristal de costumbre. Y cantamos La Internacional. Pocas veces lo he hecho con tanta convicción. Veía los rostros de los congregados, todos con un cierto arrobo en el semblante, entregados a esa acción común. Recordé sin pretenderlo la película de Renoir que lleva este título, que pude ver hace años en el Studio Git-le-coeur, en el corazón del Barrio latino de París. Otra vez este viejo himno del combate por la emancipación se convertía en medio de unión de voluntades, de proclama de convicciones, aunque sólo fuera por un rato. Pero aquella tarde, cantamos La Internacional en honor de Armando y como expresión de un ánimo que hunde sus raíces en la historia pero que es, a la par, voluntad de futuro.

Decía Valle-Inclán que nadie muere definitivamente mientras se le recuerda. Por eso y porque me da la real gana, yo nunca olvidaré a ese gran hombre de España que fue Armando López Salinas.

*Texto integrado en el libro Armando López Salinas. Escritor y comunista, que se presentará en la Fiesta del PCE el día 21 de septiembre, a las 10:30 en la Sala L1. Participarán en el acto la hija del escritor y dirigente comunista fallecido meses atrás María Victoria Balduque, José Esteban, Carmen Rivas, Fernando García y David Becerra, escritor e investigador, autor de la reedicción de la novela de Armando López Salinas La mina.

 

 

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