El interminable “procés”

Eduardo Luque Guerrero ||

Licenciado en Pedagogía y Psicopedagogía||

“El andaluz hace cientos de años que pasa hambre y vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual”. 
Jordi Pujol i Soley ex president de la Generalitat de Cataluña (CDC)

“La inmigración, problema y esperanza de Catalunya”.

La activación del artículo 155 ha representado el punto de ruptura en el relato independentista. Tal y como hemos señalado, la convocatoria electoral impone el ritmo y los tiempos trastocando todo el panorama político. El agotamiento de la propuesta independentista se ha evidenciado; lo pone de manifiesto su incapacidad para desarrollar aquellas “estructuras de Estado “de las que presumía. El “procés”, es decir la vía larga, pretende que a través de la “acción nacionalizadora” (en la que la escuela catalanizadora y los medios subvencionados van a jugar un papel central) se consiga a medio plazo (15 ó 20 años) la absoluta hegemonía social. Fracasada la DUI, esta opción es la única propuesta que podrán acreditar las fuerzas independentistas.

La derecha nacionalista sueña en generar un debate permanente sobre las esencias patrias (España contra Cataluña, Cataluña contra España). El independentismo catalán ahondará su argumentario. Nos dirán que la voluntad del pueblo (tal y como ellos la quieren interpretar) está por encima y al margen de la ley. Todo el que no sostenga eso, será un enemigo del pueblo y cualquiera que pida explicaciones, un traidor. Un nuevo Judas Iscariote. Las declaraciones de las ex presidentas del Parlament, Nuria de Gispert y Carme Forcadell, el propio Puigdemot u Oriol Junqueras ahondan, a través de las múltiples intervenciones públicas, en una visión de blanco o negro: los míos y los “otros”.

Los políticos independentistas no han entonado un “mea culpa”, no están dispuestos a reconocer su responsabilidad. Como mucho, han introducido matices en un discurso que no deja de ser lo mismo. El diputado Joan Tardá hablará ahora de que “no había una mayoría social que apoyara el procès”. Marta Rovira ha ido aún más lejos al asegurar que, según fuentes creíbles, el gobierno de Rajoy habría advertido que utilizaría armas de fuego contra la población civil y por eso desistieron. Como más pronto se coge a un mentiroso que a un cojo, tanto el Obispo de Barcelona (Juan José Omella), como el Defensor del Pueblo (Rafael Ribó) y Iñigo Urkullu (lendakari vasco) desmintieron esta afirmación, dejando a la diputada en una situación ridícula. En cualquier otro país, otro dirigente político, cogido en esa falta, habría dimitido inmediatamente.

Poco importa, Marta Rovira es un ejemplo, uno más, de esa legión de políticos de nuevo cuño, que se destacan, como afirmaba un diario de tirada nacional, por su ostentosa falta de preparación y su escasa prudencia. Es un discurso dirigido hacia la emoción y al sentimiento victimista que exige lealtades incuestionables. El “procesismo” actúa como un culto milenarista, en el cual hay que tener confianza ciega en el profeta. Christa Wolf, una disidente de Alemania Oriental, lo definió de forma magistral: “Ninguna mentira es demasiado obvia para el pueblo si ésta se acomoda a su deseo secreto de creer en ella”.

La propuesta independentista se levantaba sobre una base extraordinariamente frágil: el engaño y la credulidad de una parte de la población que quería creer; todo ello sazonada con gotas de victimismo, supremacismo y xenofobia que se han manifestado, posiblemente por primera vez sin ambages. Si la crisis catalana ha sacado a una parte de la extrema derecha españolista a la palestra pública, evidenciándola de las formas habituales, la extrema derecha catalanista, por su parte, también ha hecho acto de presencia a través de la xenofobia cotidiana.

Aunque ninguno de los objetivos propuestos por el independentismo ha sido alcanzado, el coste personal, político y económico para Cataluña es enorme.  A la vista del resultado sería exigible una nueva definición y una cierta rendición de cuentas; pero, como hemos dicho, nada de esto ha sucedido. Toda la clase política catalanista, se apresta a participar. Da igual si son perseguidos por la justicia o encarcelados por el 155, desde el ex presidente Puigdemont a la CUP pasando por ERC y Podem. Todos aceptan las normas impuestas por Rajoy.

La carrera electoral tensa, hasta romper, las frágiles costuras de la izquierda catalana. Podem Cataluña rompe la alianza con el PSC en el Ayuntamiento de Barcelona. Ada Colau ha fijado un nuevo objetivo, ser bisagra, un gobierno dirigido por ERC donde tuviera cabida Podem Cataluña y que asegure el acceso a los dirigentes de esta organización al cartapacio institucional. En paralelo la alcaldesa se asegura, pero al mismo tiempo se ata, a los votos de ERC en el Ayuntamiento. Ada Colau ya piensa en su futuro político a medio plazo: su objetivo final el asalto a Madrid. Los vaivenes de Cataluña Podem se mantendrán, continuarán intentando pescar en todos los caladeros, derecha, izquierda, nacionalistas y lo contrario. Cada vez más la marca catalana de Podemos aplica los principios marxistas (de los hermanos Marx), “Damas y caballeros, esos son mis principios y si no le gusta tengo otros…”  

La batalla que se avecina obliga a las fuerzas políticas a la definición, so pena de que en una situación de enorme polarización el discurso político acabe desapareciendo engullido por uno u otro bando. La implosión interna de Podem Cataluña  y  la práctica desaparición del Pdecat son dos ejemplos relevantes de las consecuencias de esa indefinición.

El momento político es excepcional. Está en juego no sólo la hegemonía política sino la propia estructura social del país. El punto de ruptura será la movilización de los sectores abstencionistas mayoritariamente anti-procés. Desgraciadamente la amplísima brecha abierta en la sociedad civil no se cerrará con estas elecciones. La clase política independentista (gane o pierda) a pesar de que ha sido cogida en falso, no está dispuesta a reconocer lo evidente. Muchos de los políticos que se postulan han vivido hasta hoy al amparo de la subvención, del sueldo oficial y, no poco, con los habituales negocios turbios de las licitaciones. El retorno a la institución se hace imprescindible; sólo así se explica la fácil aplicación del 155: no ha habido resistencia. A diferencia de los altos funcionarios franceses en 1942 que, cuando se instauró el régimen de Vichy, dimitieron los altos cargos de la ERC y Convergencia siguen en sus puestos. Por ejemplo, el hermano de la cupera Mireia Boya sigue de director general de la Agencia Catalana del Patrimonio Cultural. Es decir, mientras tienes la Generalitat intervenida, en la que han cesado al Govern, multitud de altos cargos de confianza, que son todos socios, cuñados y hermanos, siguen trabajando sin reparos para el “Estado fascista, franquista y opresor”. Así uno de los puntales del “procés”, el exjuez Santi Vila, exigió para hacer firme sus dimisión, según El Periódico de Catalunya, 3.000 euros mensuales por permanecer en silencio.

La activación del 155 supone, de facto, la destrucción de los acuerdos del 78. Con el problema catalán, España vive una crisis sin precedentes que provocará, básicamente, tres efectos más o menos inmediatos. El primero, la agudización de las reivindicaciones en aquellas autonomías que se sienten maltratadas por su insuficiente financiación (País Valenciano). Segundo, la importancia creciente de aquellas otras autonomías que aprovechan la coyuntura y la necesidad de sus votos para asegurarse una sobrefinanciación en un gesto más de insolidaridad política (País Vasco). Tercero, el ejemplo catalán (como hemos advertido en otros escritos) será utilizado para invisibilizar y fragmentar el campo progresista. Es Podemos la probable gran perdedora; en las últimas semanas esta organización ha sufrido cuatro crisis de amplio calado, la primera ha sido la práctica desaparición de Podem Cataluña, la segunda la crisis con los “Anticapitalistas” que promovían la independencia y a eso se suma la tercera, la ruptura por la mitad, del grupo parlamentario gallego de En Marea a cuenta de una resolución sobre el derecho a la autodeterminación de Cataluña promovida por el BNG, por último la cuarta las disensiones internas entre la cúpula dirigente con la purga de Carolina Bescansa.

Entramos en un terreno nuevo. Se ha dicho y lo oímos más que nunca estos días que la Transición y su constitución eran un modelo de éxito. Fue exitosa en la misma medida que preservó las formas de dominación financiera heredadas del franquismo.  Al mismo tiempo, nadie puede afirmar que el sistema democrático que se deriva de su articulado no es homologable al modelo europeo. Es más, algunos Estados como el francés o el alemán serían infinitamente más duros en la acción represora contra el movimiento secesionista catalán de producirse en sus países.

La izquierda, a la izquierda del PSOE cometió un error de cálculo. Creyó que estábamos frente a la crisis final del régimen. Esa posibilidad se cerró cuando no se quiso apear al PP del gobierno en el momento que Pedro Sánchez ofrecía una alianza a tres bandas (PSOE, Ciudadanos, Podemos), la formación de Pablo Iglesias creyó sus propios discursos. Pensó que era posible el “sorpasso” al Psoe. El tacticismo y la falta de visión en perspectiva se impuso. El momento de arrinconar al PP a la oposición e iniciar su desmantelamiento se perdió. Posteriormente, la crisis catalana permitió nuclear las fuerzas de la restauración entorno a la figura del nuevo rey, como hizo su padre frente al 23-F. Así, el proceso catalán trae como resultado el debilitamiento progresivo de las opciones transformadoras que se vislumbrará primeramente en Cataluña y posteriormente en el resto del país en un claro giro a la derecha de la sociedad española.

La crisis catalana trae a la par que una intensa movilización a favor de un supuesto “Estado propio”. El resurgimiento de una identidad española, que equivocadamente la izquierda asimila con la extrema derecha. Los colores oficiales del Estado apelan emocionalmente a una amplia mayoría de españoles, tanto como las banderas propias a los independentistas. Que son, no lo olvidemos, minoritarios en la mayoría de las comunidades. Si la izquierda, o las fuerzas que se reconocen en ese espectro renuncian a reivindicar la patria como identidad común corren el riesgo de autoaislarse, se pierde capacidad de incidencia y transformación. La izquierda debe resignificar el concepto de patria y arrebatárselo de las manos de la derecha.

En cambio, la izquierda, determinada por su tacticismo electoral, apela a la plurinacionalidad en un proceso donde se acentuaría, el deseo de acercarse a una especie de Estados Libres asociados. La consecuencia inmediata es el aumento de la  insolidaridad. Pero esto, aunque se lograse, nunca sería suficiente. Siempre se exigiría más hasta conseguir la propia implosión del Estado en un remedo de cantonalismo del siglo XIX. El País vasco, por ejemplo, ha decidido practicar el “dumping fiscal” en su territorio. Ha bajado cuatro puntos en el impuesto de sociedades para atraer más inversión a esa comunidad. La propuesta de Podemos olvida que, en cualquier país, los flujos de capital van de las regiones pobres a las ricas. Las grandes empresas de infraestructuras, telefonía, agua o luz, por ejemplo, desarrollan su negocio en el conjunto del Estado, pero declaran sus impuestos (el de sociedades) en comunidades ricas. De ahí proviene la necesidad de aportar, vía impuestos, recursos a las autonomías más pobres. Lo contrario es insolidaridad e injusticia.

La izquierda ha cerrado los ojos a la necesaria pedagogía política, ha generado un discurso aparentemente intelectualizado y profundo pero hueco. Frases como derecho a la autodeterminación, referéndum acordado… son grandes significantes aunque están vacíos. Pablo Iglesias lo ha repetido en múltiples ocasiones, sólo la conquista de las instituciones permite el cambio social, ese fin justificaría los tacticismos políticos: ¡ craso error! Él más que nadie debería recoger algunas de las enseñanzas que nos transmitieron los dirigentes del PT y la izquierda latinoamericana. Controlar las instituciones no es controlar el poder. El poder es, sobre todo, hegemonía social y cultural, programa de transformación y coherencia política.

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