El lenguaje, vehículo de las diferencias. Yo he tratado ser yo, a pesar de lo que intentaron los demás

Leopoldo de Gregorio ||

Economista ||

Sé que para llegar a ser; es decir, para alcanzar una identidad, tenemos que forjarnos a través de la información que cristaliza en lo que denominamos como conocimiento empírico.

Una vez informado sobre la existencia de un saber que por ser sobradamente conocido podría habérmelo ahorrado, lo que accesoriamente entiendo (aunque a pesar de ser igualmente axiomático tanto tú como yo lo aceptamos sin haberlo asumido), es que si esta información y las vivencias que de la misma se derivan las incorporamos a nuestro comportamiento como la impregnación con la que éstas determinan a los animales, ese ser y ese saber sólo se habrán cristalizado como el saber y como el ser que caracterizan al ser-masa; un ser que suele ser conducido al abrevadero del que abre y cierra el grifo.

Para llegar a ser, como entidad, es necesario que aquellas vivencias que determinan nuestro comportamiento se encuentren sometidas al análisis de lo que con respecto a ese ser pretendemos que lo sea. Cuando hayamos ponderado su representatividad y lo considerado sea el resultado de un proceso intelectivo que a tenor de esta asunción tendrá que ser considerado como una cultura. Lo que ocurre es que este ejercicio de ponderación exige un esfuerzo que es contrario a la práctica mecánica con la que materializamos la mayor parte de nuestras actividades. Sólo somos seres racionales cuando hacemos uso de nuestro raciocinio. En tanto en cuanto llevemos a cabo nuestros actos de una forma en la que lo que realicemos lo desarrollemos de una forma refleja, comenzamos a estar determinados por los intereses subjetivos de aquéllos que utilizando el intelecto establecen las pautas que de forma mecánica tenemos que seguir.

En puridad, podríamos decir que la identidad del individuo sólo puede concurrir cuando haya sido adquirida. Como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia, cuando la cultura (y como una derivada de la misma, la identidad que a través de ella nos ha sido impregnada), se haya inculcado sin que en esta impregnación hayamos hecho uso de nuestra capacidad de, razonándola, analizar lo que la misma representa como información y como cultura, no nos es dable hacer uso de ella adscribiéndole una identificación con aquello que creemos ser. Al ponerla al servicio de los que verdaderamente la están utilizando, la visceralidad con la que la asumimos nos conduce a un estadio que de contemplarla de una manera crítica nos llevaría a avergonzarnos de la forma con la que lo hemos hecho.

Yo, como la mayor parte de los seres que nos necesitamos unos a otros, siento pertenecer a un conglomerado social con el que por afinidad creo identificarme; pero esta identificación no está obliterando aquello que conscientemente considero es mi propia identidad. Como fortuito miembro de una feligresía, ya sea ésta cultural, religiosa, militar o incluso revolucionaria, estoy susceptiblemente determinado por la vivencias que haya tenido que compartir Pero esta dependencia es completamente extraña a lo que yo, como un ser que por serlo se considera autónomo permita que esta dependencia determine una realidad que podría ser incompatible con lo que mi inteligencia pudiera cuestionar. Y sobre todo no me es dable aceptar que mi propia identidad sea fruto de unos adoctrinamientos que generalmente nos han sido impuestos.

Lenguaje y categorías identitarias

Es curioso observar que vergonzosamente el lenguaje haya sido el vehículo con el que se ha defendido los intereses económicos que se encuentran en la base de las diferencias que separan las distintas regiones de España, así como que estas diferencias hayan conformado unas categorías identitarias que promueven la justificación de lo excluyente.

Sin echar en saco roto lo que he mencionado como intereses económicos, puedo entender que el eusquera no haya tenido parte en la conformación de las disparidades que enfrentan a estas tierras. Como una lengua protohistórica que no desciende del tronco indoeropeo – como son el fines, el húngaro y el georgiano -, ya estaba instalada en la península ibérica antes de la Reconquista. No estoy diciendo con ello que no ha sido un factor que en función de su naturaleza no haya inducido una diferenciación. Lo que quiero decir es que siendo anterior a la misma, el extrañamiento que genera es a su vez extraño al establecimiento de las inducciones que con el uso de las lenguas derivadas del latín se ha llegado a alcanzar. Como queda demostrado al observar que a pesar de que en la Alta Edad Media el eusquera era hablado en la Rioja Alta, la pujanza que posteriormente fueron adquiriendo en los incipientes reinos de la península ibérica las lenguas romances, la progresiva dilución de la lengua vasca en aquel enclave riojano pasó de ser un factor de identificación anclado en lo ancestral.

Las lenguas las hemos asumido no para entendernos, sino para incomunicarnos; para poner barreras entre pueblos; para reivindicar las diferencias. Y esto quedó suficientemente demostrado hace ya varios años, cuando un desacreditado ex-jesuita llegó a sostener la especificidad y la pureza de una sangre que perdura únicamente entre los vascos; cuando afirmó que “los antígenos del factor RH de una comunidad justifica y encomienda una disociación del resto de las comunidades” Es algo similar a aquello que Javier Rupérez definió como “Los “pilaristas” teníamos la sensación de ser superiores a los demás” Se refería a las élites que estudiaron en el exclusivo colegio El Pilar.

Tenemos que entender que hayan surgido los idiomas (y por extensión, los localismos culturales y hasta la manera de interpretar nuestra generalmente asumida trascendencia), como consecuencia de un aislamiento promovido como un medio de defensa ante las amenazas que ciertas agrupaciones pudieran ejercer sobre otras, para sentirnos en un mismo barco; para entendernos y que no nos entendieran los demás, era necesario establecer una lengua común de los que se consideraban diferentes;  un medio de comunicación que haciendo desaparecer lo que políticamente definimos como pueblos, sirviera para identificarnos con el resto de la humanidad. Que a través de estas lenguas se conformaran unas entidades, y que éstas se justificaran en función de la existencia de intereses crematísticos.

Esto lo podemos ver cuando observamos cómo los elegidos para representar los intereses de aquellas regiones en las que se habla unas lenguas autónomas, lo primero que hacen es tratar de asegurar su primacía conformando una identidad que habiendo sido establecida como impronta determine el derecho de los excluidos. Al igual que ocurrió y sigue ocurriendo con las religiones, a través de una identificación que nos ha sido imbuida, nos amalgamamos en conglomerados en los que por empatía, contagio o simplemente por el esfuerzo que demanda razonar, actuando en beneficio de unos pocos que nos están utilizando, hemos dejado atrás el ejercicio de nuestras potencialidades racionales.

A este respecto considero necesario sacar a colación un párrafo del artículo “Izquierda política y nacionalismo”. Un párrafo en el que se determina de una manera clara lo que ocurre entre lo que racionalmente debemos considerar como un objetivo y los medios a través de los cuales pretendemos alcanzarlos. Dice lo siguiente:

“La bandera de los progresistas no debe ser otra que la justicia social que nos represente. Una sociedad plural no necesita fronteras, sino integración y convivencia en un marco institucional común que nos permita desarrollar nuestras capacidades, sin resquebrajar la libertad individual, que se ve afectada en cuanto las decisiones se toman en función de determinados aspectos que transcienden a las personas. ¿O es que pretendemos equiparar jerarquías nacionalistas por identitarias?

Se ha logrado conformar a través del término “nación” una identificación que nos ha sido subjetivamente introyectada a tenor del adoctrinamiento de una clase dominante, con el exclusivo y degradante objetivo de garantizar la existencia y la continuidad de sus prerrogativas. No hemos llegado a entender que el proceso que lleva a esta identificación es totalmente extraño a lo que como identidad debería caracterizar a cualquier ciudadano. Y si no se toma en consideración y no se esfuerza ese ciudadano en hacer uso de su capacidad intelectiva (dejándose llevar por lo que L. S. Vygotsky denominó como “reacción simpática primitiva”), ese ciudadano ha transmutado lo que debería caracterizarle como identidad, por la amorfa representatividad de los que participan como comparsas visceralmente motivados.

Contemplarnos como extraños

Desde que, con el comienzo de la Reconquista cada uno de los pabellones de la Cristiandad adquirió un carácter autónomo – ya fuera bajo la férula de reyes o de condes-, a pesar de que al luchar contra un enemigo común y a pesar de que con la buscada unión de sus estirpe sus objetivos y sus relaciones tendrían que haberlos hermanado, los intereses subjetivos de cada una de las cabezas de ratón que se invistieron con un manto, nos llevaron a contemplarnos como extraños. Difícil fue poner de acuerdo a Aragón y Castilla, pero más difícil fue, y aún lo sigue siendo, compartir con Cataluña dicho acuerdo.

Cuando las lenguas conllevan la existencia de familias, los intereses y las culpas se corporativizan. De nada sirve transigir buscando un consenso con el que superar las diferencias. Las diferencias seguirán estando ahí en tanto en cuanto se puedan mantener en función de la coacción o de la fuerza. Porque, atengámonos a la realidad. La cosa va mucho más allá de que hubiera o no hubiera un retracto con respecto a la célebre frase “Ustedes tienen un problema” El problema radica en cómo van ustedes a  impregnar vuestro separatismo a esos cientos de miles que habiendo contribuido en un resurgir de Cataluña, vuestra propia impregnación os ha llevado a denominarlos como charnegos. ¿Pretendéis “catalanizar” (imitando al inefable Wert, y consecuentemente cometiendo el mismo atropello), tan solo a sus generaciones posteriores? Y si éste es vuestro objetivo ¿por qué no contempláis la posibilidad de que, superando las diferencias de color que concurren en las fichas del tablero (lo cual representa que tanto unos como otros tendremos que botar a aquéllos que con sus impregnaciones nos han coloreado), lo que unos y otros pretendamos alcanzar en el futuro lo hagamos presente en el presente? Se dice que para conseguir la resolución de los conflictos, es preciso dejar que sea el pueblo el que decida en democracia. Lo que no se nos suele decir (tanto desde un lado como del otro del tablero), es que para que podamos mover fichas hemos de ser nosotros mismos, y no los exegetas que nos catequizan. Que lo que haya de ser  hecho lo hemos de hacer nosotros. A través de un uso racional de nuestra capacidad intelectiva.

Sé que con lo manifestado voy a levantar ampollas. Pero es que ya estoy harto de que en nombre de una identidad comunal con la que se nos adscribe unos nacionalismos, unas nacionalidades, unas religiones y unas lenguas (unos elementos diferenciadores que bloquean nuestra capacidad de razonar), se nos esté llevando a tener que comportarnos como un miembro más de la manada. Que los que no se encuentren circunscritos por estos condicionamientos culturales y lingüísticos tengan que ser considerados como infieles. Estoy harto de que en función de las circunstancias en las que se gestaron, estos nacionalismos sólo hayan servido como justificación con la que podernos combatir. Estoy harto de esta saga de gallegos y andaluces (incluyendo en el lote a un madrileño que se permite seguir dando lecciones, y a un catalán, que  por no citar nombres sólo voy a decir que más que un más ha sido un menos), que aprovechando el poder que estos arribistas han encontrado en la masa hayan y sigan explotando las impregnaciones que como seres racionales deberíamos analizar a través de la razón.

Ví la intervención de Pablo Iglesias en la moción de censura al partido más corrupto que hemos tenido en España desde la mal llamada Transición; y, estando de acuerdo con la mayor parte de los que dijo en sus exposiciones, hay algo en lo que discrepo de una manera substancial. Me refiero a su defensa del Referéndum que reclaman las autoridades de la gobernanza catalana. Me refiero a lo que, siendo catalogado como el derecho de una colectividad, no es más que un constructo contrahecho elaborado por las oligarquías de esta comunidad, para- utilizando las demandas subjetivas que ejercemos en función de nuestras proyecciones biológicas-, hacer una suma que no se corresponde con la que colectivamente debería expresar la de las individualidades.

Como una derivada de la conformación de unos Estados, nos encontramos inmersos en los nacionalismos; tanto centrales como periféricos. En nombre de un derecho con el que se pretende patrimonializar los de las individualidades, los que se han erigido como sus portaestandartes tratan de fomentar  un extrañamiento con el resto de las nacionalidades. La cuestión es crear un universo propio en el que haciendo uso de la lengua y la concepción de una cultura que por serlo no debería ser excluyente, al igual que hizo por dos veces Alemania con la utilización de su Deutschand über alles, conculcar los derechos de los que con una menor manifestación del gregarismo; es decir, una mayor identidad identitaria (y es quizás por ello por lo que desde siempre abusaron de ellos), no se dejaron llevar por las presiones y adoctrinamientos del Poder.

En esta moción el señor Iglesias hablño de un estatuto que fue incluso anterior al que se estableció en la conformación del Estado español . Supongo que se refiere al que se conformó con la unión de Castilla y Aragón. Como si una anterioridad que en todo caso habría tenido lugar cuando Cataluña dependía de la Corona de este reino fuera motivo suficiente para justificar los derechos con los que unos condes hicieron uso del poder  ilativo de una lengua, que si durante la Reconquista, como derivada del latín tenía suficientes fundamentos para unirnos, lo quebraron para en función de intereses subjetivos considerarse diferentes.

Unos fundamentos que como vehículos de unión y entendimiento  lingüisticamente en otros lugares se fueron superando. Unos condes que hogaño están representados por élites que a través de idéntica metodología, utilizan la continuidad de la ilación anteriormente mencionada para lograr que ésta consolide la existencia de una diferenciación con los demás. Porque lo que se persigue no es que el catalán tenga un abolengo que como el castellano es reconocido universalmente como un idioma. Lo que se busca con la discriminación de una lengua que es conocida por la práctica totalidad de los catalanes es que en el espacio y en el tiempo, la exclusiva utilización del catalán consolide la existencia de una diferenciación al servicio de las élites que la impulsan y la promocionan como único idioma vehicular.

Hace ya varios años visité por  primera vez el país vasco (o euskalerría, si los más susceptibles pudieran sentirse afectados), y habiéndome extraviado contemplando los hermosos edificios de Vitoria, le pregunté a una joven señora si podía indicarme dónde estaba la Plaza de España. A lo cual me respondió, no sin indicarme donde ésta se encontraba, que ella la conocía por otro nombre, y que la denominación a la que yo aludía se debía a una imposición del gobierno opresor de este país. Información y denuncia que al generar en mí una socarrona, que no burlona sonrisa, debido quizás a la natural buena voluntad de mi interlocutora (o quizás tal vez porque por mi acento y por mis años no me consideró como un contendiente), generó en ella el atisbo de una correspondencia de igual naturaleza.

Y en este ámbito de entendimiento estuvimos hablando de los prejuicios que yo mismo había mantenido antes de llegar a Euskadi, en función de haber asumido concepciones arteramente elaboradas por intereses y mentes enfermas. Prejuicios que en este caso se esfumaron (pero que desgraciadamente en otros, permanecen, cuando la visceralidad que se deriva del adoctrinamiento toma la plaza de la inteligencia), al constatar con las vivencias experimentadas que los vascos y el resto de los españoles éramos tan puñeteramente iguales, y al mismo tiempo tan dispares, como lo somos con respecto a aquéllos que nos han instilado su veneno.

En uno de sus escritos nos dice Emilio Lledó: “Si a ti de pequeño te meten únicamente frases hechas en la cabeza; si te introducen lo que yo llamo grumos pringosos, ya no vas a poder pensar, ya no vas a poder ser libre, ni tener un espíritu creador, ni siquiera racional”

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