Cataluña: De aprecios y menosprecios

Miguel Candel ||

Coportavoz y miembro del Grupo promotor de IZQUIERDA EN POSITIVO. Profesor emérito de Filosofía en la Universidad de Barcelona ||

Me reconocía no hace mucho una persona muy próxima a Jordi Sánchez, el encausado ex presidente de la ANC (Assemblea Nacional Catalana), que los seguidores del «procés» habían menospreciado a los catalanes que no comparten el proyecto independentista. Atinada observación que, sin duda, honra a quien la hacía.

No tenían por qué extrañarse, pues, los partidarios del mencionado proceso ante el alto grado de indignación mostrado por los asistentes a las grandes manifestaciones antiindependentistas del mes de octubre de 2017, que muchos independentistas y compañeros de viaje ―como el habitualmente desafinado portavoz de Unidos Podemos― se apresuraron a tildar de «manifestaciones fascistas». Indignación debida no sólo ni fundamentalmente al rechazo de un insensato proyecto de ruptura del país, sino también al hecho de sentirse objetos de desprecio. Porque del menosprecio al desprecio no hay ni medio paso: como decía aquel refranero viviente que era la madre de mi madre, «no hay mayor desprecio que el poco aprecio».

La contumacia en esa actitud de desprecio rayano en el insulto (raya que no deja de traspasar a todas horas el semihonorable delegado de Puigdemont en Barcelona) está a la vista de todo el mundo. Motivos, pues, para seguir sintiéndose indignados no les faltan a quienes no están dispuestos a pagar el ruinoso precio del viaje a una Ítaca tan inexistente como la ínsula de Sancho Panza.

José Moreno Carbonero: Festín de Sancho Panza en la Insula Barataria

Ahora bien, si aceptamos la tesis de quienes sostienen que el estado psíquico de los secesionistas (al menos de los más entusiastas entre ellos) adolece de lo que los psicólogos llaman «disonancias cognitivas» (incapacidad para reconocer los hechos que no se ajustan a los deseos), habremos de reconocer que el esfuerzo de impugnar con argumentos las tesis «procesistas» tiene una tasa de retorno tendente a cero.

No sólo eso: otro de los rasgos típicos de la psique «indepe» es la actitud paranoide conocida como «victimismo». Una mente afectada por ese síndrome no sólo rechaza los argumentos contrarios como si fueran «agresiones», sino que, paradójicamente, necesita «alimentarse» de ellos, reforzar con ellos su paranoia, que constituye su «espacio de confort».

Cierto que la consolidación de la ideología separatista como concepción de «sentido común» se ha producido, en gran medida, como consecuencia del «silencio de los corderos», de la actitud «abstencionista» (no sólo electoral) de los catalanes no animados por el ideal nacionalista, que han callado y dejado hacer a los otros durante cuarenta años, hasta hacerles creer a esos otros que eran los legítimos portavoces de «un sol poble» (claro que esa actitud pasiva no ha sido únicamente espontánea, sino fuertemente alentada también por la práctica totalidad de los partidos políticos, no sólo los de ámbito catalán; partidos sobre cuyas motivaciones para actuar así habría mucho que hablar y no muy bien, que digamos).

No se trata, por tanto, de volver a mirar para otro lado ante las acciones de los partidarios de la secesión. Pero sí de no invertir ni un esfuerzo más de los estrictamente necesarios para dejar constancia del rechazo hacia esas acciones. Si se me permite la metáfora deportiva: se trata de devolver la pelota no como lo hace un tenista, sino como lo hace un frontón (aunque ese frontón puede revestirse de la mejor disposición del mundo al «diálogo», pero sabiendo de antemano lo poco que semejante diálogo puede dar de sí y no inmutándose por ello).

En definitiva, hay que huir del círculo vicioso en que los secesionistas han conseguido meter la política de este país. Si les da por plantar cruces, como suelen hacer últimamente, que sean sus pretensiones las que entierren bajo ellas, no las mil cuestiones sociales que el país tiene pendientes de solución. Si llaman «fascistas» a todos aquellos se les oponen, ninguna necesidad hay de responderles con grandes argumentos: basta con dejar que el insulto suene a hueco al rebotar en la realidad cotidiana de una vida colectiva más pendiente de resolver los problemas reales que de mirarse el ombligo. Lo peor que se puede hacer con Narciso es responderle como hizo Eco. Porque, en efecto, «no hay mayor desprecio que el poco aprecio».

* Coautor del ensayo Derechos Torcidos, Editorial El Viejo Topo, 2017.

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