La burguesía catalana y el nacionalismo

Vicente Serrano ||

Presidente de Alternativa Ciudadana Progresista y miembro del Foro de las Izquierdas No Nacionalistas ||

Desde la izquierda “soberanista” –es decir, la que cree que Cataluña tiene “derecho a decidir”– siempre se ha afirmado que la burguesía catalana es españolista. Desde la izquierda no nacionalista siempre hemos afirmado que el nacionalismo es un movimiento de base burguesa. Joan-Lluís Marfany, en su ensayo Nacionalisme Espanyol i Catalanitat, afirma que «los años de la presunta renaixença lingüística y nacional catalana son, en realidad, los de consolidación de la diglosia (y, por ello, del indiscutible predominio del castellano escrito) y del nacimiento, en Cataluña, del moderno nacionalismo español; y todo eso, de la mano del mismo sector burgués que impulsó el regionalismo catalanista». Viene a decirnos que el padre del nacionalismo español es la burguesía catalana interesada en asegurar un mercado cautivo, que tantos beneficios le ha reportado.

Esa burguesía, después de haber alimentado un regionalismo que le permitiera negociar con ventaja sus privilegios, ha derivado –con los cambios económicos del siglo XX, y hábilmente dirigido por el pujolismo– en un nacionalismo agresivo, interesado en desembarazarse de los compromisos solidarios y fraternales de la Nación que hasta la fecha le había reportado pingües beneficios.

En un sistema neoliberal donde el crecimiento del negocio capitalista pasa por la privatización de los servicios públicos, el blindaje de competencias para la Generalitat y la posible independencia son posibilidades a las que la burguesía catalana nunca le ha hecho ascos. Más bien, al contrario.

El Cercle d’Economia reúne a lo más granado de la gran burguesía catalana, se constituye en pleno franquismo y siempre supo nadar y guardar la ropa; solo con mirar su junta directiva se ve lo que representa. En el pasado mes de mayo publica sus Propuestas para modificar el autogobierno de Cataluña y el funcionamiento del modelo territorial de Estado; llama poderosamente la atención su segunda propuesta, donde se habla de un “Estatuto como la norma suprema… verdadera constitución nacional…”

La filigrana lingüística  es importante para llevarnos a una propuesta federal –en realidad, confederal– donde la Constitución Española sería papel mojado, ya que se blindarían cuestiones como “la lengua, la educación, la cultura y el funcionamiento interno del autogobierno en todos los ámbitos competenciales que le son exclusivos, la ordenación territorial, administración pública, financiación, entre otras”. Reclama un referéndum en Cataluña y considera que “no es necesaria una consulta a todos los españoles”, ya que afirma que el Estatuto ha de dejar de ser una Ley Orgánica del Estado. Declara, pues, la unilateralidad de Cataluña respecto a España y la bilateralidad de España respecto a Cataluña. Algo así como la relación de PSC y PSOE: de nosotros –la parte– no podéis opinar ni decidir; pero respecto a vosotros –el todo–, tenemos voz y voto.

No quiero dejar de recomendar el acertado artículo de Alejandro Tercero sobre las propuestas del Cercle d’Economia y, a la vez, para que no digan que no doy cancha a todos, el artículo de Manel Manchón que defiende la referida propuesta.

No hay duda de que la burguesía es nacionalista, y que la nación (la que más interese en cada momento) es para ella un instrumento para la dominación y la consolidación de sus privilegios, indudable. Si durante la Renaixença y durante el franquismo fueron nacionalistas españolistas, es también cierto que durante los años 20 y 30 del pasado siglo y desde antes de la Transición hasta el día de hoy, la burguesía catalana fue y es nacionalista catalana.

La izquierda empecinada

Cada vez que los CUPaires o los EnComú-Podemitas afirman que la burguesía catalana es españolista, como justificación de su apoyo al secesionismo, en base al colaboracionismo que esa burguesía mostró durante el franquismo, te convences del pobre análisis que encierran sus palabras o de la repetición de un meme aprehendido. Es evidente que para que esa afirmación se sostenga es necesario afirmar que seguimos en pleno franquismo. Situación intelectualmente cómoda para no ahondar en las propias contradicciones de su relato, sobre todo en lo referente a la clase trabajadora que dicen defender.

El nacionalismo no cabe dentro de la izquierda, los dogmas que algunos esgrimen para reclamar el derecho de autodeterminación de Cataluña están desfasados de la realidad, no tanto por el tiempo transcurrido de los debates de Lenin y Rosa Luxemburgo sobre el tema –plenamente vigentes–, sino por su lectura tendenciosa y desactualizada.

Hablar hoy de Cataluña como de una sociedad oprimida, y de España como de una sociedad franquista, es el resultado de una visión sesgada y maniquea de la realidad. Ello no quiere decir que la situación sea idílica. Al contrario: las situaciones de desigualdad se dan en toda España, y podríamos decir que Cataluña, en conjunto, no es la peor parada, dado su nivel de desarrollo junto a otras autonomías como Madrid, País Vasco, Valencia o Baleares, frente a otras comunidades con índices de desarrollo humano muy por debajo de la media nacional. Es hora de que en Cataluña nos dejemos de mirar tanto el ombligo y levantemos la mirada hacia nuestros conciudadanos.

La izquierda empecinada marcha con las orejeras del nacionalismo a su propio caos y desnaturalización. El problema es que deja huérfanos políticos a los más desprotegidos. Podemos y sus confluencias aparecían como un revulsivo a la izquierda tradicional que arrastraba un complejo de culpa impropio ante el nacionalismo. El problema es que ese complejo se ha convertido en una estrategia de acoso al Estado, desprovisto de proyecto para el conjunto y basado en un proyecto desmembrador de España que no garantiza la evolución hacia una sociedad más justa; más bien al contrario, a una debilidad de las clases trabajadoras hispanas ante la cruzada neoliberal actual.

Quien reclama la diferencia de derechos, está reclamando privilegios de hecho. La diversidad es un hecho, la igualdad un derecho.

Ya he dicho más de una vez que la Constitución hay que reformarla, pero tiene cosas interesantes y seguramente mejorables como el Artículo 14:

Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

Señor Sánchez, si nos ponemos a reformar la Constitución que no sea para contentar a los que más la violentan, los que más violentan el concepto de igualdad del citado artículo. Pactar con la burguesía catalana privilegios para el nacionalismo es una traición a la clase obrera en Cataluña, que claramente no es secesionista.

¡Vigile con quien negocia!

Nou Barris. Barcelona. 11 de junio de 2018

Autor del ensayo EL VALOR REAL DEL VOTO. Editorial El Viejo Topo, 2016.

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