Carta abierta al Secretario General y resto de órganos de dirección del PSUC – Viu

Jordi Cuevas Gemar ||

Activista social y político de izquierdas y miembro, ya, del nuevo partido político IZQUIERDA EN POSITIVO ||

Camaradas:

No tengo una trayectoria de militancia tan larga ni tan heroica como la de tantos de vosotros y vosotras, que estuvisteis en el histórico PSUC de la clandestinidad y de la lucha antifranquista. Sin embargo, he sido militante del PSUC Viu, y de Esquerra Unida i Alternativa, desde la misma fundación de ambas organizaciones –a la que yo también, modestamente, contribuí–, hace ya más de veinte años. Y antes de ello, había sido votante del PSUC desde la primera vez que pude ejercer mi derecho a voto –en las elecciones al Parlament de Catalunya de 1984, las últimas en que el PSUC se presentó con sus propias siglas–, y simpatizante del partido desde allí adonde me alcanza la memoria, desde la época de las primeras fiestas Treball en la Plaça Espanya y en la Recta de l’Estadi. Así que puedo legítimamente decir que yo también he sido, desde siempre, “gent del PSUC”.

Recuerdo, aquella de los primeros tiempos de EUiA, como la que quizás ha sido la etapa más alentadora e ilusionante de mi vida: las larguísimas reuniones en Nou Barris, junto a compañeros que encarnaban la historia misma del partido, y bajo la azulísima y firme mirada de la compañera Maruja, la mítica Maruja de Nou Barris; los apasionados debates, tratando de tender puentes entre antiguos camaradas que ahora se reencontraban en la nueva organización, después de años separados y enfrentados arrastrando las consecuencias de aquel dramático V Congreso que dividió en dos al partido, allá por 1981; las multitudinarias asambleas, rematadas por la presencia galvanizante del camarada Julio Anguita, en que creíamos posibles todos los sorpassos del mundo; las noches llenando Barcelona de carteles con las caras de Tono Lucchetti, de Paco Frutos o de Rosa Canyadell, que luego venían los de Iniciativa a taparnos con los suyos. También recuerdo la decepción de los primeros resultados electorales, pero la convicción de que el trabajo realizado era el que se tenía que hacer, y de que era un trabajo útil y necesario aunque los frutos pudieran tardar en llegar o aunque el camino estuviese lleno de obstáculos y dificultades. Porque el objetivo lo valía. Porque veníamos de lejos, y teníamos que llegar más lejos todavía.

Quizás debería haber dejado la militancia, como hizo tanta gente, después de la II Asamblea de Esquerra Unida i Alternativa: cuando se apropiaron del proyecto aquellos que nunca se lo habían tomado en serio ni habían creído realmente en él, con la intención manifiesta de desmontarlo y malvenderlo, y una parte de la dirección de nuestro propio partido no tuvo la voluntad –que sí los medios– para impedirlo. Mucha gente, muchos buenos y buenas militantes, se marcharon entonces desencantados, y muchos y muchas más continuaron yéndose a sus casas durante los años siguientes, en una sangría imparable que no ha hecho sino agravarse con el tiempo. Pero seguí militando –con periodos de mayor o menor actividad, pero nunca inactivo– porque consideré que mi presencia –que nuestrapresencia– continuaba siendo necesaria. Y lo hice, sobre todo, por lealtad hacia el proyecto político que, en el resto de España, continuaban representando el PCE e Izquierda Unida.

Pero la lealtad no tiene sentido si lo es únicamente al espejismo de unas siglas. Y, en estos últimos años, no sólo me he sentido cada vez más distanciado y ajeno de las sucesivas derivas de EUiA–que del Guatemala de Jordi Miralles, sombra y guardaespaldas de Saura y Herrera, pasó al Guatepeor de J. J. Nuet, Spanish dancer de Forcadell y Puigdemont–, sino también cada vez más decepcionado y desconcertado por las actitudes del propio PCE, que parece haber confundido la política de alianzas y confluencias con la renuncia a defender un proyecto político propio, y, a veces, incluso con la pérdida de la dignidad personal y de la coherencia política.

Inexplicables y mortificantes fueron el desdén y la indiferencia del camarada Garzón hacia quienes nos habíamos partido la cara por él en las elecciones del 2015, cuando su “amigo” Nuet le dio el navajazo por la espalday le hizo quedarse con sólo dos diputados, porque sus votos en Cataluña se contabilizaron como votos de Podemos. Y no menos inexplicable y descorazonador ha sido el bochornoso posicionamiento que ahora ha tenido la dirección del propio PSUC Viu en las votaciones para la elección de órganos de dirección de Catalunya en Comú, en las que, simple y llanamente, hemos traicionado a nuestros compañeros y compañeras de Comuns Federalistes–con quienes se suponía que compartimos un proyecto republicano y federal de progreso para el conjunto de España– para pactar unos pocos y vergonzantes puestos de cola en la lista oficial de Colau y Domènec, una lista cuyo proyecto de país no coincide casi en nada con el nuestro, y en la que tan cómodo se encuentra un personaje tan oportunista y trashumante como el propio J. J.

Cada vez está más claro queaquel proyecto de una izquierda transformadora, abierta y radicalmente democrática en el que tantos y tantas, con tantas ilusiones y energías, nos habíamos embarcado en su momento, se encuentra ahora doblemente desnaturalizado y subalternizado: por un lado, por su sumisión a esa especie de neoperonismo postmoderno y televisivo impulsado desde los platós de La Sexta, que desde el principio tuvo como objetivo frustrar las expectativas de crecimiento de la izquierda real, en unos momentos de reactivación de la contestación social contra la crisis social, económica y política como el que representó el movimiento 15-M; y por otro, por su complicidad suicida e irresponsable –disfrazada de falsa equidistancia–con el desafío nacionalsecesionista encabezado por la derecha catalana más reaccionaria e insolidaria,que, con la misma finalidad de desviar y neutralizar aquellas energías transformadoras liberadas por la reacción popular contra la crisis, la corrupción y los recortes, no ha dudado en buscar la confrontación criminal con el Estado, ni en dividir y enfrentar gravemente entre sí a las clases trabajadoras, creando una fractura social de imprevisibles consecuencias no sólo entre Cataluña y el resto de España sino, sobre todo, dentro de la propia sociedad catalana.

Venimos de una tradición que se reclama del catalanismo popular, y que siempre ha defendido el derecho de autodeterminación para los pueblos. Pero, cuando vimos que la derecha catalana radicalizaba su discurso nacionalidentitario –entre los memes delEspaña nos robay el tenemosderecho a decidir–, justamente en un momento de profunda agudización de la lucha de clases tanto en Cataluña como en el resto de España y de Europa, deberíamos haber recordado sin dudarlo ni un instante que el nacionalismo que pone fronteras entre los trabajadores y trabajadorases –y siempre lo ha sidoel principal enemigo de la clase obrera y de sus aspiraciones de justicia, de libertad y de paz.Lo fue en 1914, cuando empujó a los trabajadores a matarse entre sí en las trincheras a la mayor gloria de sus burguesías imperiales; lo fue en los años 20 y 30 bajo la forma del nazifascismo, que se decía antiburgués y revolucionario como hacen ahora los chicos y chicas de la CUP, pero que despreciaba la vida y la dignidad humanas, sacrificadas en el altar de la identidad nacional y el valor supremo de la patria; y lo es en pleno siglo XXI bajo la forma de los nuevos movimientos xenófobos y populistas, contrarios a la inmigración o al respecto a la pluralidad cultural y religiosa, y que son –muy  significativamente– quienes dan un apoyo más incondicional y entusiasta a Puigdemont y a Torra en el resto de Europa.

Confundir al Procés, que es un movimiento reaccionario de carácter  contrarrevolucionario–dirigido desde arriba por un gobierno cleptocrático y corrupto como el de la mafia convergente del 3%, que controla todos los principales mecanismos del poder a través de una educación adoctrinadora, unos medios de comunicación completamente a su servicio, o las dóciles entidades sociales afines tan pródigamente subvencionadas–, con un auténtico y genuino movimiento popular en defensa de mayor democracia y mayor autogobierno, es el error más trágico que ha podido cometer la izquierda española, tanto dentro como fuera de Cataluña.Y las consecuencias de este error no han sido otras que el crecimiento del apoyo electoral a la derecha entre los sectores más desfavorecidos de la sociedad catalana –¡¡No puede ser que continuemos ciegos y ciegas al trasvase de votos de la izquierda hacia Ciutadans en todo el antiguo “Cinturón Rojo” de Barcelona!!–, y el mantenimiento durante años de las políticas sociales y económicas conservadoras en el conjunto de España.

Cataluña no es una colonia ni un territorio ocupado que tenga, hoy por hoy, que autodeterminarse frente a ningún Estado opresor ni extranjero. No somos Palestina ni el Sahara Occidental. Cataluña es un territorio rico y que disfruta de un altísimo grado de autogobierno, pero que ha sido pésimamente gobernado durante casi cuarenta años por unas élites locales corruptas y cleptocráticas que ahora, ante el riesgo de verse desalojadas del poder –como percibió claramente Artur Mas cuando tuvo que utilizar un helicóptero para poder entrar en el Parlament, sitiado por los indignadosdel 15-M–, no han dudado al poner la ciudadanía al borde de una confrontación civil de gravísimas consecuencias, tan sólo para poder continuar controlando y expoliando el país como llevaban haciendo hasta la fecha.

Ante esta situación,decir que la solución del problema catalán es “un referéndum legal y vinculante” –como dicen tan alegremente Alberto Garzón o Pablo Iglesias–, sin explicar que para poder hacer este referéndum sería antes necesaria una reforma constitucional para la cual no hay, en estos momentos, una mayoría social suficiente, y sin advertir además que el resultado de tal referéndum sería, hoy por hoy –y fuese cual fuese su resultado–, dejar una sociedad catalana permanentemente dividida y enfrentada en dos mitades irreconciliables, es, sencillamente, engañar a la gente, y no querer darse cuenta de cuáles son los problemas reales del país ni de cómo se pueden reunir las mayorías sociales necesarias para resolverlos. Y afirmar –como se ha dicho desde documentos del propio PCE– que “el Estado reprime a Cataluña”, o denominar “presos políticos” a los detenidos por los hechos de septiembre y octubre del año pasado, que pusieron en gravísimo peligro la paz y la convivencia en el país, es haber perdido totalmente el sentido de la realidady haberlo sustituido por un puñado de consignas demagógicas.

Por todo lo anteriormente expuesto, creo sinceramente que las organizaciones de izquierdas actualmente existentes, tanto en Cataluña como en el resto de España, no están contribuyendo realmente a la conformación de una mayoría social de cambio que pueda enfrentarse con éxito a las políticas neoliberales de la derecha, contrarias a los intereses de las clases populares y trabajadoras, y todavía menos a construir una nueva cultura popular internacionalista y solidaria que pueda llegar a ser hegemónica ante los valores del individualismo, el nacionalismo, el racismo y la xenofobia. Reconozco y valoro los esfuerzos en este sentido de compañeros y compañeras como los que están trabajando dentro de Comuns Federalistes, y muchos otros compañeros y compañeras de Izquierda Unida y de otras organizaciones en el resto de España. Pero creo que, mientras no cambien las actuales direcciones de Izquierda Unida, Podemos y Catalunya en Comú, y, sobre todo, mientras no sean capaces de rectificar los graves errores que están contribuyendo a dividir, debilitar y enfrentar entre sí a las clases trabajadoras, el trabajo dentro de estas organizaciones no sólo es inútil, sino incluso contraproducente.

Creo que, ahora más que nunca, hay que volver de nuevo a construir una  verdadera izquierda real y transformadora, solidaria e internacionalista, sin hipotecas ideológicas ni subalternitzada por el nacionalismo burgués e insolidario. Creo que, tanto en Cataluña como el resto de España, hay más compañeros y compañeras que piensan como yo y que están dispuestos a trabajar en ese proyecto. Y quiero, desde ahora, dedicar mis modestos esfuerzos a ayudar a construir esta nueva izquierda.

Por lo tanto, he tomado la dolorosa decisión de darme de baja del Partido, que solicito hagáis efectiva desde este mismo momento. Con la convicción de que seguiremos coincidiendo en las luchas sociales a pie de calle, y con la esperanza de que podamos, más adelante, reencontrarnos también dentro de espacios organizativos comunes. Porque el camino es largo y porque, como siempre hemos sabido, venimos de lejos y tenemos que llegar más lejos todavía.

Barcelona, 19 de agosto de 2018.

 

 

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2 comentarios de “Carta abierta al Secretario General y resto de órganos de dirección del PSUC – Viu

  1. Chema Sabadell
    31 agosto, 2018 at 21:15

    Impecable.

  2. Esther Villar
    2 septiembre, 2018 at 19:56

    Un acto de honradez tu actitud.Esperemos que mediten, por lo menos un poco y que haya por lo menos algunos para los que el compromiso por la justicia social esté por delante del nacionalismo que nos ha invadido yy realmente se les pueda considerar de izquierdas.

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