Rechazan la islamofobia pero fomentan la hispanofobia

Jaime- Axel Ruiz Baudrihaye ||

Abogado y escritor ||

El independentismo catalán hay que situarlo en el contexto europeo de disgregación y aparición de nuevos Estados y en la crisis social y cívica que ha seguido a la crisis financiera en España.

Desde el fin de los ochenta han surgido en Europa catorce nuevos Estados soberanos: la República Checa, Eslovaquia, Bielorrusia, Ucrania, los tres países bálticos, Eslovenia, Servia, Croacia, Macedonia, Bosnia, Montenegro y Kosovo. Muchos de ellos son inviables económica, política y militarmente. A ellos hay que añadir los de Asia Central.

La separación de esas repúblicas por ahora no ha producido una sola democracia ni una mejora del nivel de vida de sus pueblos sino la cleptocracia, las organizaciones mafiosas y la limpieza étnica. Ello sin minimizar el desastre de Bielorrusia y de Ucrania, tan cercanas, o incluso la discriminación de las poblaciones rusas en los tres países bálticos, tan ensalzados y mimados por la UE.

Todos estos nuevos Estados se enfrentan al trilema que el economista Dani Rodrik considera insoluble: globalización, democracia y autodeterminación. En efecto, algunos de los países que han sido admitidos en la Unión Europea, como Hungría o Polonia, no consiguen resolver aun ese difícil equilibrio entre soberanía nacional, globalización y democracia.

Pero esos problemas, esta incompatibilidad de conjugar los tres retos, no son lo bastante para disuadir a los secesionistas, sean escoceses, flamencos o catalanes. Los tres insisten en que solos estarían mejor, independientes en lugar de integrados en los Estados actuales y que así controlarían mejor la globalización, su identidad y soberanía, y todo manteniendo la democracia. Para justificar su viabilidad ponen el ejemplo de Noruega o Dinamarca.

Las grandes dificultades económicas y sociales a las que se enfrenta la Unión Europea y muchos Estados nacionales, que no han sido resueltas, animan a los independentistas a buscar la solución, por así decirlo, por libre, por fuera. Al igual que, como decía Trotsky, un Estado de nacionalidades, como era Rusia, era el resultado de un atraso histórico, el surgimiento de nacionalismos y populismos, que vienen a ser casi lo mismo, son el resultado de una debilidad de Europa y de muchos de sus miembros.

La Unión Europea por ahora ha sido incapaz de aportar soluciones europeas a la inmigración, a los refugiados, que van a seguir aumentando con difícil o imposible control, a la exclusión social de los jóvenes, con salarios bajos y empleos precarios, a la degradación paulatina pero constante del Estado de bienestar, al desorden climático. Estos problemas sin resolver ni con visos de ser resueltos, no ayudan precisamente ni a los Estados históricos, ni a los partidos políticos clásicos. De ahí, la debacle del PS francés. Y ayuda menos a una UE anquilosada entre reglamentos, miles de funcionarios y procedimientos imposibles, siempre alejada del pueblo.

 

Una intolerancia que raya en el fascismo

No es extraño, pues, que los nacionalistas busquen la solución a tantas crisis superpuestas en la separación. Ellos hacen la amalgama y piensan que lo harán mejor solos que acompañados. O, quizá, lo único que les interese sea el poder como tal, en vez de resolver problemas que claramente les exceden y desbordan su capacidad política y económica. Todo ello acompañado de una intolerancia democrática hacia los que no están de acuerdo que en Cataluña raya el fascismo.

El precedente histórico de los nacionalismos del siglo XXI son los famosos catorce puntos de Wilson, de enero de 1918, que hicieron del nacionalismo la gran barrera, el cordón sanitario contra el bolchevismo. Eso fue precisamente lo que se pensó cuando se desmembró el Imperio Otomano y se destruyó el Austro Húngaro.

Pero si la excusa y los planteamientos pueden resultar ingenuos, es lo cierto que subyace un problema de fondo, y también de superficie: la falta de ideas movilizadoras tanto en Bruselas como en la Moncloa. Ni Europa ni España motivan ni generan adhesión o entusiasmo, en manos de Juncker o de Rajoy (“il est plein de ce bon sens qui confine à la bêtise“, como decía Guy de Maupassant), que parece que lo único que quieren es salvar los muebles o simplemente mantenerse en el poder.

La Unión Europea ha entrado en una crisis profunda al no haber regulado bien los mercados ni controlado el proceso de globalización y al ir sustituyendo sus mecanismos de decisión por órganos opacos y no democráticos, como son el Eurogrupo, la Comisión y el Banco Central Europeo. Para algunos, lo único que no se sabe es cuándo y cómo se va disolver o desintegrar, no que va a acabar. Falta de ideas motrices, al igual que la izquierda europea, es incapaz de resolver los problemas de fondo, recurriendo solamente a poner más dinero, tomar decisiones de tipo tecnocrático, o meter miedo a los socios díscolos.

Mientras tanto, se da la tremenda paradoja de que mientras el gran capital internacional no le tiene miedo a la desintegración, pues seguirá haciendo pingües negocios, como lo vemos con los países africanos o con las ex-repúblicas soviéticas, una gran, enorme parte de la izquierda se ha quedado sin argumentos y sin ideas. El ejemplo es la propuesta de Pedro Sánchez para “ganarse” a los secesionistas.

Es verdad que nunca los marxistas entendieron el nacionalismo y si lo apoyaron fue de manera oportunista, meramente táctica. La izquierda siempre se presentó como internacionalista y se llevó una gran sorpresa en Julio de 1914 cuando franceses, alemanes e ingleses apoyaron la guerra masivamente, la guerra que los marxistas calificaban de imperialista, pero que fue apoyada por el proletariado. Nunca se recuperaron del desastre ideológico y el nazismo y el fascismo les cogieron con el paso cambiado.

 

Los nacionalismos nunca han sido democráticos

El nacionalismo extremo, cuyas ramificaciones son Trump, Le Pen, el Brexit y Puigdemont, prefiere cuentos a números, inventos a datos. Sus votantes se entusiasman con el ‘America First’, con el ‘take control’ o con el ‘España nos roba’. Y electoralmente funciona perfectamente, como funcionaron el nazismo o el fascismo en Italia para captar voluntades. Que sea mentira da igual, obtiene votos.

Los secesionistas catalanes no parecen estar muy tentados por la democracia, uno de los trilemas de Rodrik. Los nacionalistas esgrimen su concepto de democracia de base con el recurso al referéndum como forma de decidir, no con elecciones normales, legislativas.

Estos Referéndums con mayúscula, soberanistas, como el Brexit, ya sabemos cómo se deciden, con pasión y no con la razón. Los referéndums pueden servir a nivel local, para adoptar decisiones de ámbito, por así decirlo, más de tipo convivencial, como la edad del voto, las parejas gay, el consumo, las medidas de medio ambiente, por ejemplo, pero no para medidas estructurales y menos para las que afectan a la soberanía popular, de Estado, que afectan a todos los ciudadanos, tanto a los que votan como al resto de los ciudadanos de un país.

Pensar que un referéndum se puede ganar o perder en base a los datos, a la verdad, es un deseo pío. Un referéndum se puede ganar o perder por cualquier incidente de última hora, por una frase acertada o desgraciada. Es una especie de ruleta rusa.

Y así contemplamos cómo Barcelona, que fue cumbre del cosmopolitismo, que tuvo una sociedad civil muy activa contra el franquismo, se hunde hoy en su claustrofobia uterina. Rechazan la islamofobia pero fomentan la hispanofobia.

5 comentarios de “Rechazan la islamofobia pero fomentan la hispanofobia

  1. M.Tena
    13 septiembre, 2017 at 11:45

    Excelente artículo, no solo por sus ideas sobre lo actual sino porque va a las raíces históricas del nacionalismo y nos la la dimensión de su peligro. Gracias.

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  2. María González Talón
    13 septiembre, 2017 at 12:22

    Gracias por la luz , un abrazo, María

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  3. ernesto ruiz rivera
    13 septiembre, 2017 at 14:01

    Profundidad desde el conocimiento. Gracias por esa luz

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  4. Agustin Galan
    16 septiembre, 2017 at 20:19

    Una excelente reflexión para la izquierda española!!

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  5. María Luz Ruiz Rivera
    18 septiembre, 2017 at 22:18

    Muy buen artículo. Lástima que tanta gente de izquierda se haya subido al carro del nacionalismo. Espero que algún día tengan que rendir cuentas .

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