Aire verdadero, poemario de Armando Silles McLaney

Enriqueta de la Cruz ||

Periodista y escritora ||

Se presentó en Madrid, en el Espacio Utopía y en la sala Libertad, 8, el poemario Aire Verdadero, opera prima de Armando Silles McLaney. Las veladas poéticas contaron con numeroso público asistente y la presencia, actuaciones y aportaciones de Moncho Otero y Rafa Mora, cantando a Gloria Fuertes: “Versos sobre el Pentagrama”; de Ángeles Fernangómez y Encarni Florín.

Con este debut, el autor inicia una gira de presentaciones por el país, en las que la lectura, la música y la participación del público completarán, como en esta ocasión, sus palabras.

Armando Silles McLaney es, además de poeta, profesor de literatura. Es madrileño. Desde hace años está vinculado al mundo poético mediante la participación en múltiples recitales, programas de radio o la publicación en revistas. Hasta la publicación de Aire verdadero, su obra estaba en su mayor parte inédita, aunque ha participado en antologías de poesía actual, como Aldea Poética, en sus ediciones IV (SXO), V (Poesía infantil y dadaísta) y VI (Hortera), o en la antología colectiva Haikurrelatos. Es también, como él mismo indica, “agitador cultural”: organizador de conciertos, recitales de poesía, programas radiofónicos, lecturas, etc.

Aire verdadero es una pieza poliédrica de poesía de amplias referencias, sólida, directa, sincera, austera, emocionante, profunda, dialéctica; una obra contemporánea comprometida y vivencial con múltiples resonancias. En este libro se dan cita la sabiduría de los más antiguos pensadores, los creadores clásicos y los vanguardistas; también los poetas malditos. Armando S.M., autor de densa cultura, consigue atrapar la belleza de estas raíces en una creación singular de palabras precisas, con voz propia.

Es una obra que nos adentra en universos de: intimidad, denuncia social, rebeldía y preguntas profundas sobre el yo y los otros y el reino del hombre, que retrata desde el compromiso. Es un poemario humanista. Rememorando, a José Agustín Goytisolo (uno de cuyos versos da título a su obra), Armando S. M. canta, satiriza o ama, al hombre, su reino. Lo analiza desde su experiencia propia y manteniendo las distancias que imponen el análisis, la precaución y la libertad máxima; firme su determinación de “albedrío libérrimo”.

Tal como indica en el prólogo, Enrique Gracia Trinidad, “de la confesión íntima al poema amoroso, de la experiencia viajera al conocimiento del entorno próximo, sea político, profesional o literario, del beso a la herida, de la caricia dulce al golpe seco… Todo tiene cabida en este libro de tantos rostros como solo un hombre sincero puede tener”.

Es la suya una poesía necesaria en tiempos de alienación, de aturdimiento, de insolidaridad, egoísmos, ceguera, falta de cariño y cobardías. Este poemario nos enfrenta a la reflexión, penetra en la fragilidad del ser, abre interrogantes y despierta la dormida conciencia.

Poeta complejo de gustos sencillos, de observación aguda, detallista, Armando devuelve con su obra a nuestra consciencia adormecida el pensamiento huido. Poeta de calma y de alma: “matices delicados, de colores, de luces y de sombras íntimas”, de “sombras deleitosas”, que se deslumbra con los flashes, sacude nuestra indiferencia cotidiana, nos lanza al vacío y al viaje.

“Viaje es la gran metáfora de la curiosidad humana –nos dice el autor-, de su ansia por el contacto con el otro, de la relación de amor y odio simultáneos hacia sí y hacia los demás”. “Para viajar no hace falta salir de casa –sigue- o las fronteras, pero sí salir de uno mismo, arriesgarse en paisajes hasta entonces desconocidos y quizá por ello hostiles, pero que siempre te hacen ser otro”. Es lo que nos propone, es lo que consigue.

La soledad, el vacío, el tiempo, el desgaste, la verdad por encima de eufemismos y paños calientes constituyen temas centrales de la obra: “estamos solos, y nos contamos un cuento”, asegura el poeta… La vida hostil y cierta; inconformismo, miradas desde la penumbra, desnudos descargados de sentimentalismo en pro de la comunicación poética de un ser que se adivina reservado pero ha necesitado salir a contar, a explicarse, a mostrar su compromiso con otros seres, su crítica al ajeno que destruye… Y sus obsesiones. Sentimientos y sentido, rebeldía “alegre” y asombro de la vida; canto a la libertad.

Armando S. M., con este poemario nos muestra y ordena y desordena el mundo, nos sirve introspección, consciencia del ser y su perspectiva única resulta a tramos inquietante. Estos poemas invitan a seguirlo en su recorrido-laberinto, sugieren, respetan nuestros propios recorridos y conclusiones.

La construcción

Es la suya una poesía premeditada, trabajada, sin mucha concesión al azar, a la improvisación, que no se deja expresar en sinrazones emocionales, ni en arrebatos más que cuando la primavera de su sangre o la contemplación de risas y el sonido de llantos infantiles o el amor a los suyos, le desborda.

Armando abre con pronombres: el yo buscador de abrigo y de certezas inabarcables que se hunden en desencuentros, el yo que se resiente del daño y el engaño, héroe superviviente, pícaro niño cumplido, hombre y poeta loco y cuerdo, dual. Tú (nosotros, compañeros de camino), ellos: los padres, los orígenes; ella, su creación más satisfactoria: su hija. Estos poemas exhiben, nos adentran en plácidas estancias íntimas, “privadas estancias, miradas calladas” que “sutiles, invitan a otra vida”. Llenas de amor y desamor, de sorpresas y también, de esos vacíos, esos “huecos” que deja cualquier experiencia profunda al cumplir su misión esencial del terminar eterno. O cuando la espera se hace necesidad y duele. Tiempo y vida, palabras especiadas de sabores y dudas, y certidumbres que no consuelan.

Sigue el poeta su obra con su vivir y con su rebeldía su recorrido filosófico. Y las preguntas que a veces tienen una sola respuesta: “sonrío, y sigo”, nos dice. Seguir, sufrir, disfrutar los momentos antes de que se consuman en la nada. No existen más seguridades que éstas ni más posibilidades que militar en la denuncia de lo podrido, ser parte de la rebeldía frente a peligros y otras locuras que nos amenazan.

La segunda parte está dedicada a los “Pensamientos del camino” y al propio recorrido. Y la tercera a la “Alegre rebeldía”. Denuncia activa de la “España chabacana”, de los muertos en las cunetas, de la “gente que ignora la otra mitad” que dijera Lorca (tal como Armando S. M. cita); de las frías y tétricas luces de oficinas donde “se roban realidades, se abren expedientes, se organizan los despidos…”. Rebeldía contra las nucleares, esa fisión, contra los “asuntos malolientes” y ese “todo está bajo control”.

En la cuarta parte tiene su espacio muy logrado los “Poetas locos” a los que enfrenta ante el espejo cuerdamente, espejo reflejo de sí y de todo el que desea y grita. Y cierra esta obra con un epílogo con el que el poeta nos reta y se reta a la elección entre los santos placeres mundanos y con “sentido” que Rabelais nos mostrara tan sabiamente, y la Arcadia con mayúscula, “lo ideal”, el destino de “los que sueñan con imposibles” de los que hablara Goethe: eternidad y amor.

Este poeta nos sobrecoge con este Aire Verdadero, aire que todo ser realmente humano necesita, y cumple la gran máxima de creador: asomarse a abismos para intentar cambiar una realidad que no satisface. 

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