Elecciones en Andalucía: La izquierda ante el kaos y la confusión

No es necesario enumerar los hechos para llegar a la conclusión de la situación caótica que vive el país. O, si se prefiere kaótica, con la K de rebeldía para resaltar el rechazo popular creciente y las expectativas, que ilusionan a una parte importante de la sociedad, sobre las posibilidades de acabar electoralmente con el bipartidismo que nos ha conducido al desastre actual.

La podredumbre de nuestra sociedad no va a tener fácil remedio. Después de tantos desafueros, corrupción, prácticas repugnantes y desprecio por los ciudadanos todavía, como adelantan las encuestas, el PSOE, defraudador de esperanzas y maquinaria de los ERE, ganará en Andalucía y recibirá un apoyo de los votantes considerable. O el PP se mantendrá como el partido más votado en el país en las próximas elecciones generales cuando, con toda exactitud, se le puede describir como una organización para delinquir.

Rajoy, al final, no ha encontrado mejor apuesta para la alcaldía de Madrid que el siniestro personaje de Esperanza Aguirre, el mejor símbolo de la miseria ética y democrática de la España reaccionaria. Existe, sin duda, desde el 15M, una recuperación de la conciencia social; pero ante la gravedad de cuanto acontece la reacción ciudadana es de tan bajo nivel, tan pasiva, que con toda justificación se puede afirmar que tenemos el gobierno que merecemos.

El clima político es de intensa confusión, como destacan los politólogos. Entre las incógnitas electorales, la crisis que recorre a casi todos los partidos y la recomposición profunda del mapa político que tendrá lugar, nadie sabe cuál será el panorama que surja tras los sucesivos procesos electorales que tendrán lugar hasta fin de año, y, sobre todo, cómo se pondrá remedio a los gravísimos problemas económicos y sociales que atenazan la vida del país. Adentrarse en hipótesis sobre resultados, cábalas sobre políticas de alianzas, intenciones de los partidos significa entrar en un laberinto donde solo cabe perderse en estos instantes. Pero no es menos cierto que a medida que se efectúen elecciones irán desapareciendo algunas incógnitas y aclarándose las voluntades de las organizaciones políticas. Por ello, las elecciones andaluzas del 22 marzo cobran un interés particular. Los resultados ya no serán encuestas susceptibles de manipulación, sino datos masivos y directos de lo que expresan los ciudadanos.

En esta impenetrable situación tampoco es posible dilucidar el papel que desempeñará la izquierda y todas sus organizaciones. Realmente es dramático que cuando el sistema está en crisis abierta, podrido hasta las raíces, descarnadamente expuestos sus tenebrosos fondos, la izquierda no esté preparada para la gran confrontación y ruptura que exigen las circunstancias actuales.

Todo apunta a que IU se llevará la peor parte del nuevo reparto electoral y recomposición de la izquierda. Se puede decir con justicia que merecidamente. Era la fuerza política hegemónica de la izquierda y a ella correspondía haber previsto, impulsado y adaptado a los cambios políticos que se requerían, pero nunca se tomó en serio aquello de la “refundación”, ni la renovación interna de sus dirigentes, ni combatió prácticas inadmisibles, ni puso remedio a su desorientación ideológica. La participación en el Gobierno andaluz condensa y representa la mejor expresión de tantos síntomas malsanos.

Amarga lección la que auguran las encuestas; hay que desear sirva de acicate para emprender la renovación pendiente y no ocasione una fractura que se lleve por delante a una organización, necesaria pero muy mal dirigida y administrada.

Aunque si nos referimos a responsabilidades, es toda la izquierda la que está siendo reclamada por las circunstancias para articular una respuesta unitaria para hacer efectivo el desmantelamiento del régimen de la transición, que con todo merecimiento ya requiere ser enterrado. Y para buscar de modo coherente y cohesionado una respuesta a los problemas que agobian a los ciudadanos y mantienen a millones de personas al margen de las condiciones dignas de existencia. Los problemas políticos del país se combinan angustiosamente con los sufrimientos económicos y sociales de una parte importante de la población. La tragedia del pueblo griego y las dificultades de Syriza no nos son tan ajenas como se piensa. Al reto que ello representa, toda arrogancia, insensibilidad, prepotencia, búsqueda de intereses personales, será una irresponsabilidad cuyos efectos se descargarán sobre nuestro desgraciado país, nunca repuesto de sus penosas vicisitudes históricas.

El tiempo se agota y las ilusiones requieren de hechos positivos que las alimenten. La derecha es poderosa, cruel y agresiva. Solo entiende de fuerza. La que debe forjar la izquierda con unidad y firmeza ideológica.

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