La violencia contra las mujeres en los conflictos armados

María Rosa de Madariaga ||

Historiadora ||

El gran teórico prusiano Carl von Clausewitz en su obra De la guerra, definía ésta como “un acto de violencia para obligar al contrario a hacer nuestra voluntad”. Y la violencia que se ejerce contra las mujeres es una de las formas más brutales que adopta la guerra para doblegar y someter al enemigo.

No ha habido guerra, en la que las mujeres no hayan sido las primeras víctimas de los vencedores, particularmente en las guerras coloniales de conquista, en las que, a su condición de mujeres, se sumaba su pertenencia a pueblos considerados étnicamente inferiores.

Pero no necesitamos trasladarnos a la conquista de territorios en América, Asia o África. En Europa misma, en el corazón de la civilizada Europa, en Roma, ciudad indisolublemente unida a la persona del Papa, cabeza visible de la Iglesia Católica, las tropas del muy Católico Carlos I de España y V de Alemania sometieron la ciudad en mayo de 1527 a lo que se conoce como “el saco” (del italiano sacco, es decir, saqueo) de Roma, en el que, además de saquear y pillar a su antojo todo cuanto pudieron, violaron a cientos de mujeres. En las guerras de religión que sacudieron a Europa en el siglo XVII, las tropas católicas violaban a cientos de mujeres protestantes en los territorios ocupados, y las tropas protestantes hacían lo propio en los territorios de población católica que iban ocupando.

En las dos guerras mundiales del siglo XX, los soldados alemanes violaron a cientos de mujeres en los territorios ocupados, y, después de terminada la guerra, las mujeres alemanas fueron víctimas de violaciones masivas por los ejércitos de ocupación de los países aliados. Nadie parecía inmutarse por ello. Todo se veía como algo normal, propio de la naturaleza humana. En lo que respecta a los hombres, la idea dominante era que la violación de mujeres formaba parte de la condición masculina.

La mentalidad machista en el ejército expedicionario en Marruecos

Todo esto guarda estrecha relación con la concepción que se tenía de la hombría, de la virilidad, de la masculinidad. El valor, la valentía, el arrojo, en una sociedad profundamente machista, estaban estrechamente asociados a los atributos masculinos.  Esta mentalidad dominante en toda la sociedad española imperaba masivamente en el ejército, particularmente en el ejército expedicionario en Marruecos, ya que durante el siglo XX fue en Marruecos el único lugar, en el que España sostuvo guerras. Ya sabemos que después de las guerras de Cuba y de Filipinas de finales del siglo XIX, España no participó en ninguna de las dos guerras mundiales del siglo XX.

En Marruecos, el ejército expedicionario desarrolló, siempre dentro de esta mentalidad a la que nos hemos referido, un discurso, en el que virtudes como la bravura y la valentía aparecían estrechamente vinculadas al sexo masculino y, más concretamente, a los atributos masculinos. En el Casino Militar de Melilla era frecuente oír a oficiales del ejército proclamar que las guerras las ganaban los que tenían “huevos”, de los que ellos estaban, por supuesto, bien dotados.

Esto que podríamos llamar “culto fálico” tuvo su escenificación teatral durante la visita que realizó el general Primo de Rivera en julio de 1924 a Marruecos, donde tuvo lugar el llamado incidente de Ben Tieb, nombre del campamento en la región oriental en el que estacionaban las tropas de la Legión y de Regulares, las cuales demostraron muy claramente su oposición al plan de retirada a la costa, que el presidente del Directorio se proponía ejecutar. Y lo manifestaron de manera harto ilustrativa recurriendo significativamente a un menú para la comida consistente en platos a base de huevos para expresar, por el doble sentido que tiene la palabra en castellano, que ellos los “tenían”. Era lo que se expresaba eufemísticamente con “tener un buen par” o “tener redaños”.

Íntimamente asociado a ese concepto de la hombría, de la virilidad, estaban los abusos de muchos oficiales de la policía indígena con las mujeres de las cabilas. Según uno de los testigos del Expediente Picasso, los abusos habían estado provocados en general por la miseria reinante entre los cabileños, que hacían prostituirse a las mujeres. Es muy posible que muchas, para huir de la miseria, llegaran a ejercer la prostitución en Melilla o incluso en los poblados de la región, pero la mayoría de las veces los “abusos” no eran  sino violaciones. Hubo un capitán, cuyo caso denunció en el Parlamento el diputado socialista Indalecio Prieto, que podríamos calificar de “violador en serie”, al que se le abrió expediente acusado de violar a cerca de cincuenta mujeres. Pero oigamos lo que dice a respecto Indalecio Prieto en su famoso discurso sobre el desastre de Annual, pronunciado en el Congreso en octubre de 1921:

“[…] En la Comandancia general de Melilla debe de estar, chorreando por todos lados sangre e inmundicia, el expediente de un capitán, en cuyo haber- si haber se puede llamar a una página tan vergonzosa- hay cerca de cincuenta violaciones de mujeres moras”.

De acuerdo con esta mentalidad, se era muy comprensivo con lo que el general Fernández Silvestre llamaba “cosas de hombres y soldados”, es decir, las mujeres, la bebida y el juego. La diversión en los prostíbulos no escandalizaba a nadie. La mayoría de los españoles lo consideraba una actividad masculina normal, que no contribuía en absoluto a minar la moral combativa del ejército. En este sentido, se expresaba el marqués de la Viesca (general Martínez Campos), para quien era normal que los hombres tuvieran “una vida sexual normal”, pues ello era preferible a tener un “Ejército de maricones o de sadistas” (sic). Textual.

Dentro de esta concepción de la hombría habría que referirse también a la homofobia visceral del ejército, incluso entre militares como Ignacio Hidalgo de Cisneros, quien, aunque de familia de extrema derecha, carlista para más señas, era hombre identificado con ideas progresistas o de izquierdas. Jefe de la Aviación republicana durante la guerra civil, miembro del Partido Comunista, Hidalgo de Cisneros expresaba así su rechazo a la supresión por Azaña de los tribunales de honor en el ejército: “Por lo general los tribunales de honor solían intervenir solo en los casos de afeminamiento o desfalco. Con los afeminados eran intransigentes. Se los expulsaba del ejército sin apelación, pues creíamos inadmisible que en un regimiento, un teniente estuviese enamorado de su corneta o que un capitán mirase con ojos tiernos al cabo de gastadores”.

Violaciones “en cuadrilla” en la represión de la Revolución de Asturias

Acostumbrados a cometer violaciones en Marruecos, sin que por este delito sus jefes españoles los sancionaran, los soldados marroquíes no se privaron de practicarlos también en España.  En la revolución de Asturias de octubre de 1934, las tropas marroquíes y la Legión se habían estrenado ya en la Península en la utilización de métodos propios de la guerra colonial: razias salvajes, con todo lo que ello implica de saqueos, asesinatos y violaciones. Asturias se convirtió en el Rif y los mineros asturianos en cabileños rebeldes, a los que había que exterminar.

La idea de traer a las fuerzas de choque- Regulares y legionarios- de Marruecos fue, al parecer, de Franco, a quien Diego Hidalgo, ministro de la Guerra en el gobierno radical de Lerroux, había nombrado asesor suyo. Franco se instaló en un despacho del Ministerio de la Guerra para dirigir desde allí las operaciones militares como si fuera el jefe del Estado Mayor, usurpando las funciones del general Masquelet, que era entonces el titular del cargo.

De África llegaron al puerto de Gijón el 10 de octubre un batallón del regimiento de Cazadores de África núm. 8, dos banderas de la Legión, la quinta y la sexta, y un tabor de Regulares de Ceuta. La represión por parte de las tropas de choque fue sangrienta, sobre todo en lugares como Villafría y el barrio de San Lázaro. Las atrocidades cometidas incluían, por supuesto, violaciones “en cuadrilla”.

A pesar de que el líder socialista de la UGT y Secretario general del Sindicato Minero Asturiano, Belarmino Tomás, había negociado con el general López Ochoa las condiciones de la rendición, y que habían acordado que la Legión y los Regulares no marcharían en vanguardia de las tropas que entraran en la cuenca minera, cuando al fin entraron cometieron todo tipo de desmanes, incluidas violaciones masivas de mujeres.

Las violaciones en la guerra de España, fomentada por los jefes y oficiales

Estas prácticas, propias de la guerra colonial, fueron moneda corriente durante la guerra de España de 1936-1939. Un caso conocido y numerosas veces citado es el que narra el periodista estadounidense John Whitaker a propósito de la violación colectiva de dos muchachas españolas por soldados marroquíes. Antes de narrar el hecho, el periodista nos da a conocer cuál era la actitud de los oficiales españoles al respecto:

“[…] Nunca me negaron que hubiesen prometido mujeres blancas a los moros cuando entrasen en Madrid.  Sentado con los oficiales en un vivac del campamento, los oí discutir la conveniencia de tal promesa; solo algunos sostenían que una mujer seguía siendo española a pesar de sus ideas “rojas”.

Esta práctica no era solo tolerada, sino fomentada por los jefes y oficiales que mandaban tropas marroquíes, siendo pocos los que, al parecer, sentían escrúpulos. Casos como el que refiere Whitaker se dieron por toda la geografía peninsular.

Se ha atribuido a Queipo de Llano parte de la culpa de que las acusaciones de violación recayeran sobre todo en los marroquíes. En sus famosas charlas en Radio Sevilla todas las noches a las diez, Queipo de Llano. que había hecho gran parte de su carrera militar en África y que, como todo buen militar que se preciara, rendía un fervoroso culto a los atributos masculinos, decía a los “rojos”, a los que llamaba cobardes, que sus mujeres iban a saber por fin lo que eran los hombres verdaderos, con referencia a “la potencia sexual” de los moros, con lo que se proponía sembrar entre los republicanos el pánico en cuanto a la suerte que correrían sus mujeres de caer en manos de los marroquíes.

Las atrocidades cometidas en Asturias por los Regulares y los legionarios seguían vivas en las memorias, pero las palabras de Queipo de Llano contribuían a alimentar la inquietud en los ánimos, y a difundir la idea de que los únicos violadores eran los “moros”, Tan grabado quedó en la mente de los españoles la imagen de los marroquíes como ladrones y violadores durante la guerra de España que da la impresión de que, para muchos, no hubo otros más que ellos.

En lo que respecta a las violaciones, hay que decir que los legionarios, que no eran “moros”, cometían violaciones exactamente igual que los marroquíes, como tampoco eran solo las fuerzas de choque llegadas de Marruecos las que cometían esos graves delitos. Los “cristianos” de la Península no les iban en zaga. Las hubo en el campo republicano, cometidas en general por milicianos incontrolados, mientras que, entre los franquistas, los autores eran generalmente grupos paramilitares de Falange, como se dice en la obra Víctimas de la guerra civil, coordinada por Santos Juliá. Era frecuente que estos casos se dieran en los cuartelillos de Falange y en las cárceles. Cuando no eran violadas, las mujeres eran sometidas a todo tipo de vejaciones como la de raparles la cabeza y colocarles en la espalda carteles con expresiones tales como “Por roja”. Se les hacía, además, ingerir a la fuerza aceite de ricino.

Las autoridades franquistas, para tener contentas a las tropas marroquíes, establecieron especialmente para ellos una serie de servicios, como hospitales y cementerios. Pero también cafetines morunos, con cantantes y bailarinas traídas de Marruecos, muchas de las cuales, además de dedicarse al cante y al baile, ejercían otro oficio, fácil de adivinar. En efecto, los burdeles o prostíbulos moros proliferaron en la Península. Sabemos de algunos como los instalados en Arroyomolinos, Getafe o Navalcarnero, donde estaba situado el cuartel general del ejército del centro, en el que había muchos marroquíes.

Sería falso suponer que el establecimiento de burdeles, especialmente para las “tropas indígenas”, contribuiría a moderar las violaciones. Está demostrado que la violación no es un acto que obedezca a un deseo sexual, sino a un deseo de control, dominación y avasallamiento de la mujer. Tuvo que venir la guerra de los Balcanes, con toda su cohorte de atrocidades, entre las cuales las violaciones masivas de mujeres bosnio-musulmanas por los serbios fueron quizá las que más conmovieron a la opinión pública, para que la comunidad internacional se decidiera por fin a considerar la violencia sexual y las violaciones de mujeres no solo como “instrumento o arma de guerra”, sino también como “crimen de guerra”.

Bosnia-Herzegovina: violación de cerca de 60.000 mujeres

Entre 1992 y 1995, la violación en Bosnia-Herzegovina de entre 25.000 a 60.000 mujeres llevó al Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPIY) a tipificar por primera vez en la historia la violación como crimen de guerra, y, más tarde, al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a adoptar toda una serie de resoluciones sobre la mujer, la paz y la seguridad. La primera de estas resoluciones fue la 1325 en el año 2000. Después vinieron las siguientes, la 1820, en 2008; la 1888 y la 1889, en 2009; la 1860, en 2010, y las 2106 y 2122, en 2013.

A partir de estas resoluciones se consideraba la violación dentro de los conflictos armados como un crimen contra la humanidad. Hasta ahora, en el momento en que escribí estas líneas (abril de 2017), solo habían sido condenados 40 criminales autores de violaciones y otros vejámenes contra las mujeres. La realidad es que nos queda aún mucho camino por recorrer.

* Texto de la conferencia pronunciada el día 5 de abril de 2017 en las Jornadas sobre “Historia, Arte y Género”, organizadas por los becarios de colaboración del Departamento de Historia de la Universidad Rey Juan Carlos.

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