La destrucción de la razón política

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye ||

Abogado y escritor ||

La corrupción y el secesionismo monopolizan el discurso político español.

Son dos redes de pesca que atrapan y arrastran todo. Parafraseando al sabio y conservador Paul Valéry, “(esta) política es el arte de impedir a la gente de ocuparse de lo que le afecta”.

Son dos fenómenos que siempre han existido, pero ahora han cobrado mucha virulencia. Primero, la corrupción y la mentira, intrínsecas y endémicas en España por una especial ligereza moral que data de aquel capitalismo de postguerra. Y, segundo, el secesionismo, revestido de un lenguaje falsamente republicano, “progre” a la vez que victimista, que ha trastornado a gran parte de la izquierda.

La izquierda radical se mueve en una nebulosa pseudomarxista y sigue un discurso no válido pero eficaz para evacuar las frustraciones ciudadanas. Ayudado por unas redes sociales con medias verdades, algunas muy manipuladas como se ha visto ahora con la venta de datos de Facebook.

La corrupción y el secesionismo disparan dos armas bastante mortíferas para la sociedad civil. Primero, la demagogia, que practican sobre todo los secesionistas. Y, segundo, su consecuencia, que es la indiferencia total, el apoliticismo más querido de los dictadores.

Los ciudadanos, impotentes ante la bulimia sensacionalista, evitan la confrontación y se limitan a votar con desgana y se refugian en el individualismo, en resolver sus problemas de forma privada, en el hedonismo (gastronomía, enología), el narcisismo, las dietas y la obsesión sanitaria, el sexo, el relativismo moral, etc.

Se corre el riesgo de que se pierda la esperanza, el sentido de lo social y la confianza en las instituciones. Es decir, se puede ir hacia un declive en el respaldo y defensa de la democracia.

Aunque hay que luchar contra la corrupción y el secesionismo, la izquierda no se puede limitar a eso. Hay problemas más importantes a medio y largo plazo, como son el paro y el subempleo juvenil -endémicos-, la mejora de la educación pública, la participación ciudadana en las decisiones, la inmigración y el cambio demográfico, o el desorden climático.

La izquierda no puede seguir encerrada en las luchas medievales de “barones”, en esas camarillas en las que todos piensan igual, se aplauden a sí mismos y se deben favores, modelo convención del PP en Sevilla. La izquierda organizada debe actuar de otra manera, como un intelectual orgánico, introducir la duda, el debate libre, admitir la disidencia y la discrepancia. A los políticos, a los que honestamente se ocupan de la polis, sobre todo a los de izquierda, les compete salir del tacticismo actual y devolver la razón política al escenario. Si no, sus días están contados, como ha pasado en Francia y en Italia.

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