Armando Fernández Steinko: “El procés ha puesto a cada uno en su sitio” (y II)

Salvador López Arnal ||

Profesor de la UNED.Rebelión ||

Armando Fernández Steinko es profesor en la Universidad Complutense de Madrid. https://www.cronicapopular.es/2018/07/armando-fernandez-steinko-la-burguesia-catalana-no-ha-sabido-no-ha-querido-o-no-ha-podido-mantener-su-condicion-de-burguesia-productiva-i/

Nos habíamos quedado en este punto. Hablas de tres proyectos que son incompatibles con tu propuesta. Los terceros los presentas así: “El de aquellos que, buscando un espacio entre los dos anteriores, apuestan por una confederación de naciones. También estos dan dichas naciones por inventadas para siempre y lo que proponen no es sino una unión burocrática de constructos ya dados y aceptados como existentes desde los tiempos inmemoriales”.

En términos políticos, ¿en qué están pensando cuando te expresas en esos términos? La apuntada, ¿es tu principal crítica al confederalismo? ¿Existe algún Estado en el mundo que sea confederal, más allá del nombre?

Lo que digo me parece relativamente obvio: sólo se puede trabajar para inventar un nuevo país con aquellos que piensan que los países se crean y no con aquellos otros para los que ya están inventados. Nunca se han juntado a hacerlo aquellos que piensan así, siempre han prevalecido las coyunturas electorales, la negociación entre los defensores de una nación frente a otra, siempre ha prevalecido e talante de los que hacen una lectura naturalizada del hecho nacional y que van desde los sectores más cerrados del españolismo más o menos democrático, hasta los hijos ultranacionalistas de las clases medias semirrurales catalanas que ahora abrazan la causa de un anticapitalismo más que discutible, y pasando por los que ven en el confederalismo una cómoda salida intermedia al problema. Porque los confederalistas, al menos los convencidos, forman parte del grupo de los naturalizadores del hecho nacional y todo lo que proponen es una nueva combinación de naciones que dan por existentes para siempre, si es posible encajándolas de tal forma que, en el momento oportuno, se puedan hacer independientes al menor coste posible. De hecho, algunos de ellos son independentistas, yo creo que coordinados, en parte incluso organizados desde los espacios del secesionismo, y enviados para intentar pescar algunos votos de los que se oponen a la secesión infiltrando para ello los espacios políticos y sindicales no nacionalistas siguiendo el modelo del entrismo trotskista, algo que resulta realmente fácil de hacer en estructuras como la de Podemos o En Comú. Yo no creo que el confederalismo sea un espacio político intermedio sino más bien una etiqueta para salir del paso y evitar sufrir un desgaste excesivo en espera de tiempos mejores -así me lo han confirmado, casi literalmente, algunos dirigentes de Podemos-, en definitiva para encontrar algún tipo de acomodo temporal dentro de la situación creada, pero no mucho más.

No es cualquier cosa la que afirmas…

“La configuración del nuevo país de países deber basarse en la idea de pluralidad pero también en la idea de simetría: no puede ser que unos territorios tengan asignados para todos los tiempos unos privilegios nacidos de realidades históricas remotas”.

Su propuesta del “referéndum pactado”  ilustra bien el intento de no tener que enfrentarse a una situación políticamente incómoda salvando los muebles. Es como si una fuerza política dijera, tras la muerte de Franco: “estamos a favor de la democracia pero no proponemos ninguna opción concreta para someterla a votación”. ¿Quién se habría creído eso? Es la posición de un jefe del Estado, de la iglesia o tal vez de una patronal o un sindicato pero no de un partido político. Esta forma intransitiva de intervenir en el debate democrático -”quiero que la gente pueda optar, pero no digo el contenido que propongo para esa opción” beneficia, naturalmente, al  proyecto indepe a costa del cualquier otra agenda. Espero que En Comú Podem, del que forman parte muchas personas dignas de todo mi respeto político, se remanguen de una vez y aborden el problema por la raíz. Pero la discusión en profundidad sólo se puede realizar hoy fuera de la tutela de los partidos pues es la única forma de asegurara la libertad discursiva que exige una tarea de este tipo. Los  partidos progresistas están divididos por esta cuestión y además están sometidos a tacticismos de naturaleza electoral que distorsionan las discusiones estratégicas lo cual los hace poco aptos para abordar un diseño a largo plazo que, además, tiene que tener la máxima transversalidad política. Desde luego, nada de todo esto quiere decir que no haya que hablar con muchos de los que hoy manejan una idea ahistórica de nación, muchas veces sin ser muy conscientes de ello o, incluso, sin pretenderlo realmente. Todo lo contrario. Demostrar el carácter abierto de toda construcción nacional o de país puede provocar un cambio muy rápido en el universo de significados de muchas personas. Pero yo creo que lo que toca ahora es propio de la casi hora cero en la que nos encontramos: generar una masa crítica mínima -milite o no en partidos políticos pero siempre fuera de su tutela política- que se ponga de acuerdo en un nuevo diseño de país que pueda llegar a ser transversal y mayoritario. Sólo después toca someter la propuesta a debate con partidos, sindicatos, patronales etc

Frente al concepto ahistórico de nación, tú defiendes un concepto histórico. Y eso, ¿qué significa exactamente? ¿Que las naciones no son eternas, que nacen, se desarrollan y mueren? ¿Ya está?

¿Te parece poco?

No sé cómo se puede sostener lo contrario.

Toda creación humana, también el capitalismo y, por supuesto, las naciones son productos históricos que nacen de los tiras y aflojas entre grupos e intereses contrapuestos. Los que han construido el actual orden nacional e identitario son actores determinados que lo hicieron en respuesta a necesidades y problemas prácticos de su tiempo, hacia 1980, en un contexto de correlación de fuerzas determinadas, una opinión pública determinada y una población con un nivel de instrucción determinada. Esta forma de pensar no tiene nada que ver con la idea de un alma o de una identidad colectiva en busca de un acomodo nacional independiente. El pensamiento religioso ha alimentado mucho esta forma de pensar, lo cual explica el radicalismo nacionalista de la iglesia católica en su intento por impugnar los Estados creados en el siglo XIX a los que acusaba de artificiales e ilegítimos comparados con la hondura y trascendencia que emana, aparentemente, de los “pueblos” y de su “voluntad  colectiva”. Aunque entiendo que la palabra “historia” resulte aquí un poco equívoca pues podría servir para buscar la legitimidad del presente en cosas que han sucedido -o se pretende que hayan sucedido- en el pasado y para todos los tiempos. Pero la noción de historia que aquí manejo no es sinónimo de “pasado”. El núcleo de la forma “histórica” de pensar es la conciencia del devenir, del cambio producido por las generaciones presentes a partir de materiales heredados del pasado, mayormente inmediato, pero sin dejar que este se haga inviolable y mítico como sucede con los “derechos históricos” o las patrias lejanas. Pensar en términos históricos significa adquirir conciencia de una cosa incómoda y difícil: que todo cambia y que, además, lo hace inducido por situaciones y actores identificables y no por entes abstractos que encarnen una continuidad inamovible de un pasado imposible se ser discutida. En realidad, pensar históricamente es el alma de la tradición progresista, pensar en términos de pasado es el alma del conservadurismo. En ese sentido hay mucho progresista en este país que no es consciente de las sombras conservadoras que envuelven muchos de sus posicionamientos en el tema nacional.

Afirmas también que dos ejemplos de invención de país serían los proyectos de construcción nacional de los catalanes y vascos nacionalistas (que no son todos; los otros tienen también otros proyectos). Pero ellos, cuanto menos aquí, en Cataluña, afirman que no inventan nada, que se limitan a defender lo natural, lo normal, lo usual, su nación esquilmada, explotada y oprimida. Nada de inventos: el ser escondido, su nación, sale a la luz. Ellos no inventan, ayudan a la irrupción de lo que es y ha sido.

Cualquiera que haya vivido en España a lo largo de los últimos 30 años ha sido testigo de que las naciones efectivamente se construyen, de que la historia domina sobre el pasado. A pesar de sus convicciones conservadoras, los gobiernos nacionalistas han venido siguiendo una paciente pero persistente labor política de construcción nacional bajo el paraguas, aparentemente inocuo, del llamado “autogobierno” que no es una estrategia sino más bien una táctica para ir ganando tiempo sin que suenen las alarmas hasta crear realidades irreversibles: han sabido cambiar el presente histórico para regresar al pasado eterno. Con un presupuesto de 30.000mill€, algo menos en el País Vasco, es posible hacerlo. Los ejemplos vasco y catalán son impactantes e ilustran que no sólo es posible y necesario inventar un nuevo país, sino que es técnica, económica y políticamente factible hacerlo, que hay precedentes inmediatos a la vista de cualquiera que decida abrir los ojos.

¿Tú crees que el nacionalismo catalán, más allá de algunas manifestaciones marginales, es supremacista? Si fuera que sí, ¿en qué serían supremacistas?

El nacionalismo catalán, como también el vasco, tienen muchos matices y no conozco a nadie que los haya analizado con más profundidad para el caso catalán, que Antonio Santamaría. La mitad de mi familia es catalana. Eran modistas y editores, tenían una torre en La Floresta, conducían un Fíat en los años 1930 y vivían en el Paseo de Gracia 121. La guerra dividió a la familia y una rama acabó en Madrid. Desde niño he venido siguiendo, paso a paso, la evolución de su discurso en función del los cambios políticos y sociales del país, una evolución que he ido contrastando luego en mis múltiples visitas a Cataluña y que luego he visto minuciosamente reconstruidos por Antonio Santamaría que, obviamente, no conoce a mi familia.

Nunca se sabe. Antonio Santamaría conoce muchas cosas.

Los argumentos supremacistas de muchas familias catalanas como la mía nacieron de los argumentos raciales y antidemocráticos del período de entreguerras, se alimentaron en los años 1960 y 70 de la impugnación de los rápidos y caóticos procesos migratorios en los años del franquismo desencadenados por la frustrada reforma agraria republicana, y conectan como tarde desde la crisis de 2008, con la visión supremacista que tienen las clases medias de los países europeos más ricos del origen de los problemas que sufren los países del sur de Europa: esa es su parte “cosmopolita”. La cultura catalana ha sido un factor de civilización y humanismo que muchos tenemos escrito en nuestro ADN cultural del que nos sentimos orgullosos y del que no vamos a renunciar tan fácilmente como piensan los independentistas. Pero lo que cuentan no son las ideas sino las fuerzas sociales que hacen prevalecer las unas sobre las otras. Y las fuerzas económicas y sociales alimentan hoy desgraciadamente no sólo una competencia deshumanizadora entre personas y territorios, sino también una visión tendencialmente supremacista más o menos cultivada que antes no salía de la intimidad de muchas familias, pero que el procés ha diseminado por toda la sociedad con ayuda de los medios de comunicación de la Generalitat.

La irrupción del secesionismo en Cataluña, me ha parecido entender al leerte, la consideras una reacción calculada ante las esperanzas de regeneración que en España abrió el movimiento 15M. ¿Te leo bien? Si fuera el caso, ¿por qué lo sostienes?

La creación de las Mesas de Convergencia a  finales de 2010 fue el pistoletazo de salida de un ciclo de cambios políticos y sociales profundos que hoy llamamos “Movimiento15-M”, y que condujeron a una recomposición del mapa electoral del país basado en la idea de regeneración de sus instituciones políticas y de la crítica de las políticas de austeridad. La importancia que tuvo la crítica de la corrupción en las instituciones catalanas explican la pujanza del movimiento en Cataluña y no es casualidad que el fiscal catalán anticorrupción, Carlos Jiménez Villarejo, fuera uno de los fundadores de Podemos. El nacionalismo se encontraba a la defensiva, pero lo que resultaba particularmente peligroso para los nacionalistas era la posibilidad de que la agenda de regeneradora catalana estuviera acompasada con la del resto de España. Se encendió una luz roja que condujo a la conformación de coaliciones amplias para forzar la agenda independentista aprovechando el desprestigio de las instituciones, y después de intentar concentrar, con la complicidad de todos los partidos indepes, todos los males de la corrupción catalana en Jordi Pujol y en su nefasta familia. Algunos dirigentes de Esquerra lo dijeron en público varias veces, otros más bien en privado: existía el peligro de que los jóvenes nacionalista de las clases medias urbanas se sintieran atraídos por lo que estaba llegando nada menos que desde la Puerta del Sol de Madrid, que se integraran en una dinámica política que afectaba a toda España. Y eso era inaceptable pues podría echar por tierra el objetivo de la independencia.

Acusas a las izquierdas de confundirse y de haber visto en los secesionistas unos aliados en la finalidad de regeneración del país. ¿En qué izquierdas piensas? ¿Cómo han podido ser tan ingenuas si ha sido el caso?

El partido que canalizó los deseos de regeneración del país fue Podemos. El guión estratégico de la dirección de Podemos era que regenerar el país era sinónimo de desplazamiento del Partido Popular del poder, en definitiva, una cuestión electoral. Al darle este sesgo, Podemos no sólo esquivó las consecuencias de un análisis más estructural del fenómeno de la corrupción en España y de la propia sociedad española y de la catalana en particular, sino que cayó en la vieja cultura del turnismo político. Supongo que fue en ese momento en el que se fraguó la alianza -más secreta que sometida a la deliberación de sus militantes y votantes- con los independentistas a pesar de que el objetivo estratégico de estos últimos era justamente el contrario: bloquear la agenda regeneradora para sustituirla por la agenda del procès. Para explicarles esta rocambolesca estrategia a sus votantes, los dirigentes de Podemos intentaron argumentar que se trataba de una alianza táctica para imponerle al Partido Popular una agenda progresista. El hecho es que empezaron a coquetear fe forma cada vez más clara con el independentismo asumiendo, uno tras otro, todos sus análisis: la particular visión de los indepes del fenómeno democrático y que configura el núcleo de su estrategia, su concepción de la virtuosa nación catalana -a pesar de Jordi Pujol- frente a la irremediablemente corrupta nación española, “Estado español” o también “Reino de España” como dicen ellos para reforzar la idea de un artificio del que no va a costar demasiado deshacerse. En definitiva: los independentistas consiguieron convencer a Podemos de que su proyecto de nation building era una cosa bastante banal que cualquier demócrata podrá llegar a comprender fácilmente, y de que los intentos del Estado por impedirlo iban a ser puras sobrerreacciones injustificadas cuyo origen se remonta, no a la gravedad del proyecto que se traen entre manos, sino  a la naturaleza fascista del Partido Popular y de todo lo que llega de Madrid. A medida que la cosa empezó a ponerse seria muchos votantes se dieron cuenta de que no se trataba de una táctica diseñada por los audaces jóvenes de Podemos para hacer avanzar una agenda de izquierdas utilizando a los independentistas, sino que era justamente al revés: eran los viejos indepes, que venían trabajando desde hace décadas en este escenario los que estaban secuestrando la agenda política social y regeneradora. La cosa empezó a oler cada vez más a novatada política. Porque, ¿a quién se le puede ocurrir pensar que es posible regenerar algo aliándose con aquellos que lo pretenden destruir, máxime cuando ese “algo” es un Estado que el neoliberalismo intenta reducir a su mínima expresión para neutralizar su acción solidaria y redistributiva y que lo que se pretende no es eliminar trabajadores públicos como pretende Ciudadanos sino que trabajen al servicio del interés general? El resultado era de esperar: una llamada casi transversal a la defensa de la nación en peligro y un aumento masivo del apoyo a Ciudadanos que, aunque con un programa económico liberal, ofrece un discurso republicano políticamente claro, basado en la idea de un hombre/mujer un voto. No sé si Podemos va a poder remontar el vuelo, pero de lo que estoy seguro es que es imposible generar mayorías, tanto en España como en cualquier otro país del mundo, cometiendo errores de este calado.

Te cito: “Una parte sustancial de las izquierdas ha afinado mal su puntería en una suerte de ciencia política al estilo de Walt Disney. Al no tener proyecto propio de país se han arrojado a los brazos de sus enemigos aceptando con sonrisas su propio secuestro: sufren el síndrome de Estocolmo que lleva al secuestrado a cortejar al secuestrador”. Déjame preguntarte por este fragmento. En primer lugar: ¿A qué parte sustancial de las izquierdas te refieres?

Sí, la verdad es que a mí lo que ha sucedido me transmite la sensación de unos intrépidos juniors en acción, no sé, algo me recuerda a esas películas de Walt Disney para quinceañeros en las que los jóvenes discuten con su padre y buscan nuevas referencias identitarias fuera de la familia y en plan aventura. “No queremos saber nada ni con el Partido Popular ni con el PSOE, pero necesitamos de la ayuda y de la protección de los nacionalistas, de la “burguesía progresista de la periferia” para derrotar al primero y adelantar electoralmente al segundo. Para que nos ayuden dejamos que secuestren nuestra agenda política en beneficio de la suya, pero en el fondo somos nosotros los que les tenemos secuestrados a ellos y, en cualquier caso, son nuestros amigos pues nos sirven de escudo identitario protector contra nuestros papis, esos españolistas sin remedio”. Esto es algo parecido a un síndrome de Estocolmo en el que el secuestrado siente agradecimiento con el secuestrador pues no tiene conciencia de quién es el que manda en el juego. En este caso hay algo, además, de sensación de orfandad, de búsqueda de un nuevo papito -la progresista nación catalana-, orfandad que nace de la incapacidad de inventar y construir algo propio, maduro, independiente, que desbloquee el problema antes que enquistarlo. De todas formas, no quiero llevar el sarcasmo demasiado lejos pues todo esto no es tan nuevo y tan único en el panorama de la izquierda española.

Vienen de lejos, en tu opinión.

Son estructuras de pensamientos que están muy extendidas en el mundo progresista español y que afectan tanto a la gente del PSOE, de Izquierda Unida, de Podemos como también de muchos ciudadanos con sinceras convicciones de izquierdas. Anclados en la evocación más intuitiva e identitaria que precisa de los tiempos de la guerra civil y de las luchas antifranquistas de los años 1960 y 70, muchos considera una ley inquebrantable establecer alianzas con los nacionalismos de uno u otro signo para sacar adelante una agenda progresista. A pesar de que está a la vista de todos que los neoliberales también recurren a los nacionalistas para dar un vuelco político en Madrid, la izquierda sigue evocando las alianzas antifascistas de la guerra civil y las luchas antifranquistas para teorizar su sintonía con ellos. Los astutos independentistas alimentan estos prejuicios evocando insistentemente la terminología de la República, a la que traicionaron en sus meses más difíciles, y de la guerra civil, reduciendo el Partido Popular poco menos que al Movimiento Nacional de Francisco Franco y cebando así la visión plana y electoralista con la que la izquierda se ha venido enfrentando al problema nacional.  Haciéndolo, saben que sus izquierdistas secuestrados se quedan quietos mientras escuchan la melodía antifascista y antipepera que sale de los labios de sus queridos secuestradores, los indepes. Muchos de los bloqueos de todas las izquierdas estatales nacen de la misma simplificación. Las reticencias a darle la espalda a la retórica revolucionaria de ETA a pesar de que era evidente que sus acciones reforzaban a las fuerzas conservadoras y el carácter no rupturista de la Transición; la incapacidad de identificar la corrupción estructural que se ha dado en Cataluña, y que es enteramente comparable a la del Partido Popular, pero también el olvido de las traiciones que sufrió el gobierno republicano por parte de los nacionalistas en los momentos más críticos de la guerra civil, son sólo algunos ejemplos.

¿Las izquierdas no han tenido proyecto propio de país? ¿Cuál proyecto ha sido entonces el suyo? Te pregunto por ello dentro de un momento.

“Lo que toca ahora es propio de la casi hora cero en la que nos encontramos: generar una masa crítica mínima que se ponga de acuerdo en un nuevo diseño de país que pueda llegar a ser transversal y mayoritario”.

Pensaban que eso de dedicarse a inventar países era una cosa extravagante propia de partidos minoritarios y objetivos exóticos, que esta agenda se iba a ir disipando con la globalización, pues esta – así el argumento pero también la intuición política de fondo-, iba a empujar automáticamente a los nacionalismos fuera del escenario político. Aceptadas estas premisas, era y sigue siendo difícil tomarse en serio el intento de crear un nuevo país. En realidad, yo creo que más bien se ha tratado de una especie de escapismo: se decía que no había que hacer nada pero, en realidad, no se sabía hacer nada, no había inventiva ni recursos políticos para intentarlo, con lo cual resultaba mucho mejor tratar a “España” como a un ente tan natural e inamovible como “Cataluña” o “Euskadi”. Era mucho más fácil y también más cómodo abrazar la causa pasiva de la globalización y de la construcción de Europa en espera de que ellas solas se ocuparan de solucionar el problema y sin poder calcular naturalmente las consecuencias que podía llegar a tener esta pasividad, consecuencias que empezaron a hacerse visibles cuando José María Aznar se apropió de los espacios vacíos dejados por las izquierdas para plantar una inmensa bicolor en la Plaza de Colón, meternos en una guerra patriótica y mandar a sus chicos a la Isla de Perejil. El procés le ha pillado a mucha gente soñando el sueño de que el tema nacional no era importante a pesar de que los gobiernos nacionalistas gestionan territorios que casi suman la mitad del todo el PIB del país. Lo bueno es que al menos ha obligado a todo el mundo a despertarse.

Por lo demás, uno de los intelectuales más conocidos y reconocidos de Podemos y de Unidos Podemos, Manuel Monereo, no ha dejado de escribir sobre un nuevo proyecto de país. ¿No le hacen caso… o le han hecho demasiado caso?

Lo que escribía Monereo antes del 1 de octubre apuntaba en el sentido correcto y yo tenía la esperanza de que su vinculación a la dirección de Podemos iba a permitirle, al menos a esta organización, superar el síndrome de Estocolmo. Pero no sé cómo se toman ahí las decisiones, desde luego no a la luz del día, y además todo esto no es fácil pues exige un golpe encima de la mesa, un  “¡hasta aquí hemos llegado!” bastante decidido y que me temo que las cosas no han madurado políticamente todavía hasta ese punto y las coaliciones con los movimientos nacionalistas de izquierdas mandan por encima de todo como han mandado también en el PSOE-PSC y no digamos en Izquierda Unida: en el seno de los partidos de la izquierda sigue prevaleciendo no sólo el funcionamiento, sino sobre todo el imaginario confederal y precisamente por ello creo que el cambio sólo se puede producir desde fuera de estos partidos. En cualquier caso: liberarse del síndrome de Estocolmo significa identificar la principal arma política utilizada por el nacionalismo en las tres últimas décadas para mantener secuestrada a la izquierda: la cuestión democrática. Abordar la cuestión democrática es rechazar, de una vez por todas por antidemocrático e inaceptable, que los derechos de los unos puedan librarse a costa de los derechos de los otros.  Pasa por abordar históricamente el famoso derecho a la autodeterminación, por aproximarse también históricamente al problema del Estado mismo e identificar lo que este significa hoy y dejar de hacer comparaciones entre el Estado español moderno, con el zarista de 1917, el imperio otomano, el régimen de Franco o los Estados occidentales de antes de la segunda guerra mundial y presupuestos públicos por debajo del 10% del PIB. Y pasa por desmontar la retórica del “derecho a decidir” que es, como ha señalado Miguel Candel, una expresión redundante y vacía, inventada por Ibarretxe para alcanzar sus propios objetivos, pero que en la práctica se convierte en un sórdido “derecho a dividir” que obliga a las personas, sobre todo a aquellas con identidades mixtas, a optar por una de las dos para posicionarse frente a una dicotomía impuesta que, literalmente, las destruye. En definitiva, pasa por desenmascarar la estrategia de construcción de una nación eterna en busca de su independencia para despejar el camino hacia la construcción de un país nuevo en el que quepamos todos y basado en los principios de solidaridad, de sostenibilidad y de justicia social, y dotado de políticas redistributivas horizontales y verticales.

Si la cosa es tan fácil, tan evidente, ¿cómo es que no se dan cuenta?

No hay que subestimar la fuerza de la inercia en política, de las frases hechas, de las convenciones, de los  rituales y también de las propias identidades partidarias que, como hemos visto, pueden reducir mucho la capacidad de las organizaciones de identificar la realidad que tienen delante de sus propias narices. Además, siempre se le puede echar a otros la culpa de los propios errores: las cloacas del Estado, el poder de los medios de comunicación, las traiciones personales etc. El hecho es que todos estamos pagando un enorme coste por el procés pero que este, al menos tiene esa ventaja: ha puesto al descubierto las verdaderas intenciones de los nacionalistas sacado a la luz pública sus verdaderas intenciones y los argumentos en los que se apoya, una parte de los cuales permanecía hasta ahora en la esfera de la privacidad de una parte de las “progresivas” clases dominantes catalanas que son las que encabezan el procés. El procés ha puesto a cada uno en su sitio, ha desbanalizado las intenciones y las  retóricas nacionalistas empujando a mucha gente a dar un  fuerte golpe encima de la mesa para decir: ¡Hasta aquí hemos llegado!

¿Por qué la izquierda insiste una y otra vez en el ejercicio del derecho de autodeterminación? En algunas formulaciones de ese derecho, autodeterminación de todos los pueblos, sin excepciones, no se habla de opresiones nacionales ¿De dónde viene esa pasión nacional autodeterminista?

Viene de la falta prolongada de una acción del Estado en favor de la satisfacción de las necesidades de las mayorías. Lo que venía de Madrid era muy poco en términos de PIB y, cuando llegaba algo en los tiempos de Franco, era en forma de represión. Las comarcas y los territorios periféricos, incluidos los muchos que forman parte de la hoy es la Comunidad de Madrid, van desarrollando así una  fuerte conciencia de que dependían de sí mismos, y no hay nada mejor para ilustrarlo como la importancia que adquirieron las cajas rurales y de ahorros en España durante más de 150 años, destinadas a captar e invertir el ahorro local en ausencia de iniciativas estatales. El vigor que llegó a tener el movimiento anarquista español es otro ejemplo de la falta de Estado proveedor de bienestar y su reducción a su naturaleza de Estado represivo. Entre 1978 y principios de los años 1990, cambiaron las cosas con la construcción del Estado del bienestar. Sin embargo, fue un período demasiado breve que, además, no se basó en un diseño consensuado y ampliamente discutido de un nuevo modelo territorial como el que proponemos aquí, sino en el resultado de una dura negociación entre partidos -los partidos nacionalistas pero también ETA fueron fundamentales- así como en la introducción de mecanismos competitivos que eran los que les interesaban a los territorios más ricos: Cataluña, País Vasco y Madrid. Con la penetración de las recetas neoliberales, a partir de la crisis de 1992, los territorios empezaron a competir cada vez más entre sí. Y no ya sólo en términos competenciales e identitarios, sino directamente en términos económicos.

Nos cuentas algo más sobre estos “términos económicos”…

Cuando las élites políticas a norte y al sur del Ebro deciden dar un giro hacia un liberalismo cada vez más radical en los años 1990, vuelven a alimentar una vez más la vieja inercia histórica del enfrentamiento entre liberales y comunitaristas que se sucedió a lo largo de todo el siglo XIX, un  enfrentamiento que siempre tiene al Estado como eterno perdedor: los liberales -apoyados por los intelectuales- deseaban y desean el menos Estado posible porque creen que solo la propiedad y la iniciativa privadas pueden generar desarrollo social y porque no están dispuestas a enfrentarse a los que más tienen para recaudar más impuestos; y los comunitaristas -apoyados por la iglesia- porque un Estado con más recursos reducía y reduce su poder local y su influencia ideológica. Es un enfrentamiento diabólico, que tiene al Estado como eje oculto y pocas veces confesado por interés de liberales y comunitaristas/autonomistas, pero que trastoca la dinámica izquierda-derecha y dificulta las políticas basadas en criterios de clase. La dinámica neoliberal fue reforzando así de forma natural el anhelo de “autogobierno” de todos los territorios y la falta de un proyecto de país común, que habría tenido que incluir necesariamente la construcción de una nueva identidad compartida, ldejó el campo abierto a los nacionalistas que fueron creando pequeños Estados dentro del Estado, bajo el paraguas, aparentemente inocuo, del “autogobierno”. Esta palabra empezó a ser asociada así a la creación de nuevas infraestructuras sanitarias y educativas reforzando la legitimidad del nacionalismo de cara la población catalana y vasca. Es un concepto de inspiración territorial y nacionalista antes que democrática pues el verdadero autogobierno es el que ejercen directamente los ciudadanos mismos y el lugar donde es posible hacerlo son los municipios y no las nuevas burocracias de Vitoria, Sevilla o Barcelona. Si no se hace así, si no existe un espacio institucional central legitimado políticamente, la dinámica competitiva entre territorios va generando espacios no sometidos a ninguna fiscalización exterior, creándose así estructuras corruptas que se ven alimentadas por la extraordinaria importancia que tienen los partidos políticos para el funcionamiento de la administración pública española. Esto afecta hoy a las comunidades autónomas pero también a los ayuntamientos pues no existe, por ejemplo, un cuerpo de secretarios municipales, que son los que levantan acta sobre lo que se hace con el dinero público, financiado por el Estado sino que son los propios ayuntamientos los que contratan a dichos secretarios a cargo de su presupuesto generándose así constantes conflictos de intereses y el casi inevitable aumento de la malversación. Por tanto, la única forma de reducir ese eterno anhelo de “autogobierno” a nivel regional es la democratización fuerte de las instituciones del Estado, su dotación de más recursos económicos para que llegue ahí donde no llegan los gobiernos autonómicos, pero sobre todo el aumento de los presupuestos de los ayuntamientos porque es ahí, a nivel municipal, donde realmente se puede ejercer el autogobierno. Ayuntamientos también asistidos directamente por el Estado y no sólo por las Comunidades Autónomas.

¿Qué principios esenciales alimentan los cimientos de tu nuevo proyecto de país?

“El procés ha desbanalizado las intenciones y las  retóricas nacionalistas, empujando a mucha gente a dar un  fuerte golpe encima de la mesa para decir: ¡Hasta aquí hemos llegado!”

Yo he destilado algunos de conversaciones, lecturas, décadas de lucha política, debates académicos,  experiencias e intuiciones, pero no estoy trabajando en una lista sistemática y, menos aún, cerrada. Me interesa dejarla abierta para invitar a un coloquio que vaya más allá de un mero posicionamiento frente a mis propias propuestas. No está siendo fácil. La gente me manda largas cartas de contenido teórico y comentarios críticos o elogiosos a mis propuestas, pero les cuesta transformar sus reflexiones en propuestas propias. Esto demuestra el letargo que hemos vivido durante décadas en estos temas, un letargo que alimenta la cultura de la desconstrucción de lo que hay frente a la cultura de la construcción de algo nuevo: nuestro campo mental sigue decididamente  dominado por el imaginario naturalizador de las naciones que nos fuerzan a posicionarnos en favor o en contra de la naciones ya existentes pero nada más. Entiendo que haya una necesidad de crítica de lo que hay pero la realidad no espera, hay que ponerse ya manos a la obra. Mis propuestas provisionales serían las siguientes:

  1. Mientras no existan órganos de decisión supranacionales, es necesario defender la integridad territorial de los Estados con el fin de evitar dinámicas políticas que acaban perjudicando seriamente a la vida de las mayorías y sus proyectos de futuro.
  2. El nuevo país de países debe construirse sobre una lógica de la solidaridad antes que de la competencia entre territorios. Es la misma fórmula requerida para rescatar el proyecto de integración europeo y para crear un orden internacional pacífico y civilizado.
  3. No es posible crear un espacio de solidaridad sin construir una identidad compartida por las partes. Los procesos de regeneración de España no se han tomado nunca en serio esta parte de la tarea y el resultado ha sido la proliferación de identidades excluyentes.
  4. La lengua está en el núcleo de la identidad. Tenemos que crear un país con una cultura plurilingüe en todo el territorio. No todos tienen que hablar las cuatro lenguas del Estado pero todos deberían dominar un mix de lenguas en el que, en todos los casos, estuviera el conocimiento del castellano. La nueva cultura lingüística debe construirse en un proceso gradual pero decidido y sostenido en el tiempo.
  5. La configuración del nuevo país de países deber basarse en la idea de pluralidad pero también en la idea de simetría: no puede ser que unos territorios tengan asignados para todos los tiempos unos privilegios nacidos de realidades históricas remotas. Si sus tradiciones han generado mecanismos positivos para la regulación de la vida contemporánea, el conjunto del país de países debería hacerlos suyos.
  6. El nuevo país de países deber fundamentarse en la idea de la preservación del patrimonio común. Esto no debe incluir sólo los recursos naturales, sino todo el patrimonio cultural tangible -tramas urbanas, edificios históricos etc.- y también el intangible -lenguas, tradiciones democráticas etc-. El Estado debería ser su principal garante y proveer recursos económicos suficientes para ello.
  7. Los municipios son los principales espacios de socialización para los ciudadanos y los que proveen los servicios más importantes. Hay que dotarlos de más presupuesto a costa de las administraciones autonómicas y crear sistemas estables de participación ciudadana en su gestión, incluida la gestión transparente de sus cuentas. Este acercamiento de las instituciones al ciudadano elevará la calidad democrática de la vida del país.
  8. El futuro económico, también o precisamente de las sociedades situadas en la periferia de la Unión Europea, pasa por la construcción de una sociedad del conocimiento. Hay que organizar el sistema educativo superior y de investigación siguiendo un principio de la división del trabajo y de especialización aplicado a todo el estado. Todos los territorios deberían incorporarse a un sistema integrado de educación e investigación que promueva la movilidad geográfica y el equilibrio territorial.

Gracias, muchas gracias, ya te he robado mucho tiempo… y tenemos que construir país, que no es cualquier cosa.

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