El engaño como arma política

Lidia Falcón O´Neill ||

Abogada y escritora. Presidenta del Partido Feminista ||

En la elaboración de mi próximo libro La Filosofía del Engaño voy recopilando las publicaciones que sobre diversos temas se difunden en estos tiempos donde las tergiversaciones, las posverdades o las mentiras simplemente se repiten y repiten para apoyar las tesis de sus autores, algunas completamente disparatadas aunque estos sean escritores de audiencia y supuesto prestigio.

Naturalmente, en el tema de la crisis de Cataluña es en el que se ha desbordado la imaginación de los fanáticos independentistas. Cuando pensaba que no había más evidencia después de las elecciones del 21 de diciembre de que la mayoría de los votantes se habían decantado por las formaciones de derecha, leo asombrada que una periodista de prestigio asegura que “Cataluña saluda a una república donde la mayoría de escaños los tiene la izquierda”. Y tengo que frotarme los ojos y volver a leerlo y a pellizcarme para saber que no estoy soñando.

Los resultados de la contienda electoral han dado la mayoría de los escaños a Ciudadanos y Junts per Catalunya que suman 70 escaños. ¿Cuál de estos partidos es de izquierda? No digamos si añadimos al PP que con sus 4 escaños alcanzan 74.  ¿Quién puede ser tan obcecado que sitúe en la izquierda a la antigua Convergencia, aunque haya sido bautizada y rebautizada con diferentes siglas? Nunca, durante los 37 años de su reinado nadie, ni en sus filas ni en las de los demás partidos osó nunca suponer que Pujol y sus herederos formaban parte de las sacrificadas filas de la izquierda. Y suponiendo que a ERC podamos situarlo en la izquierda, cosa que un pequeño análisis marxista lo niega aunque ya no se aplican semejantes categorías, más el PSC, la CUP y En Común obtienen entre los cuatro 61 escaños, el 42% de los votos. ¿Dónde está la mayoría?

Además, la izquierda ha perdido la preeminencia que tenía en las grandes ciudades catalanas. El PSC ha sido la cuarta fuerza política en Barcelona y en las poblaciones entre 50.000 y 100.000 habitantes. En las que tienen más de 100.000 se ha situado en tercer lugar. En cambio, Ciudadanos se ha impuesto en 20 de las 23 urbes catalanas. Ignacio Urquizo en El País atribuye esta pérdida de la influencia de la izquierda en la Cataluña más avanzada, industrial y urbana, a que “durante mucho tiempo, los proyectos identitarios han contado con una cierta simpatía por parte de los progresistas”. Mientras las reclamaciones se situaban en reivindicar la lengua y la cultura los progresistas podían sentirse cómodos, en el momento en que la insana deriva de los independentistas lleva a la escisión con el resto de España los que siempre fueron de izquierda se desconciertan. Balbucean que no están ni con unos ni con otros (En Común) de modo que no se sabe como están ni que quieren, otros (PSC) se muestran tan comprensivos con el nacionalismo que se alían con la antigua Unió y piden el indulto para los encausados, y la CUP que no se ha movido de su delirio republicano obtiene 4 escaños. Este es el triunfo de la izquierda.

Para mayor confusión, Ramón Cotarelo se atreve a afirmar, en la manifestación más clara de supremacismo, que la población catalana culta, avanzada, industrial e informada vota independentismo, y que los incultos, atrasados e ignorantes se decantan por el unionismo. Y concluye: “que saquen las consecuencias”. Y se queda tan contento. Porque ya se sabe que el voto obrero, aquel que tiene raíces andaluzas, extremeñas, murcianas, es despreciable.

Pero ya hay quien ha sacado las consecuencias. El voto independentista fue el 63% en Gerona frente al 43% en Barcelona, provincia en la que Cs, PSC y PP, obtuvieron el 46%. En Lérida JCat, ERC y la CUP obtuvieron el 64%, en Tarragona el 49%. En la comarca del Barcelonés los constitucionalistas tienen más del 48% y los independentistas menos del 41%.

Desde la evidencia de que las zonas rurales de la Cataluña profunda se han decantado por la independencia mientras la gran conurbación de Barcelona cosmopolita, y también Lérida y su provincia, rechazan semejante futuro, unos imaginativos han inventado una nueva autonomía que llaman Tabarnia, que reivindica la separación de Barcelona y Tarragona para unirse a España, en una Cataluña independiente. El apoyo a las formaciones independentistas en Gerona y Lérida es 20 puntos mayor que en Barcelona y Tarragona y su comarca, y con los mismos manidos argumentos utilizados por los secesionistas para rechazar el maridaje con la España atrasada, rural y reaccionaria, exigen que las comarcas más avanzadas, industrializadas, cultas, que se inscriben en el triángulo mediterráneo, puedan separarse de la Cataluña interior, rural, pobre e ignorante.

“El término Tabarnia es un neologismo para denominar a los territorios costeros entre Tarragona y Barcelona que comparten características y anhelos comunes, claramente diferenciados del resto de la comunidad autónoma”, explican en su página web. La lista de esos hechos diferenciales, aseguran, la componen una alta densidad de población; intensa relación comercial con el resto de España; orgullo por el bilingüismo; mentalidad abierta, mayor renta y mayoría de votos no separatistas”.

¿De dónde ha sacado el señor Cotarelo esa descripción del independentismo como demostración de la superioridad cultural, moral y política de la Cataluña urbana y avanzada que lo vota? Del mismo discurso que desde Enric Prat de la Riba, que pertenecía a una antigua familia de propietarios rurales del Vallés oriental e iniciador del catalanismo, hasta Oriol Junqueras, defiende la supremacía de los catalanes sobre el resto de los españoles, dada no sólo su avanzada industria, comercio, cultura y cosmopolitismo, sino incluso debido a su genética distinta a la de los que tienen su origen al sur del Ebro.

Esa obsesión por diferenciarse incluso físicamente de los cutres españoles ha distinguido muy remarcadamente a los defensores de un catalanismo que asienta sus demandas de privilegios, beneficios fiscales y autogobierno en la superioridad racial.    Del señor Barrera son las frases que se han hecho famosas de “En América, los negros tienen un coeficiente inferior al de los blancos», «se debería esterilizar a los débiles mentales de origen genético» o la apología de los argumentos del líder ultraderechista austríaco Jörg Haider: «cuando dice que en Austria hay demasiados extranjeros no está haciendo una proclama racista».

Estas afirmaciones no pertenecen únicamente a un pensamiento personal del que fuera en tiempos pasados President de Esquerra Republicana. Oriol Junqueras, su sucesor, hace pocos meses afirmó que los [] genes de los catalanes estaban relacionados con los de los franceses y austriacos, frente a los de los españoles que son  parecidos a los portugueses, estableciendo claramente una superioridad de los catalanes frente a los españoles, dado que también franceses y austríacos son mejores que los portugueses.

Y con estos mimbres, y otros muchos igualmente detestables que no caben en este artículo, se ha construido el cesto del independentismo catalán actual que ha hipnotizado a 2.050.000 catalanes que han votado por separarse de España para construir su Arcadia en la que todos serán ricos y felices. Pero en una población de 7.500.000 de personas de las que 5.500.000 tienen derecho a voto, y de los que han votado el 81%, o sea 4.955.000 resulta que los independentistas están en franca minoría. Ya sabemos que gracias a la ley electoral que también lamina en el resto de España, el voto rural está primado sobre el voto urbano, de modo que un escaño en Barcelona cuesta 40.000 votos y en Lérida 20.000, y por ello es posible que con el 43% de los votos los independentistas puedan nuevamente formar gobierno y volver a torturarnos con la murga del referéndum para separarse de España.

Pero nadie con cierta lucidez puede afirmar que ese es el triunfo de la izquierda en Cataluña y que su voto corresponde a las clases más cultas, urbanas y avanzadas. Porque no se pueden falsificar o ignorar los datos ni identificar a Junts per Catalunya con la izquierda, a menos que se haga un retorcimiento de la ideología de la izquierda que no nos merecemos. A menos que con una simpleza sin igual se identifique la reclamación de esa república catalana que se han inventado los Mas, los Puigdemont y los Junqueras con la izquierda, en un planeta en que la mayoría de las repúblicas carecen de toda credibilidad democrática.

Después de haber visto la conducta de los partidos independentistas en el Parlament en septiembre para aprobar la declaración de independencia y las leyes de desconexión, marginando, silenciando y despreciando a la oposición, después de conocer el contenido de esas leyes, que suspenden todo examen de democracia, da espanto imaginar el gobierno y los fondos del Estado en manos de semejantes demócratas.

¿Quién puede identificar a los Pujol, los Ferrusola, los Mas, los Cullell, los Montull, los Millet, los Mas, los Puigdemont, con la izquierda, por el sólo hecho de que reclamen una república catalana? Los republicanos que dieron su libertad y su vida por la II República española, entre los que había miles de catalanes,  no se merecen la comparación.

Madrid, 27 diciembre 2017.

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1 comentario de “El engaño como arma política

  1. Pedro Fernández
    30 diciembre, 2017 at 16:19

    Simplemente excelente !!!

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