La dignidad frente a la manada pepera. Homenaje al doctor Luis Montes

Pedro López López ||

Profesor de la Universidad Complutense de Madrid ||

El pasado 2 de junio el doctor Luis Montes recibió un emotivo y merecido homenaje en el auditorio Marcelino Camacho (CCOO). Por el escenario pasaron numerosos compañeros de carrera profesional, así como el presidente de la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD), culminando con la intervención de su esposa y de su hijo. El enorme auditorio se llenó al completo, demostrando el cariño y la admiración que miles de personas profesan a este hombre.

El acto  era, naturalmente, un homenaje a su persona, pero, a través de todo lo contado por los que desfilaron por el escenario, quedó en evidencia detalladamente cómo actuó la jauría pepera capitaneada por Esperanza Aguirre, como presidenta de la Comunidad de Madrid, y Manuel Lamela, Consejero de Sanidad, a estas alturas forrado en la sanidad privada, que es lo que saben hacer los saqueadores de lo público.

El doctor Luis Montes, un prestigioso profesional, se convirtió involuntariamente en punta de lanza para el ataque más feroz que ha recibido la sanidad pública en España. Este ataque por tierra, mar y aire, buscaba hundir al doctor Montes y, con él, a su modélica  gestión de la sanidad pública en el Hospital Severo Ochoa. La difamación, la mentira, la calumnia, la presión a especialistas para intentar fabricar informes que “demostraran” la barbaridad de 400 asesinatos, todo ello fue utilizado por esta trama de miserables.

Contaron con la ayuda del juez Rafael Rosel (Juzgado de instrucción nº 7 de Leganés), que, a pesar de que no encontró una sola prueba durante la instrucción, se permitía “dudar” (o sea, no encontraba por dónde poder meter el cuchillo a Montes), demorando el proceso hasta decidir el sobreseimiento del  caso justo unas semanas después de las elecciones autonómicas y municipales de 2007, algo que si no fue connivencia con el PP se le parece mucho. El fiscal del caso también echó una manita, no en vano fue Manuel Moix, el que tuvo que dimitir como fiscal anticorrupción, a mediados de 2017, por ser socio de una empresa radicada en Panamá; un asiduo de la FAES elogiado por el corrupto Ignacio González y por el gobierno de la corrupción que acaba de ser jubilado por una moción de censura, un tipo encantado con sus faenas de aliño en la Justicia con figuras como Esperanza Aguirre, Rodrigo Rato o Miguel Blesa. Evidentemente, un fiscal muy del gusto del PP, que le catapultó a Fiscal Anticorrupción.

Ya sabemos cómo la justicia está cuajada de jueces encantados de colaborar con la derecha más silvestre de este país, y no faltan para echar una mano de vez en cuando al poder político, lo que puede reportar buenos beneficios a lo largo de su carrera profesional; naturalmente, para los jueces que aguantan con dignidad las presiones, la carrera profesional puede convertirse en un infierno. O sea, los que colaboran, para arriba; los que no colaboran, a galeras o incluso pueden verse expulsados de la carrera.

El caso saltó a todos los telediarios el 11 de marzo de 2005, fecha que no tiene ni un pelo de inocente.  Por supuesto, los medios de comunicación más infames, con periodistas especializados en la injuria y la calumnia (Jiménez Losantos, Isabel San Sebastián, Miguel Ángel Rodríguez, Cristina López Schlichting, César Vidal, etc.) también echaron el resto.

El día que falleció Luis Montes hubo un emocionado aplauso en la Asamblea de Madrid, aplauso al que no se sumó, por supuesto, la parte más sinvergüenza de la institución, la que había intentado hundir el prestigio de Montes y sus colaboradores, del Servicio de Urgencias del Hospital Severo Ochoa y, ya de paso, de la sanidad pública madrileña. Esta banda delincuente especialista en saquear los fondos públicos para transferirlos a cuentas privadas, como está quedando en evidencia a pesar del torpedeo continuo a la Justicia, no ha tenido la mínima decencia para reconocer su infamia ni muestra el menor síntoma de arrepentimiento. Calificaron a Montes de asesino, de nazi, de “doctor Mengele”, de “doctor Muerte”, de “Sendero Luminoso”, le echaron encima toda la basura que pudieron. Aquí no se apreció ni rastro de delito de odio, claro. Todo esto era libertad de expresión, según alguna que otra sentencia.

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