Tolerancia y diversidad

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye ||

Abogado y escritor ||

La sociedad española es mucho más tolerante que las élites políticas. La dificultad histórica de aceptar la diferencia, sea religiosa, nacional, política, proviene de un pasado repleto de decisiones, expulsiones y de instituciones que han tendido a uniformizar el país. Por eso todavía late en algunos países, como Bélgica, esa desconfianza hacia España, esa especie de leyenda negra.

Esta pulsión hacia la intolerancia no es hispánica solamente. También cundió en muchos otros países, como Francia o Inglaterra, donde hubo movimientos contra las minorías religiosas y contra los disidentes. Pero allí, la lucha por la libertad de conciencia fue cuajando mejor, en la revolución inglesa de finales del siglo XVII y en la revolución francesa, un siglo después, a pesar de todas sus contradicciones y tropiezos. Protestantes, judíos, -o católicos en Inglaterra-, consiguieron ser aceptados y formar parte de la sociedad, siendo además un impulso de la revolución industrial. En España, la historia fue diferente hasta hace relativamente poco tiempo y las minorías no fueron aceptadas del todo, como mucho fueron toleradas, como los chuetas. Releamos a Julio Caro Baroja para conocer mejor las raíces históricas de nuestra intolerancia.

Así, las guerras civiles españolas, las tres carlistas y sobre todo la civil (la cuarta), que creó un Estado que negaba o perseguía la diferencia. Los diferentes, los disidentes y hasta los meros disconformes tenían que escoger entre el exilio o el silencio, como ha explicado muy bien Jordi Gracia en su obra ‘La resistencia silenciosa’.

Pero hoy España es muy distinta gracias a la Transición democrática tras la muerte del último dictador. La Transición, tan denostada por muchos, fue precisamente una prueba de esa tolerancia profunda del pueblo y de unos cuantos dirigentes con visión más generosa y sensata.

Por eso contrasta en estas semanas la violencia verbal de muchos partidos o coaliciones, sobre todo de los extremos, con la vida cotidiana en que los españoles han resistido a las tentaciones guerracivilistas. Ejemplar fue la serenidad ante el terrorismo de ETA, como ejemplar es la convivencia real en Cataluña, o la reacción serena ante los atentados yihadistas. No caímos, como querían, en la reacción racista o la revancha de matarifes. Otro ejemplo, por citar el día a día, es la solidaridad de la gente corriente hacia los pobres, los inmigrantes, los refugiados, aunque el Estado no contribuya apenas a ese esfuerzo. O la acogida anual de niños de Chernóbil, o de niños saharauis, que son un buen ejemplo, poco difundido y poco conocido fuera de España.

La sociedad española ha sido siempre más tolerante, más solidaria, más ejemplar que sus gobernantes. Ya lo decía Juan de Mairena, que no era precisamente un optimista. No en vano, el pueblo español pudo seguir viviendo tras la guerra civil, a pesar de los miles de fusilamientos que continuaron durante más de un lustro. No es casual que fuera el Partido Comunista el primero que, ya en 1956, proponía la Reconciliación Nacional, algo que no fue escuchado, desde luego desde el poder, pero tampoco desde otros grupos o partidos en principio menos radicales. No es casual tampoco el gran número de cristianos que se unieron muy pronto a las filas del antifranquismo y de los propios comunistas. Significativamentre, el monumento a los Abogados de Atocha es un abrazo.

Pero volviendo a la uniformidad y tolerancia en la sociedad española, ésta tiene sus resacas, sus contrapuntos. Por ejemplo, quizá sea la eclosión de nacionalismos, algunos espurios, el contraste ante el deseo estatal de hacernos a todos idénticos. El anticatalanismo primario y el antiespañolismo son una muestra mórbida de ese afán intolerante de diferencia, teñido de supremacismo. Y, en el fondo, asoma peligrosamente esa negra violencia que duerme agazapada pero no extinguida. En Moncloa faltan sutileza, matices, que son las bases del entendimiento y se empeñan en seguir únicamente el guión de la ley y las normas, descuidando la comunicación, la palabra, las ideas. En la ERC les guía más el odio a España que el deseo de arreglar las cosas. Otros, como la CUP, no son ni siquiera dignos de atribuirles un discurso. Llamarles herederos del bakuninismo es insultar a Bakunin. Ahora, la intolerancia ha sentado sus reales en el campo de los nacionalistas y secesionistas.

Flaco servicio a la convivencia hacen quienes agitan los demonios del enfrentamiento, de la violencia y la intolerancia como única forma de reorganizar el país o, su país, como ellos piensan. Como siempre en la historia de España, quien sufrirá será el pueblo llano.

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