Buero Vallejo y su compromiso

Juan Antonio Hormigón ||

Escritor, ensayista y catedrático de Dirección de Escena. Director de ADE ||

Guardo de Antonio Buero bastantes recuerdos y algunas incógnitas, también lamento no haber hablado con él de cosas para las que no hubo tiempo y cuando lo hubo no lo hicimos. He reunido algunas de estas cuestiones más como inquietudes que como enunciados afirmativos.

 

I

Comparto con Valle Inclán que las cosas son como se recuerdan; así comienzo. Fue hacia 1959. Tenía apenas dieciséis años y estudiaba el Preu de entonces. Formaba parte de un grupo teatral integrado por antiguos alumnos de los escolapios de Zaragoza y devoraba casi todo lo que de teatro me salía al paso. En el Principal de la ciudad, anunciaron las actuaciones de la Compañía Lope de Vega, la más prestigiosa del país por aquel entonces, con obras de Pirandello, Anhouil, Patrik y Antonio Buero Vallejo, un autor contemporáneo, según me dijeron, cuyo Un soñador para un pueblo abría la temporada.

La noche en que fui al teatro me atizaba una cierta emoción. Era la primera vez que mis padres me dejaban salir solo a aquellas horas, aunque en compañía de un grupo de amigos mayores que yo -¡qué tiempos!-, y también la primera en que asistía a un espectáculo teatral para “mayores“, bien provisto de mi recién estrenado carnet de identidad que el portero podía reclamarme exhibiera en cualquier momento, habida cuenta de que aparentaba tener dos o tres años menos. Las circunstancias eran sin lugar a dudas muy especiales para mí y quizás por eso, la memoria no me es infiel al recordar lo sucedido.

Desde las localidades de gallinero a las que nuestros magros recursos nos permitían acceder, seguí ansioso y absorto la representación. Todo me pareció nuevo, sorprendente, magnífico: desde el fragmento musical del comienzo, correspondiente al primer movimiento de La primavera de Vivaldi, pasando por una escenografía sorprendente, las interpretaciones de Asunción Sancho, José Bruguera, Carlos Lemos, Fernando Guillén y todo el elenco, la iluminación, hasta la puesta en escena de Tamayo, que encontré extraordinaria. Pero por encima de todo me deslumbró la obra de Buero, su manera de contar la historia, de mostrar a los grandes hombres que aparecían en los libros de texto que yo estudiaba desprovistos de solemnidad, humanizados e inmersos en conflictos a ras de tierra, su forma de hablar del sentido de España.

A mí me habían transmitido la historia mostrenca de que las turbas que protagonizaron el vandálico motín de Esquilache representaban a los buenos españoles, y el ministro de Carlos III era un extranjero malhadado que intentaba imponer “modernidades” a la castiza y jaranera población de la capital. Con asombro descubría todo lo contrario y comenzaba a intuir que las cosas que nos enseñaban no eran tan intangibles como parecían. Sé que en aquel entonces la sorpresa, el asombro y la falta de muchos referentes me impidieron acceder al trasfondo más contemporáneo de la parábola, pero la impresión que recibí fue tan intensa que marcó buena parte de mis inicios posteriores en el teatro universitario y quizás en mi propia dedicación profesional que llegó más tarde.

Quien no haya conocido aquellos años de la vida española y la realidad gris y levítica de nuestras ciudades, quien no se haya preocupado de remover cascotes del pasado para comprender el rigor inicuo y la masiva estupidez que rodeó la adolescencia de nuestra generación, quizás no llegue nunca a comprender el sentido de mis palabras. Hace años, con ocasión del estreno absoluto de una de sus obras en Segovia, la directora del Teatro Juan Bravo me pidió que dijera unas palabras de homenaje a Antonio, a los postres de una comida que le brindábamos. Comencé por contarle esta pequeña anécdota que me barrunto que le gustó. Con rostro angustiado se limitó a murmurar: “Que os guste… que os guste”. Me sonó a súplica. La anécdota que he traído hasta aquí se debe a que estoy convencido que otros muchos han podido tener sensaciones parecidas en similares circunstancias, al asistir a la representación de sus obras.

Historia de una escalera

La razón de que así sea hay que buscarla en un hecho constatable: la literatura dramática escrita por Buero forma parte intrínseca del espinazo de la vida española de cuarenta y cinco años del siglo XX. Desde el amargo desvelamiento en Historia de una escalera (1949) de la vida cotidiana de nuestra mísera posguerra civil, pasando por la metafórica ceguera de los habitantes de En la ardiente oscuridad, la analógica disección en El concierto de San Ovidio de los mecanismos de explotación de la fuerza de trabajo, de desprecio a la dignidad humana por quienes sólo buscan la apropiación del beneficio, o la postura rebelde o crítica de los intelectuales o artistas frente al poder, tal y como la muestra en Las Meninas, El sueño de la razón o La detonación, sus obras han configurado buena parte de la percepción de nuestra existencia contemporánea, nos han abierto interrogantes, nos han propiciado confrontaciones y debates que han contribuido a comprendernos como seres humanos y ciudadanos de este país nuestro.

Desde la atalaya de sus jóvenes ochenta años, con la mala salud de hierro de que siempre ha hecho gala, la grandeza de Antonio Buero estriba en que su teatro ha servido para configurar la conciencia de varios grupos generacionales de españolitos y por ser testimonio de un comportamiento cívico honesto e inasequible a la descerebrada vorágine de frivolidad que pugna por inundarnos. Preservar su dimensión de escritor y ciudadano contribuye a ahondar nuestra memoria en el presente y a no caer en grotescas repeticiones de la historia. Para otro día queden perfiles literarios o aspectos dramatúrgicos, hoy quería esto. Querido Antonio: ¡Salud por siempre!

 

II

Hablé muchas veces con Buero, pero una en particular tengo grabada en mi memoria. Quizá fuera porque aquella conversación la tuvimos los dos solos y nadie nos interrumpió. Fue en 1979. Asistíamos a la par que un grupo de teatristas españoles, al Festival Internacional de Caracas. Invitados y participantes formábamos un grupo numeroso. Un día nos metieron en autobuses y nos llevaron a todos a las playas de Barlovento, situada entonces a unas dos horas de la capital en el Estado Miranda.

Allí comimos, muy mal en aquel caso. Hacía mucho calor. Recordaba la muletilla de un anuncio que por aquel entonces se pasaba por TVE. Una voz profunda hablaba del “frescor salvaje de los limones del Caribe“, lo que a mí me conducía al sarcasmo en medio de aquel horno. Nada de lo sucedido allí llamó nuestra atención, incluido unos bailes de negros al ritmo de tambores que contemplamos de lejos.

Nos sentamos a la misma mesa junto a otros compatriotas. Una vez trasegado el condumio, poco a poco unos y otros se fueron levantando para ocupaciones varias. Nos quedamos los dos solos frente a frente y en el centro entre ambos, una botella de aguardiente de caña que nos ofrecían como remate. Tomamos el primer trago, que a Buero y a mi debió de sentarnos de maravilla porque seguimos. Hablamos tranquilamente supongo que de teatro, porque no recuerdo con exactitud. El caso es que cuando sonó la hora de marchar, habíamos dado fin a la botella. Para entonces se había crecido en su relato y Antonio hablaba y hablaba sin pausa ni prisa. De nuevo en los autobuses nos sentamos juntos, con el pasillo en medio, y prosiguió con su inagotable monólogo durante el viaje hasta Caracas, que yo me limitaba a puntear con algún monosílabo de tarde en tarde. A la mañana siguiente, su mujer, Victoria Rodríguez, vino hacia mí bastante seria: “¿Pero qué le hiciste ayer a Buero?”, me espetó. “¿Yo…?, le respondí, nada. ¿Qué ocurre?” Distendió el rictus admonitorio; “Está en la cama con un cólico de riñón“. Efectivamente, Antonio no salió aquel día de su habitación pero sí al siguiente. Sin embargo, nada volvimos a comentar del episodio de Barlovento.

En todo aquel encuentro un tanto excepcional, en ningún momento hablamos de cuestiones políticas. Estábamos en los inicios de nuestra democracia, sabíamos en cierto modo donde estaban nuestras convicciones políticas, pero siempre mantuvimos cierto recato a la hora de tratar estas cuestiones, ya no digo para hurgar en el pasado.

Un par de años después fui a Roma, a preparar la participación del proyecto que dirigía, la Compañía de Acción Teatral, en el Festival de Teatro de la Naciones que iba a celebrarse en Venecia. María Luisa Aguirre d’Amico había desplegado sus buenos oficios para que aquello fuera posible. María Luisa era una gran dama de la cultura italiana. Nieta de Pirandello por parte de madre, Lietta, su progenitor era un diplomático chileno, Manuel Aguirre. Su infancia transcurrió entre Chile e Italia, por lo que el español era su lengua maternopaterna tanto como el italiano. Por otra parte, se casó con Sandra d’Amico, hijo de Silvio, cuyo impulso intelectual y organizativo se dejó sentir durante largo tiempo en Italia. Tradujo obras de Valle Inclán, Unamuno, Alfonso Sastre y Buero Vallejo, aunque más tarde comenzó a publicar sus propias narraciones.

María Luisa y Sandro nos llevaron a Rosa Vicente y a mí a tomar el aperitivo al Pincio. Aquel monte con sus hermosos jardines sobre la plaza del Popolo, mostraba aquel día el sensual esplendor de los amenes de la primavera. Al final de la plática, en la que frecuentamos sus autores de cabecera además de su abuelo, Pirandello, María Luisa en una especie de aparte, me dijo: “Buero tiene una historia terrible en su vida. Me ha escrito unas cartas extraordinarias, en la que me cuenta cosas tremendas”. Nunca osé preguntarle cuales eran ni a qué se referían, pero aquel comentario casi repentino, fruto de un impulso más que de la premeditación, acrecentaron la intriga sobre su contenido.

En conclusión, lo que quiero convenir es que Buero no contó apenas los sucesos de su vida relativos a la posguerra, en primer lugar porque en los tiempos de la dictadura franquista hubiera sido suicida a la par que imposible, pero igualmente por su discreción. Sospecho que lo que contenían aquellas cartas de las que me habló María Luisa Aguirre en Roma, se referían al mundo de pesadilla generado por aquellos sucesos. Hubo que esperar a 1987 cuando Mariano de Paco le hizo una entrevista extensa y profunda, en la que Buero habló largamente de aquel periodo de su vida1. Es curioso que no se haya prestado mucha atención, o a mí me lo parece, a lo que allí dijo. Con posterioridad, en 1989, en una intervención pública en la Universidad de Granada de la que se hizo una videograbación, Buero volvía sobre el asunto y relataba las mismas incidencias. Ciclo “El intelectual y su memoria”: Antonio Buero Vallejo – YouTube

En unas cuantas líneas de su entrevista. Buero establece la senda de su compromiso político expreso y organizado, podríamos decir:

La juventud de aquellos años estaba muy interesada en la cuestión socio-política, y dividida ya, en premonición de nuestra guerra, en dos tendencias muy radicalizadas. Desde luego yo estaba en la de la izquierda, por estar muy sensibilizado ante la injusticia social. El Partido Comunista me atraía más que cualquier otro, pero no me afilié a él hasta bien entrada la guerra, y en él seguí, activamente, todos mis años de prisión y algunos más. Después, poco a poco, fuí alejándome de la militancia -aunque no de ciertas convicciones básicas- por toda una serie de dudas ideológicas y tácticas que, sin embargo, no me impidieron asumir públicamente actitudes cívicas en numerosas ocasiones. Así que, desde hace muchos años, no milito en ningún partido”.

A lo largo de aquellos años de militancia hay episodios que, a mi entender, son muy significativos. El primero fue el fusilamiento de su padre. Antonio tenía un enorme afecto por su progenitor, militar de carrera, culto y ponderado, según nos dice, poseía una gran biblioteca. Fue él quien lo llevaba habitualmente al teatro y quien le regaló un teatrillo en el que hacía representaciones. En la entrevista citada lo llama “mi buen padre”.

Había servido en las colonias africanas un par de años y recaló finalmente en Madrid. Al producirse la rebelión militar a cuyo frente se encontraba un grupo de generales africanistas, fue dado de baja y posteriormente detenido. Su hijo lo consideraba un demócrata en absoluto partidario del golpe de Estado. La situación de Madrid era de suma tensión. Hacia allí avanzaba una columna con fuerzas de regulares y de la legión, las más profesionales del ejército español, en tanto que otras procedentes del norte y noreste lo hacían a su vez para poner cerco y tomar la capital. En el interior de la urbe, comandos de la quinta columna daban golpes de mano que siempre acarreaban muertos, lo cual producía una férvida indignación entre el pueblo leal. En aquellas circunstancias se produjeron situaciones extremas, se tomaron decisiones fruto del encono. El padre de Buero fue fusilado el 7 de diciembre de 1936 y su hermano detenido.

Aquello fue, claro, muy doloroso; sobre todo lo de mi padre, porque lo de mi hermano tuvo remedio y yo mismo contribuí a arreglarlo al deponer en su favor ante el tribunal popular que terminó por absolverle. Pero el recuerdo de la muerte de mi padre no me abandona…”

Es fácil suponer lo lacerante y demoledor que tuvo que ser la pérdida de un padre al que respetaba y quería, con el que mantenía una relación de afecto y de estímulo intelectual. Quizá fuera el momento más difícil para templar su compromiso ante la adversidad y el dolor. Buero lo aclara:

Fue la comprobación personalísima de los crímenes que manchan cualquier causa en las pugnas históricas. Pero yo, aunque muy joven, no ignoraba que a todas las causas las mancha el crimen; ni que el bando contrario también estaba tan manchado por lo menos, si no más. De modo que seguí luchando por la República y por el pueblo”.

En el año 1937, el joven Buero fue movilizado. Había querido incorporarse como voluntario al producirse la rebelión militar, pero su padre se lo impidió. Pasó por diferentes unidades. Estando en Villarejo de Salvanés, un médico traumatólogo húngaro, Oskar Goryan, que había venido con las Brigadas Internacionales y era jefe de Sanidad de la 15 División, vio sus dibujos y lo reclamó para su Jefatura en el Puesto de Clasificación Grozeff en el frente del Jarama. Allí participó en la composición de periódicos murales, artículos y dibujos en La Voz de la Sanidad, así como en otros periódicos sanitarios y algún libro2.

Oskar Goryan era el seudónimo o nombre de guerra si se quiere, de Imre Beer3.. Es un caso más de los luchadores por la libertad y la dignidad humana que han sido olvidados. Nacido en Zenta el 20 de febrero de 1905, hijo único de una familia pobre de la pequeña burguesía, estudió medicina en la Universidad de Viena con excelente aprovechamiento. Allí entró en contacto con el movimiento obrero y en 1924 ingresó en el Partido Comunista Húngaro, entonces ilegal y en consecuencia clandestino. Al concluir sus estudios, trabajó como médico en el ejército yugoeslavo. Hizo su servicio militar obligatorio como soldado. En 1936 viajó a España para integrarse en las Brigadas, donde fue médico de la XV División con el grado de comandante, siendo redactor al mismo tiempo de La voz de la Sanidad, en donde escribió numerosos artículos. Tuvo fama de excelente cirujano y fue uno de los últimos en abandonar España en febrero de 1939. Posteriormente, estuvo en un campo de concentración en Francia. Consiguió volver a la Unión Soviética a fines de ese año. Cuando se produjo la invasión alemana en 1941, fue detenido. El  4 de julio de 1942, un tribunal militar retiró las acusaciones que había contra él. A pesar ello, fue internado en un campo de concentración donde murió en agosto de 1942.

Siguiendo al comandante Goryan que pidió su traslado a un frente con mayor actividad, pasó Buero al Ejército de Maniobra donde prosiguió con las mismas actividades. Con esta unidad estuvo en Aragón y más tarde, tras la retirada, en Bétera y Valencia. Estuvo un tiempo destacado en el Hospital de Campaña de Benicasim, “donde conocí en persona a Miguel Hernández, allí trasladado transitoriamente para reponerse de su agotamiento“, cuenta. Otra vez en Valencia, allí le sobrevino el fin de la guerra. No pudo como otros miles salir en ningún barco y fue internado primero en la plaza de toros y más tarde en el campo de concentración de Soneja (Castellón). Aquellos días patéticos los relata de este modo:

“Con toda disciplina decidimos quiénes deberían ir a los puertos para intentar salir -los de mayor graduación, naturalmente- y quiénes deberíamos quedarnos. Yo, como simple soldado, me quedé; pasé dos o tres días en casa de un amigo, me fui después a la estación para intentar salir en algún tren hacia Madrid, pasé cuarenta y ocho horas en un mercancías repleto de soldados que al fin no salió; nos llevaron a todos a la plaza de toros, donde pasé unos días, y de allí nos fueron llevando, por expediciones sucesivas, a diversos campos de concentración. Yo estuve, en el mío, veintitantos días. Autorizados poco a poco a volver a nuestros lugares de residencia, llegué a Valencia y, en otro mercancías, a Madrid”. 

Las declaraciones hechas a Mariano de Paco son amplias, con detalles precisos en muchos casos, extraordinariamente desveladoras de lo que fueron sus actitudes y comportamientos en aquellos días aciagos. Lo que apenas dice es cuáles eran sus pensamientos, sus angustias, sus sentimientos cuando se veía arrastrado a ese cúmulo de sinsabores de que nos habla. En todo el tiempo de guerra, Buero vivió su compromiso de modo positivo, cooperando en el combate que la España leal mantenía con el fascismo. Sin embargo, en estos momentos finales que nos refiere con un ascetismo verbal que sitúan su relato como alejado de su persona, es fácil deducir que le acometió la melancolía de la derrota, la incertidumbre acerva por lo que podía depararle el porvenir y la carcoma del miedo, que sólo quienes asumen el combate por la resistencia saben lo que significa.

Otra vez en la capital, Buero decide no presentarse en los puestos de control. Con su laconismo habitual nos dice: ” Salía poco, pero no tardé en enlazar con compañeros de la guerra y empecé a trabajar con ellos en la reorganización del Partido, facilitando avales ficticios, imitando los sellos de caucho, etc“. El libro de Hartmut Heine, El Partido Comunista de España durante el primer franquismo4 y algunos otros testimonios, nos permiten establecer los pormenores de aquellos sucesos.

La literatura dramática escrita por Buero forma parte intrínseca del espinazo de la vida española de cuarenta y cinco años del siglo XX.

Tras la detención de Matilde Landa el 5 de abril de 1936 y con ella el Comité Provincial del PCE en Madrid, logró formarse otro que dirigió Enrique de Castro. Era éste un cuadro medio al que le había confiado dicha responsabilidad el núcleo rector que subsistía en el campo de concentración de Albatera. Lo formaban Jesús Larrañaga (1901-1942), Secretario General del PCE de Euskadi y miembro del Comité Central (CC), junto a José Cazorla (-1940), antiguo gobernador civil de Albacete; Enrique Sánchez García (-1940), maestro y antiguo comandante del Ejército Popular, y el historiador y profesor universitario Francisco Félix Montiel (1908- 2005), pertenecientes igualmente al CC.

A mediados de mayo, Enrique de Castro fue apresado y con él buena parte del Comité Provincial y de la JSU; entre ellas estaban las jóvenes que conocemos como “Las trece rosas“. Buero debió de llegar a Madrid por aquellas fechas. Efectivamente, como en tantas ocasiones, algunos militantes que habían esquivado la represión, intentaban reconstruir la estructura organizativa. El más activo fue un antiguo sacerdote, Amable Donoso García, miembro del Comité Local madrileño durante la guerra, que se las compuso para entrar en contacto con el núcleo rector de Albatera. Casi de inmediato, enviaron a Enrique Sánchez para que se hiciera cargo de lo que quedaba del Partido en la capital.

En pocos días logran reconstruir el Comité Provincial de Madrid, así como algunos organismos inferiores del Partido. Al parecer, lo formaban Alejandro Tomás González como Secretario General, Antonio García Sotero como Secretario sindical y Mercedes Gómez Otero, aunque posiblemente hubiera alguno más. La organización se hizo con una máquina de imprimir y comenzó a tirar sellos de cotización para generar recursos para su funcionamiento. Igualmente, consiguieron implementos para la confección de documentos de identidad, tarea imprescindible para que los cuadros del Partido pudieran moverse libremente por la capital. En esta labor fueron piezas fundamentales Juan Fonseca Serrano, quien contaba con la ayuda de su mujer, Felisa Hernández, y nuestro Buero Vallejo, quien, por su formación de dibujante y cartelista, era un hábil falsificador de sellos y firmas.

Enrique Sánchez era el representante del Comité Central en el interior, asesorado por José Cazorla y Ramón Torrecilla que se habían fugado de Albatera y esperaban poder salir hacia Francia. Sánchez contactó con Amable Donoso, a quien le pidió domicilios seguros donde estar y documentaciones falsas. La misión tuvo como emisario al médico José Izquierdo, que había coincidido con Buero en Valencia. Le encargó que hiciera las falsificaciones para dos avales. En la declaración del futuro escritor, consta:

Que después de la liberación de Madrid, y una vez regresado a la capital, fue a visitarle a su domicilio José Izquierdo, médico a quien conocía ya como elemento comunista cuando se encontraba en el frente rojo de Levante. Que este individuo le dijo que el Partido Comunista estaba organizado clandestinamente y que estaba en contacto con algunos dirigentes del mismo. Que a dicho Izquierdo le habían asignado diversos encargos, tales como proporcionar documentaciones falsas a los que se encontraban sin ella del partido y buscar elementos para encuadrarlos en la clandestinidad. Que al exponerle lo anterior al que habla éste le dijo que estaba dispuesto a colaborar. Que de acuerdo con éste, a los pocos días le llevó el José Izquierdo tres avales de Falange y un documento de la Jefatura de Recuperación Mobiliaria ‘Orden Público’, para que falsificase los sellos de los mismos, cosa que verificó (…). Que estos sellos (los confeccionó) valiéndose de anilina y azúcar (para hacer) una tinta, estampándolos después en papeles en blanco. De esta forma falsificó también la firma de un militante de Falange Española apellidado Jiménez Villa”.

Meses después, el 10 de octubre, en una nueva declaración ante el juez especial de la policía militar, rectificó y adujo que ignoraba que las documentaciones falsificadas fueran para militantes comunistas. Lo hizo tan sólo “por amistad particular con Izquierdo y para solucionarse un problema de orden personal”.

A fines de julio, como en muchos otros casos, se produjo una delación y comenzaron las detenciones: hubo una “caída”, como se dijo comúnmente a lo largo de la dictadura, de la práctica totalidad de ambos comités que se prolongó hasta septiembre. La detención de Buero se produjo el 4 de agosto y fue conducido a la prisión de Conde de Toreno, el 145. Era un antiguo convento en el número 2 de la Plaza del Conde de Toreno. En la actualidad es un edificio de viviendas. Estaban allí recluidos quienes habían pertenecido al S.I.M., al S.I.E.P., Servicio de Investigación Periférico, a unidades guerrilleras o a la policía.

Buero no lo insinúa siquiera y nadie parece que se lo preguntara, pero dudo mucho que no fuera torturado. Son innumerables los testimonios de mujeres y hombres que describen haber visto o soportado procedimientos sistemáticos e inicuos de tortura. No fueron pocos los que fueron asesinados durante los interrogatorios. Lo tortura se aplicaba de forma sistemática y lo raro, caso según se cree de Matilde Landa, era que no la hubiera. Tenía con finalidad primaria conseguir información y nombres de militantes comprometidos, pero eso no era todo. Su intención era igualmente quebrar a los individuos en sus convicciones y su moral, arrastrarlos a la indignidad, reducirlos a la condición de seres inferiores. Muchos de los que la padecieron iban a perecer fusilados poco después, pero a quienes se libraran de ese destino fatal se les pretendía inocular el nepente inmovilizador del miedo, y que lo extendieran en el tejido social de sus afines. Se hizo uso de la tortura como instrumento inmovilizador de los ciudadanos y para que se sometieran a su condición de vasallos, cuando no menos, a que el franquismo los redujo. En aquellos años y aún después, la tortura fue igualmente utensilio siniestro de venganza hacia aquellos que representaban lo que querían borrar de la faz de la tierra. La circunspección de que Buero gala le retuvo siempre de hacer un comentario al respecto.

El juicio militar se celebró el 16 de enero de 1940. La sentencia fue concluyente. En unas líneas razona la condena por “adhesión a la rebelión”, añadiendo además el recuerdo del padre:

Que Antonio Buero Vallejo, no obstante el asesinato de su padre por los rojos, era afiliado a la FUE en 1934 y al PCE y el Socorro Rojo Internacional en 1938, fue durante la guerra propagandista rojo y facilitó, a petición de José Izquierdo, sellos y firmas para documentar a elementos significativos del PCE clandestino”.

Es todo. A continuación, el veredicto:

FALLAMOS: Que debemos condenar y condenamos a los procesados Enrique Sánchez García, Amable Donoso García, Alejandrino González Venero, Ramón Torrecilla Guijarro, Juan Fonseca Serrano, Antonio Buero Vallejo y José Izquierdo Pascual a la pena de muerte”.

Hay que rebuscar en los periodos más negros de la especie para encontrar que alguien fuera condenado a muerte por falsificar unos sellos y firmas. Muchos lo fueron por mucho menos.

 

III

La condena cayó en su casa como un golpe terrible. Primero el padre y después el hijo, pensaron. Pero indudablemente el mayor sufrimiento debió ser para el propio Antonio. Quienes no hemos estado nunca en dicha situación, podemos racionalizar el problema pero es imposible que nos percatemos de lo que entraña sentirse emplazado para morir. Casi siempre es difícil verbalizarlo, bien por pudor o por la negativa de nuestra mente a relatarlo aunque sea un rescoldo vivo y lacerante. En un viaje de Berlín a Madrid, Juana Doña me contó muchas experiencias de la cárcel vividas aquellos años, pero siempre referidas a su entorno, de ella me dijo muy poco.

 

Buero siguió militando en la prisión, bien en tareas de solidaridad o simplemente dando charlas sobre pintura en el patio. Todos se necesitaban para mantener enhiesta su dignidad. Y como nos dice, la lacerante “despedida de los numerosos compañeros que sacaban muchas noches para morir, mientras yo esperaba lo propio”, carcomía con angustia permanente la existencia precaria.

La grandeza de Antonio Buero estriba en que su teatro ha servido para configurar la conciencia de varios grupos generacionales de españolitos y por ser testimonio de un comportamiento cívico honesto e inasequible a la descerebrada vorágine de frivolidad que pugna por inundarnos

De hecho, al hablar de aquellos días, más que el hambre, la insalubridad, las ignominiosas condiciones de vida, lo que subraya es ese estado sutil que puede arrastrarte a la zozobra entre la vida y la muerte:

“Era una vida dura, y si se estaba condenado a muerte cualquier noche podían venir a por ti y llevarte a fusilar. Yo he visto salir a muchos compañeros para ser fusilados; es más, yo he tenido la seguridad ficticia, pero que en ese momento me parecía real, de que una noche determinada me iban a fusilar. Me pasó dos o tres veces. Y como a mí, a otros, porque llegaba una confidencia de la oficina, donde también trabajaban presos, que nos decían: esta noche hay saca. Van a sacar a fulano y a diez más”.

Algo similar a lo que relató a Mariano de Paco:

“¡Ah! Por supuesto que, en Toreno, había creído como lo más probable que me ejecutasen. Y era lo más probable. Creo que otro compañero de expediente y yo nos salvamos por un pelo. En más de una ocasión creímos que aquella noche nos sacarían, al interpretar erróneamente ciertos avisos de la oficina de la cárcel”.

El 2 de julio de 1940, Ramón Torrecilla, Enrique Sánchez, Alejandrino González, Juan Fonseca, Atanasio Gutiérrez Álvarez y su hermano Jaime, Gabino Blas, Gregorio Cabrero, Hilario Carpintero, Canstan, Victorio Casado, antiguo alcalde de Navalmoral, Andrés Colao y así hasta treinta, fueron fusilados en las tapias del cementerio del Este, en Madrid7. Eran sus compañeros de expediente. No figuraban en él Amable Donoso, José Izquierdo y Antonio Buero.

En el caso del primero, parece ser que mostró en la cárcel una crisis de conciencia e hizo amistad con el capellán del recinto, logró gracias a ello la conmutación por la subsidiaria de treinta años. Se sabe que a mediados de los cuarenta volvió a tomar los hábitos8.

El médico José izquierdo y Buero habían presentado sin duda peticiones al respecto. El escritor nos dice que fue la esposa de otro condenado la que se empeñó en ello, y concluye: “Al fin, los titánicos esfuerzos de la mujer de mi compañero lograron para él la conmutación y, de rechazo, para mí”. De todos modos, su hijo Carlos Buero, ofrece en Vozpópuli una versión algo distinta:

“A mi padre no le fusilaron por casualidad. Era el último de la cadena y la persona que tenía por encima de él (José Izquierdo, quien le encargó la falsificación de los documentos) tenía una madre muy beata que recurrió al arzobispado para que intercediera por su hijo. Suponemos que lo que ocurrió es que si al jefe de mi padre no le fusilaban debieron pensar que tampoco podían hacerlo con quien estaba a sus órdenes, y por eso se salvó”.

La balanza podía inclinarse en cualquier sentido. Tras el fusilamiento de sus camaradas, ambos debieron confiar que la ruleta rusa encontrara el vacío y no la bala asesina en la recámara. Hubieron de esperar hasta el 21 de septiembre de 1940 para que llegara un escrito firmado por el general Cirilo Genovés Amorós, Auditor de División y jefe de la Asesoría del Ministerio del Ejército, que decía:

“Certifico: Que SU EXCELENCIA, a quien ha sido notificada la parte dispositiva de la sentencia que pronunció el Consejo de Guerra celebrado en Madrid para ver y fallar el procedimiento 48.924 seguido contra Antonio Buero Vallejo, se ha servido CONMUTAR la pena impuesta por la inferior en grado”.

Penal de El Dueso

La inferior eran treinta años, pero Buero debió pensar: todo se había perdido salvo la vida. Comenzó entonces un peregrinaje por diferentes cárceles: Yeserías, El Dueso, Santa Rita y recalar por último en el penal de Ocaña. En estos años, la militancia de Buero prosiguió inconmovible y ejemplar, me atrevo a decir. Hizo buenos amigos, se encontró con Miguel Hernández de quien hizo el famoso retrato a carboncillo. A Mariano de Paco le relata algunas cosas de sumo interés respecto a sus relaciones con Rivas Cherif.

En unos años, aquellas condenas tremebundas de treinta años se quedaron en nada, aunque fueron años inicuos, de los que quedan grabados a fuego en la memoria. Había demasiada gente en la cárcel y las fosas comunes de los cementerios estaban llenas de cadáveres de fusilados. Era preciso hacer espacio, así que en 1946 -el fascismo había sido ya derrotado, conviene que no lo olvidemos-, comenzaron a ser liberados quienes poco antes fueron condenados a muerte. Buero salió a la calle en esa coyuntura, si bien aquello supusiera tan sólo pasar a una prisión más grande que es en lo que el franquismo había convertido España. Incluso en 1950, Amable Donoso quedó totalmente absuelto y en 1952, a propuesta del Obispo de Ciudad Real, era nombrado profesor especial de Formación religiosa en el Centro de Enseñanza Media y Profesional de Daimiel. Firmaba la Orden Ruiz Giménez.

Antonio Buero Vallejo mantuvo su compromiso de primera línea hasta salir de prisión; después, poco a poco, la fue convirtiendo en responsabilidad cívica. Nunca se rindió al franquismo aunque eligiera la senda del posibilismo. A mi entender, esa fue su postura de asunción del compromiso. Y también mantuvo el silencio sobre lo que le aconteció. Su hijo Carlos declaraba a Vozpópuli: “Mi padre nunca nos habló de la guerra ni de su experiencia vital en ella. Supongo que porque quería vivir el presente y mirar el futuro sin contaminar a sus hijos con hechos traumáticos del pasado”.

Hace tiempo ya que Buero no está entre nosotros. Le recuerdo con su rostro serio en el que a veces se dibujaba una sonrisa que le colgaba casi de la comisura. Nunca supe lo que había detrás de su mirada, salvo las generalidades que se dicen y extienden, cargadas con no poca frecuencia de inexactitudes. Aquel mundo de padecimientos de sus años mozos, entiendo que emergiera como una pesadilla en sus sueños o en los duermevelas. Ahora se me han hecho más concretas, más perceptibles, aquellos susurros enigmáticos de María Luisa Aguirre una mañana de la primavera romana en los jardines del Pincio. Tampoco ella está aquí para poderlo confirmar. Sólo nos queda el reconocimiento y el recuerdo.

 

Notas

1.- La entrevista se realizó en 1987. Se publicó con el título de “Buero Vallejo y el teatro”, incluida en el libro coordinado por el propio Mariano de Paco en la Editorial Anthropos. Con posterioridad, se publicó en su libro De re bueriana, editado por la Universidad de Murcia en 1994. Este libro está reproducido completo en la Biblioteca Virtual Cervantes.

2.- Dorado, Carlos: “Buero periodista y dibujante de guerra“. “El Cultural”, 16/05/2001.

3.- Györkei, Jenó: Spanyolorszagi Nemzetközi Brigadok Egészségügyi Szolgalata, (“El Servicio Médico de las Brigadas Internacionales en España”), 1986, p. 142, nota.

4.- Heine, Hartmut: “El Partido Comunista e España durante el primer franquismo”. En Bueno, Manuel, Hinojosa, José y García, Carmen (Coords.): Historia del PCE.I Congreso 1920-1977. Volumen I. Fundación de Investigaciones Marxistas, 2004, pp.397-425[

5.- Carlos Fonseca: Vozpópuli, 12- 11- 2016;

ww.vozpopuli.com/actualidad/Historia-condena-muerte_0_971003375.html

6.- Las referencias documentales se encuentran en el Archivo Histórico del PCE, sección “Represión política. Igualmente en el Taller de histori del PCE “Marusia” (Tetuán, Madrid) Memorial republicano, represión franquista”, que se puede consultar en línea: http://tallerhistoriapce.blogspot.com.es/2013/01/memorial-madrid-represion-franquista-y.html

[7] Sus componentes serían Alejandro Tomás González, Antonio García Sotero y Mercedes Gómez Otero. Entrevista Mercedes Gómez Otero, Madrid 25-VIII-1977; “Informes sobre camaradas. Mercedes Gómez Otero ´Merche´“, Jacq 843, Archivo Histórico del PCE (AHPCE).

[8] Testimonio de Antonio Buero Vallejo, en Álvarez, Santiago, Memorias IV,…pp.49

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