Qué votar el 21D

Pedro López Provencio ||

Ex dirigente sindical ||

Tal vez el virus del nacionalismo sea como el del herpes que, tras la curación de las lesiones, puede persistir latente en el organismo y reaparecer de nuevo en otro momento, siempre inoportuno. Y ocasionar nuevos inconvenientes y sinsabores.  Sin embargo, hay que confiar en lo que nos dijo Juan Goytisolo “el hombre no es un árbol, no tiene raíces, tiene pies y camina” y la Humanidad es capaz de encontrar remedios para sus males.

El nacionalismo catalán que venimos padeciendo, y que parece haber acabado en su expresión más extrema, nos ha deparado al final, entre otros, los siguientes eventos:

Una declaración unilateral de independencia (DUI) y una proclamación de la República catalana sin valor jurídico alguno. Puesto que se realizó sin competencia para ello, sin el quórum necesario y en la exposición de motivos del documento que se sometió a la aprobación del Parlament. Esto último con la probable intención de eludir responsabilidades en el Estado del que se simulaba independizarse.

A continuación el President se marcha, sin ni siquiera arriar la bandera del Estado del que supuestamente se separa. Al día siguiente come tranquilamente en un lugar público de Girona y se pasea entre sus convecinos, que lo aclaman como si fuese un héroe. Poco después aparece en Bruselas, junto a otros miembros de su Govern, en busca del amparo de la Unión Europea que los ningunea sin compasión.

No tardan en reconocer que no tienen ninguna de las prometidas “estructuras de Estado republicanas” preparadas para funcionar. Durante más de dos años han estado mintiendo, despilfarrando dinero público y engañando a muchos catalanes. Y, que una buena parte de éstos aceptasen de buen grado el engaño y se manifestasen masivamente, no es en modo alguno una atenuante y mucho menos una eximente.

Contrariamente a lo que afirmaban, varios miles de empresas trasladan su domicilio social y fiscal a otros lugares de España. Disminuye la actividad económica y aumenta el paro. La desigualdad y la pobreza siguen cronificándose en Cataluña. La desconfianza se generaliza hasta el punto que muchos depósitos bancarios se trasladan a agencias sitas en otros lugares de España.

El Rey ejerce las únicas funciones efectivas que ostenta. Fedatario de los Actos de Estado y representante de postín del mismo. Por eso notifica públicamente que no es aceptable la desmembración de España a las bravas y que se adoptarán las medidas legales oportunas. Adviértase la diferencia con el Caudillo que sí ostentaba todo el Poder del Estado.

Se usa el artículo 155 de la Constitución, tal como lo acuerda el Senado y lo interpreta el Gobierno central. Toda la estructura del Govern de la Generalitat lo acepta de facto. Se produce la disolución del Parlament. Se cede el control de la Administración y la dirección de la policía autonómica, Mossos d’Esquadra, al gobierno del PP. Asimismo todos los partidos políticos, incluidos los nacionalistas e independentistas más extremos, declaran que concurrirán a las elecciones autonómicas convocadas por el gobierno del PP al amparo del denostado 155. Eso sí, despotricando a gogó para consuelo de feligreses y victimismos varios.

Algunos miembros del destituido Govern de Catalunya ingresan en prisión provisional. Porque se les acusa de graves delitos y, sospecho, por desdeñar a quien personifica el Poder Judicial. Persistiendo en el aparente desacato y creyéndose por encima de la Ley que no les gusta. Solo se libran quienes aceptan estar sometidos a la Ley y al Derecho en el ejercicio del poder y de la función pública.

Ningún Estado ni organismo internacional reconoce a la “nueva república independiente”. La Unión Europea rechaza de plano la secesión e impide la instalación de la Agencia Europea del Medicamento en Barcelona que, meses antes, parecía segura.

También es posible que se haya conseguido despertar alguno de los peores enconos del nacionalismo español. Y algo inesperado. No hace mucho era inimaginable ver en Barcelona a cientos de miles de personas luciendo desacomplejadamente la bandera rojigualda. Tan ajena a nuestros postulados tradicionales. Llevadas mayoritariamente por buena gente, tan buena como muchos de los que portaban la estelada en las manifestaciones independentistas.

Ahora, con la Navidad, los ciudadanos que vivimos en esta atormentada comunidad catalana, deberíamos desechar los nacionalismos enfrentados y emprender una nueva andadura, votando a quien tenga un proyecto creíble para:

Acometer las tareas necesarias para proyectar la imagen de lo que hemos sido y de lo que deberíamos volver a ser. Una comunidad abierta y acogedora, cosmopolita e integradora, moderna y emancipadora. Promotora de ciencias y de humanidades. Donde se intente de nuevo la síntesis de los valores humanos con las normas de conducta y la libertad. Donde habite sin conflicto el individuo y el grupo. Donde la identidad y la diversidad ensayen la coexistencia en armonía. Para que la fraternidad y la solidaridad nos conduzcan a alcanzar las máximas cotas de igualdad.

Recuperar el prestigio de Barcelona como ciudad donde la convivencia, la seguridad jurídica, la tranquilidad y la alegría de vivir sea patrimonio de propios y extraños.

Recomponer la convivencia social. Estableciendo los medios para que las diferencies políticas no comporten división y enfrentamiento entre las personas, los amigos, las familias.

Revertir el incremento de la pobreza. Disminuir las listas de espera en la sanidad. Acabar con el abandono escolar prematuro, en una escuela que debe ser mucho más que de idioma único. Proporcionar una vida digna a nuestros ancianos, a las personas que tienen alguna incapacidad invalidante y a las que sufren la pobreza.

Buscar los acomodos posibles para las empresas que se han marchado. Evitando la sensación de que lo único que tenemos que decirles es “bon vent i barca nova”.

Mejorar e incrementar las infraestructuras, poniendo los medios que impidan la corrupción.

Establecer las condiciones para que el empleo tienda a ser estable y el trabajo de calidad. Activando la inspección de trabajo y facilitándole los medios para que pueda cumplir con sus funciones.

Impulsar la reindustrialización. Interviniendo para que las nuevas técnicas de organización, que conlleva la automatización mecánica y la informatización electrónica, revierta en el empoderamiento de los trabajadores. Y así evitar que los cosifiquen al eliminar sus categorías laborales mientras se hace depender los salarios del puesto de trabajo y del simple transcurso del tiempo. Es preciso que la formación, la capacidad y la experiencia de las personas sea un valor primordial en la empresa y la organización se adecue a su evolución. Que el diseño del trabajo se acomode a los trabajadores y no al revés.

Mejorar la distribución del Poder entre los distintos ámbitos de gobierno municipal, catalán, español y europeo, así como las competencias exclusivas, compartidas y concurrentes a ejercer, de acuerdo con la economía de escala y las conveniencias socio-políticas de las personas.  Estableciendo los elementos de coordinación necesarios y actuando de buena fe.

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