Bob Dylan derriba algunos de sus mitos

Francisco R. Pastoriza||

Periodista. Profesor de la UCM. Periodistas en Español ||

El invierno de 1961 fue especialmente gélido en aquella ciudad de Nueva York a la que Bob Dylan llegó desde el Medio Oeste atravesando el país en un sedán de cuatro puertas, un Impala del 57 que lo había recogido haciendo autostop.

Hasta ahora se pensaba que lo había hecho como polizón en un tren de mercancías porque así lo publicó su discográfica en los textos de promoción de su primer disco, para identificarlo con Woody Guthrie, quien viajaba siempre en tren. No es el único episodio de las memorias de Bob Dylan en las que el cantante y Premio Nobel desmiente algunos mitos sobre su persona. El de los primeros años en Nueva York es uno de los capítulos más interesantes de Bob Dylan. Crónicas I (Malpaso) que se acaba de editar en España.

De Mineapolis a Nueva york

En aquella época el barrio neoyorkino de Greenwich Village era una maraña de callejuelas poblada de personajes de la bohemia: actores, poetas, artistas y músicos que actuaban en los numerosos clubes y cafés que animaban la zona. Dylan venía de Mineápolis, donde había iniciado una carrera de músico folk influido sobre todo por Woody Guthrie, a quien descubrió allí gracias a los discos de 78 rpm de Lyn Castner, hermano de una de sus amigas. Las canciones de Guthrie fueron como una revelación para Bob Dylan: “Al escucharlo sentí como si hubiera estallado una bomba de un millón de megatones… como si la tierra se abriera a mis pies…”.

En Mineápolis Dylan se había curtido como cantante folk en los garitos en los que actuaban artistas desconocidos por unos pocos dólares la noche. Había llegado a aquella ciudad buscando lo que había leído en On the road, la obra de Jack Kerouac, y sólo le interesaba la música folk, cuyos cantantes “eran capaces de expresar en unos pocos versos lo mismo que un libro entero”. En Nueva York continuaría cantando en locales muy parecidos: el Vanguard, el Village Gate, el Blue Note o el café Wha?, donde hacían sus números como monologuistas Lenny Bruce y Woody Allen y cantaban Tini Tim y Ricky Nelson.

Lo regentaba un personaje llamado Freddy Neil, un enamorado de la música que en 1969 tuvo un gran éxito como compositor de la canción Everybody’s talking cantada por Nilsson, un sueco amigo de Paul McCartney (el tema formó parte de la banda sonora de Midnight Cowboy, que protagonizaban John Voight y Dustin Hoffman). Otro de los locales donde Dylan actuó más veces era el Gaslight, un sitio de postín en el que no había mesas y que siempre estaba abarrotado.

Lo regentaba John Mitchell, y el maestro de ceremonias era Neil Stookey, quien cantaba en el trío Peter, Paul and Mary. Todas las noches actuaba allí Dave Van Ronk, “una voz de metralla oxidada” que influyó en Dylan de una manera determinante hasta el punto de que en el primer disco de Dylan la mitad del material eran versiones de canciones que cantaba Van Ronk. No fue la única influencia de sus primeros años. Dylan confiesa haber bebido también en las fuentes de cantantes y compositores como Lonnie JohnsonJack ElliottRobert Johnson e incluso Kurt Weil.

Durante mucho tiempo Dylan no tuvo un lugar fijo de residencia. Dormía en casa de amigos y conocidos y comía en fondas baratas. Su primer apartamento lo alquiló cuando conoció a Suze Rotolo, su primera novia, quien le descubrió a Arthur Rimbaud y le animó a dibujar, una costumbre que no abandonó desde entonces. Suze es la muchacha que aparece con él en la portada del álbum The Freewheelin (1963).

El camino hacia el éxito

Estas memorias de Bob Dylan están contadas en continuos flashbacks que van y vienen de sus primeros años a otras épocas de su vida en las que ya es un cantante de éxito (cuenta todo el proceso de grabación de sus álbumes “New Morning” de 1970 y “Oh Mercy” del 89), el accidente de moto y un corte en la mano izquierda que le tuvo inactivo durante años, los viajes con su esposa y sus hijos, sus crisis personales, el agobio de la fama y la popularidad y su trayectoria hasta el momento en el que decidió abandonar el folk.

Dylan se encarga también de desmontar la imagen que se tiene de él como portavoz de la protesta antisistema: “no me veía como un cantante protesta, alguien se había confundido. No creía estar protestando contra nada… todo lo que había hecho era cantar canciones que expresaban una realidad nueva e imparable…”

Se queja de que la prensa le proclamase como la conciencia de una generación (“tenía poco en común con la generación a la que se suponía daba voz”) y confiesa que lo que más le gustaba era asistir a partidos de béisbol de ligas menores, a fiestas de cumpleaños, llevar a los niños al cole, salir de excursión, ir a pescar…

Y leer libros de autores de los que aprendió a escribir y a ver la vida con muchos ojos: Robert GravesTolstoiDostoievskiBalzacLord ByronColeridgeT.S. ElliotFaulknerNietscheMaquiavelo… una extensísima nómina de escritores que explican una formación literaria que en estas memorias se manifiesta en todo su esplendor.

Esta primera entrega de las memorias de Bob Dylan se cierra en el mismo momento con el que comienza la narración: el de la firma del contrato con la discográfica Columbia Records para grabar su primer disco de la mano de John Hammond: “sentí como si mi corazón saliera propulsado hasta el cielo, rumbo a un estrella intergaláctica”. Allí sigue.

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