Mayo del 68 en la Ciudad internacional universitaria de París: recuerdos de una militante antifranquista 

María Rosa de Madariaga ||

Historiadora ||

En 2008, el entonces director del Colegio de España en la Ciudad Internacional Universitaria de Paris, Javier de Lucas, catedrático de Filosofía del Derecho en el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad de Valencia, organizó unas Jornadas conmemorativas del cuadragésimo aniversario de Mayo del 68, a las que tuve el honor de ser invitada junto a otros colegas que vivimos esos inolvidables acontecimientos.

COLEGIO DE ESPAÑA MAYO 68 ENCUENTRO ANTIGUOS RESIDENTES PARÍS, 23 MAYO 2008

COLEGIO DE ESPAÑA MAYO 68 ENCUENTRO ANTIGUOS RESIDENTES PARÍS, 23 MAYO 2008

La Ciudad Internacional Universitaria de París

El curso académico 1967-1968 era mi segundo año en París, con una beca del gobierno francés para realizar una tesis doctoral de Historia, bajo la dirección de Pierre Vilar. Deseando poder alojarme en la mencionada Ciudad Universitaria, cursé una solicitud de alojamiento al Colegio de España, aun sabiendo la dificultad de poder conseguirla, dado que esta residencia universitaria, inaugurada en 1935 y concebida en su origen únicamente para albergar varones, solo disponía de trece habitaciones para chicas. El número de las habitaciones para chicos, ¡ascendía a más de cien!

El problema de mi alojamiento terminó por resolverse, después de que el director del Colegio de España, don Joaquín Pérez Villanueva, decidiera acoger a un estudiante brasileño, a cambio de que la Casa de Brasil me diera a mí una habitación. Este tipo de intercambios eran frecuentes, cuando se trataba de colocar a estudiantes españolas en residencias universitarias, dado el escaso número de plazas que había para chicas en el Colegio de España.   

Aunque residente en la Casa de Brasil, iba prácticamente todos los días al Colegio de España, donde tenía numerosos amigos con los que compartía ideas y militancia contra el régimen franquista. Pero reunirse con jóvenes del otro sexo resultaba muy difícil, dado que a las chicas nos estaba prohibido acceder a las habitaciones de los chicos, y los espacios públicos, donde se pudiera hablar y discutir libremente, no existían.

No hay que olvidar que en aquellos años estaba prohibido “hacer política” en las residencias universitarias, tanto en las francesas como en las extranjeras ubicadas en la Ciudad Internacional Universitaria de París, cuyo número ascendía a 40, de países europeos, asiáticos, latinoamericanos y árabes (Marruecos). Y ni qué decir tiene que, en el Colegio de España, que dependía del gobierno franquista, esta prohibición se aplicaba aún con más rigor.

Yo, que era becaria del gobierno francés, no español, tenía más libertad de actuación, por lo que solía ser yo quien se encargaba de colgar en el tablón de anuncios del Colegio de España carteles de actos o mítines de solidaridad con el pueblo español. Ni que decir tiene que esos carteles duraban poco colgados, porque no tardaba el secretario del Colegio en venir a arrancarlos.

La “Cava del Toro” y el “Aula de Poesía” del Colegio de España

Había en el Colegio de España un sótano destartalado, lleno de polvo y muebles desvencijados, que nadie utilizaba y servía solo de medio trastero. A algunos, previo permiso del director del Colegio, se nos ocurrió rehabilitarlo y hacer de él un espacio agradable, donde chicos y chicas pudiéramos reunirnos para conversar y discutir de los temas que más interesaban entonces a la juventud, incluido, para muchos de nosotros, el político. Bautizamos este lugar con el nombre de Cava del Toro. 

COLEGIO DE ESPAÑA MAYO 68 ENCUENTRO ANTIGUOS RESIDENTES PARÍS, 23 MAYO 2008

Conscientes, al mismo tiempo, de que este tipo de reuniones podía ocasionar problemas a los estudiantes más comprometidos con la lucha antifranquista, sobre todo a los becarios del gobierno español, que eran la mayoría, se nos ocurrió a algunos organizar en ese local una “Aula de Poesía”, que nos diera la posibilidad de hablar de ilustres poetas españoles, cuyo compromiso con la causa de la libertad en España se había puesto sobre todo de manifiesto durante la guerra de 1936-1939.

Esta idea tuvo una excelente acogida entre la mayoría de los estudiantes, incluso entre muchos a los que los más politizados considerábamos “apolíticos”, cuando no ya de derechas, pero que echaban de menos un lugar de reunión en el que poder charlar tranquilamente después de una jornada en la biblioteca, los archivos o el laboratorio, según la especialidad universitaria de cada uno. 

Una vez conseguida la autorización del director para una “actividad cultural”, inauguramos el Aula de Poesía con notable éxito, pues a los actos que organizamos, cada uno dedicado a un poeta, acudieron no solo muchos residentes del Colegio de España, sino también estudiantes extranjeros de otras residencias de la Ciudad Internacional Universitaria de París, que conocían el español.

En el Aula de Poesía evocamos, que yo recuerde, las figuras de poetas como Antonio Machado, Miguel Hernández o Rafael Alberti. Para la sesión dedicada a este último, se me ocurrió que sería una buena idea contactar al poeta para pedirle unas palabras dirigidas a los estudiantes españoles. Por intermedio de mi buena amiga y camarada Teresa Azcárate pude contactar con Rafael Alberti, que nos respondió con una bellísima carta y un no menos bello poema contra la guerra de Vietnam y de solidaridad con el pueblo vietnamita en su lucha contra el imperialismo estadounidense. (El lector interesado podrá ver reproducidos aquí ambos textos).

La verdad es que el Aula de Poesía fue un buen pretexto para que, a través de la vida y obra de cada uno de los poetas elegidos, habláramos de la Segunda República Española y del franquismo, es decir, abordáramos el tema político.

Para dar a aquel nuevo espacio “recuperado” un carácter lo más “aséptico” posible, alejado del “activismo político”, se pensó también en que no estaría mal que las personas que quisieran frecuentar la Cava del Toro, y pasar allí un rato, pudieran, si lo deseaban, tomarse una copa. Con este fin se hizo una colecta para comprar una botella de whisky, provista, como en algunos bares, de un dosificador, que midiera la cantidad de whisky de cada copa, por la que se cobraba una suma determinada de dinero, que cada uno de nosotros, que se la sirviera, metía en una hucha. Cuando la botella se terminaba, el dinero de la hucha servía para comprar una nueva botella.

El ambiente de las tertulias de la Cava del Toro era de lo más agradable y distendido. A veces, alguno de nuestros compañeros amenizaba la velada con música, como era el caso de uno de nuestros compañeros, un cordobés doctorando en Ciencias Físicas, pero también magnífico guitarrista y cantaor de flamenco. Lo mismo que las Aulas de Poesía eran muy concurridas, también lo eran las veladas ordinarias de la Cava del Toro, a las que acudían muchos estudiantes de otras residencias, deseosos de practicar el español y de empaparse de cultura española.

El  ”gineceo” del Colegio de España

El Colegio de España no era excepción a la estricta separación de sexos en las residencias universitarias mixtas. Las trece habitaciones reservadas a chicas ocupaban un ala del segundo piso, y a ellas se accedía por una escalera independiente de la principal, que era la que conducía a las habitaciones de los chicos. Además, para hacer aún más efectiva la “segregación”, en el segundo piso se había instalado un tabique de tablas, que dejaba aisladas a las chicas del resto de los residentes. A este espacio femenino lo llamábamos, jocosamente, “el gineceo”.

Contagiados por los estudiantes franceses, que reclamaban ya desde 1967 en la Facultad de Nanterre la “libertad de circulación” y el acceso libre de los chicos a las residencias de las chicas, un grupo de estudiantes del Colegio de España decidió pasar a la acción y derribar la puerta del tabique que daba acceso a la parte del edificio donde estaban las habitaciones de los chicos. La dirección del Colegio optó por no tomar represalias contra los autores del hecho, entre otras razones porque, lo mismo que en Fuenteovejuna, la acción colectiva había sido anónima.

La dirección se limitó a volver a colocar en su sitio la puerta, que los estudiantes no tardarían en volver a arrancar. Así hasta tres veces. Hartos ya los estudiantes de aquel forcejeo, decidieron hacer desaparecer la puerta de una vez por todas. Corrió el rumor de que habían terminado por librarse de ella, ¡tirándola al Sena! En cualquier caso, la “libertad de circulación” quedó establecida, al menos oficiosamente. Ante el hecho consumado, la Dirección del Colegio decidió hacer la vista gorda.   

Los estudiantes españoles de la Ciudad Internacional Universitaria de París ante el Mayo francés del 68

Aunque los estudiantes españoles antifranquistas de la Ciudad Internacional Universitaria de París teníamos como principal objetivo el apoyo a la lucha de nuestro pueblo contra la dictadura, no podíamos tampoco permanecer indiferentes al movimiento de revuelta estudiantil surgido en la Facultad de Nanterre, pero que no tardaría en extenderse a otros espacios universitarios, incluida la Ciudad Internacional Universitaria de París.

COLEGIO DE ESPAÑA MAYO 68 ENCUENTRO ANTIGUOS RESIDENTES PARÍS, 23 MAYO 2008Entre los españoles había un poco de todo. Predominaban, desde luego, los indiferentes, los que se preocupaban únicamente por sus estudios, pero había también, concretamente en el Colegio de España, una minoría bastante activa maoísta o pro-china, compuesta sobre todo de catalanes de Barcelona, y otra minoría, igualmente muy activa, compuesta de militantes del Partido Comunista, de los cuales solo dos o tres residían en el Colegio de España. Los demás, residentes en otras Casas de la Ciudad Internacional Universitaria de Paris, eran asiduos del Colegio, sobre todo de las veladas de la Cava del Toro. Por último, cabe señalar la existencia de un grupo bastante numeroso de estudiantes, críticos con el régimen franquista y deseosos de la instauración de una democracia en España, pero no comprometidos políticamente con ninguna formación.

La reacción de toda esta masa de estudiantes, con excepción quizá de los maoístas, fue en general de perplejidad, cuando no, de recelo o aprensión ante la revuelta estudiantil de Mayo del 68. En efecto, para muchos de nosotros, que veníamos de un país con una férrea dictadura desde hacía 29 años, las protestas de la juventud estudiantil francesa nos parecían una frivolidad. Aquellos jóvenes tenían todo lo que nosotros luchábamos por conseguir: la tan ansiada democracia, la libertad.

Compartíamos, por supuesto, muchas de las reivindicaciones de la revuelta de Mayo del 68. Estábamos en contra de la guerra de Vietnam y condenábamos la intervención del imperialismo norteamericano en aquel país, estábamos a favor de poder organizar actos políticos y de debate en los espacios universitarios, también de la “libertad de circulación” en las residencias universitarias entre personas de los dos sexos. Pero sus actuaciones, sus métodos de lucha, en los que no vacilaban en recurrir a la violencia callejera, no nos parecía que estuvieran justificados en una sociedad democrática, que gozaba de las libertades y derechos fundamentales. Esos métodos formaban parte de la ideología ácrata del movimiento contestatario de Nanterre, para el que “la ocupación de cualquier espacio de la burguesía” era considerado un “acto revolucionario”.

El concepto de “revolución” de estos jóvenes consistía en ocupar edificios, levantar adoquines de las calles para erigir barricadas, y destrozar el mobiliario público y los escaparates de las tiendas de lujo o el saqueo de grandes almacenes. Se creían la quintaesencia de la revolución, los dignos herederos de la Comuna de 1871, los únicos que podrían doblegar el poder omnímodo de la burguesía, representada por las élites gobernantes de la V República, e instaurar en Francia un régimen verdaderamente igualitario.

Cabe preguntarse si algunos de los que incitaron a levantar barricadas en las noches del 3 y el 10 de mayo no eran agentes provocadores, cuyo propósito era inducir las cargas de la policía y de los CRS (Compañías Republicanas de Seguridad), y justificar así las medidas represivas del Gobierno. Sin olvidar la presencia – la CGT y el PCF lo pensaban- de mucho lumpenproletariado en los actos vandálicos callejeros.

Después del cierre de la Facultad de Nanterre el 2 de mayo, el traslado del movimiento contestatario estudiantil a la Sorbona el día 3, la evacuación de esta última por las fuerzas del orden, que daría lugar esa noche a las primeras barricadas en el Barrio Latino, el lunes 13 de mayo, coincidiendo con la imponente manifestación impulsada por el PCF y la CGT, y la gran huelga general decretada por la CGT, los estudiantes contestatarios volvían a ocupar la Sorbona, que permanecería ocupada durante un mes, hasta el 16 de junio, en que decidían abandonar pacíficamente el recinto.   

La ocupación del Colegio de España en Mayo del 68

La ocupación del Colegio de España está estrechamente relacionada con la de la Sorbona, de donde partió el grupo que en la noche del 18 de mayo decidía asaltar el pabellón español en la Ciudad internacional Universitaria de París. Durante la ocupación de la Sorbona, que no fue solo del patio del histórico edificio, sino también de aulas y anfiteatros, se quiso dar a los representantes de numerosos países extranjeros la ocasión de disponer de un espacio, en donde pudieran discutir y debatir de sus asuntos.

Entre esos países no podía faltar España, a la que se adjudicó un espacio, que algunos de los que solían frecuentarlo consideraron demasiado pequeño e incómodo. Fue entonces cuando alguien propuso trasladar aquel espacio de debate al Colegio de España, en la Ciudad Internacional Universitaria de París, adonde un grupo se desplazó con este propósito. Serían las 11 de la noche cuando aparecieron, y, ante la mirada atónita de algunos residentes que todavía andaban por allí, declararon ocupado el Colegio de España.   

Hay que decir, retrocediendo unos meses en el tiempo, que, en el Colegio funcionaba un Comité de gestión, compuesto de estudiantes, encargado de administrar, junto al director, los asuntos del Colegio.  En efecto, en diciembre de 1967 o enero de 1968 se habían convocado elecciones, resultando elegida la candidatura presentada por un grupo de estudiantes catalanes de Barcelona, de ideología maoísta o pro-china. Estos estudiantes pensaban que el mejor medio de impedir la ocupación del Colegio por parte de grupos ultraizquierdistas era la presencia de este Comité de gestión de estudiantes “maoístas”.

No debieron de entenderlo así los elementos anarquistas (y también maoístas), llegados de la Sorbona, que decidieron ocuparlo, por ser éste, a su juicio, un “nido de niños burgueses privilegiados”. En efecto, los recién llegados eran en su mayoría de tendencia anarquista, aunque algunos declaraban ser “maoístas”. Pese a lo tardío de la hora, pidieron convocar inmediatamente una asamblea en el salón de actos del Colegio, en la que declararon solemnemente: “Hemos liberado a España del régimen franquista”. Ni más ni menos. Para ellos, el Colegio de España significaba un reducto del régimen franquista, en el que unos estudiantes privilegiados, hijos de la burguesía, gozaban de todo tipo de comodidades, mientras que los obreros yacían en míseros cuchitriles.  Había que devolver el Colegio al pueblo, a los trabajadores.

Con el director y otras autoridades del Colegio ausentes, muchos residentes habían decidido irse, no tardando sus habitaciones en tener como huéspedes a los nuevos ocupantes. Éstos decidían despedir a las mujeres de la limpieza, con el argumento de que cada uno debía hacerse su propia habitación, sin explotar a nadie. Esta medida, que dejaba sin trabajo a toda una serie de personas, tuvo otras consecuencias: pronto los espacios públicos del Colegio, que nadie limpiaba, empezaron a dar muestras de visible abandono y suciedad, llenos de papeles y otra basura por el suelo. Las paredes del hall y de los lugares públicos aparecían empapelados de carteles y pasquines con eslóganes “revolucionarios”, plagados de insultos contra aquellos a los que tachaban de agentes o secuaces del imperialismo, o sea todos los que no compartían su visión de la “revolución”, empezando por los “revisionistas” de Santiago Carrillo, a quien un inmenso cartel calificaba de “hijo de puta”. 

Entretanto, la euforia revolucionaria se traducía, sobre todo, en una fiebre asambleística sin precedentes, que llegaba incluso a organizar asambleas “para votar si se podía votar”.  La mayoría de estas asambleas constituían vanas disquisiciones, discusiones bizantinas, en las que las personas que intentaban poner un poco de orden en aquel guirigay eran sistemáticamente tachadas de “revisionistas carrillistas” y de “lacayos de la burguesía y del imperialismo”, entre otras cosas.

Queriendo a toda costa imponer en el Colegio de España su particular idea de la “Revolución”, los ocupantes propusieron la creación de un Comité mixto de autogestión, compuesto de ocupantes y de ocupados, así como la adjudicación de un 50% de las habitaciones del Colegio a obreros españoles. Se les hizo ver que, teniendo en cuenta que el número de obreros españoles en París era más o menos en aquellos años de unos 600.000, iban a convertir a un reducidísimo número de obreros en un puñado de privilegiados, frente a la gran masa de obreros españoles de la región parisina que vivían en barracones o en cuchitriles.

Pretender hacer la “Revolución” en España desde la Ciudad Internacional Universitaria de París era un puro disparate. Lo primero de todo, había que terminar con la dictadura franquista e instaurar una democracia, pero, para alcanzar estos objetivos, la lucha había que librarla en España, no desde Paris, y, sobre todo no pretendiendo que la ocupación de una residencia universitaria española en el extranjero fuera el primer paso para liberar a España del franquismo.

Esta situación duró en torno a un mes hasta que terminó pudriéndose por sí misma.  Ante la perspectiva de una evacuación de las residencias universitarias por las fuerzas del orden- no solo del Colegio de España, sino también, entre otras, de la Casa de Argentina y de la Casa de Brasil, ocupadas asimismo por gentes llegadas del exterior-, fueron los propios ocupantes los que fueron desalojando esos lugares, de los que volvieron a ocuparse sus directores respectivos.

En el caso del Colegio de España, su director, don Joaquín Pérez Villanueva, tomaba la decisión de cerrar el Colegio de España, en el que, por otro lado, estaba previsto realizar obras. Contrariamente a las promesas de que reabriría sus puertas en el otoño para el curso académico 1968-1969, el Colegio no lo hizo, dejando en la calle a decenas de estudiantes españoles que tuvieron que buscar alojamiento en las residencias universitarias de otros países.

Para protestar por el cierre del Colegio y pedir su reapertura, tuvo lugar en la primavera de 1969 una efímera ocupación del Colegio por parte de estudiantes españoles residentes en otras residencias de la Ciudad Internacional Universitaria de París. Pero el Colegio permaneció cerrado hasta el curso académico 1987-1988, en que, siendo ministro de Educación Nacional José María Maravall, reabrió sus puertas, después de unas obras faraónicas de remodelación del edificio, que duraron años y años. En el nuevo Colegio de España ya no hay un “gineceo”. Desde la reapertura, los chicos y las chicas residentes ocupan indiscriminadamente habitaciones contiguas sin ningún tabique que los separe.  

La consecuencia directa de la ocupación del Colegio de España en Mayo del 68 fue el cierre de esta institución durante casi 20 años, en detrimento de cientos y cientos de estudiantes españoles, que se vieron privados de un alojamiento destinado fundamentalmente a los becados que preparaban un doctorado en la Universidad francesa.

¿Qué fue de los movimientos ultraizquierdistas de Mayo del 68?

No sabemos qué fue de los españoles- de tendencia anarquista o maoísta- que ocuparon el Colegio de España en Mayo del 68, uno de los cuales fue, por cierto, como de ello él mismo se vanaglorió, el escritor Fernando Arrabal. Pero sí podemos decir unas palabras sobre la suerte que corrieron los principales movimientos franceses de Mayo del 68.  El veterano “22 de marzo” fue perdiendo fuelle tras el cierre de la Facultad de Nanterre y el traslado de la protesta estudiantil a la Sorbona. A finales de mayo se autodisolvió, aunque su disolución oficial, junto con la de otros once movimientos de extrema izquierda, tendría lugar el 12 de junio de 1968, en conformidad con la ley del 10 de enero de 1936 sobre los grupos de combate y milicias privadas.

Un movimiento anarco-maoista como la Izquierda Proletaria pasó en tres años del izquierdismo radical al terrorismo,  extendiendo sus agresiones, de militantes de extrema derecha y policías, a ataques a contramaestres y cuadros superiores en las empresas. Todo ello basado en argumentos tales como el de que frente al “nuevo fascismo” instaurado en Francia con la complicidad del Partido Comunista Francés y la CGT, había llegado la hora de la “nueva resistencia popular”, que le correspondía organizar a la Izquierda Proletaria. Antes de pasar al estadio de la “lucha armada”, había, no obstante, que preparar el terreno. Pero a ese estadio nunca se llegó. Lo que se produjo no fue una escalada, sino una desescalada, que condujo a la autodisolución de la Izquierda Proletaria el 1º de noviembre de 1973.

Otro grupúsculo anarco-maoista, Viva la Revolución, surgido de una escisión de la Unión de Juventudes Comunistas Marxistas-Leninistas (UJC-m-l), se autodisolvió en abril de 1971. Muchos de estos grupúsculos de la extrema izquierda radical, compuestos del fundador y de cuatro amigos, desaparecían con la misma rapidez con que surgían, entre otras razones porque muchos de sus dirigentes terminaban por ser “recuperados” por el Poder, o iban dando tumbos de un partido a otro.

Un ejemplo de los repetidos virajes o vuelcos de un izquierdista lo tenemos en Roland Castro, uno de los dirigentes de Viva la Revolución, que pasó del PCF al maoísmo, dio su apoyo a Mitterand en 1981, volvió al PCF en los años 90, colaboró con Sarkozy en 2008-2009, y, por último, dio su adhesión a Macron en las elecciones de 2017. Digamos de pasada (aunque esto es ya anecdótico), que Roland Castro, famoso arquitecto-urbanista, es cuñado del que fuera primer ministro socialista, Laurent Fabius, cuya ex esposa no es otra que la hermana de Roland Castro.

¿Y qué decir del más famoso “revolucionario” de Mayo del 68, Daniel Cohn-Bendit, alias “Dani el Rojo”? Nacido en Francia de padres alemanes y de nacionalidad alemana, Cohn-Bendit pasó de carismático dirigente anarquista en 1968 al activismo ecologista. Eurodiputado Verde desde 1994, es desde 2004 copresidente del grupo europarlamentario Los Verdes/ALE (Alianza Libre de Europa). Todos estos virajes eran moneda corriente entre los grupúsculos ultraizquierdistas, muchos de cuyos militantes terminaron en organizaciones del tejido asociativo: SOS Racismo, Médicos sin Fronteras, Médicos del Mundo, etc.

En cuanto a los trotskistas, que más que grupúsculos cabe calificar de “micropartidos”, pasarían del eslogan de junio de 1968, de “elecciones-traición”, posición de principio contra el sufragio universal, a aceptar participar en el juego democrático. La Liga Comunista Revolucionaria presentaba a su máximo dirigente Alain Krivine a las elecciones de 1969. La otra gran corriente del trotskismo francés, representada sobre todo por Arlette Laguiller, líder de la formación Lucha Obrera, y eterna candidata presidencial de este partido desde 1974 a 2007, no llegó nunca a superar los 5 y pico por ciento de los votos.

Decididamente, el izquierdismo (“gauchisme””), esa “enfermedad infantil”, como lo calificó Lenin, no llegó nunca a tener en Francia un largo recorrido.    

 

 

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