Daniel Lacalle: “La conflictividad laboral ya no es procíclica. Aumentó un 27% en los años de crisis”

Rodrigo Vázquez de Prada
Periodista. Co Director de Crónica Popular

Ingeniero aeronáutico y sociólogo, fundador de la revista Argumentos en los años setenta del pasado siglo, ex director de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM) de 2009 a 2012, responsable desde entonces de la Sección de Economía y Sociedad de esta institución creada por el PCE en 1977, de la que, además, es miembro del Consejo Directivo desde su fundación, y miembro, asimismo, del Consejo Editorial del semanario digital Crónica Popular, a José Daniel Lacalle Sousa se debe una labor de primera línea en la investigación empírica de las relaciones laborales, el mercado de trabajo, las clases sociales y los cambios que se han venido operando en ellas y, de modo muy especial, la participación de los profesionales y técnicos en la lucha de clases y la composición y transformaciones que se han registrado en los últimos años en la clase obrera en España.

España está a la cabeza de la UE en conflictividad laboral: en el año 2008, el número de jornadas perdidas por cada 1.000 trabajadores en España fue de 74,5, cinco veces la cifra de Alemania y Países Bajos y casi tres veces la del Reino Unido.

España está a la cabeza de la UE en conflictividad laboral: en el año 2008, el número de jornadas perdidas por cada 1.000 trabajadores en España fue de 74,5, cinco veces la cifra de Alemania y Países Bajos y casi tres veces la del Reino Unido.

Fruto de ese trabajo investigador en profundidad, serio y sólido, son sus libros El conflicto laboral en profesionales y técnicos (1975), que sacó a la luz en plena Transición una emblemática editorial ya desaparecida, Ayuso, fundada por un firme luchador antifranquista, Jesús Ayuso, Técnicos, científicos y clases sociales (Editorial Labor, 1976), Profesionales en el Estado español (Ediciones de la Torre, 1976), Los trabajadores intelectuales y la estructura de clases (Centro de Investigaciones Sociológicas, 1982), Clases sociales y capitalismo (Endymión, 1990), La estructura de clases en el capitalismo (FIM, 1996) así como La clase obrera en España: Continuidades, transformaciones, cambios (2006) y Trabajadores precarios, trabajadores sin derechos (2009), editados ambos por otra editorial emblemática, El Viejo Topo, creada ya en 1976 junto a la revista del mismo nombre por Miguel Riera.

Asimismo, es coautor y coeditor de los cuatro volúmenes Sobre la democracia económica (I a IV) (El Viejo Topo, 2001, 2003 y 2005). Y a él se deben también los Indicadores Socieconómicos de la FIM, en los que analiza la situación real de los trabajadores en nuestro país a partir de la información que proporciona la Encuesta de Población Activa (EPA) en torno a los elementos principales que conforman el mercado de trabajo en España y las modificaciones que se observan periódicamente en él.

La ruptura del carácter procíclico de la conflictividad laboral se refleja perfectamente en la evolución del número de conflictos registrados durante el siglo XXI. En el periodo precrisis (2000-2007) se produjeron, como media, 715 conflictos al año; en el periodo de crisis (2008-2013), aumentó a 907, con una subida de casi el 27%.

En todos estos trabajos, José Daniel Lacalle se atiene a los datos, a la realidad pura y dura en la que se encuentran los trabajadores en el capitalismo de nuestros días, e interpreta con rigor las estadísticas que desde las esferas de los Gobiernos se manipulan descarada y triunfalistamente o desde los dominios de la izquierda en ocasiones se pretenden ignorar para hacer teorizaciones tan superficiales como rayanas en el más puro infantilismo.

Un ejemplo paradigmático del enfoque rigorista con que desarrolla sus investigaciones lo constituye, asimismo, la última de sus obras, Conflictividad y crisis**, editada también por El Viejo Topo y la FIM, en la que analiza las características y evolución de esa expresión fiel de la lucha de clases que supone el conflicto laboral y social en un país de desarrollo intermedio como es España y en un período particularmente decisivo, el de la crisis más grave del capitalismo desde 1929. Una investigación que abarca los años comprendidos entre 2008 y 2014, en la que se metió de lleno con el objeto de cubrir un hueco a partir de su constatación, hace ya cuatro años, de la “falta absoluta de referencias y análisis de un elemento clave de las relaciones industriales, la conflictividad laboral”, y para la que se ha basado en los datos sobre huelgas y cierres patronales facilitados por el Ministerio de Empleo así como por los informes mensuales elaborados por Javier Chamorro para Mundo Obrero y la FIM.

Este nuevo libro de José Daniel Lacalle aporta una imagen bien distinta de la que, lamentablemente, parece ser una percepción generalizada incluso en los ámbitos de la misma izquierda. Y desmonta con los datos en la mano la creencia ampliamente difundida de que la conflictividad laboral había descendido en la era de la globalización y en el marco de la actual crisis económica y tira por tierra también algunas otras, vinculadas a aquélla, a las que incluso califica de mitos.

En la parte introductoria de tu libro, y citando, entre otros, al gran teórico marxista británico Ralph Milliband, resaltas el valor inapreciable para un correcto conocimiento de la sociedad capitalista actual tanto del análisis de clase como del materialismo histórico, a los que calificas como “herramientas imprescindibles”. Merece la pena que comencemos esta conversación situando las razones que te llevan a formular esta consideración inicial de la que partes.

El capítulo I, La conflictividad en el capitalismo, tiene una doble razón. En el apartado Sobre clases y lucha de clases se define el marco conceptual en el que tiene lugar el conflicto, que es el del marxismo; desde luego, esto define mi propia posición. A partir de ahí, se recogen de forma sintética mis propias reflexiones y estudios sobre el conflicto y el conflicto laboral, desarrolladas a mediados de los años setenta del siglo pasado. Pero, desde entonces ha llovido mucho, y si bien las características esenciales del capitalismo, de dominio y explotación, no han variado, sí se han producido cambios muy importantes en el propio modo de producción y en la composición interna de las dos clases principales.

12_06_lacalle¿Cuáles son los principales cambios que se han registrado tanto en el modo de producción capitalista como en la composición interna de las clases sociales?

La globalización de la economía ha estado acompañada de una creciente fragmentación de la clase obrera, con la irrupción de colectivos de trabajadores situados fuera de la clase obrera tradicional, principalmente mujeres, inmigrantes y jóvenes, a la vez que se ha producido una financiarización y terciarización de la economía que acompaña a la revolución de las TIC (tecnologías de la información y la comunicación) y su utilización en la producción de bienes y servicios.

Dentro de esta fragmentación conviene destacar la precarización de las condiciones y relaciones laborales, que llevan a un mercado laboral dual y que condicionan en gran manera la conflictividad laboral.

En esta línea, ¿Qué aportaciones teóricas de los últimos años valoras como más relevantes?

Yo aquí quisiera señalar tres aportaciones fundamentales: la de James O’Connor de 1973 (La crisis fiscal del estado, publicado en España en 1981), la de David Gordon, Richard Edwards y Michael Reich, de 1982, (Trabajo segmentado, trabajadores divididos. La transformación histórica del trabajo en los Estados Unidos”, publicado en España en 1986), y finalmente la compilación coordinada por Jean Lojkine del año 2000 (Les nouveaux rapports de clases, dossier en Actuel Marx nº 26, de la que no hay traducción al castellano).

Tu estudio se centra de lleno en la conflictividad laboral como núcleo básico de la lucha de clases, como conflicto típico del capitalismo. ¿Cuáles son los rasgos fundamentales que caracterizan hoy en día la conflictividad laboral?

Los rasgos fundamentales de la conflictividad laboral no creo que hayan variado. En esencia, es el enfrentamiento entre propietarios de medios de producción y vendedores de fuerza de trabajo por el acceso a la plusvalía; por parte de los trabajadores por el mantenimiento y mejora de sus condiciones de vida y de trabajo; por parte de los empresarios por la obtención de un siempre mayor beneficio.

Lo que sí ha variado a lo largo del tiempo es el sector económico, el tipo de propiedad (pública o privada) en el que mayoritariamente se tiene lugar el conflicto, donde se produce (dentro o fuera del lugar de trabajo), y qué herramientas de presión se utilizan (huelgas y cierres empresariales, otras como manifestaciones, concentraciones y movilizaciones de todo tipo).

En este marco, si bien la miseria y sus secuelas, considerados tradicionalmente como “el motor del conflicto”, no han perdido totalmente su importancia, como consecuencia de la gravedad de la actual crisis del capitalismo, han ido surgiendo otras variables que se hallan en la base de la conflictividad laboral registrada en los últimos años. Con arreglo a los datos empíricos que has analizado, ¿Cuáles serían las variables principales que explican la actual conflictividad?

Dado que el periodo analizado es el de la crisis económica, en el que, por medio de las reformas laborales y de la negociación colectiva, se ha llegado a una muy elevada degradación de las condiciones de vida y trabajo del conjunto de los trabajadores, la conflictividad en este periodo se ha desarrollado, en gran parte, dentro de una vuelta a formas y tipos del pasado; en algunos casos, a los años de la proto-industrialización y de la formación del movimiento obrero.

Tu enfoque de la conflictividad hace especial hincapié en las nuevas relaciones de clase, en los cambios que se han venido operando en la composición de las clases sociales y, fundamentalmente, en la clase trabajadora, cuestión ésta que habías estudiado en tus obras anteriores, entre ellas, en Clases sociales y capitalismo, La clase obrera en España y Trabajadores precarios, trabajadores sin derechos. ¿De qué forma están incidiendo estos cambios en la estructura interna de las clases sociales en la conflictividad laboral de estos últimos años?

Con la irrupción de nuevos sujetos laborales de forma masiva se diversifican y amplían las causas de conflictividad para introducir los intereses específicos de esos sujetos, que, en su mayor parte, están en peores condiciones que la así llamada clase obrera tradicional. Además, la existencia de un mercado laboral dual implica el que los intereses en conflicto también se dualicen. El salario y jornada vuelven a ser los motores fundamentales para el conflicto en los trabajadores precarios; la mejora en las condiciones de trabajo y evitar los efectos perversos de las nuevas tecnologías, sin perder salarios y jornada, en aquellos que todavía conservan un trabajo en cierta medida decente.

El conflicto sociolaboral no se ha inventado ahora; es una herramienta del movimiento obrero desde casi sus orígenes.

El conflicto sociolaboral no se ha inventado ahora; es una herramienta del movimiento obrero desde casi sus orígenes.

Desde los primeros estudios de Hansen y Pigou, realizados en los años veinte del pasado siglo, y hasta fechas muy recientes, existía un consenso generalizado entre los investigadores sociales según el cual la conflictividad laboral tenía una vinculación directa con las oscilaciones del ciclo económico: aumentaba en tiempos de auge del ciclo y disminuía en momentos de depresión. Sin embargo, la primera conclusión a la que llegas es que la globalización ha roto el carácter procíclico que poseía la conflictividad laboral. ¿De qué modo se refleja esta ruptura en España en los últimos años?

La ruptura del carácter procíclico de la conflictividad laboral viene perfectamente reflejada en la evolución del número de conflictos registrados en el INEM durante el siglo XXI. En el periodo precrisis (2000-2007) se produjeron, como media, 715 conflictos al año; en el periodo de crisis (2008-2013) esa media aumentó a 907, con una subida de casi el 27%.

Evidentemente, para quienes sustentaban las teorías del carácter procíclico de la conflictividad, la situación que describes supone una auténtica paradoja. Pero los datos están ahí y echan por tierra su validez. En este marco ¿Cuál ha sido la magnitud del proceso de conflictividad, en sus distintas manifestaciones, en plena crisis?

Si consideramos la conflictividad a partir de la registrada en el INEM, un registro absolutamente fiable, a lo largo de la crisis las huelgas y paros se producen a una media de 2’5 diarias, a lo largo de los 365 días del año. Durante la crisis esa conflictividad estuvo subiendo de 2008 a 2010, tuvo un bajón en 2011 y subió de nuevo hasta 2013. En todo el periodo subió un 23%.

Al mismo tiempo, destacas otro dato particularmente interesante, el hecho de que, durante la actual crisis económica España sigue siendo uno de los países de nuestro entorno, es decir de la Unión Europea, con mayor conflictividad laboral. ¿En qué términos se sitúa esta comparación con otros países?

Por dar un ejemplo, de acuerdo con los datos de la Consejería de Trabajo e Inmigración de la RFA, en el año 2008, el número de jornadas perdidas por cada 1.000 trabajadores en España fue de 74,5, cinco veces la cifra de Alemania y Países Bajos y casi tres veces la del Reino Unido.

Partiendo de estos datos totales, ¿Cuál es la dimensión espacial o, más concretamente, distribución territorial entre las distintas Comunidades Autónomas de la conflictividad laboral registrada en el período que estudias en el libro?

La conflictividad laboral en los registros del INEM está liderada, por decirlo de alguna forma, por el País Vasco, en donde se dan entre el 20 y el 25% de los conflictos y las cuatro comunidades con mayor conflictividad son País Vasco, Cataluña, Andalucía y Madrid, en las que se registra entre el 50 y el 60% de la conflictividad total. Estas cuatro más Galicia, Navarra y Comunidad Valenciana, suman entre el 75 y el 82%.

Si se considera la conflictividad por cada 100 mil asalariados, el País Vasco y Navarra se sitúan entre el 45 y 50%; Asturias, Cantabria y La Rioja entre el 15 y 25%; y Aragón, Galicia y Valencia entre el 10 y 15%. El resto están por debajo de los 10 conflictos por cada 100 mil asalariados.

¿De qué forma incide la tasa de paro en los índices de conflictividad laboral? ¿Podría decirse que existe una correlación entre uno y otro fenómeno, en el sentido de que una tasa mayor de paro provoca un efecto amortiguador o reductor de la conflictividad?

Parece existir una correlación inversa entre tasa de paro y conflictividad: a mayor tasa de paro menor conflictividad y viceversa. De todos modos, existen excepciones nada despreciables, como los caso de Andalucía, con alta tasa de paro y alta conflictividad y Baleares y La Rioja, con baja conflictividad y tasa de paro inferior a la media.

La conflictividad en los últimos años se ha desarrollado, en gran parte, dentro de una vuelta a formas y tipos del pasado; en algunos casos, a los años de la proto-industrialización y de la formación del movimiento obrero.

¿Qué consecuencias tiene en la conflictividad la mayor o menor sindicación de los trabajadores?

Hay que considerar que los datos sobre afiliación sindical son muy difíciles de obtener, especialmente a nivel desagregado; la falta de transparencia de los sindicatos, y la falta de datos del Ministerio de Empleo y del Consejo Económico y Social justifican esta afirmación. De todos modos, el peso de las federaciones catalana, andaluza, madrileña, vasca y asturiana en los dos grandes sindicatos es un índice de una posible correlación positiva entre sindicación y conflictividad a nivel territorial.

¿Qué reflejo tiene todo ello en cuanto al número de trabajadores que participaron en los conflictos y en el número de horas perdidas?

Hay que tener en cuenta que la evolución del número de conflictos es muy similar a la del número de trabajadores involucrados y del de jornadas perdidas; es decir, que lo dicho con anterioridad vale también para estas variables.

Está claro que la crisis ha acentuado el nivel de desindustrialización de España y, al mismo tiempo, el proceso de terciarización de la ocupación. Concretamente, subrayas que en el período que estudias la industria en sentido amplio redujo su peso de forma ininterrumpida, prácticamente en 7 puntos porcentuales, mientras que el sector servicios lo aumentó, también sin solución de continuidad, en casi un 10,5%. ¿Cómo han repercutido ambos procesos en la conflictividad?

Han influido de una manera esencial: se ha pasado de un conflicto dominante industrial y protagonizado por el movimiento obrero tradicional a un conflicto dominante terciario protagonizado por los nuevos sectores de trabajadores asalariados, generalmente con una fuerte presencia ciudadana. El primero no desaparece, y sigue siendo dominante en la industria y otros sectores de ese movimiento obrero tradicional, pero tiene ya un carácter secundario.

Al mismo tiempo, en tu estudio destacas el descenso acusado de la conflictividad en la agricultura y el sector de la construcción, como consecuencia del estallido de la burbuja inmobiliaria. ¿En qué medida se ha producido ese descenso de la conflictividad en ambos sectores?

Empezando por la agricultura, éste es un sector cuyo peso en la actividad económica y ocupación ha ido descendiendo de forma muy fuerte, si bien con la entrada de la crisis su peso se ha estabilizado, la ocupación se ha mantenido, ligeramente al alza, entre el 4 y algo más del 4’6%, mientras que la conflictividad ha evolucionado con altibajos entre algo más del 4 hasta casi el 19% (en 2009). La conflictividad está concentrada básicamente en Andalucía y el tipo de huelgas y movilizaciones son de carácter general, sobre todo de discusión de convenios de sector provinciales o autonómicos. En este sector ha sido decisiva la labor del SOC.

En cuanto a la construcción, la caída de la ocupación durante la crisis ha sido espectacular- está en 2013 a menos de la mitad de 2008-, mientras que la conflictividad tuvo un pico en 2009, con el 31% de los conflictos, cayó por debajo del 5% en 2011 y luego ha crecido gradualmente hasta el 8%. Hay que considerar que el drama del paro se cebó inicialmente en la construcción y eso influyó en las caídas de la conflictividad en el sector. De todos modos, hay que considerar que en 2013 el peso del sector en la ocupación (6’1%) está por debajo del peso del sector en la conflictividad (8’1%).

Al abordar el análisis sectorial, pones de relieve el fuerte peso que está teniendo la conflictividad en las administraciones públicas, integrando en ellas a los sectores de la Sanidad y la Enseñanza, y, dentro de éstas, a las empresas privadas a las que las políticas neoliberales aplicadas en los últimos años han beneficiado con la adjudicación clientelar de la gestión. ¿Cuál ha sido la magnitud de los procesos conflictivos en ambos sectores y cuáles son sus elementos fundamentales?

La conflictividad en las administraciones públicas se mueve entre el 56 y el 66% del total de la conflictividad en el sector servicios, salvo en 2010 que descendió al 42’4%. Teniendo en cuenta que la ocupación está entre el 12’4 y el 15’4% de la total en el sector servicios, el peso de la conflictividad en las administraciones es unas 4’5 veces el peso de la ocupación en las mismas

En los desgloses realizados en la investigación no se ha descendido al nivel de identificar los subsectores de enseñanza por un lado y de sanidad por otro. Lo que sí se ha visto es que en ambos los conflictos han sido defensivos (defensa del carácter público, universal y gratuito de ambos, lucha contra los intentos de privatización, lucha contra los recortes, defensa del empleo). Por otro lado, estos conflictos se han producido combinando las acciones dentro y fuera de los centros de trabajo y actuando en ellos una colaboración de movimientos sindicales y ciudadanos.

Muy vinculados con éstos y la defensa de su carácter público se halla el surgimiento y desarrollo de las llamadas “mareas”, una cuestión ésta de especial trascendencia en la conflictividad de los últimos años en nuestro país y que remite a otra de no menor importancia: la conflictividad dentro o fuera del centro de trabajo. ¿Cómo valoras este tipo de expresión del conflicto?

Las “mareas” representan, desde mi punto de vista, lo que podría ser considerado como el prototipo del conflicto laboral del siglo XXI. Su forma de actuación es, ya se ha dicho, una combinación de acciones dentro (huelgas y paros) y fuera (concentraciones, marchas y manifestaciones) del centro de trabajo; también combinan a organizaciones laborales y ciudadanas con objetivos comunes y complementarios, desarrollan una movilización permanente y utilizan un conjunto de expertos que desarrollan las propuestas alternativas y combinan las movilizaciones con procesos judiciales.

Y, en este sentido, ¿Cómo se ha desarrollado comparativamente la conflictividad en la esfera pública y privada, tanto en líneas generales como en cada uno de los sectores?

Los conflictos estrictamente laborales a partir del registro del INEM se han producido en un 20/11’5% en el sector público, mientras que en la conflictividad ampliada del registro de MO-FIM el porcentaje es mucho mayor entre el 48’5/36’5%. Esto es debido a que en el último caso un porcentaje muy elevado de los conflictos públicos se han llevado a cabo fuera de los centros de trabajo, más exactamente entre el 56’5/77%. De hecho, el sector privado es más proclive a la conflictividad dentro del centro de trabajo, aunque la que se da fuera sea, también en él, mayoritaria.

12_05_lacalleAl abordar las razones que explican el estallido de los conflictos señalas con acierto que es posible distinguir unas que, desde el punto de vista de los trabajadores, pueden ser consideradas ofensivas y otras que tendrían el carácter de defensivas. ¿Cómo defines las razones ofensivas y las defensivas y de qué tipo sería la mayor parte de las que generaron los conflictos registrados en estos últimos años?

De una forma muy simple se puede decir que, desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores, se consideran conflictos de carácter defensivo aquellos que están dirigidos a mantener las condiciones de vida y trabajo existentes, y se consideran de carácter ofensivo aquellos que pretender mejorar esas condiciones. Por ejemplo, conseguir un salario indexado con el IPC es una reivindicación defensiva, conseguirlo indexado por encima del IPC es una reivindicación ofensiva, un ERE conlleva siempre una posición defensiva, lo mismo que la lucha en contra de los recortes. La mayor parte de los conflictos registrados durante la crisis, como no podía ser de otro modo, han sido defensivos.

Está claro que la aparición de los conflictos no necesariamente se deben a una sola razón y que, por el contrario, pueden confluir en ella varias razones o causas, de las que enumeras como básicas, y en orden alfabético, las ocho siguientes: cierres, condiciones de trabajo, convenios colectivos, despidos, EREs, recortes y salarios. De todas ellas, ¿Cuáles han sido las de más peso en la conflictividad laboral?

Las razones de mayor peso en la conflictividad han ido evolucionando con el avance de la crisis. Centrándonos en las tres de mayor peso (recogidas de mayor a menor), en 2008 fueron convenios, condiciones de trabajo y cierres; en 2009, empleo, condiciones de trabajo y convenios; en 2010, condiciones de trabajo, convenios y cierres; en 2011, recortes, convenios y condiciones de trabajo; en 2012, recortes, salarios y despidos; en 2013, recortes, convenios y despidos; en 2014; condiciones de trabajo, recortes y despidos. Los convenios y las condiciones de trabajo son las causas que más aparecen y los recortes es la causa más importante en los años finales de la investigación.

A partir de esos datos, pones de relieve que las razones o causas de la conflictividad han ido cambiando a medida que fue desarrollándose la crisis económica. ¿En qué medida se produjo ese desplazamiento de unas razones a otras?

“Las “mareas” representan, desde mi punto de vista, lo que podría ser considerado como el prototipo del conflicto laboral del siglo XXI”.

Tal como señalo en la respuesta anterior se ha dado la evolución de las causas más importantes: convenios y condiciones de trabajo dominan los tres primeros años de crisis y los recortes los otros cuatro años, a la vez que aparecen los despidos. Es decir, en el inicio de la crisis las razones predominantes están ligadas a situaciones dentro del trabajo, mientras que en la parte final están más ligadas a cuestiones que son más dependientes de una acción institucional, como los recortes y, en cierta medida, los despidos.

En esta dirección, ¿Cómo fueron evolucionando a lo largo del período estudiado por tí los recortes como causa fundamental de la conflictividad?

De acuerdo con los datos recogidos, los recortes como razón de la conflictividad prácticamente no aparecen hasta 2011, con la modificación, con nocturnidad y alevosía, de la Constitución, la reforma laboral del PSOE (entonces partido de gobierno) y la aplicación de medidas de ajuste (eufemismo de recortes) de ese mismo año y se refuerzan con la reforma laboral y de la negociación colectivo del PP (ya en el gobierno) en 2012 y todos los recortes en todos los campos de este partido en el gobierno.

Muy ligado a lo que acabas de decir, al final de tu trabajo, y entre otras conclusiones, analizas de modo pertinente la verosimilitud o falta de la misma de cuatro afirmaciones que desde distintas posiciones se han venido difundiendo a medida que ha ido avanzando la crisis económica. La primera de ellas, la aceptación pasiva por parte de los trabajadores y ciudadanos en general de las medidas de recortes y reformas en contra de sus derechos, algo que las estadísticas que manejas demuestran que es absolutamente falso.

Existe un doble apoyo a esta afirmación: las cifras de conflictos laborales, 2’5 diarios a lo largo de la crisis, y el consenso entre los analistas expertos de que España, con Italia, son los países de nuestro entorno con mayor conflictividad.

La segunda de ellas incide en un dato novedoso en el surgimiento y desarrollo de la conflictividad, el desplazamiento de la localización de ésta desde el centro de trabajo a fuera del mismo, situación que se refleja de modo sustancial en la aparición de las mareas, concentraciones y marchas, fundamentalmente las protagonizadas por las llamadas Marchas de la Dignidad. ¿En qué medida se ha producido este desplazamiento?

Este desplazamiento ya empezaba a evidenciarse en los años del periodo precrisis y queda completamente confirmado durante la crisis. De los datos del registro MO-FIM se deduce que entre el 65-70% de la conflictividad recogida se llevó a cabo fuera del centro de trabajo.

12_04_lacalleEn tercer lugar, la supuesta sustitución de los sindicatos de clase o mayoritarios por plataformas unitarias en la convocatoria y dirección de los conflictos, lo que tendría como causa fundamental un tipo determinado de actuación de las cúpulas sindicales. ¿Hasta qué punto se ha podido producir este hecho?

Para mí, y eso lo he repetido en multitud de ocasiones y en multitud de medios y foros, la gestión de la crisis por parte de las cúpulas de los dos grandes sindicatos ha sido nefasta, sus posturas no es que hayan sido defensivas, sino que han ido a remolque, siempre por detrás de las propuestas de gobiernos y organizaciones patronales. La culminación de ese desastre ha sido la total incapacidad de plantear el día después de las tres huelgas generales que se han llevado a cabo en este país desde 2011.

Y en cuarto y último lugar, una hipotética sustitución también del conflicto laboral por parte del conflicto social en su acepción más amplia…¿Es posible mantener esta afirmación cuando, tal como demuestra tu trabajo, durante los peores años de la crisis económica la conflictividad laboral no solo no descendió sino que aumentó de forma muy acusada?

El que el conflicto estrictamente laboral siga siendo muy importante no quita el que el conflicto llamémosle sociolaboral no sea el que marca las tendencias fundamentales del conflicto laboral de cara al futuro, de hecho, y no es nada nuevo. Muchos de los conflictos estrictamente laborales más importantes y mediáticos (Panrico, Coca Cola, sector naval y otros) han tenido características que en gran parte les asemejan a las “mareas”, localización territorial, objetivos definidos y compartidos no solamente por los trabajadores involucrados sino por ciudadanos directa o indirectamente afectados, mantenimiento de las reivindicaciones a lo largo del tiempo, combinación de acciones dentro del centro (huelgas y paros) con acciones fuera (manifestaciones, concentraciones, acampadas, una acción jurídica en paralelo, participación ciudadana, etc.).

Evidentemente, todo esto no se ha inventado ahora. Es, por ejemplo, el modelo de SINTEL, y para cualquiera que haya visto la película documental La sal de la tierra es una herramienta del movimiento obrero desde casi sus orígenes.

*Nuestra Bandera.

** Conflictividad y crisis será presentado primero en la Fiesta del PCE, el día 18, y luego en el Ateneo de Madrid, el día 4 de noviembre.

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