Alzar barreras, el eterno drama de España

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye ||

Abogado y escritor ||

¿En qué se parecen los secesionistas catalanes y Trump? En su discurso identitario y en su gusto por las barreras. No es contradictorio que la CUP, falsamente progresista, que se dice ferozmente anti Trump y anticapitalista, sea antiespañola y quiera alzar un muro entre Cataluña y el resto de España, como el que alza Trump entre los Estados Unidos y México. Llevan la misma simiente del diablo. La de la exclusión, la raza y el supremacismo (aunque no sean precisamente muy apolíneos).

Esto no es folklore, atención. No nos equivoquemos: es el mismo combate, es poner barreras, separar pueblos, sembrar odio. Así comenzaron los iluminados de ETA, mezclando lucha insurreccional y racismo de Sabino Arana, un cóctel -literalmente- explosivo. No es casual que personajes como Otegui se precipiten hoy  a apoyar a los secesionistas. Contra España todo vale.

Los de la CUP quieren devolvernos a esa España eterna, hecha de altercados y guerras civiles. Esa que decía Jaime Gil de Biedma, “en un viejo país ineficiente, algo así como España entre dos guerras civiles…”

El irreverente y culto Joan Fuster se quejaba de que nuestros historiadores y pensadores se hubieran dedicado primordialmente, casi siempre, al mismo tema, es decir, a tirarse los trastos. Unamuno, Américo Castro, Sánchez Albornoz, Ortega, Madariaga, siempre la misma historia. ¿Qué somos, a dónde vamos? Seguimos con nuestro problema ibérico de identidad, que desborda hasta en Portugal, donde también se pasan el tiempo preguntándose qué son, desde Miguel Torga hasta el muy respetable y profundo Eduardo Lourenço.

En esta pell de brau seguimos con personajes que escriben barbaridades en periódicos de toda la península incitando al odio, sea antiespañol, sea anticatalán. Algo parecido a lo que sucedió en la antigua Yugoslavia. Todos se sentían víctimas del otro y se dedicaron a masacrarse, tras un conveniente lavado de cerebro. También se sentían los nazis víctimas de los judíos del capital y decidieron exterminarlos. Atención a esos victimismos aparentemente inocuos.

Es verdad que a una cierta Castilla y a lo castellano, algo maciza y granítica, siempre le ha costado entender la diversidad. Piensan los escurialenses pétreos que o tenemos un Felipe II o un Felipe V, o empiezan a desmadrarse las regiones. Torpes centralistas, poco jacobinos y menos ilustrados. Así se fue Portugal en 1640, lo que ha hecho que ahora mucho portugués, presuntamete de izquierdas, aplauda a los secesionistas y clame contra el “imperialismo castellano” (sic).

Pero hay un nuevo factor con el que los secesionistas no han contado, un factor que en tiempos de la República y de la guerra civil no existía, y que la CUP y ERC, que viven del bakuninismo cutre (hubo y hay un anarquismo noble, no analfabeto, como éstos) y de la incultura meridiana y diagonal, no han tenido en cuenta: Europa. Esa Europa de libertad de movimientos y de pensamiento, esta Europa sin barreras. Barreras y muros que los atåvicos Junqueras, Rufián, Trías, Anna Gabriel e incluso Ada Colau (“et tu ¿Ada?”) quieren volver a alzar. Como a Trump, les gustan los muros. Son exactamente la versión de Trump al norte del Ebro. Además de ir contra la Historia y excitar el odio supremacista, se les ha debido parar el reloj cuando el incendio del Reichstag.

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