El estudio de David Ruiz sobre el movimiento obrero asturiano cumple 50 años

Eugenio Fuentes ||

Periodista ||

El próximo jueves, día 12, se celebrará en el Instituto Aramo de Oviedo un acto conmemorativo del 50.º aniversario de la publicación, en la primavera de 1968, de “El movimiento obrero en Asturias. De la industrialización a la II República (1831- 1931)”. Era la tesis doctoral de David Ruiz, maestro de historiadores que, años después y durante décadas, sería catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Oviedo. Obra pionera en la historiografía asturiana y española, la tesis de David Ruiz (Susilla, Cantabria, 1934) representó el rescate de procesos y acontecimientos que el franquismo había dado por muertos y cuya memoria apenas se conservaba, de modo muy parcial y sólo para el periodo más reciente, en la distorsionada tradición oral. En conversación con LA NUEVA ESPAÑA, David Ruiz recuerda el multitudinario acto de presentación de la tesis, distinguida con el Premio Extraordinario de Doctorado, y explica el inusual éxito que tuvo el libro, así como las circunstancias que rodearon su gestación, sus relaciones con la censura franquista, su posterior expulsión de la Universidad de Oviedo y la desfavorable reacción que provocó el trabajo en algunos dirigentes sindicales, incómodos con la verdad histórica desenterrada por sus investigaciones.

DAVID RUIZ HISTORIADOR

 

Se cuenta que el acto de defensa de la tesis, el 28 de octubre de 1967, fue multitudinario.

No se cabía en el Aula Magna de lo que hoy es el edificio histórico de la Universidad, como se puede ver en una foto publicada por LA NUEVA ESPAÑA al día siguiente. No sólo asistieron estudiantes sino mucha gente llegada de las Cuencas. Cuando salí del aula, el patio estaba

lleno de personas que no habían podido entrar. De verdad que no me lo esperaba: la presentación de una tesis doctoral casi convertida en un “acto de masas”. Hubo algún colega que me comentó que aquello más bien parecía una celebración de la llegada de los obreros a la Universidad, al coto secular de los señoritos.

¿Qué tal acogida tuvo el libro?

Se publicó varios meses después, al comienzo de la primavera de 1968, antes del Mayo francés. Tuvo una difusión enorme, con muchos actos de presentación, y se vendió muy bien. A mí me liquidaron por algo más de 4.300 ejemplares, cifra insólita para una tesis doctoral de Historia. Cuando una década después lo reeditó Júcar, ya en democracia, le costó vender 2.000 ejemplares.

¿Militaba ya entonces en el PCE?

No. Empecé a echar una mano cuando supe que habían promovido una asociación llamada Amigos de Asturias en la que participaban todos los grupos antifranquistas de la región. Entre sus iniciativas figuraba hacer publicaciones. El abogado gijonés Herrero Merediz, entonces secretario general del PCE en Asturias, me mostró su interés en editar el libro, que yo tenía medio apalabrado con una editorial de Madrid. Accedí, así como a hacer los actos de presentación. En agosto hicieron su entrada en Praga los tanques del Pacto de Varsovia. Yo condicioné mi colaboración a que el PCE la condenase. Como lo hizo, no hubo problemas.

¿Publicó más libros Amigos de Asturias?

Fue el único. Después se volcó en apoyar a las nuevas asociaciones culturales que se fueron registrando en la región, principalmente en las cuencas mineras. En la de Oviedo, que se llamó Club Cultural, me encargué de coordinar los ciclos de conferencias.

¿Con dificultades?

Sí, bastantes. La primera conferencia, que versó sobre el Mayo francés de 1968, tuvo lugar en octubre. De Mayo del 68 los medios de comunicación de aquí no daban información fiable. La fuente principal era “Le Monde” y, cuando estaba prohibido, se iba a la Alianza Francesa a consultarlo. La conferencia la pronunció el periodista Javier Ramos, recién regresado de París con información fresca. Ramos acababa de empezar a trabajar en “La Voz de Asturias”, periódico del que posteriormente fue despedido, en parte por informar acerca de mi expulsión de la Universidad en el inicio del curso 73-74.

¿Por qué esa expulsión?

En cierta manera estuvo relacionada con la difusión del libro. Yo entré en la Universidad en octubre de 1967 como profesor interino por ser doctor, sin endogamia de por medio.

Fue el primer profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo.

Sí, porque hasta el curso 64-65 en la Facultad de Filosofía y Letras sólo se impartía Filología Española. En ese curso se implantaron los tres cursos de Historia y Geografía, la nueva especialidad que se cursaba tras dos años comunes con Filología.

¿Qué se alegó para expulsarle?

Yo era profesor numerario de Instituto y compaginaba esa docencia con las clases en la Universidad. Al llegar ese curso 73-74, sencillamente, no me renovaron el contrato. La orden llegaba de Madrid y la aplicaba el rector, José Caso González. Cuando le pedí audiencia, me dijo: “Como no hacéis otra cosa que agitar con asambleas y demás , pues, claro, me veo obligado a cumplir las órdenes que vienen no sólo del Ministerio, también del Gobierno Civil”. Cuando le insinué la opción de dimitir finalizó la conversación.

¿Cómo se le ocurrió investigar la historia del movimiento obrero en Asturias?

Cuando estudiaba quinto de Historia en Valladolid. El programa de la asignatura concluía con la caída de la monarquía en 1931. Para la historiografía española del momento, aunque ya dominada por los tecnócratas del Opus Dei, la II República era un tema tabú. Cuando dejó de serlo, me resultó muy chocante la hostilidad de las organizaciones obreras contra el régimen más democrático que ha tenido España. Un régimen que convirtió su primer bienio (1931-33) en el periodo más reformador de la Europa del momento. Así que cuando en 1963, ya como profesor numerario de Instituto, tuve la oportunidad de acercarme a Asturias -estaba destinado en Algeciras-, no dudé en pedir el traslado al entonces Instituto Femenino de Oviedo, después Aramo, para iniciar las investigaciones, que duraron hasta el verano de 1967.

Así que, en principio, pretendía investigar el Octubre del 34.

Ésa era mi idea, pero la inexistencia de los archivos o la inaccesibilidad de los existentes, como el de Salamanca, me llevó a investigar la formación de la clase obrera asturiana al hilo de la industrialización regional en el siglo que precedió al Octubre de 1934. No sobra recordar que en ese periodo sólo tres provincias de las cincuenta españolas, Barcelona, Vizcaya y Asturias, estaban industrializadas.

¿Qué se había publicado sobre el movimiento obrero español cuando empezó a investigar?

Sólo un breve artículo sobre el origen del anarquismo en Barcelona, de Casimir Martí, y un libro, también tesis, de Josep Termes Ardèvol sobre la AIT en España. La obra de Tuñón de Lara sobre el movimiento obrero en España vino más tarde.

¿Le fue difícil encontrar un director para ese tipo de tesis?

No, fue muy sencillo. En ese terreno el régimen de Franco era muy paternalista. Yo conocía a Juan Uría Maqua, que había estudiado conmigo en Valladolid, y se lo propuse a su padre, Juan Uría Ríu, que aceptó encantado porque, al no haber especialidad de Historia en Oviedo, nunca había dirigido una tesis. Él era medievalista, jubilado ya, pero su empleo era de catedrático de Historia General, porque había dos asignaturas de Historia en los comunes de Filología. Sólo me puso como condición que cada cierto tiempo le llevase un capítulo redactado. En una de esas visitas, su mujer, Brígida Maqua, me dijo: “David, ¡qué feliz está haciendo a Juan! ¡Cómo se lo pasa de bien con los capítulos que le trae!”.

¿Tuvo algún problema con la censura a la hora de publicar la tesis?

Sólo uno, relacionado con documentación encontrada en el Ayuntamiento de Mieres que no había sido controlada por la Administración franquista: manifiestos obreros de principios del siglo pasado que luego no aparecerán en el libro. Carlos Robles Piquer, entonces director general de Prensa en el Ministerio de Fraga Iribarne, su cuñado, comunicó por carta a la editorial que no podían censurar nada de la tesis, que calificaban de “trabajo serio y riguroso”, pero sí la difusión de los manifiestos , de “contenido indudablemente subversivo”, que figuraban en el apéndice documental de la misma.

¿Qué características distinguieron al movimiento obrero regional en el periodo entonces estudiado por usted?

Pues, entre otras, que la trayectoria más conflictiva corrió por cuenta del proletariado hullero. No del industrial, en el que destacaron los casos de la Fábrica de Mieres y la Duro Felguera, los dos grandes emporios de la región y de España entera en sus tiempos de esplendor decimonónico. Otra podría ser la presencia de ideologías sindicales dominantes en los principales núcleos urbanos: el arraigo del anarcosindicalismo de la CNT en un Gijón de pequeñas y medianas empresas; el del socialismo radicalizado de UGT en Mieres y en Langreo, el ugetismo más reformista del Oviedo más capitalino que industrializado, y el sindicalismo católico que arraigó con fuerza en el valle de Aller.

Sus estudios estaban resucitando acontecimientos que el franquismo decretaba muertos y enterrados.

Así es. El franquismo había corrido un tupido velo sobre Octubre del 34, la Guerra Civil y la guerrilla, que acabó en el 52. Pero, además, cuando yo llegué aquí, en septiembre de 1963, todavía coleaba la represión de la huelga de 1962, en la que se les cortó, por ejemplo, el pelo a mujeres de mineros en Langreo. Había sido la mayor huelga en toda España desde Octubre del

  1. Había secuelas de todo eso cuando en 1967 hice la presentación de la tesis.

¿Y esa resurrección de lo prohibido le causó otros problemas antes de su expulsión de la Universidad?

En el tono de la carta que he citado de Robles Piquer sobre la censura de los apéndices puede verse que el franquismo tecnocrático opusdeísta tenía una actitud bastante “respetuosa” hacia cuerpos como el de los catedráticos de Instituto, al que yo pertenecía. Pero, en fin, había cosas. El comisario Claudio Ramos, jefe de la brigada político-social, me llamaba a la Comisaría todos los años cuando tenía que sacarme el pasaporte para ir a Francia a los simposios anuales de Pau que organizaba Tuñón de Lara. Siempre me repetía lo mismo. Me enseñaba una estantería y me decía: “Éste es el libro suyo. Y de todos los que tengo aquí, el suyo es sin ninguna duda el peor”.

¿Marxistas, anarquistas, comunistas y católicos asturianos del momento encajaron bien el estudio que hizo de sus respectivos pasados anteriores al Octubre del 34?

Inicialmente sólo me llegaron rechazos de un sector de la directiva de la UGT, el vinculado al SOMA. Fruto de su ignorancia me echaron en cara que dedicase un capítulo a la colaboración del sindicato liderado por Manuel Llaneza, y de la UGT dirigida por Largo Caballero, con la dictadura de Primo de Rivera. Obviamente, que la misma organización que colaboró con la primera dictadura militar en la España del siglo XX la emprendiera a tiros diez años después contra la II República resultó muy difícil de gestionar por los marxistas de la UGT, asturianos y españoles todos.

Años después pudo al fin publicar dos libros sobre Octubre del 34.

Sí, cuando se abrieron los archivos, principalmente el de Salamanca. Pero, a diferencia del libro primero, en esta ocasión la consulta de los documentos modificó mi hipótesis inicial respecto del fenómeno a estudiar: el acusado protagonismo que Asturias tuvo en aquel episodio no se debió tanto al obrerismo antidemocrático esgrimido por ugetistas, cenetistas y comunistas de la región contra la “República burguesa” como al rotundo fracaso en el resto de España del movimiento insurreccional liderado por Francisco Largo Caballero, el sindicalista más inepto y desnortado que ha habido en este país. El mismo Largo que había apostado por la colaboración con Primo de Rivera. La indigencia teórica estuvo demasiado presente en las direcciones de los sindicatos de clase antes y después de que combatieran a favor de la República en la Guerra Civil. Eso es ya algo incontrovertible.

* LA NUEVA ESPAÑA, Oviedo, 8 de abril de 2018.

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