Hacer Teatro en El Salvador

Jen Valiente

Actriz y directora salvadoreña

El pasado 5 de junio, mi colectivo, El TIET, cumplió diez años de labor escénica. Una década de aprendizajes y decepciones, intercambio con colegas generosos dentro y fuera de nuestro país y el enfrentamiento con la carencia crónica en la que desarrollamos nuestro oficio. Un somero repaso de los desafíos enfrentados para no perecer en el intento de hacer teatro de manera digna en nuestro país y el trato con que nos encontramos por parte de las instituciones culturales, que es el interlocutor más significativo, teatralmente hablando, es lo que ha motivado esta reflexión.

Fuente: El TIET

Fuente: El TIET

El arte y el artista en El Salvador se caracterizan por ser resilientes y eso, en el caso del Teatro, lejos de ser una virtud, constituye la necesidad cotidiana por sobrevivir en condiciones de gran precariedad y abandono, ante la condescendencia o franca desatención de un estado, que por décadas ha considerado a la profesión teatral como un extraño pasatiempo de extrañas personas, a las que hay que tolerar y de vez en cuando, invitar a presentarse en algún acto oficial, para cubrir la cuota de cultura en esas actividades.

El teatro salvadoreño, luego de un repunte espectacular en la década de los sesentas y setentas del siglo pasado, no logra levantar cabeza de la represión y posterior abandono al que se vio condenado a partir de los ochentas.

Esto no es una apreciación subjetiva. Durante cuatro períodos de gobiernos de derecha y en lo que va de dos períodos de la izquierda, el presupuesto para arte y cultura es mezquino y dedicado sobre todo a mantener el aparato burocrático cultural, que sigue sin definir cuál es su aporte real hacia la población salvadoreña que produce y consume bienes y servicios artísticos.

Durante la mayor parte de este tiempo y con un par de excepciones, el aparato estatal de cultura ha sido un productor de eventos artísticos para el activismo cultural del gobierno en turno.

En 2013 el TIET presenta diferentes actividades escénicas para niños. Fuente: El TIET

En 2013 el TIET presenta diferentes actividades escénicas para niños. Fuente: El TIET

Las dificultades son múltiples, iniciando por la inexistente oferta de estudios académicos estatales. Esta carencia ha comenzado a ser solventada por el Técnico en Teatro ofrecido por una universidad privada, que por su costo, no es accesible a muchos jóvenes interesados. La falta de formación impulsa a muchos jóvenes talentos teatrales a emigrar sin regreso, al ver las condiciones de trabajo que pueden lograr en otras latitudes.

Por historia y necesidad, el teatro salvadoreño es un teatro de grupos. Los colectivos teatrales carecen de fondos de producción concursables o cualquier otro incentivo brindado por el estado para animar la nueva producción teatral o la producción de autores nacionales. Ni hablar de políticas de promoción teatral, creación de públicos para el teatro, o de incentivos fiscales a la empresa privada, para animar el apoyo de este sector a la producción teatral.

Las salas teatrales del estado, con equipamiento y personal más o menos adecuado para un óptimo funcionamiento, son dos en todo el país, ninguna de ellas con criterios de programación o un claro e imparcial proceso de cómo se gestiona el uso del espacio.

En el caso del Teatro Nacional de San Salvador, se ha incrementado su uso para eventos sociales y culturales de instituciones públicas, ong´s y empresa privada, no hay una estructura de temporadas ni un apoyo efectivo para trabajar junto a los colectivos teatrales del sector independiente, en la promoción y desarrollo de un sector, que por otra parte, no tiene las dimensiones que podríamos encontrar en otras capitales latinoamericanas, donde es creíble que no se pueda atender a todos. En el caso salvadoreño, sus demandas son posibles de atender, siempre y cuando exista voluntad política y conocimiento para hacerlo.

La lista de carencias podría seguir. Lo importante es que esta situación constante de carencia y la necesidad de resiliencia, ha generado en el sector, prácticas que llevan a su estancamiento: el descuido de la calidad del espectáculo, ante la emergencia de oportunidades para pre venta y ante la falta de recursos de producción, la poca formación y actualización de los teatristas salvadoreños, el canibalismo del sector, el soborno a profesores y directores de centros escolares, para llevar público a las funciones de teatro para estudiantes, ante el nulo control de calidad de las producciones, por parte del Ministerio de Educación o de la Secretaría de Cultura, el servilismo hacia los miembros del partido en el poder, o ante los directores de los escasos espacios de representación, lo que hace imposible la sana crítica a la actuación del gobierno o los gestores culturales en materia del teatro, ya que cualquier opinión en contra, es tomada como un ataque personal o como una expresión reaccionaria, lo que lleva a la marginación de quienes expresan su descontento, ante lo que viene sucediendo en los últimos años.

La llegada de la izquierda al poder, ha significado como generalidad para el sector teatral salvadoreño, la desaparición de los festivales de teatro, mantenidos por más de una década, la inexistencia de fondos para el apoyo   a producciones y proyectos teatrales del sector independiente, la práctica extendida del amiguismo en el acceso a espacios y a los escasísimos proyectos que el estado genera, el inexplicable retraso de la aprobación de la Ley de Cultura y la inexistencia de instancias de formación académica estatales. Lo dramático, es que ha sido precisamente el sector Teatro, quienes han apoyado de manera decidida a la izquierda, que hoy contabiliza el primer año de su segundo período de gobierno. Claro que hay excepciones, pero tan pocas que su impacto en la situación general es inexistente.

Actualmente el gobierno salvadoreño ha realizado una amplia inversión, en el intercambio con grupos extranjeros de teatro comunitario e infantil, para la realización de talleres en algunas comunidades, donde el sector independiente de teatro ha tenido nulo acceso, excepto por las prácticas de amiguismo mencionadas. Aunque el esfuerzo es encomiable, no deja la excesivamente transitada vía del activismo cultural, sin realizar cambios reales, que ayuden a la mejora y desarrollo del sector teatral salvadoreño, su profesionalización y la generación de un mercado para la producción teatral, que haga posible que los teatristas salvadoreños dejen el agotador oficio de sobrevivir y comiencen a vivir dignamente, según la opción de vida que han elegido y desde donde realizan su aporte a la construcción social.

Todavía esperamos, que en materia de cultura, el gobierno pueda rectificar su rumbo, para lograr un cambio estructural, en las desesperadas condiciones actuales del sector Teatro.

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