Armando Cossutta, un comunista italiano

Alexander Höbel ||

Partito Comunista d´Italia ||

Con Armando Cossutta desaparece una de las figuras más emblemáticas de la historia del Partido Comunista Italiano (PCI). Comunista “antes incluso de ser antifascista” gracias a la lectura del Manifiesto de Marx y Engels, a los 16 años, entró en el Frente de la Juventud auspiciado por el PCI a finales de 1943 y pocas semanas más tarde sufrió la primera detención. Como otros antifascistas detenidos tuvo que pasar por el trauma del falso fusilamiento. Cuando, en marzo de 1944, encerrado en la cárcel de San Vittore, no escuchó las habituales sonajas de los tranvías comprendió que se había proclamado una huelga general extraordinaria en toda la Europa ocupada por los nazifascistas, y se unió a la emoción general absolutamente consciente de estar viviendo un “momento histórico”. Una vez en libertad reanudó su actividad de partisano entrando en la 128ª Sap, que actuaba en Sesto San Giovanni y Brianza (1). Tras la Liberación conoció a Luigi Longo, convirtiéndose en uno de sus más estrechos colaboradores y, como tantos ex partisanos, recibió inmediatamente un cargo político, en su caso el de secretario de la sección del PCI de Sesto, la “Stalingrado italiana” (2). Fue allí donde Cossuta, procedente de una familia de obreros, se “curtió la piel” en contacto con las principales realidades italianas.

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En 1949 entró en la Secretaría Provincial del Partido y se trasladó a Milán, creando junto con Elio Quercioli el periódico La Voce comunista. Fueron años “heroicos” y muy difíciles: los años de la guerra fría, de los gobiernos centristas, de la discriminación anticomunista y de la represión de tantos movimientos populares. Pero fueron también años de gran fervor intelectual y político, años en los que en La Voce Comunista colaboraban personas como Luciano Bianciardi, Raffaellino De Grada, Edio Vallini o Libero Traversa, quien recientemente ha vuelto a ocuparse de aquel tiempo en un volumen que reconstruye su relación con Cossutta (3).

Fueron finalmente años de choques políticos, incluso dentro del PCI; y en Milán el choque fue particularmente animado, contraponiendo el ala “obrerista” de Giuseppe Alberganti, Arnaldo Bera y Alessandro Vaia a una serie de cuadros más jóvenes (Silvio Leonardi, Aldo Bonaccini, Rossana Rossanda y el propio Traversa). En este contexto, y por impulso de Longo, Cossutta fue nombrado secretario del Comité ciudadano milanés del PCI, apoyado por algunos cuadros “históricos” como Francesco Scotti, Guido Venegoni, Piero Montagnani y Giovanni Brambilla. Estamos a finales de 1956; dos años antes, como consecuencia “caso Seniga”, Secchia fue depuesto del cargo de vicesecretario mientras Amendola le reemplaza al frente de la Organización (4). El choque se refleja en muchas realidades locales, Milán in primis. En 1958 Alberganti es sustituido por Cossutta al frente de la federación, lo que se interpreta como un punto de referencia para los renovadores; dos añós más tarde, el X Congreso provincial le confirma como secretario (5).

En aquel mismo 1960, Cossutta, al frente de una de las federaciones más importantes de Italia, entra en la Dirección Nacional del Partido. El entendimiento y la cercanía con Longo pudieron consolidarse y, de hecho, no es casualidad que en 1966, al día siguiente del XI Congreso (con Longo como secretario general desde hacía año y medio), el dirigente milanés entró en la Oficina de la secretaría, con el encargo de coordinarla (6). Cossutta era ya un dirigente nacional; se trasladó a Roma con su familia, aunque nunca perdió los contactos con Milán.

Desde 1966 era también presidente de Italturist, que organizaba viajes a la Unión Soviética y otros países socialistas (7). Quizá esa fue la causa de que naciera la imagen del dirigente “filosoviético”. En realidad, su relación con la experiencia y la realidad soviéticas no fue nunca acrítica. En 1968, con motivo de la intervención del Pacto de Varsovia en Checoeslovaquia, Cossutta fue uno de los que promovieron el comunicado de condena que Longo, desde la URSS donde se encontraba de vacaciones, aprobó “incondicionalmente”, añadiendo al “grave disenso” la “reprobación” del PCI por lo ocurrido (8). Y, sin embargo, Cossutta, como Longo, piensa que una cosa es el disenso incluso grave y otra la ruptura, la salida de un “campo” como aquel, socialista y antiimperialista. En las siguientes semanas, mientras continúa encendida la polémica sobre Checoeslovaquia y la “soberanía limitada”, Cossutta se entrevista en Moscú con Suslov, por encargo de grupo dirigente y en particular de Longo, con el objetivo de reanudar el contacto y organizar una primera confrontación directa; poco después se entrevista también con Ponomarëv (9).

Cossutta forma parte también de la delegación del PCI, encabezada por Berlinguer, que se reúne con dirigentes soviéticos en noviembre: entrevistas tras las cuales permanecen inalterables las distancias, y que terminan con un comunicado de conclusiones muy vago al final del cual, y a pesar de reafirmar las diversas posturas, se decide conjuntamente no llegar a la ruptura (10). Es un momento en que el PCI pone en práctica la idea togliatiana de “unidad en la diversidad”, y en el que Cossutta se siente sin duda más cercano a Longo que a Berlinguer en las cautelas que hay que usar en las relaciones con el PCUS, y con la experiencia soviética en general.

Por otra parte, también aquí vemos que hay un elemento de togliattismo, lo mismo que en la gran atención a los problemas del Estado que Cossutta empieza a manifestar, partiendo del encargo de responsable de “Vigilancia” del PCI, que asume en el mismo período (11). Mientras tanto, el XIII Congreso, que en 1972 elije a Berlinguer como Secretario General, hace limpieza en la Secretaría y confirma a Cossutta como coordinador: ahora es uno de los máximos dirigentes del Partido. En 1975 Berlinguer decide excluirle del organismo ejecutivo. En sus memorias, a pesar de recordar la conocida frase de Berlinguer (“El compañero Cossutta ha acumulado mucho poder del que, para ser sinceros, nunca ha abusado”), subrayará las “razones políticas” de su exclusión, aludiendo a una cierta tibieza de Longo –el dirigente del que continuaba sintiéndose más cercano- sobre la línea del “compromiso histórico” y la formación de una Secretaría bastante homogénea, dominada por el área “reformista” (12).

Por otra parte, Cossutta es nombrado responsable de los Entes locales lo que –en una fase en que comenzaba la experiencia de las “juntas rojas” tras el gran avance del PCI en las elecciones administrativas- constituía un encargo de primera línea. Empieza, sin embargo, una especie de ”reconstrucción” de las federaciones donde “el Armando” tenía las relaciones más sólidas (13). Mientras tanto, la relación del PCI con la URSS se hace cada vez más crítica y más débil. A comienzos de 1982, al día siguiente de la declaración de Berlinguer sobre “el agotamiento del empuje”, Cossutta manifiesta abiertamente su disenso de lo que considera un “desgarro” respecto a la historia y la identidad del PCI. Años más tarde, recordando su desacuerdo con Berlinguer, escribía: “Por lo que respecta al “desgarro” con la URRS, o sea (…) la valoración acerca de la capacidad de autorreforma del sistema soviético, él tenía razón (…). En cambio, (yo) tenía razón cuando hablaba de un “desgarro” del PCI respecto a a sus raíces ideales y políticas de partido comunista” (14).

Se había abierto el enfrentamiento político y Cossutta tuvo que pasar por aquel “proceso de marginación” que años atrás había tocado a los Secchia y los Alberganti. Y no es una casualidad si son precisamente los dirigentes relacionados con aquélla – Bera, Vaia, Sacchi, Donini – quienes se abren paso para unirse al antiguo adversario en contra de la “mutación genética” del PCI. Y así, desde Interstampa se llega a la Asociación Cutural Marxista que significativamente reivindica la necesidad “de reanudar un trabajo colectivo de análisis marxista de la sociedad (15). Sin embargo, ahora Berlinguer –que mientras tanto había trasladado el foco de la acción del Partido al terreno de las luchas sociales y de la intransigente oposición al craxismo- ha caído en Padua; se abre, por tanto, una nueva fase en la cual comienza a atisbarse, detrás de Natta, el “nuevo curso” de Achille Occhetto y “los de cuarenta años”.

Cossutta es de los primeros que lo intuye, y resulta interesante el episodio narrado por Traversa acerca del veto de la Dirección a una conferencia que tenía que pronunciar en un ciclo de encuentro organizado por la sección milanesa “25 de Abril” (16). “El “liberalismo” del nuevo curso evidentemente también afecta a otros campos. Por lo tanto, Cossutta presenta enmiendas a las Tesis ya en el 17 Congreso, en 1986, mientras publica el volumen Dissenso e unità; es mérito suyo haber percibido claramente la evolución que está en marcha en el último PCI, y haber intentado contrarrestarla. Aunque la suya sea la única postura contraria a la nueva línea, el grupo dirigente –siempre en nombre del finalmente conquistado liberalismo- lo excluye de la Dirección.

Tres años después, cuando se llega a la Bolognina, Cossutta ya ha construido una red de cuadros y contactos a nivel nacional, que será la columna vertebral del Movimiento –y después el Partido- de la Rifondazione Comunista. En septiembre de 1990, en vísperas de lo que iba a ser el último congreso de PCI y después de que se abriera una enorme grieta en el Partido sobre la Guerra del Golfo, las oposiciones internas se reunieron en Arco di Trento donde Ingrao anunció su opción de “verlas venir” en el nuevo Partido de la izquierda que Occhetto y los suyos se disponen a edificar; una pesada elección que –comentará Cossutta- contribuirá a “mantener fuera de la política a casi la mitad de los viejos electores del PCI” (17), desilusionado por el giro pero francos en la adhesión al nuevo movimiento. Sin embargo, mientras tanto se llega a la moción unificada de Rifondazione comunista, con la que se presentan los opositores, en enero de 1991, al 20º y último Congreso del PCI.

El 3 de febrero el Congreso aprueba la propuesta de Occhetto, a partir del cambio de nombre y de símbolo –en sustancia la disolución- del Partido. Evidentemente, el problema no es nominativo o simbólico; es el del nombre y al mismo tiempo de la “cosa”. Una semana después, en Brancaccio, la primera asamblea del Movimiento por la Refundación Comunista es un éxito clamoroso. En pocas semanas se alcanzan las cien mil adhesiones; mientras tanto, Cossutta, a pesar de ser el principal protagonista de la operación, da un paso atrás cediendo el leadership a Sergio Garavini, quien será el primer Secretario del PRC, con Cossutta como Presidente.

Comienza, pues, una nueva historia, no menos llena de dificultades. Desde el principio existe una fuerte “línea anticossuttiana” (18), en realidad más fuerte entre los dirigentes que en la base, mayoritariamente muy vinculada al presidente. En efecto, desde el Primer Congreso se presenta complicado y conflictivo el asunto de Rifondazione Comunista, mientras que el recién nacido partido crece y se refuerza en la base, alcanzando los 150.000 inscritos y consiguiendo el 5,6% en la Cámara de Diputados y el 6,5% en el Senado en las elecciones políticas de 1992, y después superando al PDS en Milán y Turín en las elecciones administrativas del año siguiente.

Habrá que reflexionar sobre el contraste entre el fuerte impulso de abajo, que da savia al nuevo partido, y las infinitas diatribas en el vértice; aunque, para ser sinceros, también en los organismos dirigentes de base. Ciertamente tiene mucho que ver la “fallida amalgama” entre los componentes con historias y culturas políticas muy diversas; el hecho de que, en realidad, algunos de esos componentes nunca se “disolvieran” y continuaran trabajando de forma organizada; pero, sobre todo, la falta de una reflexión teórico-política colectiva, de la que debió encargarse en el propio Partido quizá organizando una estructura de investigación adecuada. En cambio se optó por poner sordina a las diferencias y no intentar afrontar los nudos de fondo de la historia, la identidad y la perspectiva de los comunistas. Éste fue sin duda uno de los mayores errores de aquel grupo dirigente.

Mientras tanto Cossutta, siempre en el intento de evitar una excesiva identificación del Partido con sus propia figura, tras la ruptura con Garavini abrió el camino a Fausto Bertinotti, nuevo secretario: una opción que muchos de sus partidarios no compartían y que abrió una primera herida en lo que no era una corriente organizada sino un área político-cultural, con un perímetro bastante preciso. En pocos años creció el peso de Bertinotti de forma exponencial, tanto en el plano de la visibilidad externa como en el grupo de los dirigentes y en el aparato, mientras Rifondazione se situaba en una línea cada vez más movimentista: es un cambio de cultura política que procede a base de desgarrones, bajo el vestido de la “innovación” (19). En muchos “comunistas del PCI” fue creciendo el malestar, de hecho “no se encontraron nunca a gusto en el PRC” y algunos empezaron a abandonarlo (20).

Con estas bases se produce la ruptura de 1998 en el gobierno Prodi, del que ha entrado a formar parte el PRC después de que en las elecciones de 1996, las del “pacto de retirada” con el Olivo, consiguiera un pico electoral del 8,6%. Se trata – Cossutta lo subrayará en sus memorias– del “primer gobierno apoyado por los comunistas desde 1947” y Rifondazione se ha convertido en “el fiel de la balanza de la política nacional”. Pero esto no le basta a Bertinotti quien, insistiendo en el antagonismo y la contraposición entre las “dos izquierdas”, pretende no solo romper con Prodi sino con toda una cultura política, justamente la del togliattismo, que quiere jugar “un papel político frente a las condiciones generales del país”, y a incidir en él (21).

Es una postura que Cossutta no puede compartir y que le empuja hacia la escisión de 1998, que nuevamente divide su área de referencia, de la que tan solo una parte le sigue al Partido de los Comunistas Italianos. Por otra parte, también en el nuevo partido se suceden los enfrentamientos y las divisiones: sobre la presencia en el gobierno a pesar de la guerra contra la Federación Yugoslava (con Cossutta que intenta una mediación internacional, siendo el único político europeo que, en plena guerra, viaja a Belgrado para entrevistarse con Milosevic), sobre las relaciones con la izquierda y con el centro-izquierda, sobre la gestión del Partido. 2007 es el año en que Cossutta abandona el PDCI. Los últimos años los pasará en la presidencia del ANPI (Associazione Nazionale Partigiani d’Italia).

Como se ha reconocido, “tras la disolución del POCI, sin Cossutta habría sido difícil mantener una presencia comunista en Italia” (22). De alguna manera, su itinerario y el de tantos militantes y cuadros que lo reconocieron como líder dice mucho acerca de las dificultades de mantener vivo y relanzar aquel gran patrimonio –y en particular las enseñanzas de Togliatti- en la Italia de la “segunda República”: la de los sistemas electorales mayoritarios que obligan a elegir entre alianzas espurias por una parte y aislamiento y ninguna influencia por otra; la de los “partidos líquidos” y personalistas, de la política-espectáculo y del dominio de la imagen y los mass-media en la construcción del consenso; pero, yendo más al fondo, también aquella en la que los trabajadores asalariados están divididos, dispersos, fragmentados y, obviamente, precarizados.

Estas condiciones, construir un partido comunista a la altura de los tiempos, en el que las raíces de un pasado glorioso den nuevos frutos, es una necesidad imprescindible pero también una empresa de enorme complejidad. Armando Cossutta intentó hacerlo, aportando como dote a los comunistas no arrepentidos toda su experiencia y su capacidad política y organizativa, con las limitaciones y los errores propios de todo dirigente político y de cualquier ser humano; y, con él, lo intentaron miles de cuadros y militantes.

Habrá que contemplar la figura de Cossutta, cuya desaparición hoy lloramos, sin dejarse engañar por las etiquetas pero con el interés, el respeto, la participación –y diría que también con la gratitud- que merece su historia, la de un comunista italiano nunca arrepentido.

 

NOTAS

(1) A. Cossutta, Una storia comunista, con G. Montesano, Milano, Rizzoli, 2004, pp. 34-39.

(2) Ivi, pp. 43-48.

(3) L. Traversa, Armando Cossutta, l’ultimo togliattiano, prólogo de A. Höbel, Milano, Editrice Aurora, 2015, pp. 29-30.

(4) Cfr. G. Gozzini, R. Martinelli, Storia del Partito comunista italiano. Dall’attentato a Togliatti all’VIII Congresso, Torino, Einaudi, 1998, pp. 347-358; M. Albeltaro, Le rivoluzioni non cadono dal cielo. Pietro Secchia, una vita di parte, Roma-Bari, Laterza, 2014, pp. 160-180.

(5) Cfr. L. Traversa, Comunisti a Milano. I settant’anni di vita del Pci a Milano tra storia e testimonianza, Milano, Teti, 2002, pp. 51-53; Id., Armando Cossutta, l’ultimo togliattiano, cit., pp. 31-33; Cossutta, Una storia comunista, cit., pp. 72-77.

(6) Ivi, pp. 91-98; A. Höbel, Il Pci di Luigi Longo (1964-1969), prólogo de F. Barbagallo, Napoles, Edizioni scientifiche italiane, 2010, p. 221.

(7) A. Cossutta, I viaggi del disgelo, in “30giorni”, 1998, n. 9, http://www.30giorni.it/articoli_id_14751_l1.htm.

(8) Cossutta, Una storia comunista, cit., p. 107; Höbel, Il Pci di Luigi Longo (1964-1969), cit., p. 525.

(9) Cossutta, Una storia comunista, cit., pp. 110-112; Höbel, Il Pci di Luigi Longo (1964-1969), cit., pp. 538-545.

(10) Ivi, pp. 546-549.

(11) Cossutta, Una storia comunista, cit., p. 145.

(12) Ivi, pp. 159-160.

(13) Traversa, Armando Cossutta, l’ultimo togliattiano, cit., pp. 36-37.

(14) Cossutta, Una storia comunista, cit., p. 175.

(15) Ivi, pp. 181, 195-200.

(16) Traversa, Armando Cossutta, l’ultimo togliattiano, cit., pp. 40-41.

(17) Cossutta, Una storia comunista, cit., p. 220.

(18) Traversa, Armando Cossutta, l’ultimo togliattiano, cit., pp. 46-47.

(19) Sobre este asunto, me permite recomendar mi La parabola del PRC. “Innovazione” o involuzione?, in “l’Ernesto”, 2008, n. 2-3.

(20) Traversa, Armando Cossutta, l’ultimo togliattiano, cit., p. 51.

(21) Cossutta, Una storia comunista, cit., pp. 243-256.

(22) Traversa, Armando Cossutta, l’ultimo togliattiano, cit., p. 58.

 

(Traducción M. Arancibia)

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