Ceses, vieja política, viejos modos. España endémica

Manuel F. Vieites ||

Tetratólogo. Director de la Escuela Superior de Arte Dramático de Galicia ||

Me gustan los estudiantes
que marchan sobre la ruina.
Con las banderas en alto
va toda la estudiantina…

Violeta Parra

Hace ya algunos años, un conocido gestor cultural, que infelizmente ya no está entre nosotros, se quejaba agriamente en una carta dirigida al sector cultural y de las artes escénicas, lamentando haber sido cesado en el cargo para el que había sido designado por el viejo procedimiento de la elección unilateral de quien le había nombrado, aunque en su caso habría que destacar su mérito y su capacidad. En aquel momento quise contestarle desde las páginas de la Revista Galega de Teatro, señalando que uno de los problemas que conlleva ese modo de proceder en política y en la administración pública es la facilidad para nombrar y cesar, y que no cabe lamentarse por el cese, porque es algo que va en la misma designación: “yo te pongo, yo te quito”, “tú me pones, tú me quitas”. Y en ocasiones la conjugación comienza con un “quítate tú pa ponerme yo”, eje de una comedia estrenada en La Habana en 1933, y sobre la que Johnny Pacheco y Bobby Valentín improvisaron uno de los temas musicales más conocidos de Fania All Stars, en su concierto de Nueva York en 1971 en el Cheetah.

El cese anunciado del Director del Teatro Español, según la prensa “por pérdida de confianza”, es una mala noticia

El cese anunciado del Director del Teatro Español, según la prensa “por pérdida de confianza”, es una mala noticia

Siempre he sido contrario al actual sistema de funcionamiento de los teatros en España, porque, insisto una vez más, en Organización teatral, España es una anomalía en Europa, porque en Europa, espacio de supuesta convergencia para esta España del atraso secular, en cada teatro hay una compañía que lo habita, lo gestiona y lo pone al servicio de la ciudadanía, pues hay muchos países en Europa en los que el teatro se considera ora un bien cultural preciado ora un servicio público necesario e intocable, una idea desarrollada por Percy MacKaye a principios del siglo XX, mucho antes que en Francia (Vid., Por un teatro cívico).

Los teatros en España funcionan como funcionan (salvo algunas excepciones notables y transferibles, como el caso del Teatre Lliure), pero a ello no debemos atenernos ni podemos aceptarlo, sobre todo viendo como los partidos de la supuesta nueva política nada dicen, nada saben, nada piensan (o eso se deduce de sus escritos) en relación con la vieja necesidad de “arreglar” los teatros y lograr que en su funcionamiento se tornen teatros europeos. Y digamos ya con claridad que una cosa son las “residencias” para ensayos y estrenos (ahora tan de moda como si fuese el “derrière cri”), y cosa bien diferente la residencia teatral. Lo primero es una “limosna”, “dádiva”, o “amable concesión” del gestor, del programador, del “dueño”, en suma, del teatro, y lo segundo es poner al servicio de los trabajadores y trabajadoras del sector los medios de producción para su emancipación, especialmente la artística, y para eliminar la precariedad y la estacionalidad en el empleo, para superar la alienación del creador en relación a su público. ¿Marx? Pues claro. Y es que en esto, como en algunas otras cosas, Marx, como bien explica Terry Eagleton (Por qué Marx tenía razón, 2015), estableció algunos principios que a día de hoy son los que de verdad muestran nuevas formas de facer política, y no las formas de quienes le esconden. Y en teatro se precisa un cambio de paradigma, para poner los medios de producción en manos de los creadores, y bueno sería también que en este caso los que anuncian a bombo y platillo “nuevas políticas” leyesen algo sobre sociología de las profesiones y sobre política cultural para que sepan diferenciar lo que es un profesional de las artes escénicas y lo que es la animación teatral, para que aprendan a diferenciar entre democratización de la cultura y democracia cultural, modelos compatibles, necesarios, pero diferentes. Para decirlo de otro modo: puede parecer muy “trending” parafrasear a Augusto Boal para decir que todo el mundo puede hacer teatro (en realidad es lo que practicaba el viejo teatro popular del pueblo), pero lo que este país necesita de verdad es que los profesionales del teatro puedan hacer teatro en los teatros, como en Europa, como en el mundo entero. Teatro, insisto.

Pero las cosas están como están, y los programas son lo que son, con lo que es muy probable que los viejos modos, en política teatral y en otros ámbitos, se eternicen, que para eso somos endemismo puro en Europa. Y estando las cosas como están debiéramos al menos velar para mantener algunas conquistas de los últimos años como el “concurso público”, e insistir en la necesidad de superar los tiempos de la “libre designación”, para substituir la externalización por la recuperación y la reversión pública de tantas áreas de gestión convertidas en empresas de lucro privado, y para suplir la verborrea posmoderna (o premoderna) con mucho mérito y mucha capacidad (que no se venden en ferreterías). Y se debe decir que uno de los grandes avances que se dan en España recientemente en relación a la dirección de determinadas unidades de producción teatral de carácter público, tiene que ver con la substitución del viejo sistema del “dedazo” por el sistema de libre concurrencia mediante concurso público. Así ocurre en instituciones tan necesarias como el Centro Dramático Nacional, la Compañía Nacional de Teatro Clásico, el Centro Dramático Galego o el Teatro Español.

El cese anunciado del Director del Teatro Español, según la prensa “por pérdida de confianza”, es una mala noticia, y lo es por tres razones. En primer lugar por la constatación de que los que se venden como apóstoles de la “nueva política” al final operan con los viejos mecanismos franquistas del “cese inmediato”, aplicando la lógica de la libre designación allí donde no es aplicable. En segundo lugar por la absoluta opacidad a la hora de esgrimir razones para tal cese, y en esa dirección evitando hacer un ejercicio de transparencia que lo justifique, porque la ciudadanía tiene derecho a saber y a estar informada. En tercer lugar, y esa la más hiriente, por esa rumorología mal controlada que al final acaba por aventar numerosas intrigas y maniobras que nos retrotraen a los tiempos de la España más negra, la de Isabel II, aquella que Valle-Inclán tan bien recreara en El Trueno Dorado (que ahora podemos leer en la adaptación de J. A. Hormigón). Y se ha de decir que, curiosamente, en ese nefasto territorio de los trapicheos y los contrabandos de influencias y favores, es donde no cabe distinguir entre izquierdas y derechas, que los lacayos y pedigüeños nada saben de ideologías (Vid., Ideología, Terry Eagleton), sino de cuanto cae en su bolsa. “¡Colócanos, colócanos!”, hacía cantar Carlos Cano a esos pícaros en la conocida “Murga de Emilio el Moro.

Lo que cabe denominar “caso Teatro Español”, es una muestra de cómo se pueden sobrepasar con alegría no disimulada algunas líneas rojas que el sector teatral creía haber establecido para librarse de la intromisión de una clase política más acostumbrada a mandar que a trabajar por el bien común, más proclive a ejercer la autoridad que a fomentar el diálogo y la deliberación, muy dado a instaurar el miedo como forma de relación. El “caso Teatro Español” es una muestra de cómo todo eso puede ocurrir gobierne quien gobierne, que el franquismo está demasiado instalado en el imaginario colectivo. El “caso Teatro Español” también informa de la escasa conciencia profesional de las gentes del teatro, de su poca autonomía, de su querencia por los clichés. ¿Qué estarían pensando esas gentes si el cese de una persona elegida mediante concurso público lo hubiese diligenciado el Partido Popular, o Ciudadanos? Quien calla concede, y quien se guarda la ropa puede quedar desnudo. Quien nada dice, todo otorga. Quien otorga, acaba de rodillas, mande quien mande. Y luego apremia el miedo.

Uno de los más graves problemas en esta España decimonónica que habitamos sigue siendo la inveterada tendencia al “capillismo” (“groupthink”, para Irving Janis), con lo que estamos dispuestos a tragarnos las más grandes piedras de molino si son verdades proclamadas por nuestros gurús, líderes o directores espirituales e intelectuales, dada nuestra necesidad de mantener tutores, en palabras de Kant. Y por eso estamos dispuestos a admitir que unos hagan aquello que a otros jamás consentiríamos. Y así estamos, y aquí seguimos en la vieja España negra, por mucho que algunas voces anuncien la buena nueva de que han descubierto el Mediterráneo y la rueda.

A veces los cambios radicales en la gestión de la cultura se quedan en fuegos de artificio, en pura verborrea líquida que oculta la incapacidad de quienes ocupan puestos al tuntún, sin tener un conocimiento mínimo del territorio que quieren gestionar, sin una experiencia contrastada en un actividad tan compleja, porque en cultura los espacios, los tiempos, los agentes, los usuarios, las instituciones, los procesos y las interacciones operan con una lógica de varianza múltiple, y por eso cuando se pierde la perspectiva de esa complejidad se tiende a meter en el mismo saco un grupo de teatro de barrio (que hay que apoyar con medidas específicas) y un colectivo profesional (que precisa otras medidas igualmente específicas). Y por eso también no se sabe diferenciar entre libre designación y concurso público. Entre tocino y velocidad, en suma.

Nos queda la palabra, y las calles, que en los teatros habita la sinrazón y el miedo. Para luchar contra la hegemonía y la dominación, que diría Antonio Gramsci, venga de donde venga, aunque venga de los que se dicen ser de “los nuestros”. “There is Power in A Union”, cantaba Billy Bragg. Pues eso.

 

*Este artículo se publicará en el número 160 de la revista ADE, editada por la Asociación de Directores de Escena y dirigida por el catedrático, director de teatro y ensayista Juan Antonio Hormigón, miembro del Consejo Editorial de Crónica Popular.

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