Almagro: Un festival cargado de recuerdos

Juan Antonio Hormigón ||

Ensayista y escritor, catedrático de la Real Academia de Arte Dramático y director de ADE ||

Fue en septiembre de 1978. Creo que soy uno de los escasos supervivientes de la Primeras Jornadas de Teatro Clásico de Almagro. No éramos muchos los convocados. Fueron fruto de la iniciativa del entonces director general de teatro del recién creado Ministerio de Cultura, Rafael Pérez Sierra. Se desarrollaron en la Casa Consistorial, en un marco de maderas oscuras, envejecidas y polvorientas, como si quisieran mostrar el escenario de lo que la dictadura tuvo a bien legarnos. Almagro presentaba entonces un acusado decaimiento e incluso notable aislamiento. No había ningún hotel y el Parador era tan sólo un proyecto. Ello explica que, para aquel primer envite, tuviéramos que alojarnos en el Parador de Manzanares.

Recuerdo bien a algunos que hicieron ponencia: Fernando Fernán Gómez, que vino impecablemente trajeado a su intervención; Agustín García Calvo que,muy a tono con su personaje público, acudió de camisa y chaleco sin abotonar, provisto de una cartera de escolar colmada de libros que amenazaba con reventar; Paco Nieva, siempre ingenioso y un tanto procaz, como le gustaba exponerse; Juan Guerrero Zamora, severo en apariencia aunque fuera persona afable y cordial. También presentaron ponencias Pepe Hierro, Luciano García Lorenzo, Alberto González Vergel, Lorenzo López Sancho, crítico omnímodo del diario ABC, el mexicano Carlos Solórzano y Manuel Ángel Conejero. Todos estábamos alrededor de una mesa y nuestras intervenciones eran, en cierto modo, un palique cercano.

Las pretensiones de aquellas primeras jornadas eran más bien modestas aunque muy significativas. Se trataba ante todo de revitalizar nuestro teatro clásico, de propiciar una reflexión que fuera más allá de los lugares comunes y las cuatro frases hechas que tanto gustaban y gustan en nuestros predios teatrales. Asímismo, salir al paso a corrientes de opinión fruto de posturas falsamente progresistas, que reducían todo el patrimonio literariodramático a piezas de museo de nula incidencia contemporánea o, en el otro extremo, a su valoración meramente estética e intocable. Ello no quita para que García Calvo, fiel una vez más a su personaje, titulara su charloteo: “Propuesta de un Auto de Fe para el Teatro Español del Siglo de Oro”, en la que no dejó títere con cabeza, denostando y negando todo interés a la totalidad de las obras de dicho periodo. Pero en aquel entonces aquello resultaba estimulante para algunos, sobre todo para aquellos que entendían, estableciendo con una valoración muy primaria de la barbarie de la dictadura, que habían gozado de su protección. Recuerdo a este respecto que los enviados del programa “Encuentros con las letras” que se emitía en la 2 de TVE, me comentaron que ante todo tenían que grabar íntegramente la ponencia de García Calvo, que a su entender constituía el plato fuerte del evento. Por ese lado las cosas no eran proclives al optimismo.

Las Jornadas querían igualmente reunir a estudiosos de la literatura, críticos y profesionales del teatro en un encuentro infrecuente que podía resultar productivo. La existencia del Corral de Comedias, restaurado años antes, constituía un incentivo, a la par que conocer algo de La Mancha, el Campo de Calatrava en particular, tan poco visitada todavía por aquel entonces.

Era el comienzo de algo que no se sabía bien dónde nos iba a conducir, pero lo previsto se alcanzó con bastante fortuna. Las sesiones se desarrollaron con austeridad y recato. Uno de los días fuimos a comer a las lagunas de Ruidera, lugar emblemático de la correría quijotesca y de nacimiento, como es sabido, del Guadiana. Estaba sentado a la mesa con Paco Nieva, entre otros, y viendo un galgo pasar, exclamó divertido: “galgo corredor”. El comentario hubiera sido inocuo de no tratarse de un tiempo en que comenzábamos a descubrir el placer de la cultura sin angustias. Es difícil de explicar pero aquella simple expresión de Paco en aquel momento, en un día de sol virulento, con el agua a un paso en el paraje y la impresión breve del tiempo detenido, cobró para mí una dimensión que no he olvidado.

Hubo además tres espectáculos que se dieron en el Corral. Entonces era poco conocido, yo mismo lo descubrí en aquellos días. Ya entonces tuve de inmediato la impresión de que aquel artilugio escénico casaba muy mal con escenificaciones concebidas para espacios muy diferentes. El Corral se convierte en un contenedor inhóspito que aplasta la propuesta escénica. No hay que ser muy versado para constatar que la disposición arquitectónica y los recursos propios de los corrales, muy limitados en su actual carencia, determinaban una sintaxis escénica propia y muy distinta a la de los espacios a la italiana, por ejemplo.

A pesar de todo, hubo quien aludió, ya entonces, a la magia del lugar, como arrobo de un poetismo primario y ramplón. Un andoba que ocupaba silla a mi lado en el primer balcón, contemplando la noche estrellada y un retazo de luna manchega en lo alto del rectángulo abierto, exclamó embebido de cursilería: “¡Qué maravilla! Aquí sí que se entiende el teatro clásico”. Lo que no reparaba es que nada en el código de la representación seguía las pautas de lo que se hacía en su tiempo, que estábamos en plena noche y con proyectores eléctricos mientras que en su origen eran a las tres de la tarde con un sol inmisericorde, que el vestuario era muy distinto, etc.

Nada de esto lo enuncio en desdoro del Corral, que me parece un espacio singular, magnífico y sugerente, pero que, como todos los antiguos teatros, posee sus leyes, sus pautas, sus usos que son difíciles de soslayar sin riesgo de que el resultado sea oneroso. No es un espacio neutro y funcional, se encuentra altamente connotado. En consecuencia, no puede ser un contenedor en el que todo puede tener cabida, sino que exige escenificaciones que sean acordes y que lo utilicen en lo que tiene de específico.

Como es lógico y razonable, el Corral y la admirable plaza en que se ubica, fueron el emblema sobre el que se aderezó el festival. A partir del año siguiente, todo comenzó a fluir de forma continuada. El presupuesto fue creciendo paulatinamente, comenzaron a programarse compañías extranjeras y se le dio rango de “Internacional” en su titulación, se fueron incrementando el número de espacios para las representaciones, etc. Se produjeron igualmente cambios administrativos que dieron autonomía al festival, primero con la creación de un patronato que integraba a las diferentes instituciones, más tarde dándole la estructura de una fundación.

A lo largo de estos cuarenta años, ha habido diferentes directores que han determinado periodos diversos en su diseño y desarrollo. Las concepciones han sido muy distintas en ocasiones, así como la existencia de un discurso respecto al sentido y definición del propio evento, que en ciertos casos ha brillado por su ausencia. Alguno de los directores que sentaron plaza como tales, representa, a mi entender, una incógnita respecto a las razones de su nombramiento. En algún caso, puede aludirse a la capacidad de gestión, lo cual limitaría los aspectos de orden estético y dramatúrgico, entiéndase el término en su justa acepción que está muy lejos de su uso habitual en España, pero legitimaría su presencia por otras razones. No obstante, la paradoja es palpable cuando ni la capacidad gestionaria ni el conocimiento o, al menos, el gusto por nuestros clásicos eran perceptibles. Cabría preguntarse a qué se debió su nombramiento, lo que no siempre tiene fácil respuesta.

 

Una pequeña historia personal

Mi implicación personal con el Festival de Almagro tiene también su pequeña historia. En mis actividades escénicas desde mis inicios en el teatro universitario, había escenificado bastantes obras de autores considerados como tales, tanto españoles como extranjeros, cosa que no era frecuente entonces. Además, había escrito no poco sobre cuestiones relativas a su puesta en escena. Desde muy joven este aspecto me atrajo sobremanera, y mis estudios al respecto lo acrecentaron.

Puede que todo ello fuera la causa de que en 1982 el entonces subdirector de teatro, Ramón Cercós, un caballero en el sentido más noble del término, me encargó que dirigiera las Jornadas de Teatro Clásico almagreñas. Eran las quintas. Elegí como propuesta global “El trabajo con los clásicos en el teatro contemporáneo”. Buscaba que nos planteásemos fundamentalmente la cuestión de la escenificación de las obras del barroco para el público de hoy. Elegí tres temas complementarios para cada una de las sesiones: “Urbanismo y espacio escénico en el teatro clásico español” fue el primero; le siguió “Nuestros clásicos comunes: Dramaturgia y revitalización”, aludiendo expresamente a las naciones de la América hispana; y cerró: “Práctica escénica y política teatral”. Logramos reunir a un buen número de especialistas en las diferentes cuestiones, incluyendo invitados de aquí, de México, Estados Unidos y Europa. Las ponencias corrieron a cargo de Thomas Middleton, John J. Allen, Hugo Gutiérrez Vega, Luis de Tavira, Dru Dougherty, Domingo Ynduráin, Francisco Nieva, Guillermo Heras y Joachim Werner Preuss. Este último, crítico alemán y colaborador en cuestiones culturales del Consejo de Europa, habló de “Financiación, repertorio, público y aspectos escénicos del trabajo con los clásicos españoles en la República Federal Alemana”, y dio interesantes datos respecto a la financiación teatral. Se publicaron en su día todos los materiales incluidos los debates.

En 1983, cuando César Oliva fue nombrado primer director del Festival, reunió un equipo en su entorno para el diseño de las Jornadas en el yo me encontraba, junto a Manuel A. Conejero, Luciano García Lorenzo, Domingo Miras, Francisco Ruiz Ramón y Ricard Salvat. Aunque los coordinadores de las siguientes Jornadas tuvieron nombre propio, una parte de dicho comité seguimos trabajando en su preparación. Por otra parte, al constituirse en 1983 el patronato del festival, el director general del INAEM, José Manuel Garrido, me pidió que me integrara en el mismo como vocal, cosa que hice durante tres años.

En Almagro también, en el marco del festival, estrené dos espectáculos,La vengadora de las mujeres,de Lope de Vega, y La locandiera,de Goldoni. En ambos casos en el claustro de los Dominicos. Un espacio espléndido que fue mejorando con el tiempo y que en la actualidad, por el momento, resulta inaccesible. Como se desarrollaba todavía en septiembre y la climatología del lugar es peregrina en esas fechas, recuerdo que en el estreno de La vengadorahacía tanto frío que hubo que repartir mantas entre los espectadores.

Después, sólo acudí al festival de manera esporádica, casi siempre por motivos profesionales o estar implicado en alguna actividad. Más tarde, durante algunos años, no fui en absoluto. Hace dos, por invitación de Helena Pimenta, asistí al estreno de la obra de Cervantes Pedro de Urdemalas,en el Corral. La versión era de Jerónimo López Mozo y la puesta en escena de Denis Rafter. Había sido programada en la serie de dramatizaciones de la CNTC. Fue, desde luego, un placer respirar de nuevo el aire almagreño en pleno festival.

 

Una elección oportuna y consecuente

Este año, aunque el nombramiento se produjo a fines del pasado, la dirección del Festival ha recaído en Ignacio García, por decisión del Patronato. Diré que me pareció una elección feliz, oportuna, consecuente y con afanes de futuro. Conozco bien a Nacho, es cosa bien sabida. Fui profesor suyo de dirección de escena en la RESAD y debo decir que es uno de esos alumnos que dejan huella. Más aún, que impulsan a colegir que harán una fructífera carrera profesional y así mismo como seres humanos, a lo cual no quiero restarle ni una pizca de su importancia.

Nacho García ha elaborado un discurso definido en torno al diseño, naturaleza y objetivos del Festival. Su alegato el día de su presentación en el Ministerio de Educación y Cultura, fue demostración fehaciente. Desarrolló un conjunto de propuestas precisas y articuladas, a través de las cuales estableció las líneas fundamentales de lo que deseaba fuera el festival, de sus perspectivas, del lugar que pretendía ocupara en el ámbito nacional e internacional, del substrato filosófico que buscaba imprimirle. Era un proyecto ambicioso a la par que plausible. Marcaba un rumbo sin grandilocuencias ni desplantes para el graderío vano, pero había convicción y fundamento en sus líneas programáticas a la par que no poco entusiasmo.

Por otra parte, la argumentación de Nacho García está inmersa en una consecuente valoración de lo público, más específicamente en el terreno cultural. La inversión pública en cultura plantea una serie de responsabilidades y exigencias a quien tiene el desempeño de convertirla en acción, así como unas obligaciones que están diametralmente alejadas de consideraciones mercantiles. Cuando esto no sucede surgen contradicciones en buena medida irreductibles. Igualmente es preciso deslindar cuando se alude a lo publico, que no se trata de valorarlo en lo que significa para uno mismo, cosa demasiado frecuente en España y fuente de no pocas anomalías. Su correcto sentido plantea de qué modo se puede contribuir al desarrollo de la ciudadanía, abrir expectativas diversas, promover la amplitud de criterios y cambios de mentalidad, así como poner el acento en los intereses de amplios colectivos sociales.

Sin una posición de poder no es factible asumir y desarrollar procesos de transformación y construcción cívica y social. Sin embargo es frecuente que quienes se hacen con él, sólo lo ejerzan en beneficio propio y de un grupo de secuaces o palmeros, depende de los casos o las dependencias, y que poco o nada le importen los asuntos públicos. Quienes ocupan desempeños públicos en cultura debieran estar atentos para impedir estas perversiones o despropósitos, y los políticos que los designan ocuparse de que se cumplan sus objetivos en lugar de pavonearse, reducir la valoración a la simpleza del “me gusta, me gusta” que tan solo legitima su ignorancia. Tengo la certidumbre de que Nacho García sabe muy bien todo esto y no oculta sus responsabilidades públicas, más bien las coloca en el centro de su gestión.

 

Un giro hacia la senda conceptual

El Festival de este año ha supuesto un giro hacia la senda electiva y conceptual que Ignacio García quiere imprimirle. No todo ha podido hacerse por la premura con que ha debido  concretarse. Pero es de suponer que en el futuro, con mayor sosiego y más recursos, muchas líneas de trabajo apuntadas puedan llevarse a cabo. Por otra parte, en el terreno de las infraestructuras, se han incorporado dos nuevos espacios: el primero, el palacio de los Oviedo, que antes albergó un cine de verano; el segundo, el Silo, convertido en espacio funcional por el municipio.

La ADE ha colaborado por vez primera con el festival. Nuestra aportación ha sido en este caso modesta: una intervención expositiva en torno a las autoras del barroco presentes en nuestras publicaciones. Cumplimentábamos un compromiso que no ha podido ejecutarse con mayor amplitud en esta primera convocatoria. Es muy posible que pronto podamos poner en pie una interesante propuesta en torno a la escenificación de obras atípicas o genéricas de los siglos XVI y XVII, que muestren otras realidades estéticas y testimoniales de ese periodo. Tanto el Festival de Almagro como la ADE coinciden en el interés porque ese proyecto pueda realizarse.

Mi paso por Almagro ha sido fugaz, pero me ha permitido percibir la masiva presencia de público en los diferentes espacios del festival. Así mismo he constatado la existencia de una organización eficaz y responsable, basada en el correcto desempeño de funciones y no en la acumulación de personal, a veces inútil, con el costo aparejado que conlleva. Poco puedo decir de las representaciones porque apenas pude asistir a alguna. El programa sin embargo permite establecer que Ignacio García ha comenzado a llevar a cabo su principio: lograr que el Festival sea expresión del teatro en español de los siglos XVI y XVII, o de aquellas obras que se refieren a episodios o personajes de dicho tramo temporal. Igualmente se propone conferirle una dimensión hispanoamericana: este año el país invitado ha sido Colombia y el próximo podría ser México.

Otro cambio ostensible es el de la propia ciudad. A lo largo de estos años y coincidiendo con el desarrollo del Festival, Almagro ha restaurado casas y edificios singulares, ha ajardinado plazuelas, rincones y paseos, se ha dotado de una infraestructura hotelera antes inexistente y ha promovido una gastronomía que busca construirse a partir de productos inscritos en sus tradiciones. Almagro resulta un territorio acogedor que tiene el teatro en estima suma y el teatro le ha generado desarrollo. Paseando por sus calles y su Plaza Mayor tan singular y notable, comparaba los recuerdos de aquel año de las Primeras Jornadas con la realidad presente. Por supuesto que el balance es muy positivo.

También tuve ocasión de asistir a un acto que desveló algunas de las contradicciones que antes apuntaba. En el Corral se celebró el homenaje al maestro iluminador Juan Gómez Cornejo, en el que intervinieron algunos amigos y responsables políticos. El alcalde de Valdepeñas, lugar de nacencia de Juan, hizo un discurso brillante, lleno de humor, aunque con errores notables al referirse a una anécdota atribuida a Valle-Inclán que, como muchas otras, es falsa. El munícipe de Almagro estuvo discreto y atinado en el suyo. Luego habló el representante de la Diputación de Ciudad Real quien exclamó, con encomio claro está: “La cifras van muy bien”. Se refería desde luego a la taquilla, no se hagan ilusiones. Generalmente pretendemos que el público acuda a los teatros, sólo con la presencia de espectadores el teatro tiene sentido, pero la valoración, el sentido público y la dimensión cívica y cultural de un evento de estas características, no puede medirse por la recaudación sino por parámetros muy distintos, a riesgo de que se desnaturalice y degrade su significado. A lo largo de nuestros cuarenta años de democracia hemos visto muchos políticos que han adoptado actitudes de este tipo, fruto no tanto de un economicismo ramplón sino de ignorancia notoria en la materia de que hablan. Y no han procedido muchas veces de partidarios de la derecha política, sino de quienes dicen situarse en la otra orilla del espectro.

La guinda la puso no obstante el Director general de personal del gobierno de Castilla-La Mancha, que acudió al lugar en representación del Presidente. En un discurso plagado de lugares comunes y fuera de lugar en su conjunto, se permitió imprecar a las gentes de teatro. Dijo que para conservar su dignidad no tenían que esperar las contribuciones públicas que están sujetas a vaivenes políticos, y hacerlo en las privadas: la taquilla y lo que pueda conseguirse, supongo. “Y además dos huevos duros”, imaginé como colofón remedando a Marx, Groucho Marx, en la famosa secuencia del camarote.

Luego me dio un vuelco el corazón: era prácticamente la misma argumentación que escuché un día en un encuentro en la FAES. Fue hace años, gobernaba Aznar. Nos convocaron a un pequeño grupo de representantes de asociaciones escénicas. El diálogo era incluso constructivo, dentro de los cánones esperados. De pronto, un joven colaborador de la entidad cuyo nombre he olvidado, nos lanzó una soflama proclamando que para conservar su dignidad la gente de teatro rechazara las contribuciones públicas; él las denominó de otro modo, como es habitual. Sus adláteres se quedaron atónitos y nosotros, que éramos muy diversos en nuestras posturas, debimos reaccionar con vigor y armar una pequeña tremolina. El sujeto en cuestión se quedó mudo porque entendió que había metido la pata, que aquel no era momento ni lugar para expresarse de ese modo. Algo similar pensé al escuchar a este representante del Presidente de una comunidad autónoma. Desde luego no era momento ni lugar tampoco pero dijo lo que pensaba, y eso supone que haya que ponerse en actitud defensiva ante semejantes formulaciones y el daño que pueden provocar.

El Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro inicia con Ignacio García como director una nueva y prometedora andadura. Personalmente, confío que todas sus propuestas y planteamientos puedan cumplirse. Que el Festival se convierta en un referente de nuestro teatro clásico y que, a la par, nuestro teatro se enriquezca y amplíe sus objetivos. Invoco a los hados para que la suerte le sea propicia.

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