Ustedes se equivocan

Rafael Fraguas ||

Periodista y sociólogo ||

La declaración de 181 ex mandos militares en defensa cerrada de la figura de Francisco Franco, contra la izquierda y el Gobierno democrático de España, así como contra la exhumación de los despojos del dictador del Valle de los Caídos revela que la democratización de las Fuerzas Armadas, considerada como uno de los principales logros de la era constitucional, presentaba serias zonas de sombra todavía cuando los declarantes se hallaban en activo. Ninguno de los firmantes combatió durante la Guerra Civil lo cual convierte su declaración en una propuesta abiertamente ideológica, nada ecuánime ni equidistante. Su sesgo resulta no por conocido menos preocupante. Tras 40 años de Constitución, el beneficioso contenido democrático de la Norma fundamental no parece haber impregnado las mentes de quienes con su rúbrica muestran no haberse enterado, o no querer enterarse, de que la Historia de España no perteneció nunca a Franco. Su obra la hizo contra la Historia. Asimismo, parecen desconocer que la soberanía nacional reside en el pueblo, depositada en sus representantes electos.

No se trata de entrar a discutir sobre la valía militar del dictador. Hay opiniones para todos los gustos: desde quienes lo encumbran a olimpo de los grandes estrategos, hasta quienes argumentan que un ejército mayormente formado por albañiles retuvo sus tropas durante tres años a las puertas de Madrid. Y ello pese a la ayuda italo-germano-portuguesa, cuatro veces superior en número de soldados y pertrechos a los de las Brigadas Internacionales. Pero esas cuestiones son cosa de los especialistas.

La carrera militar de Franco se agota en 1939, cuando pasa a desempeñar cometidos señaladamente políticos en su condición de Jefe de Estado, jefatura, por cierto, obtenida gracias a una triquiñuela falsaria documental de su hermano Nicolás entre el generalato rebelde, reunido en la finca de un ganadero terrateniente salmantino y alzado en armas contra el Gobierno legalmente constituido de la República.

Con el desenlace de la Guerra Civil, lo que siguió es, involuntaria o voluntariamente, aún hoy, desconocido para sectores que debieran mostrarse ilustrados. Esta fue la secuencia no oficial de lo ocurrido: la mitad de la población vencida en la contienda, sojuzgada; hambre; represión; fusilamientos; cunetas –más de 100.000 combatientes y civiles del área republicana yacen aún hoy en despoblados; juicios sumarísimos sin defensa; cárcel; exilio; autarquía; corrupción; éxodo laboral; africanismo a machamartillo, colonialismo en África; sumisión a Estados Unidos, entrega de bases militares extranjeras a cambio de hacerse perdonar su filo-nazismo; estigma perpetuo de Gibraltar …Esta es la otra parte de la Historia que hay que atribuir a Franco como su principal artífice y a la cual los 181 declarantes no dedican una sola palabra de su declaración que la contemple.

Franco nunca acometió una verdadera política de reconciliación. Nunca. El hecho de que combatientes republicanos fueran enterrados junto a algunos de los vencedores en el Valle de los Caídos –construido, no se olvide, por presos políticos republicanos- no fue ninguna medida de altruismo por parte del autócrata. Obedeció a presiones estadounidenses, concretamente del presidente Dwight D. Eisenhower quien, temiendo las críticas internas en su partido por su apoyo a un general amigo y aliado de Hitler y de Mussolini y ante un siempre posible derrocamiento de Franco que convertiría en papel mojado los acuerdos militares hispano-estadounidenses de 1953, demandó al dictador un gesto hacia los vencidos. Y al gesto exigido Franco se avino. ¿Cómo explicar, si no, que Franco se propusiera enterrar a miles de sus víctimas –muchas de ellas agnósticas, cuando no ateas-, bajo una gigantesca cruz de 140 metros de altura y 50 de anchura, sin consentimiento familiar alguno y bajo custodia de una orden monástica?

El Valle fue construido para albergar a los caídos del bando de Franco, no se engañen, señores exmilitares. Lo pueden confirmar en el archivo del Palacio Real de Madrid donde el libro más caro de la Historia de España –diez millones de pesetas de la época- dos ejemplares hechos con metales preciosos, regalados por el Ayuntamiento madrileño al dictador, contiene únicamente los nombres de caídos del bando franquista en una decena de provincias españolas. Nada más. No hay un solo nombre de combatiente o caído republicano alguno.

Sepan algo más. Franco tiene en Mingorrubio, en las afueras de El Pardo, un panteón funerario propio, regalado por su fiel Carlos Arias Navarro a la sazón alcalde de Madrid, lujosamente decorado con esculturas sacras de hierro forjado y con una extensión de 500 metros cuadrados útiles para numerosas sepulturas. Fuentes allegadas a Carlos Arias informaron en su día de que Franco quiso enterrase en este panteón, donde fuera sepultada su esposa Carmen Polo. A pocos metros del gran espacio funeral de Franco se encuentran las sepulturas de sus fieles Carrero Blanco, Nieto Antúnez y tantos otros de sus ministros. ¿Entonces, qué sucedió para que sus huesos fueran a dar al llamado Valle de los Caídos?

En primer lugar, Franco no fue nunca caído. No tenía por qué ser enterrado en el Valle. Otra cosa sería el caso de José Antonio Primo de Rivera que si murió, fusilado tras ser procesado, en los primeros meses de la contienda. El caso es que sepultar en el interior de los templos estuvo prohibido en España desde que una Pragmática del rey Carlos III lo impidiera, por razones de salud pública. Además, en honor a la verdad, nunca el dictador ferrolano fue partidario de su ensalzamiento a base de estatuas o hitos públicos: la que le hiciera Juan de Ávalos por encargo de Carrero Blanco en 1973, para ser expuesta en el interior del Palacio Real, a partir de aquel 20 de diciembre en que el almirante fuera asesinado- se encuentra varada en un caserón de La Granja de San Ildefonso-; y la que le erigieron para que coronara el arco de Moncloa pasó a un frontal de Nuevos Ministerios. Hoy se encuentra en un almacén de la carretera de Barajas.

Un abad benedictino recientemente fallecido expuso en su día que los fundadores de templos tienen derecho a ser enterrados intramuros de las iglesias por ellos fundadas. Pero si Franco no quiso, ¿cómo explicar lo sucedido? ¿No se trataba de un monumento dedicado exclusivamente a los caídos en la contienda civil de 1936-1939? La explicación cabe hallarla en las circunstancias en las que se produjo su muerte: una política exterior e interior franquista en bancarrota, con la Marcha Verde en el Sahara; el Príncipe de España acosado por el búnker y el país en ascuas por las protestas estudiantiles, obreras, vecinales y ciudadanas que atravesaban España de un confín al otro a consecuencia del fracaso político del franquismo, de su hostilidad a un sistema de libertades que casi toda las personas sensatas del país, incluso desde las filas del franquismo, reclamaban.

Por consiguiente, es dable pensar que el entierro de Franco en el Valle de los Caídos se trató de un órdago político, cargado de simbolismo, que le fue lanzado a un, a la sazón, políticamente presionado y desorientado Juan Carlos de Borbón por el núcleo de poder más contiguo al dictador, cuyo exponente era el yerno del autócrata y cirujano Martínez Bordiú, Marqués de Villaverde, que prolongó la agonía de Francisco Franco de una manera tan cruel como abyecta.

Con el cadáver aún caliente del dictador, el hostigamiento marroquí en el Sur, el pánico de Washington ante un desenlace político de izquierda, y un país ardiente y anhelante de libertades, nadie, ni el Jefe del Estado in pectore, ni mucho menos la protesta opositora, tenía fuerza para impedir que Franco fuera, incluso contra su voluntad, enterrado en Cuelgamuros.

Sepan pues señores ex militares firmantes de la declaración, que sacar a Franco del lugar donde nunca debió ser enterrado va a ser un acto de verdadera reconciliación nacional que, como ha dicho el presidente Pedro Sánchez, puede contribuir grandemente a cerrar una honda herida que Ustedes, con su escrito, proponen dejar abierta. La presencia de Franco bajo la cruz es todo menos una expresión reconciliadora.

Defender a uno de los suyos algo que, en principio, podría ser interpretado como un hecho honorable, no es en esta preciso caso lo que Ustedes creen. La crueldad con la que Franco ejerció el poder, 40 años de muerte, persecución y exilio contra a quienes mostraban ideas y soluciones distintas a las suyas y demandaban las libertades democráticas, no merecen defensas gallardas. Ustedes se equivocan. Confíen en nuestro pueblo. Hagan un voto por la concordia. Y eso, sigan ejerciendo su derecho a la libertad de expresión, que aquel señor al que Ustedes tan tesoneramente defienden, jamás se lo hubiera permitido.

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