Hermanos musulmanes en Egipto. Una historia política

María Rosa de Madariaga ||

Historiadora ||

Licenciada en Filología Árabe por la Universidad Autónoma de Madrid y buena conocedora de Egipto, país en el que vivió varios años, Rocío Vázquez Martí pertenece a la nueva generación de arabistas españoles que hacen honor a la gran tradición del arabismo español ya desde el siglo XIX.

Precedido de una Introducción de Gema Martín Muñoz, profesora de la UAM, y de un Prólogo de la propia autora, el libro consta de seis capítulos, a lo largo de los cuales, Rocío Vázquez Martí va desgranando los orígenes, el desarrollo y las vicisitudes de un movimiento político-religioso tan vinculado a Egipto, aunque con ramificaciones en otros países musulmanes.

Antes de entrar en materia, la autora nos introduce en el marco geográfico e histórico en el que tuvieron su origen los Hermanos Musulmanes (de ahora en adelante, HHMM), del árabe Ijuân al-muslimûn, designación que nos parece más acertada en castellano que la de Hermandad Musulmana, simple traducción del inglés “Brotherhood”.

La autora señala la importancia de un país como Egipto, no solo por su posición geoestratégica, sino también por su peso demográfico, y por el hecho de haber sido, como señala Gema Martín Muñoz en la Introducción, “el centro de gravedad cultural, político y geográfico del mundo árabe y del islam”.

Un país milenario cargado de historia

Después de una rápida mención al pasado glorioso de Egipto, desde el esplendor de las dinastías faraónicas y la posterior dependencia del país de Roma y Bizancio, la autora se refiere a un hecho fundamental en la historia de Egipto: la conquista del país por los árabes en el siglo VII y la rápida expansión del Islam, la importancia de la dinastía fatimí (shií) en la historia del país, y la posterior conversión al sunnismo con la dinastía ayubí, cuyo representante más eximio fue Saladino. Otros hitos importantes en la historia del país serían la conversión de Egipto en una dependencia del Imperio otomano en 1515, y, muy posteriormente, la famosa expedición militar y científica de Napoleón Bonaparte al país en 1798, que sería el principal detonante de la injerencia británica. Desde entonces, ejercer un estricto control sobre Egipto se convirtió para Gran Bretaña en una obsesión, en una absoluta prioridad estratégica, particularmente desde la apertura del canal de Suez en 1869.

Como no podía ser menos, la autora hace especial hincapié en la persona de Mehmet Alí, gobernador (wali) otomano, de origen albanés, que desempeñaría el cargo hasta su muerte en 1849, y llegaría a formar una dinastía hereditaria, cada vez más autónoma de Estambul, de la que provendrían los sucesivos jedives y reyes hasta 1952. Mehmet Alí fue, como lo designa Rocío Vázquez, un “autócrata modernizador”, cuyo papel en la configuración del Egipto moderno fue crucial.

De otro lado, se asiste a la creciente sumisión del país a Gran Bretaña, sobre todo desde que Londres se hizo, en 1875, con la propiedad de la Compañía del Canal de Suez, mientras que el Jedive, con el Tesoro en bancarrota, se contentaba con cobrar un cuantioso peaje por la utilización de esta importante vía de navegación, que unía el Océano Índico al Mar Mediterráneo.

Aunque oficialmente independiente, Egipto solo gozaba de una soberanía limitada, tanto económica como política, y también militar, con la presencia de bases y de miles de soldados británicos, cuyos jefes actuaban con total independencia del gobierno egipcio.

Paralelamente al descrédito de la monarquía de los Jedives, la miseria social y la injerencia colonial británica, fue surgiendo en el siglo XIX el movimiento de los reformadores musulmanes, cuyos principales teóricos el persa Yamal ad-Din al-Afghani, el egipcio Muhammad Abdu y el sirio Rachid Rida influyeron poderosamente en los fundadores de los HHMM al final de los años veinte del pasado siglo. Sería también por esos años cuando asistimos a una importante efervescencia nacionalista, heredada de la registrada a finales del siglo XIX con el movimiento protagonizado por el coronel Ahmed Urabi y su revuelta contra los Jedives sumisos al imperialismo británico.

En el Capítulo I, la Autora se refiere detenidamente al “reformismo político islámico” de los tres mencionados teóricos y a la influencia de su pensamiento renovador en los medios intelectuales musulmanes. Al-Afghani, preocupado sobre todo por la unidad panislámica frente a Occidente; Muhammad Abdu y la prioridad dada a la educación; y Rachid Rida, fallecido en 1935, quien consideraba necesario pasar de la teoría a la acción, y fundar un “partido reformista” (hizb islahi), cuya misión sería educar a la sociedad y preparar a los dirigentes para la creación de un Estado que respetara los principios del islam.

Fundación de los Hermanos Musulmanes

Enlazando con estos precedentes, la autora pasa a hablarnos de la primera generación de los HHMM y de su fundador Hasan al-Banna, el mayor de cinco hermanos, nacido en octubre de 1906 en la aldea de Mahmudiya (provincia de al-Buhayra), a unos 175 km de El Cairo. Sus antecedentes familiares- su padre era el almuédano, el imán y el profesor de la mezquita local- influirían en su afición a las ciencias islámicas. Ya desde muy joven, Hasan al-Banna dio muestras de ser una persona muy dada a la acción, toda vez que ya antes de la fundación de los HHMM había militado en varias agrupaciones, preocupadas fundamentalmente en fomentar la “moral islámica”. Al mismo tiempo entablaba estrechas relaciones con la cofradía Husafiya, que hará que el sufismo influya en su vida y sus acciones “más de lo que se ha señalado hasta ahora”, según Rocío Vázquez. Aunque su padre habría deseado que se convirtiera en un alim (erudito, docto) de la Universidad de al-Azhar, Hasan al-Banna deseaba recibir una educación diferente a la clásica islámica, por lo que entró a estudiar en la Escuela de Maestros de Primera Enseñanza, de Damanhur, y dos años más tarde inició estudios en Dar al-Ulum (Casa de las Ciencias). A las influencias del islam clásico y del sufismo, habría que añadir la del nacionalismo, fomentado por la agitación patriótica-nacionalista de 1919, liderada por Saad Zaghlul, padre del nuevo nacionalismo egipcio.

En El Cairo, adonde se trasladó en 1923, vio con preocupación la rivalidad entre el Partido Liberal Constitucional y el Wafd, artífice este último de la independencia, liderado por Saad Zaghlul, partidos ambos seculares y, por tanto, alejados de la tradición y la ortodoxia islámicas, lo que propició que fuera madurando en él la idea de que, para combatir esas lacras sociales, no bastaba con las palabras, sino que era precisa la acción.

En 1927 se trasladó, como profesor de lengua árabe en una escuela estatal de primaria, a Ismailiya (provincia del Canal de Suez), donde pudo comprobar de cerca el dominio económico y militar británicos en Egipto, el control de los bienes públicos por los extranjeros y las enormes desigualdades entre el lujo en el que éstos vivían y la extrema pobreza de los egipcios.

Aunque los HHMM surgieron con vocación socio-religiosa y con una dimensión de organización benéfica y asistencial, es evidente que su objetivo fue desde el principio el de interactuar con la sociedad como un todo, penetrando e influyendo en ella, mediante iniciativas sociales y educativas y proyectos sanitarios, comerciales y editoriales. Utilizaban las mezquitas no solo con el fin de ganar adeptos, sino también como lugar idóneo donde movilizar a la gente. En solo cuatro años, los HHMM disponían ya de sedes permanentes en ciudades como Port Said, Ismailiya y Suez. Para aumentar el número de afiliados, al-Banna alternaba las prédicas en las mezquitas con las prédicas en las plazas y cafés, no tardando en obtener apoyo económico de los comerciantes locales y de la Compañía del Canal de Suez. Todas las filiales de los HHMM seguían el mismo patrón: al establecimiento de la sede seguía un proyecto social paralelo, que conllevaba la fundación de mezquitas, de escuelas, de pequeños comercios y de dispensarios, aumentando así su influencia y su arraigo social.

En 1932, Hasan al-Banna se trasladaba a El Cairo, donde la expansión de su proyecto iba a ser rápida, dada la precaria situación de la población. La organización centró su actividad en los medios obreros, particularmente en Tanta, importante aglomeración agrícola e industrial situada a ochenta kilómetros al norte de El Cairo, donde el desempleo era muy elevado. Principal centro de cultivo y desmote del algodón de todo Egipto, los trabajadores del textil eran y siguen siendo allí uno de los sectores obreros más movilizados y reivindicativos. Los HHMM no dejaron de aprovechar la ocasión de encuadrar y encabezar sus protestas.

En Egipto se estaba produciendo en los años treinta del pasado siglo una importante transformación social, que puso al descubierto la enorme brecha que se había ido abriendo entre el estilo de vida urbano, en contacto con Europa, y el medio tradicional rural. A esta transformación vino a sumarse la cada vez más numerosa emigración campesina del campo a la ciudad por motivos económicos, y la falta de adaptación al medio urbano de miles de campesinos, que encontraron en los HHMM acogida y asistencia material. Otro factor que contribuyó a incrementar el prestigio de los HHMM entre la población fue el enorme rechazo popular a la legislación importada de Europa, principalmente de los Códigos franceses desde el último cuarto del siglo XIX, que favorecía los intereses extranjeros y era considerada una de las causas de la injusticia social vigente. Ni que decir tiene que los HHMM aprovecharon esta situación para exigir la abolición de las leyes inspiradas en la legislación francesa y la aplicación, como alternativa, de la legislación islámica.

La implantación de los HHMM en El Cairo implicó un importante arraigo de la organización en la sociedad, incluido en las universidades, especialmente en la de al-Azhar. Su impresionante crecimiento hizo de esta organización una de las mayores fuerzas sociales y también políticas de los años treinta. Para la expansión y difusión de sus ideas se organizaban regularmente debates y conferencias, y se fundó una publicación Mayal-lat al-Ijuan al-Muslimîn (Revista de los Hermanos Musulmanes), que difundía los escritos de al-Bnna.

Otro factor que contribuyó a incrementar el prestigio de los HHMM en la población egipcia fue un hecho sucedido en el extranjero, pero que tendría enormes repercusiones en todo el mundo árabe: la creciente emigración sionista a Palestina y los primeros enfrentamientos armados entre los sionistas y los árabes palestinos fueron para la organización islamista una buena oportunidad de implicarse en una causa claramente política y de carácter nacional-patriótico. La colecta de fondos en apoyo de la huelga general de los palestinos en 1936, así como la organización de manifestaciones y de numerosos actos de solidaridad con el pueblo palestino contribuyeron sin duda a afianzar su popularidad en la opinión pública y a darle una dimensión política frente a la posición oficial del gobierno o la de otras formaciones políticas, próximas a Palacio, que no daban ningún paso sin el visto bueno de Londres. A las clases desfavorecidas de la sociedad, que se beneficiaban de la eficaz red de servicios ofrecidos por la organización islamista vino a sumarse un creciente sector de las clases medias, para el que los HHMM recogían sus aspiraciones propiamente políticas. Aunque se calificaban a sí mismos de “organización política” no llegarían a convertirse en un partido político. Pese a que Egipto era oficialmente independiente desde 1922, el país seguía bajo el estricto control de Londres, circunstancia que sirvió de terreno abonado para una creciente acción política de los HHMM contra la influencia británica y la afirmación de los valores identitarios basados en el Islam.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la oposición de al-Banna a los británicos llevó a Londres a ejercer presión sobre el gobierno egipcio para que dispusiera el traslado de al-Banna fuera de El Cairo en 1941 y emitiera una orden contra las actividades de los HHMM. El gobierno egipcio terminó liberando a al-Banna, que había sido detenido en diciembre del mimo año, a cambio de que éste renunciara a presentarse a las elecciones legislativas previstas para enero de 1942. De aquellos años datan los contactos de al-Banna con algunos oficiales del Ejército, como Anuar al-Sadat, cuyas simpatías por Alemania son de todos conocidas.

Un importante punto de inflexión en la trayectoria política de los HHMM fue la partición de Palestina en 1947, con la oposición del mundo árabe, y la derrota de los ejércitos árabes en la guerra de 1948, que se convertiría en eje central de la actuación pública de los HHMM, cuyos voluntarios se habían batido junto a las tropas árabes uniformadas. Esta guerra, su desarrollo y desenlace iba a tener repercusiones directas y decisivas para todos los actores políticos y centros de poder afectados por el conflicto, toda vez que culminaría con el cambio de régimen de 1952 en Egipto. Hassan al-Banna no llegaría a ver este cambio: el 12 de febrero de 1949, al caer la tarde, fue víctima de un atentado que le costó la vida. Solo en 1954, es decir, dos años después de que los oficiales libres derribaran el régimen en julio de 1952, serían condenados a penas de cárcel los cuatro asesinos confesos, y, a cadena perpetua con trabajos forzados, el jefe del comando, vinculado a la policía política del gobierno, que había actuado bajo las órdenes del general Muhammad Wasfi, y del propio primer ministro Abd al-Hadi, quien había actuado, a su vez, por encargo del rey, con la silenciosa aprobación de Londres. Con anterioridad, el gobierno de Nuqrashi había procedido a promulgar el decreto de disolución de los HHMM en diciembre de 1948, basándose en acusaciones gravísimas, entre otras la del asesinato, en el curso de una algarada estudiantil, del jefe de la policía de El Cairo. Esta decisión le costó la vida a Nuqrashi, que murió asesinado por las balas de un estudiante, militante de los HHMM, acción que, aunque fue condenada sin paliativos por al-Banna, no impidió que sus bienes fueran embargados, secuestradas sus empresas, y prohibidas sus actividades y publicaciones. El país vivía una oleada de intensa violencia y de suma inestabilidad.

Los intentos de conciliación de la organización islámica, ya iniciados por Hassan al-Banna frente a los elementos más radicales, dieron su fruto con la sentencia dictada por los jueces el 17 de marzo de 1951, según la cual el asesinato de Nuqrashi había sido obra de un militante aislado. Esta sentencia propició la regalización el 31 de septiembre de 1951 de los HHMM, que podían volver a desarrollar su actividad. Quedaba ahora la difícil tarea de elegir un sucesor a Hasan al-Banna, elección que recayó en Hassan Ismail al-Hudaybi, como personalidad considerada “no alineada” con ninguno de los dos bandos que se disputaban la sucesión del líder. Fue una solución provisional de compromiso, dado que el nuevo murshid (guía) estaba próximo a cumplir los 70 años, y no era imaginable que se perpetuase mucho tiempo en el cargo.

La revolución de 1952 y la era Nasser

El golpe militar de los Oficiales Libres, el 22 de julio de 1952, que derrocó al rey Faruk y terminó con la monarquía de los Jedives, inauguró una nueva era en la historia de Egipto. El cambio de régimen fue visto por los HHMM con una mezcla de esperanza y temor, señala Rocío Vázquez, ya que, a pesar de que los militares habían apreciado las posiciones de los HHMM respecto de la cuestión palestina y el Canal, no sería fácil que aceptasen una influencia de la organización islamista en el proceso. Los HHMM expresaron su júbilo por el golpe militar y su apoyo a las Fuerzas Armadas, pero, en vista de que Nasser y los demás militares no pensaban dar a la religión un papel central en el nuevo régimen ni que los preceptos coránicos impregnasen la legislación del Estado, dieron un paso atrás. Rocío Vázquez rechaza la versión que circuló en un momento dado, sin prueba alguna, de que los HHMM estuvieran al corriente de todo y hubieran establecido, vía Sadat, algún tipo de arreglo político para que el nuevo régimen tuviese un marcado tinte islámico.

En julio de 1952 Egipto emprendía su andadura republicana, no bajo el liderazgo islamista, sino bajo la autoridad de un comité militar liderado en la sombra por el teniente coronel Nasser. Los HHMM comprendieron que los militares eran los dueños de la situación, que se proponían remodelar el Estado con total ausencia de toda referencia al Islam, y que la nueva Constitución, que debía sustituir a la de 1923, no contaría con ellos.

En el seno de la organización islamista se produjo una pugna interna entre la facción más radical, representada por el “aparato secreto”, dispuesto, llegado el caso, a la acción, y la representada por al-Hudaybi, más moderada y conciliadora, que terminaría por imponerse. Los HHMM, decididos, tanto en su autoridad orgánica como en las bases, sobre qué actitud adoptar ante el régimen militar, optaron por ponerse a la defensiva y mostraron un perfil bajo, manteniéndose a la expectativa.

Rocío Vázquez se detiene a analizar la situación creada después del triunfo del golpe militar con la creación del Consejo de Mando de la Revolución, compuesto de doce miembros, en el que solo Anuar al-Sadat pasaba por ser más o menos próximo a los HHMM. El hombre fuerte de la nueva situación fue desde el principio Nasser, aunque el general Naguib ocupase la jefatura del gobierno, y fuera después designado presidente provisional de la República. Pero, tras la dimisión de Naguib en noviembre de 1953, Nasser, que había sido ministro del Interior, viceprimer ministro desde septiembre de 1952 y primer ministro desde junio de 1953, pasaría a ser presidente “de facto” hasta que se aprobó en junio de 1956 la nueva Constitución, en virtud de la cual fue elegido el 23 de junio de ese año jefe del Estado, cargo wque no abandonaría hasta su muerte acaecida el 28 de septiembre de 1970.

Si dentro de los HHMM había, como hemos visto, facciones, particularmente una más radical, representada por el “aparato secreto” o “sección especial”, de carácter paramilitar, y otra más moderada representada por el propio al-Hudaybi, lo mismo sucedía en el Consejo de Mando de la Revolución, en el que el general Naguib pasaba por ser un moderado, partidario de un entendimiento con los HHMM frente a las reticencias de la mayoría de los miembros del Consejo.

Rocío Vázquez califica de “decisivo” el año de 1954, en el que se producirían una serie de sucesos que tendrían graves repercusiones en Egipto. Las divergencias entre Nasser y Naguib eran cada vez más profundas. Mientras que Naguib era partidario de que el país retornara lo antes posible a la normalidad, con la organización de elecciones democráticas y la vuelta de los militares a sus cuarteles, Nasser defendía la continuidad en el poder del Consejo de Mando de la Revolución. Los HHMM organizaron toda una serie de manifestaciones de apoyo a Naguib, quien anulaba la orden de disolución de la organización islamista decretada el 14 de enero de 1954. La hostilidad de Nasser a los HHMM, de quienes sospechaba que querían infiltrarse en la Policía y el Ejército para hacerse con el poder por la fuerza, era cada vez más patente. Obligado a anular el decreto de disolución de los HHMM, Nasser nunca perdonaría a éstos haber tenido que ceder.

Con el afianzamiento del gobierno de Nasser, nombrado jefe del gobierno el 25 de marzo de 1954, se iniciaba lo que sería después internacionalmente conocido como “régimen nasserista”, primera muestra, como dice Rocío Vázquez, de un cierto “peronismo árabe”, expresión que nos parece bastante ajustada, toda vez que el llamado “socialismo árabe”, tanto el de Nasser como el del Baaz, no nos parece otra cosa que una vulgar forma de populismo, envuelta en la confusa retórica del “nacionalismo”. La situación entre el Consejo Revolucionario y los HHMM se tensó aún más con motivo de las negociaciones con Gran Bretaña a propósito del nuevo acuerdo sobre el Canal de Suez, que preveía la evacuación de las tropas británicas, pero preservaba el derecho de la ex potencia colonial a restablecer, en caso de necesidad, la presencia militar. Los HHMM consideraron el acuerdo inaceptable e impropio de un régimen que había prometido recuperar la soberanía nacional sobre todo su territorio.

El nuevo tratado anglo-egipcio fue firmado el 19 de octubre de 1954, y una semana después, el 26 de ese mes, Nasser era objeto de un atentado en la plza Manshiya de Alejandría. El autor de los ocho disparos era un tal Mahmud Abd al-Latif, un hojalatero y miembro veterano de los HHMM, adscrito al aparato secreto o ala paramilitar de la organización islamista. Nasser salió milagrosamente ileso, pero el atentado sirvió de pretexto para poner a los HHMM fuera de la ley. Aunque al-Hudaybi condenó los hechos y mostró una actitud conciliadora, no le sirvió de nada: masas de nasseristas enfurecidos se manifestaron en las calles pidiendo el fin de los HHMM, mientras sus sedes principales, incluida la de El Cairo, eran saqueadas, y miles de afiliados eran detenidos, incluido al-Hudaybi. El juicio no pudo probar que este último estuviera al corriente del plan de atentar contra Nasser, pero el tribunal lo sentenció a muerte, junto con otros seis que fueron ejecutados. A al-Hudaybi la pena le sería posteriormente conmutada “por razones de edad y salud”. El 5 de noviembre de 1954 era disuelta la organización islamista. Con los viejos partidos políticos formalmente proscritos, la renuncia del general Naguib a la presidencia de la República el 14 de noviembre de 1954 y la disolución de los HHMM, Nasser quedaba totalmente dueño de la situación.

El clima eufórico que siguió a la decisión de Nasser de nacionalizar el Canal de Suez el 26 de julio de 1956 propició una cierta normalización, que llevó a la puesta en libertad de los HHMM presos, en torno todavía a unos 2.500, entre los cuales se encontraba al Hudaybi, quien, pese a ser muy legalista, dio su asentimiento a la reconstitución clandestina de la organización, con redes secretas de militantes, una estructura horizontal y liderazgos locales.

Entre los nuevos nombres de los HHMM que destacaron en los años 60, cabe mencionar ante todo a un militante y cuadro, Sayyid Qutb, encarcelado desde 1954, liberado a finales de 1964, y autor de un libro Maalim fil Tariq (Jalones en el camino), que los adversarios de los HHMM tacharon de “catecismo del perfecto integrista”, y otros, como el “vademécum de los militantes islamo-terroristas”, lo que, para Rocío Vázquez, constituye una “simplificación considerable. En cualquier caso, el libro, a cuya difusión dio al-Hudaybi su aprobación, fue considerado por el gobiernos egipcio un manual para el activista de una organización prohibida y potencialmente interesada en cambiar el modelo legítimo del Estado y derribar su gobierno”. Los HHMM encarcelados fueron de nuevo cientos, y los condenados a penas capitales una decena, entre ellos al-Hudaybi, a quien, lo mismo que en 1954, la pena de muerte le fue conmutada, mientras que Sayyid Qutb sería ejecutado el 26 de agosto de 1956.

Con estos terribles sucesos culminaría una fase particularmente crítica para los HHMM. El régimen de partido único, en el que la formación política oficial pasó a denominarse “Unión Socialista Árabe”, eliminaba de la escena pública toda oposición. No obstante, deseoso de organizar sólidamente un régimen de unidad (o de “unanimidad”, dice Rocío Vázquez), ante la cercana eventualidad del decisivo enfrentamiento con Israel, el gobierno intentó “recuperar” a los HHMM, con cuyo fin estableció contacto con al-Hudaybi. En esta operación de acercamiento, los HHMM, sin llegar a capitular por completo, flexibilizaron sus posiciones y se prestaron a un “extraño juego de coexistencia tácita, o pactada discretamente con los sucesivos gobiernos”, que se prolongaría durante unos cuarenta años.

La era al-Sadat (1970-1981)

La muerte de Nasser el 28 de septiembre de 1970, a los 52 años, y el acceso a la jefatura del Estado de su sucesor Anuar al-Sadat abrirá una nueva etapa en la convulsa trayectoria de los HHMM. La presencia de Sadat puso fin a la línea socializante y nacionalizadora de Nasser, adoptando medidas de liberalización política y económica, al tiempo que, en el ámbito internacional, Sadat daba un giro de 180º a la política exterior de Nasser, al optar por una ruptura con la URSS y el campo socialista, paralelamente a un acercamiento a los Estados Unidos, que le llevaría posteriormente a un reconocimiento de Estado de Israel, en virtud de los acuerdos de Camp David de septiembre de 1978.

No tardó Sadat en entrar en contacto con los HHMM, concretamente con al-Hudaybi, quien a sus 79 años había delegado muchas de sus funciones en Umar al-Tilmisani, abogado con gran instrucción y curtido en las lides políticas, quien era, además, de familia de ricos terratenientes, perjudicados por la reforma agraria de la Revolución, y con vínculos con el mundo de la empresa privada, también perjudicado por la política económica de Nasser. Por todo ello, no es de extrañar que la famosa Infitah (apertura), tanto política como económica, inaugurada por Sadat, encontrara favorable acogida en al-Tilmisani. Los HHMM que aún permanecían presos fueran poco a poco liberados. Para los HHMM se abría una nueva etapa de reubicación en el régimen sadatista. En 1977 salía por fin publicado el libro Duaa, la Qudat (Predicadores, no jueces), escrito en 1969, y atribuido a al-Hudaybi, aunque, según Rocío Vázquwz, se trataría más bien de una obra colectiva, en la que se hace una refutación didáctica y argumentada de la tendencia radical qutbista, en la que se apoyarían los islamistas partidarios de la acción directa terrorista, la cual se daría a conocer mundialmente años después con el asesinato de Sadat. El XI Congreso de los HHMM, celebrado en 1974, en el que Tilmisani fue confirmado como sucesor del fallecido al-Hudaybi, adoptó una postura claramente contraria a las corrientes islamistas radicales, entonces emergentes y minoritarias, que Rocío Vázquez califica de prototerroristas, de las que saldría la Yamaa al-Islamiya (la Agrupación Islámica).

Además de las excarcelaciones masivas de islamistas de 1971 y 1972, Sadat daba a la Constitución de 1971 una serie de retoques destinados a congraciarse con los HHMM y tenerlos de su lado, ante su propósito de una próxima confrontación militar con Israel como revancha de la aplastante derrota árabe de 1967. Sadat no era popular, suscitaba poca simpatía entre los nasseristas más radicales, de los que decidió desprenderse, como hizo con el jefe del partido, Ali Sabri, a quien cesó, así como a otros, a quienes se consideraba vinculados al ala pro-soviética del régimen. Una vez que consiguió desprenderse de sus adversarios dentro del régimen y normalizar sus relaciones con los HHMM, Sadat necesitaba consagrarse definitivamente como líder nacional, para lo cual pensó que lograría su propósito obteniendo una victoria militar sobre Israel. Todo el país esperaba vengar la afrenta de 1967, y los HHMM, en los editoriales de su portavoz oficioso ad-Dawa, alababa el gran esfuerzo nacional que se estaba realizando. El ataque egipcio del 6 de octubre de 1973 y los grandes éxitos conseguidos cuando las tropas egipcias cruzaron el Canal fueron acogidos con grandes muestras de entusiasmo, que se enfriarían cuando la contraofensiva israelí consiguió penetrar en tierra egipcia y llegar a 160 km de El Cairo. La guerra terminaba el 26 de octubre, tras la mediación de las Naciones Unidas, y con Sadat convencido de haber alcanzado su objetivo: entrar en contacto con los EE.UU y encontrar una solución con ellos. Rocío Vázquez sostiene que, con esta guerra, planeada para ser breve y victoriosa, Sadat se proponía lograr su gran designio de “cambiar de bando”, es decir, acabar con la condición de Egipto como abanderado del Tercer Mundo y pasar a ser un aliado privilegiado de los Estados Unidos. Sadat alcanzó su objetivo diplomático de que los Estados Unidos relevaran a la Unión Soviética, no solo en el ámbito militar, sino también en el político, erigiéndose en la superpotencia capaz de restablecer el derecho de los palestinos en la región.

Entretanto, los HHMM atravesaban una grave crisis con la aparición, entre las nuevas generaciones, más concretamente entre los estudiantes, de grupos islamistas radicales, tales como al.Yamaa al-Islamiya (la Agrupación Islámica), fuertemente implantada en las universidades. Entre los islamistas liberados por Sadat había muchos procedentes del “ala militar”, que organizaron con éxito la citada al-Yamaa al-Islamiya, partidaria abiertamente de la creación de un Estado islámico. Otro grupo radical, surgido también en la década de los 70, fue al-Yihad al-Islami, muy activo, junto con el antes mencionado, en los campus universitarios durante la década de los 70. Ambas agrupaciones islamistas eran partidarias de la lucha violenta. A ellos vino a sumarse al-Takfir wa-l-Hichra (Excomunión y Retiro), otro grupo islamista radical, partidario asimismo de un país regido por la ley islámica. La penetración de estos grupos integristas en las universidades impuso en las facultades una estricta separación por sexos, usos vestimentarios tradicionales, y una enseñanza fuertemente influida por el salafismo. El dinero para financiar estos grupos llegaba a raudales de Arabia Saudí y de los países del Golfo, que financiaban también generosamente a Sadat, muy satisfechos de su alineación junto a los Estados Unidos. Dentro de esta dinámica de “liberalización” del régimen, Sadat consideró asimismo oportuno retocar la Constitución de 1971, para instaurar el pluripartidismo, creándose tres partidos, uno, a la derecha, otro, a la izquierda, y, un tercero, de centro, el de Sadat, llamado Partido Nacional, al que se añadió el nombre de “Democrático”, el cual, como era de esperar, ganó abrumadoramente las elecciones de 1976.

La normalización de las relaciones con Israel resultaba cada vez más difícil de aceptar para los HHMM, y contribuiría poderosamente a fomentar el auge del islamismo radical, al tiempo que la nueva política económica ultraliberal agravaba la pauperización de las masas y creaba en la población un intenso malestar, que terminaría por estallar en los violentos disturbios de los días 18 y 19 de enero de 1977. Se asiste así a la llamada “Revuelta del Pan”, en la que las multitudes enfurecidas incendiaron autobuses y tranvías, saquearon tiendas de lujo y salas de fiestas en el centro de las grandes ciudades y trataron de asaltar sedes de edificios identificados por el Poder. La respuesta del Gobierno fue una represión feroz, en la que, junto a la Policia tuvo que intervenir el Ejército para imponer el toque de queda. Se calcula que el número de muertos sería de unos ochocientos, y aún mayor el de heridos o lesionados.

La actitud de “coexistencia pacífica” de los HHMM con el régimen llevó a Sadat a realizar ciertos actos de complacencia con ellos, como la construcción de varias mezquitas y la interrupción de las emisiones de radio y TV cinco veces al día para las cinco oraciones diarias preceptivas del Islam. Pero la continua complicidad de los HHMM con el Poder terminaría por indisponer a toda una generación emergente de jóvenes radicalizados, para quienes el héroe, el mártir del movimiento islamista era Sayyid Qutb, ejecutado por el régimen. Cada vez eran más los jóvenes reclutados por las nuevas organizaciones radicales, al-Yamaa al-Islamiya y al-Yihad al-Islami. A la creciente hostilidad contra el proceso de normalización con Israel y la “occidentalización” de las costumbres, se unía el rechazo de la política económica y social del régimen sadatista y la condena de la corrupción de las élites. Pese a los esfuerzos de Sadat de recurrir al aval de la Universidad de al-Azhar para que la opinión pública aceptase el reconocimiento del Estado de Israel, su viaje a Jerusalén y su discurso en el Parlamento israelí el 19 de septiembre de 1977 chocaron con la decidida oposición popular y la de los HHMM.

A pesar de ello, no se arredró Sadat, sino que prosiguió por la misma vía, que llevaría a los Acuerdos de Camp David, en virtud de los cuales Egipto reconocía a Israel y recuperaba el Sinaí. Este proceso culminaba con la firma entre los dos países el 26 de marzo de 1979, de un Tratado de Paz que sigue en vigor. Tantas concesiones, para recibir solo a cambio vagas promesas sobre el porvenir de los palestinos, causaron honda decepción y vivas protestas, particularmente en las universidades. Todo ello era excesivo, incluso para el moderado al-Tilmisani. Cada vez los HHMM veían más difícil seguir coexistiendo con el régimen de Sadat. Esta era la situación cuando el Gobierno decidió asestar un golpe a toda la oposición, con la redada del 3 de septiembre de 1981, en la que fueron detenidas cerca de 2.000 personas, pero de todas las tendencias políticas y religiosas, aunque más de la mitad- alrededor de un millar- eran militantes de los HHMM. La excusa para esta impresionante redada fue la necesidad de mantener el orden público y la paz social perturbadas por incidentes, muchos de ellos de carácter confesional, como los sangrientos choques entre musulmanes y coptos en el barrio de al-Zawiya al-Hamra, en el mes de junio en El Cairo. Sadat aprovechó este incidente para confiscar todos los bienes y propiedades de los HHMM, y declaraba fuera de la ley todas sus actividades. Fue una advertencia a todos los opositores al régimen, incluidas las formaciones de izquierdas, consideradas en su conjunto como nasseristas. Todas estas medidas represivas contra la oposición y las tensas relaciones con la Iglesia copta crearon un clima social y político enrarecido, justamente en vísperas de la gran fiesta nacional que se iba a celebrar el 6 de octubre para conmemorar el aniversario del cruce del Canal por las tropas egipcias en 1973. El 6 de octubre de 1981 Sadat era asesinado por jóvenes soldados islamistas radicales. Se trataba de un comando de cuatro soldados, todos buenos tiradores e islamistas radicales, coordinado por el teniente de Artillería Jalid Shawqi al-Islambuli, militante de al-Yihad al-Islami. Armados de granadas de mano y de ametralladoras, mataron no solo a Sadat, sino también a otras once personas que estaban en las tribunas. Al atentado siguieron detenciones masivas, pero nadie acusó a los HHMM de estar detrás de los hechos. Tras la muerte de Sadat, fue proclamado el estado de excepción que duraría hasta 2011.

La desaparición de Sadat de la escena pública fue la culminación de un periodo de frustraciones y de profunda crisis de la sociedad, que se tradujo en un auge del islamo-terrorismo. A Sadat, cuyo régimen se extinguía en un ambiente de descrédito total, no tardaría en sucederle horas más tarde otro militar, el general de la Fuerza Aérea, Hosni Mubarak, vicepresidente desde 1975, cuyo ascenso a la jefatura del Estado inauguraba para los HHMM un nuevo y larguísimo periodo.

De Mubarak a la “primavera árabe” de 2011

Rocío Vázquez nos dice que Mubarak había sido cuidadosamente elegido vicepresidente por su predecesor por varias razones entre las que menciona la de su “personalidad poco acusada”, expresión que consideramos excesivamente benévola para el nuevo jefe del Estado, a quien sería más exacto calificar de “mediocre”. Mubarak estaba en la tribuna al lado de Sadat el día del atentado, del que salió ileso. Tan pronto como se vio aupado al cargo, por pura chiripa, cabría añadir, se ocupó inmediatamente del orden público, proclamando el estado de emergencia y supervisando el trabajo policial de captura de los autores del atentado terrorista. Después, pidió al Tribunal Constitucional que convocara el obligado referéndum de confirmación de su cargo de presidente. El 13 de octubre de 1981, con una participación del 98,5% del censo, ¡obtenía el 91,1 % de los síes! Nunca nombró ningún vicepresidente. Su discurso de toma de posesión de la jefatura del Estado fue de contenido liberalizador en todos los órdenes y de compromiso de lucha contra el terrorismo islamista. También, por supuesto, de confirmación de la permanencia de Egipto en la órbita de Washington y de conservación de la paz con Israel, a pesar de la hostilidad que esta opción suscitaba en las sociedades y en los gobiernos árabes. Procuró reconciliarse con algunos sectores nasseristas, marginados bajo Sadat, y con el islamismo moderado, cuyo líder al-Tilmisani declaraba sin ambages que el extremista Sayyid Qutb expresaba sus propias opiniones, pero no las de los HHMM. Desmarcándose abiertamente de toda opción violenta, los HHMM esperaban aprovechar la supuesta “apertura política” de Mubarak para reconstruirse. Esa “apertura”, como señala Rocío Vázquez, no fue “ni muy profunda ni muy larga”.  

Los HHMM optaron por no convertirse en un partido político, en el marco de la nueva Ley electoral de 1983, sino por concertar posibles alianzas coyunturales con partidos inscritos y legales, pudiendo así, a través de este procedimiento indirecto, participar en la vida parlamentaria. El partido elegido para concertar una alianza y participar en sus listas electorales sería el Wafd, en cuyas listas obtendrían, “como independientes”, ocho de los 58 diputados de la oficiosa alianza Wafd-HHMM. Ni que decir tiene que de los 448 escaños de la “Asamblea del Pueblo”, el Partido Nacional Democrático, fundado por Sadat, cuyo máximo jefe era ahora Mubarak, obtenía 390. La nueva Ley electoral, pensada para favorecer el nuevo oficialismo de Mubarak, daba la posibilidad de crear nuevos partidos, pero penalizaba a los “independientes”, como era el caso de los HHMM, que no podían aspirar a solicitar su legalización como grupo si no disponían previamente del aval y la adhesión de al menos 20 diputados.

Para Rocío Vázquez, Mubarak, demasiado ocupado en fortalecer las bases jurídico-políticas del régimen, desatendió la aguda crisis económica y social que atravesaba el país, agravada en 1985 por la caída del precio del petróleo y el aumento de la deuda. El país se vio sacudido por toda una serie de huelgas y de motines de las fuerzas de seguridad. La quiebra de los servicios públicos fue aprovechada por los HHMM para mostrar su eficacia y capacidad organizativa en situaciones graves.

De otro lado, como señala Rocío Vázquez, en Egipto había tenido lugar un importante relevo generacional, en el que toda una serie de graduados jóvenes de clase media, egresados de la universidad con un título, accedían al mercado del trabajo y eran miembros de asociaciones profesionales en las que los HHMM lograron penetrar y llegaron a controlar, para ejercer desde dentro su acción política y social. Los HHMM habían cambiado mucho desde su fundación en 1928. El militante-tipo no era ya la persona de origen modesto y extracción popular, vestido con la típica “galabiya”, y barbudo, sino el vástago de familias burguesas acomodadas y bien situadas socialmente. La organización había sabido adaptarse, reubicarse y redefinir de manera pragmática su estrategia para adecuarla a los nuevos tiempos. Su gran habilidad política le permitió perdurar, a pesar de los duros embates que sufrió a lo largo de su agitada existencia, y alcanzó un gran poder de hecho.

En un marco económico heredado del periodo Sadat, en el que las drásticas medidas impuestas por el FMI habían contribuido a un empobrecimiento aún mayor de la población, los HHMM suplían las deficiencias del Estado, atendiendo a enfermos en sus dispensarios de barrio, y poniendo a disposición de la gente modesta a sus abogados, médicos o farmacéuticos, que prestaban sus servicios gratuitamente. Gracias a ello su estima pública iba en aumento, llegando a ganar las elecciones gremiales y a controlar los colegios profesionales. Con los HHMM que iban adquiriendo así cada vez más peso social, llegaron los comicios de 1987, en los que una nueva Ley electoral autorizaba la presentación de candidatos independientes, a los que reservaba un diez por ciento de los escaños. Los HHMM concurrieron a esas elecciones en una coalición con el Partido del Trabajo (Hizb al-Amal) y con el Partido de los Liberales (Hizb al-Ahrar) y obtendrían 37 escaños, correspondientes a candidatos “independientes”. La labor parlamentaria de los HHMM tenía sobre todo por objeto “normalizar” su estatus con su presencia en la Asamblea y en las instituciones oficiales, y terminar con el tópico de que lo que les interesaba sobre todo en el Parlamento era conseguir la aplicación de la sharía o ley islámica. El número de diputados obtenidos no era como para inquietar al régimen, deseoso de coexistir con los HHMM, pero sin aceptar nunca una victoria clara del islamismo.

A finales de la década de los ochenta se asiste a un recrudecimiento de la acción de los grupos extremistas contra el Estado, después de que al-Yihad al-Islami y al-Yamaa al-Islamiya consiguieron reconstruirse en la clandestinidad, a pesar de la implacable represión de que eran objeto por parte del régimen. Éste, aunque recurrió a las fuerzas de seguridad y endureció las medidas contra los radicales, contrarrestó esta política, prestando más atención a las crecientes demandas de las capas más desfavorecidas de la sociedad y al papel que deberían desempeñar los hombres de religión y las instituciones oficiales, como la Universidad de al-Azhar, dentro del Estado. En este orden de ideas, Mubarak incrementó las horas que los canales de televisión estatales dedicaban a los programas de religión. A pesar de estas iniciativas y de otras, tendientes a congraciarse con los medios religiosos, al-Azhar no podía tampoco ignorar que su apoyo a un régimen que recurría sistemáticamente al fraude electoral y a la represión le restaba credibilidad y respetabilidad a ojos de la gente. Por ello, en sus declaraciones públicas, al tiempo que deploraban y condenaban la violencia de los grupos radicales, denunciaban asimismo la practicada por el Estado. Paralelamente, los HHMM aumentaban la estima popular, ampliando su extensa red de ayuda material polivalente a las clases más desfavorecidas a través del llamado “pacto social islámico”.

En el ámbito sindical se esforzaron por atender las necesidades materiales de los miembros de las agrupaciones profesionales, consiguiendo implantarse en los Colegios de Ingenieros y de Médicos, dos profesiones en las que siempre tuvieron muchos militantes. Además de su ofensiva en el terreno social, los HHMM no desatendieron el político, apoyando sin reservas la causa palestina y denostando la posición norteamericana, considerada como pro-israelí. La percepción de Israel en la opinión pública egipcia había empeorado considerablemente desde la invasión del Líbano por el Estado judío en 1982, y la brutal matanza de palestinos en la que terminó, con la connivencia de las milicias cristianas de ultraderecha, las Falanges Libanesas.

Además de situarse abiertamente del lado de los palestinos, los HHMM tomaban asimismo partido contra Washington en las crisis de Afganistán e Iraq. Entretanto, el Gobierno trató de aplacar el malestar económico y social, subiendo el sueldo de los empleados del sector público, aunque le resultó imposible sustraerse a las constantes presiones del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial en favor de un vasto programa de privatizaciones, difícil para Mubarak de emprender sin enfrentarse a un desafío económico-social, en el que los movimientos islamistas radicales encontrarían terreno abonado para el activismo terrorista. Entretanto, la posición de los HHMM, socialmente muy implantados y con peso político, siguió siendo un modelo de pragmatismo, operando dentro de la legalidad y desmarcándose del poder cuando así convenía.

En julio de 1987, Mubarak fue reelegido sin la menor oposición de los HHMM, por un 97,2% de los votos,, aunque con notable e injustificada demora, el Tribunal Constitucional determinó en diciembre de 1990 que los comicios del 87 tenían que repetirse, tras haberse detectado graves defectos de forma en el escrutinio. El nuevo Parlamento, elegido en diciembre de 1990 en medio de una creciente indignación popular, el Partido Nacional Democrático (PND) mejoró sus resultados. Se trataba de un nuevo montaje electoral, en el que el fraude volvió a alcanzar límites que ni al-Azhar estima social, debido a una catástrofe natural que nadie había previsto: el 12 de octubre de 1992 se produjo en El Cairo un terrible terremoto que causó 555 muertos y más de cinco mil heridos. Este desastre natural tuvo una gran trascendencia política porque permitió a los HHMM realizar un impresionante despliegue de eficacia y dedicación, prestando asistencia a la gente de los barrios afectados por el seísmo. Frente a los HHMM, destacaba el desorden, la falta de recursos y la ineficacia del gobierno. Pese al desprestigio del régimen, el “referéndum de confirmación” del presidente, del 4 de octubre de 1993, dio otros seis años de poder a Hosni Mubarak, con el 96,3% de los votos expresados. Pero los grupos terroristas islámicos, que ya habían empezado sus acciones desde el año anterior, incrementarían su actividad con renovada virulencia.

Puede decirse que la fecha del 8 de junio de 1992, en la que Farag Foda, escritor, periodista y defensor del laicismo y aún del ateísmo, fue acribillado a balazos por dos terroristas de la Yamaa al-Islamiya, marca el inicio de la vuelta de la acción terrorista al escenario, según afirma Rocío Vázquez, basándose en muchos medios y estudiosos egipcios. Aunque el Gobierno condenó el atentado y juzgó a los asesinos, daba la impresión de que se quisiera justificar el delito, presentándolo como una ejecución merecida de quien era considerado un apóstata y un blasfemo. Ni que decir tiene que ni al-Azhar ni los HHMM lamentaron el atentado, prueba evidente para las autoridades de que el ala terrorista des islamismo clandestino no había sido derrotada ni militar ni políticamente, sino que se había reorganizado y encontrado nuevos líderes como Omar Abd al-Rahman. A partir de entonces, se inició en Egipto un periodo que cabría describir, en palabras de Rocío Vázquez, de “guerra civil”. El atentado, el 14 de octubre de 1994, contra Naguib Mahfuz, de espíritu liberal y laico moderado, conocido internacionalmente por ser el mejor escritor egipcio y Premio Nobel de Literatura, tuvo una gran repercusión en todo el mundo. Aunque el escritor, que resultó gravemente herido a cuchilladas a la puerta de su casa, salvó la vida, el atentado contra su persona alarmó a las autoridades como prueba de que la seguridad publica era precaria y podía repercutir negativamente en la industria turística, primera fuente nacional de ingresos.

El Yihad y la Yamaa habían nacido y se habían desarrollado a principios de los sesenta, pero habían seguido rumbos distintos, aunque paralelos, y sus manifestaciones militares en el mundo islámico fueron también diferenciables. Así, señala Rocío Vázquez, al-Qaeda, aunque financiada y dirigida por un saudí, Bin Laden, tuvo en Egipto su fuente fundacional, sobre todo en dos personas, el Cheij Omar Abd al-Rahman, y aún más en Ayman al-Zawahiri, el primero, destacado militante del Yihad Islami, animado por Zawahiri, y, más adelante y definitivamente, de la Yamaa Islamiya, de la que llegó a ser el líder ideológico en los años ochenta. Condenado por incitación a la violencia, pasó tres años en la cárcel, fue después deportado, vivió en Afganistán, donde conoció a Bin Laden, y se trasladó más tarde a los Estados Unidos, donde fue detenido en 1993 y condenado a cadena perpetua. El “jeque ciego” era el guía espiritual y político de la Yamaa Islamiya, ejecutora de sangrientas acciones terroristas como el atentado contra el World Center Trade en Nueva York. Omar Abd al-Rahman moriría en la cárcel en febrero de 2017. En cuanto a Ayman al-Zawihiri, es el jefe actual de al-Qaeda, tras la muerte de Bin Laden en enero de 2011. Hoy en paradero desconocido, los Estados Unidos dan 25 millones de dólares por su captura.

Entretanto, el régimen egipcio mantenía el estado de excepción proclamado en octubre de 1981, lo que no evitó atentados sangrientos de los grupos islamo-terroristas, sobre todo contra turistas extranjeros en la década de los noventa. La aparición en escena de al-Qaeda y el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York en septiembre de 2001 contribuyeron a reafirmar la tesis oficial egipcia de que frente al terrorismo la respuesta debía ser militar. Al mismo tiempo que combatía el terrorismo de los movimientos islamistas radicales, Mubarak cultivaba las buenas relaciones con el Islam oficial e institucional, representado por los jefes religiosos de al-Azhar, y conseguía que los HHMM lo respaldaran con comentarios en los que condenaban los ataques terroristas. Para complacer las peticiones de Washington de gestos de democratización complementarios de la lucha antiterrorista, Mubarak convocó en 1994 una Conferencia de Diálogo Nacional, si bien advirtió de entrada que los HHMM estaban vetados, mientras que el neo-Wafd boicoteó el encuentro, al que calificó de “inútil” y “falto de genuina voluntad política”.

En un ambiente de plena ofensiva terrorista, se celebraron las elecciones legislativas de 1995, en las que paralelamente al temor de fraude electoral, había ciertas expectativas de cambio, toda vez que el gobierno se había comprometido a que fueran limpias. Los HHMM siguieron su línea tradicional, es decir, la del posibilismo realista. Presentaron 150 candidaturas etiquetadas, según su costumbre, como “independientes”, pero les salió mal su apuesta, ya que 99 de los 112 elegidos como tales se pasaron al Gobierno.

En los meses siguientes, el régimen pudo acreditar que controlaba la situación en materia de seguridad: los núcleos duros habían sido diezmados, sus jefes detenidos o habían huido, y la industria turística empezaba a dar señales de recuperación. Mubarak sería de nuevo confirmado por cuarta vez el 26 de septiembre de 1999 con el 93, 8% de los votos. A todas estas, el presidente Mubarak había empezado a pensar en su sucesión, y para el relevó pensó nada menos que en su hijo menor Gamal, nacido en El Cairo el 27 de diciembre de 1963, en posesión de un diploma de administración de empresas, y con vocación de hombre de negocios, lo que le llevaría, muy en consonancia con este perfil, a casarse con la hija de un multimillonario, magnate de la construcción. Este proceso sucesorio era, por supuesto, totalmente irregular, pero también el medio por el que Mubarak y su “camarilla de asesores personales y confidentes”, como los califica Rocío Vázquez, seguirían controlando los poderes económicos a los que representaban. El principal escollo era ahora cómo persuadir a los norteamericanos de aceptar la candidatura de Gamal Mubarak, con cuyo fin iniciaron una campaña de prensa “pro-Gamal”, presentándolo como “moderno y liberalizador”. Aunque las Fuerzas Armadas veían con reservas “la operación Gamal”, lo importante era sobre todo contar con la aquiescencia de Washington, para lo cual no repararon en medios de complacer al presidente Bush padre, anunciando una reforma constitucional, que afectaría a varios artículos de la Constitución, entre ello el 76, que permitía la presencia de más de un candidato en los comicios presidenciales. No obstante, el Gobierno hizo saber en seguida que los HHMM estaban vetados para concurrir por “no ser legales”, como tampoco podrían presentarse los partidos con menos de cinco años de antigüedad, y los independientes debían reunir tal cantidad de apoyos que su participación resultaba imposible.

Al socaire de la nueva estrategia de Mubarak para liberalizar el régimen y hacerlo más presentable a los ojos de Washington, surgió el movimiento Kifaya (¡Basta!), una amplia coalición variopinta de diferentes grupos políticos y sociales,, que centró su oposición a la reforma en las limitaciones impuestas a los partidos de tener un mínimo de cinco años de existencia para poder concurrir a las elecciones. No obstante, ni Kifaya ni el otro partido de oposición Ghad (Mañana), fundado por rl abogado demócrata-liberal Ayman Nur, consiguieron alterar los planes del Gobierno de reforma constitucional, destinados a seguir adelante con el proyecto de instaurar en Egipto un “régimen hereditario”.

Entretano, los HHMM. Fieles a su pragmatismo habitual, no desempeñarían ningún papel relevante en todo este periodo. Después del referéndum de reforma constitucional del 25 de mayo de 2005, en el que se aprobaron, con el voto afirmativo del 53,5% del censo, los cambios propuestos , Kifaya perdía parte de su vigor, mientras que el partido Ghad, fundado hacia más de cinco años, concurría a la elección presidencial, que se celebró el 7 de septiembre de 2005. Ni que decir tiene que Mubarak gnó con el 88,6 % de los votos, en lo que sería su quinto mandato, Rocío Vázquez señala, con razón, que el divorcio entre la sociedad egipcia y el régimen era total. Fue entonces cuando el presidente Mubarak anunció que no sería candidato en 2011, preparándose para lanzar la campaña de apoyo a la candidatura de su hijo Gamal. La sublevación popular le impidió llevar a cabo su proyecto.

El régimen proseguía, entretanto, con su actitud ambigua hacia los HHMM, tan pronto permitiendo que obtuviera, como “independientes”, un número de escaños juzgado razonable, siempre, claro, que el PND (el de Mubarak) consiguiera las tres cuartas partes del total, tan pronto recurriendo, con la cooperación judicial, a una represión selectiva y eficaz. · A pesar de apoyo a la posible reelección de Mubarak, los HHMM consideraron una provocación la “operación Gamal”. Eran conscientes de que el régimen, tras la reforma constitucional y el relevo generacional puesto en marcha, creía haber alcanzado todos sus objetivos. En los Estados Unidos había habido también cambios y el advenimiento de la administración Obama influyó en la política egipcia y en los acontecimientos de enero de 2011. Los HHMM se habían preocupado por por enviar a los Estados Unidos a universitarios bien preparados como Mohamed Morsi, joven ingeniero graduado de la Universidad de California, en donde residió varios años y con hijos que le nacieron allí, además de aquellos de sus dirigentes hombres de negocios millonarios, como Jairat as-Shatter, partidario de la economía de mercado y que mantenía estrechas relaciones profesionales con empresarios norteamericanos. A todo ello cabe añadir el anticomunismo de los HHMM, que coincidía plenamente con el de los Estados Unidos, mientras que éstos, particularmente bajo la administración de Eisenhower habían adoptado una actitud “anti-colonial” con ocasión de la crisis del Canal de Suez. La hostilidad de los HHMM era contra los británicos, pero no contra los estadounidenses.

Con motivo de las elecciones legislativas, como de costumbre manipuladas, de 2010, se produjeron grandes manifestaciones pro-democráticas y multipartidistas, en las que participaron muchos jóvenes liberales, movimientos laicos, y también militantes islamistas, como la de Mansura, a principios de abril de 2010, o la de Alejandría del 25 de junio contra la brutalidad policial. Fue en este contexto de movilización de fuerzas democratizadoras cuando se produjo la aparición de Mohamed Baradei, egipcio que estuvo al frente de la Agencia Internacional de Energía Atómica ((AIEA) entre 1997 y 2009, y Premio Nobel de la Paz, en torno al cual se conformó uno de los dos pilares de la oposición: el de la “nueva, moderna, liberal”, en palabras de Rocío Vázquez, y el de la antigua, con una existencia de más de ochenta años, la islamista.

Los HHMM pronto se dieron cuenta de que no podían perder la oportunidad de incorporarse a aquella marea, a aquel movimiento arrollador. De lo contrario, corrían el riesgo de quedarse atrás y perder el tren. Hay que decir que los HHMM tuvieron siempre una habilidad especial para oler de qué lado soplaba el viento y saber cómo incorporarse a movimientos populares en cuya eclosión no habían participado para nada, pero de los que no podían estar ausentes, siempre, por supuesto, con el ánimo de llegar a controlarlos y que no se les fueran de las manos.

En las elecciones de 2010 el fraude y la manipulación del escrutinio alcanzaron cotas tan escandalosas que casi toda la oposición boicoteó la segunda vuelta, en medio de una represión feroz por parte de la policía, una gran tensión y un profundo malestar.

La “primavera egipcia” de 2011

Así las cosas, el sacrificio de Mohamed Buazizi, un modesto vendedor de frutas tunecino, que se autoinmoló el 17 de diciembre de 2010 en la ciudad de Sidi Bouzid, tras ser detenido y maltratado por la policía, que le había incautado su mercancía, causó una enorme impresión en todo el mundo árabe, incluido, por supuesto, en Egipto. El 14 de enero de 2011, Mohamed Buazizi moría de sus heridas, y el 17, un cairota, Abdu Abdel Monem Gaafar, se suicidaba a lo bozo ante el Parlamento para protestar por las condiciones de atraso y miseria en las que vivía el pueblo. Después, los acontecimientos se precipitaron cuando mies y miles de manifestantes espontáneos confluyeron en la gran plaza Tahrir (Liberación, en árabe) convertida en la sede permanente de una protesta permanente como nunca antes se había visto en el mundo árabe. Hubo muchos muertos y represión, despliegue del ejército y propuestas de negociación. Sobrepasados por los acontecimientos, los HHMM, que no habían desempeñado ningún papel en la concentración de grupos en la plaza Tahrir, tardaron unos días en sumarse formalmente a aquella movilización multitudinaria. Cuando lo hicieron, contribuyeron a llenar la plaza con sus decenas de miles de militantes, que, motivados y disciplinados, desempeñaron con habilidad, pero también con resolución, un importante papel en el éxito del movimiento de oposición al régimen de Mubarak.

El régimen acusó, ya desde el 25 de enero, a los HHMM de ser los organizadores de la concentración de la plaza Tahrir y de alentar a la rebelión, deteniendo a una treintena de sus más conocidos activistas, sin comprender que los HHMM eran solo un elemento de aquella ola gigantesca que sacudía a Egipto. El 1º de febrero eran ya un millón de personas las concentradas en la plaza Tahrir y calles adyacentes las que reclamaban la dimisión de Mubarak. Todos los intentos de remediar la situación, recurriendo a militares, primero al general Omar Suleyman, nombrado vicepresidente, y después al general de Aviación Ahmed Shafiq, nombrado nuevo Primer Ministro, tenían en realidad solo por objeto facilitar la renuncia de Mubarak, quien esperaba poder negociar a través de ellos una salida segura para él y su familia. Éste se limitó a anunciar que no presentaría más a la reelección, mientras que los militares, a través del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) declaraban legítimas las exigencias del pueblo, comprometiéndose a respetar “la libertad de expresión”. Hay que decir que la neutralidad del ejército, permitiendo las demostraciones hostiles al régimen y no cargando con los tanques contra la multitud, contribuyó en gran medida al éxito del movimiento, que reclamaba cada vez más insistentemente la dimisión de Mubarak. Hubo muertos, pero éstos fueron causados por elementos adictos al presidente, que no se resignaban a perder el poder y los privilegios de que habían gozado desde hacía tres décadas. El CSFA facilitó el traslado de Mubarak con su familia a Sharm es-Sheij, en el Mar Rojo, y, tras la renuncia formal del Rais a sus funciones, asumió la dirección de los asuntos del país.

El 13 de febrero, el CSFA disolvió el Parlamento y suspendió la Constitución. Se iniciaba así una nueva etapa, en la que el ejército daba un plazo de seis de seis meses para traspasar el poder a los civiles elegidos, tras un proceso constituyente. Fue entonces cuando los HHMM tomaron la decisión de constituirse en partido político, con el objeto de poder concurrir a las elecciones , esta vez como tales y no, solapadamente, como “independientes” adscritos a otra formación. Con esta importante decisión estratégica, los HHMM inauguraban una nueva era 83 años después de su fundación por Hasan al-Banna. Los jóvenes militantes deseaban constituir un partido moderno y eficaz, recurriendo a los nuevos medios electrónicos de comunicación como Internet.

Los HHMM desarrollaron una acción cada vez más relevante, proponiendo para el 25 de febrero una gran manifestación contra el gobierno de general Shafiq, que terminaría por verse obligado a dimitir, para ser sustituido por otro gobierno, del que estaban ausentes todos los mubarakistas, declaraos o supuestos. Apoyaron el proyecto de los militares de proceder a una reforma constitucional parcial, que les permitiera convocar elecciones creíbles. El proyecto obtuvo una clara victoria, con el 77,2% de los síes, y una participación del 41%, cifra bastante elevada para un país como Egipto. El CSFA anunció poco después la convocatoria de elecciones parlamentarias, pero no se pronunció sobre una eventual elección presidencial. En cualquier caso los militares adoptaron una serie de medidas tales como disolución del PND (el partido de Mubarak), la restitución al Estado de todos sus bienes, e hicieron suya la decisión de la Fiscalía General de atribuir a Mubarak la responsabilidad última de la muerte de 846 manifestantes durante los sucesos de enero de 2011.

El 30 de abril los HHMM inscribían en el registro oficial el Partido de la Libertad y la Justicia, con Mohamed Morsi como presidente. En los meses siguientes, asistimos a un forcejeo entre los partidos políticos y los militares, que aspiraban a seguir ejerciendo un poder decisorio y autónomo “en la sombra”, como señala Rocío Vázquez. De nuevo aquí los HHMM tuvieron una actitud ambigua, utilizando a los militares cuando les convenía, y uniéndose a los demás partidos de la oposición contra los propósitos del ejército de acariciar un “proyecto de dictadura militar”. El 25 de octubre tenía lugar en El Cairo una gran manifestación en favor de un régimen civil En un clima tenso, el CSFA garantizó la limpieza de las elecciones legislativas, que tendrían finalmente lugar en las fechas previstas. Los HHMM obtuvieron en ellas un rotundo ´triunfo, convirtiéndose en los actores políticos centrales del proceso democrático. Quedaba la elección presidencial, a la que concurrieron diversos candidatos. Los HHMM, tras descartar a algunos aspirantes, eligieron como candidato en unas primarias internas a Mohamed Morsi, que fue el que, el 16-17 de junio de 2012, obtuvo más votos tanto en la primera como en la segunda vuelta, si bien con un margen muy estrecho respecto del general Shafiq, que quedó segundo. No obstante, antes de poder tomar posesión, surgieron una serie de problemas relativos a la invalidación por el Tribunal Supremo de las legislativas celebradas en enero, con lo que se entró en una especie de círculo vicioso: no era posible convocar nuevos comicios antes de disponer de una nueva Constitución, la cual debía ser, a su vez, redactada por el nuevo Parlamento. Morsi decidió zanjar el asunto, reanudando los trabajos parlamentaros, así como convocando elecciones legislativas en los dos meses siguientes a la aprobación de la propuesta de nueva Constitución, que debería ser redactada por el nuevo Parlamento. La tensión entre el Ejecutivo de Morsi y el CSFA volvió a resurgir, en medio de toda una serie de gestos del nuevo presidente, destinados a afirmar que él era el jefe del Ejecutivo, con cuyo fin efectuó un viaje al extranjero, en concreto a Arabia Saudí, y procedió al nombramiento de un primer ministro encargado de formar gobierno. Cuando ya se sintió suficientemente seguro, efectuó varios nombramientos, entre otros el de un nuevo ministro de Defensa, en la persona del general Abd el-Fettah as-Sisi, que once meses más tarde daría un golpe de Estado y terminaría derrocándolo. Pero no adelantemos acontecimientos. Aparentemente fortalecido, Morsi realizó otro viaje. Esta vez al frente de una importante delegación, acudió a la Cumbre de Países No Alineados, que tenía lugar en Teherán, capital de un Estado con el que Egipto había roto las relaciones diplomáticas en 1979, tras el triunfo de Jomeini. Con este viaje, Morsi pretendía volver a ocupar un lugar entre los No Alineados, como en los viejos tiempos de Nasser, de lo que Washington no dejó, por supuesto, de tomar buena nota.

Washington y el proceso democratizador

El presidente Obama apoyó el proceso democratizador en curso, sin dejar de expresar su preocupación por las injerencias militares. Washington observaba también con interés la nueva Constitución, para cuya aprobación era preciso obtener un consenso. Los ponentes lograron por fin un acuerdo importante sobre la redacción final del artículo 2, en el que se definía el papel del Islam como religión, y se estipulaba que “el Islam es la religión del Estado […] y la sharía una fuente principal de la legislación, pero no la única, con lo cual se daba satisfacción a la comunidad copta. Mostrándose conciliadores, los delegados del Partido de la Libertad y la Justicia en la comisión redactora no impusieron una redacción más restrictiva. Se tomó también la decisión de separar partido y Estado, de manera que el presidente Morsi tuvo que abandonar la jefatura del PLJ, dejando claro el nuevo líder de los HHMM que el partido seguiría el trabajo del gobierno, pero sin interferir en sus decisiones. Todas estas seguridades fueron, sin embargo, consideradas insuficientes para los adversarios secularistas, que volverían a la plaza Tahrir con el “Movimiento Seis de Abril”.

El presidente se mostró, no obstante, decidido a seguir adelante con el articulado de la nueva Constitución en espera de que fuera elegido un nuevo Parlamento después de celebradas nuevas elecciones. Entre los HHMM y los partidos de otras tendencias, particularmente de tipo liberal y seglar, se produjeron choques, en los que hubo muertos y las fuerzas de seguridad intervinieron en la plaza Tahrir. Constituido como Frente de Salvación Nacional el 24 de noviembre de 2012, la oposición laica, cuyo portavoz más habitual era sobre todo Mohamed el Baradei, estaba formada por una coalición de más de treinta partidos, al menos sobre el papel, que iban desde la derecha o el centro a la socialdemocracia, siendo su principal vínculo de unión su común antiislamismo.

El presidente Morsi, como señala Rocío Vázquez, cometió el error de asumir “poderes extraordinarios” para seguir adelante con sus planes y fijar la fecha del 15 de diciembre para el referéndum popular, que debía arobar el texto final de la nueva Constitución. Esta decisión del presidente tuvo por respuesta una impresionante manifestación que concluyó junto al palacio presidencial. Varias sedes importantes del PLJ fueron incendiadas y hubo varios muertos y heridos. Pese a algunas concesiones de Morsi, la oposición mantuvo la presión, a lo que los HHMM respondieron con la advertencia de que no permitirían el derrocamiento de un presidente democráticamente elegido. Las FFAA optaron por mantenerse neutrales en este enfrentamiento entre los HHMM y la oposición. El propósito del gobierno de seguir adelante con la convocatoria del referéndum para diciembre de 2012 llevó al Frente de Salvación Nacional a aceptar el desafío, anunciando que pediría a sus seguidores votar no, en vez de boicotearlo. Fue una decisión arriesgada, ya que los síes alcanzaron el 62,99 % frente a los noes, que obtuvieron un 35,33 %.

En un país, en el que los referéndums estuvieron casi siempre manipulados, la victoria de los HHMM en diciembre de 2012 fue por todos reconocida como limpia. No obstante, las tensiones y los enfrentamientos, algunos graves con muertos y heridos, no cesaron. Multitudes descontroladas, frecuentemente por medios violentos, pedían la dimisión de Morsi.y el fin del régimen. Asistimos a una degradación del clima social, que experimentó una deriva con incidentes serios entre coptos y musulmanes. Para evitar un empeoramiento de la situación, Morsi anunciaba el 23 de abril su decisión de retirar su proyecto de reforma del poder judicial, boicoteada por los propios jueces y por toda la oposición política. Esta anunciaba su apoyo a la iniciativa llamada Tamarrud (Rebelión), consistente en una gran campaña de recogida de firmas pidiendo la dimisión del presidente y la celebración de elecciones anticipadas.

En respuesta a esta ofensiva, en El Cairo se organizó el 21 y el 22 de diciembre una gigantesca manifestación pro-Morsi, lo que contribuyó a una mayor polarización de los dos campos antagónicos. En este clima, el ministro de Defensa, al-Sisi, advertía ya el 23 de junio que las FFAA no permanecerían quietas si el país se deslizaba hacia una “crisis incontrolable”. Al propio tiempo Tamarrud llegaba al final de su campaña y comunicaba que había conseguido reunir 22 millones de firmas exigiendo la dimisión de Morsi. Concentrados en la plaza Tahrir, donde acamparon desde el 1 de julio, se mostraron dispuestos a exigir la dimisión de Morsi, cuando el ejército dio un ultimátum al presidente para que llegase a un acuerdo de renuncia con los partidos. Reunidos en una Coalición de Defensa de la Legitimidad, el PLJ y once partidos menores describieron el ultimátum del ejército como un golpe y amenazaron con salir a la calle masivamente en defensa del gobierno. Después, como si de secuencias de cine a cámara rápida se tratara, asistimos al discurso televisado de Morsi, anunciando que no dimitía y llamando a la “resistencia pacífica”, y al paso del general al-Sisi a la acción. Así, éste convocó a una reunión a al-Baradei (FSN), a Mohamed Badr (Tamarrud), a islamistas de al-Nur (grupo salafista, rival de los HHMM) y a personalidades religiosas musulmanas de al-Azhar, así como al jefe de la comunidad copta, con el objeto de dar a la reunión un carácter pluralista. Todo ello en medio de un impresionante despliegue militar de tanques y unidades de infantería en puntos neurálgicos como la plaza Tahrir y el palacio presidencial de Heliópolis.

El golpe militar del general al-Sisi

Después de detener a Morsi, al-Sisi apareció en la televisión para anunciar que aquél ya no era jefe del Estado y que la Constitución quedaba suspendida. La nueva tenía por objeto sobre todo proteger jurídicamente los intereses de los militares y eliminar políticamente a los HHMM. Sometida a referéndum fue aprobada el 15 de enero de 2014 por un 98,1 % de síes, con una participación del 38,6%. Como señala Rocío Vázquez, los resultados del referéndum significaban volver a los viejos tiempos del mubarakismo. Para coronar la fiesta, el 28 de mayo del mismo año, el general al-Sisi, que había pasado al retiro con el grado de mariscal, ganó la elección presidencial con el 96, 91% de los votos. Su mandato debería concluir el 8 de junio de 2018.

En la Conclusión. Rocío Vázquez traza un cuadro de la nueva situación creada. El único mérito de al-Sisi para ostentar el alto cargo de jefe del Estado fue el de haber derribado el 3 de julio de 2013 el gobierno de un presidente democráticamente elegido. Naturalmente, los militares justificaron el golpe como una acción, únicamente encaminada a encabezar y representar la protesta social originada por la gestión de los islamistas. En resumidas cuentas, los militares acudían una vez más a “salvar a la patria”.

Como bien dice Rocío Vázquez, el golpe militar de al-Sisi lo que hizo en realidad fue liquidar el movimiento popular que en enero-febrero de 2011 había acabado con el régimen de Mubarak. La nueva Constitución consagraba el poder hegemónico del ejército, cuyo presupuesto quedaba fuera de cualquier inspección parlamentaria, y establecía que el ministro de Defensa no sería nombrado por el jefe del gobierno. Se trataba de proteger y blindar los intereses económicos de las Fuerzas Armadas, cuyo enorme complejo industrial, comercial y financiero quedaba exento de cualquier control por parte del gobierno.

Para justificar el golpe, el argumento de los militares fue el de librar de los islamistas a la sociedad. Habría quizá bastado esperar a las siguientes elecciones para que esto se produjera, cuando los ciudadanos egipcios se hubiesen dado cuenta de que los islamistas eran incapaces de responder a sus expectativas. La represión que siguió al golpe militar fue atroz. Además de centenares de militantes islamistas muertos a tiros por la policía y el ejército, sobre los HHMM se abatió una implacable represión judicial “legal”, con decenas de condenas a muerte, incluido Morsi, o a severas penas de cárcel. Muchos, para salvarse, se vieron obligados a partir al exilio. Con el golpe militar de al-Sisi, la vieja clase política, desplazada en enero-febrero de 2011, volvía a apoderarse del aparato del poder, y los medios de negocios vinculados tradicionalmente al régimen que había gobernado hasta entonces retornaban con fuerza a la escena política. El nuevo amo de la situación, al-Sisi, quiso revestir su dictadura de un barniz de legitimidad a los ojos del “Islam sunní oficial”, para lo cual contó con el apoyo de la Gran Mezquita de al-Azhar y de su sheij Ahmed al-Tayeb.

Como señala Rocío Vázquez hay un hecho incuestionable: la victoria de los HHMM, tanto en la elección legislativa (enero de 2012) como en la presidencial (junio siguiente) fue irreprochable. Sin embargo, si se examinan los resultados de las presidenciales, se ve que Mohamed Morsi, el más votado, obtuvo el 51,8% de los sufragios frente al 48,2% de su oponente. La diferencia era solo, pues, de tres puntos y pico en favor del islamista. El país quedaba prácticamente divido en dos mitades. Gracias a su habilidad para sortear con éxito las vicisitudes sin cuento de su accidentada trayectoria, incluidos los frecuentes periodos represivos de los diferentes gobiernos, y a su extraordinaria capacidad camaleónica para adaptarse y sobrevivir, los HH MM consiguieron no ser enteramente barridos de la escena pública.

Los HHMM que lograron escapar se reagruparon por razones prácticas de seguridad en Estambul, donde anunciaron diez meses después la creación del Consejo Revolucionario Egipcio. En Turquía, no lo olvidemos, gobierna el Partido de la Justicia y el Desarrollo, de Recep Tayyip Erdogan, de ideología islamista, y, por lo tanto, próximo a los HHMM. Rocío Vázquez se pregunta qué futuro espera a los HHMM en un mundo islámico tan convulso y con la “primavera árabe” en ruinas. La autora considera que el golpe militar en Egipto perturba gravemente la estrategia occidental y democrático-liberal, que se proponía detener el auge del yihadismo terrorista, respetando los resultados de elecciones libres en el marco de una Constitución consensuada. Es indudable, como afirma Rocío Vázquez, que el golpe militar priva a Occidente de un argumento político decisivo. No obstante, está por ver que el triunfo del islamismo moderado constituya un freno para el desarrollo del yihadismo terrorista. Rocío Vázquez termina su estudio, augurando que los HHMM, que tantas situaciones adversas atravesaron a lo largo de su agitada existencia, terminarán por levantar cabeza y volver a renacer.

Hemos tratado de dar de este trabajo de Rocío Vázquez una visión lo más amplia y detallada posible. Se trata de un trabajo muy bien documentado, basado en una extensa bibliografía, tanto en lenguas extranjeras, como en árabe, que la autora menciona al final del libro, así como en las experiencias personales de la autora, después de seis años en el país del Nilo. Rocío Vázquez nos ofrece un relato apasionante de la aventura política de los HHMM, y, a través de ellos, de cien años de historia de Egipto. Su lectura nos lleva a una reflexión: entre el islamismo, aunque sea moderado, y una dictadura militar, en general sangrienta, supuestamente “laica”, ¿no puede haber en el mundo árabe-islámico, una tercera vía verdaderamente democrática? Esta última, la que queremos para nuestros países, es también la que desearíamos para los países de ese área geo-cultural.

Hermanos musulmanes en Egipto. Una historia política.
Rocío Vázquez Martí.
Editorial Almuzara, Córdoba, 2017, 234 páginas.

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